Todo lo que el agua calla 16
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Nadia colgó con don Casiano y se quedó sentada en el borde de la cama, en la oscuridad de su cuarto de niña, con el corazón golpeándole las costillas y la pregunta del cura rebotándole por dentro como una piedra en un pozo: ¿a quién se lo has contado tú?

Lo primero no fue el miedo. Lo primero, lo que la salvó aquella noche, fue el oficio.

Porque Nadia Belmonte llevaba doce años trabajando con material que la gente poderosa quería que desapareciera, y lo primero que hacía con cualquier cosa que importara, por instinto, antes que pensar, era multiplicarla.

Encendió la luz. Sacó el sobre del bolso, extendió la fotocopia de la página del libro de fábrica sobre la cama, y con el móvil la fotografió cuatro veces, nítida, con la línea subrayada bien legible.

Grabó un audio de tres minutos contándolo todo de carrerilla, con fecha y hora: lo de Elías, lo del camarín reventado, lo del Mercedes, lo de Casiano, lo de Rafael y el barro en las uñas, lo de los libros que acababan de llevarse.

Y a la una de la mañana se lo mandó todo a Quique, a Madrid, con un mensaje:

Guarda esto. Tres copias. Una en la nube, una en el disco de la oficina, una impresa en la caja fuerte. Si me pasa algo, esto va a mi abogada y se publica. No preguntes todavía. Confía.

Quique contestó a los dos minutos, porque Quique nunca dormía: Recibido. Guardado x3. ¿Estás bien?

Nadia no contestó a eso.

Que se llevaran el libro original. Que jubilaran al cura. La página ya estaba en cuatro sitios fuera del valle, fuera del alcance de cualquier obispado y de cualquier Vidal. Eso no lo podían enterrar. Eso ya había salido del fondo.

Solo entonces, con la prueba a salvo, se permitió pensar en la pregunta.

¿A quién se lo has contado tú?

Y la respuesta le subió por la garganta con un sabor a hiel, porque era una sola persona.

Aquella mañana, lo de la sacristía, lo del libro, lo de Rafael, no se lo había contado a nadie en el mundo.

Hasta el atardecer. Hasta el frontón. Hasta que se lo puso en las manos a Bruno Carranza dentro de un sobre, y le dejó leerlo entero, y luego lo besó.

Se levantó. No iba a poder dormir con eso dentro. Cogió las llaves del coche.

Bruno vivía en un piso pequeño encima de lo que había sido la cantina vieja, a dos calles del cuartel. Tenía la luz encendida. Le abrió en camiseta, descalzo, y la cara se le iluminó un segundo al verla — has vuelto— y se le apagó enseguida al verle a ella la suya.

—¿Qué ha pasado? —dijo.

—Dímelo tú. —Nadia se quedó en el rellano, sin entrar—.

Esta tarde te enseñé el sobre. Te conté lo del libro de fábrica, lo de Casiano, lo de Rafael.

A nadie más. A nadie. Y cuatro horas después, del obispado se llevan todos los libros de la parroquia y jubilan al cura de un día para otro.

—Le temblaba la voz de rabia y de algo peor, de pena anticipada—.

Cuatro horas, Bruno. Después de contártelo a ti.

Bruno la miró. No se defendió enseguida, y ese medio segundo de silencio fue lo más largo de la vida de Nadia. Luego se apartó de la puerta.

—Entra —dijo—. Y dime una cosa antes de seguir destrozándonos los dos. —Su voz estaba tranquila, pero había algo herido debajo—. ¿A qué hora te dijo Casiano que fueron a por los libros?

—Esta tarde. Después de irme yo de la iglesia.

—¿Por la mañana o por la tarde te fuiste de la iglesia?

Nadia se quedó parada en el umbral.

—A mediodía —dijo despacio—. Salí de la sacristía a mediodía.

—Y a mí me enseñaste el sobre al caer la tarde.

En el frontón. Sobre las nueve. —Bruno la miró, sin rencor, solo cansado—.

Echa la cuenta, Nadia. Si fueron a por los libros «esta tarde, después de irte tú», fueron entre el mediodía y la noche.

Probablemente a media tarde. Horas antes de que tú y yo nos viéramos.

Horas antes de que yo supiera que existía un libro de fábrica.

—Negó con la cabeza—. No te lo saqué yo, Nadia. No me dio tiempo ni a saberlo.

El suelo se movió bajo los pies de Nadia.

Hizo la cuenta otra vez, deprisa, buscando el error, queriendo que hubiera un error, porque acusar a Bruno le había dolido, sí, pero ahora descubrir que no era él dolía de otra manera, peor, porque dejaba la pregunta abierta y la dejaba a ella sin un culpable cómodo.

—Entonces… —dijo.

—Entonces te vieron, Nadia. —Bruno se sentó en el brazo del sofá—.

Eso es lo que tienes que meterte en la cabeza de una vez.

No hace falta que se lo cuentes a nadie.

Subiste a la iglesia a mediodía, a la vista de medio pueblo, con cuatro furgonetas de prensa en la plaza y doscientos pares de ojos en las ventanas.

Te metiste en la sacristía con el cura una hora.

Eso lo vio alguien. El cabo Heredia, una vecina, el que reparte el butano, cualquiera.

Y en este pueblo, cuando alguien hace algo que a los Vidal les puede interesar, la noticia sube a esa casona antes que el sol.

No por un chivato. Por veinte. Por costumbre.

—La miró—. Para enterarse de que la hija de la Reme andaba revolviendo los libros de la parroquia, a don Honorio no le hizo falta que tú se lo contaras a nadie.

Le bastó con que lo hicieras a la luz del día.

Y le sobró con eso para mandar a dos hombres de buenas formas a llevarse unos libros «para digitalizar».

Nadia se apoyó en el marco de la puerta. El acúfeno le pitaba, fino, y por una vez no sabía qué le estaba diciendo, si que Bruno mentía o que decía la verdad más incómoda del mundo.

Porque tenía sentido. Tenía todo el sentido.

La había visto el pueblo. El pueblo era el chivato.

El pueblo entero llevaba veinticinco años siendo el sistema de alarma de los Vidal sin cobrar por ello, solo por agradecimiento, por miedo, por costumbre.

Y ella, recién llegada de Madrid, donde una se mueve invisible entre millones, había subido a la iglesia a plena luz como una idiota, creyendo que investigaba en secreto.

—Lo siento —dijo, en voz baja—. Te he acusado y…

—Lo entiendo. —Bruno se levantó, se acercó, pero no la tocó—.

De verdad que lo entiendo. Yo en tu sitio habría pensado lo mismo.

Eres lista, atas cabos, y el cabo más fácil de atar era yo.

—Hizo una pausa, y bajó la voz—. Pero piensa una cosa, Nadia, ya que estamos siendo sinceros a la una de la mañana.

Una parte de ti ha venido aquí casi deseando que fuera yo.

¿A que sí? Porque si el traidor soy yo, el problema es uno.

Tiene cara, tiene nombre, te lo puedes quitar de encima.

—La miró a los ojos—. Pero no soy yo. Y eso significa que el problema no es uno.

Es el pueblo entero. Son doscientas personas que te ven, te cuentan, te vigilan sin saber que te vigilan.

Y contra uno se puede pelear. Contra un pueblo, no.

Eso es lo que te ha querido decir don Honorio toda la vida. Que el fondo es de ellos.

Y eso —Nadia lo supo en el acto— era verdad. Había querido que fuera Bruno. Un traidor con cara era un alivio frente a un valle entero convertido en los ojos del enemigo.

Le quedaba el resquicio, claro. Lo de los libros lo exoneraba.

Pero la llamada del vicario al cura, lo de la jubilación, había sido «esta noche», después del frontón.

Una vocecita en el fondo de Nadia, la profesional, la que no se fiaba ni de su sombra, archivó el dato y no lo soltó: los libros, no. Lo del cura, todavía no lo sabes.

Pero estaba demasiado cansada y Bruno la miraba demasiado de cerca, y decidió, otra vez, no hacerle caso a la espina. Otra vez.

—Tengo que ir a por Elías —dijo de pronto, enderezándose—. Si en cuatro horas han borrado el documento y han movido al cura, Elías es el siguiente. Es el más fácil. Es un viejo solo, junto al agua, al que ya destrozaron una vez. Si quieren callar a alguien de verdad…

No terminó la frase. Ya estaba bajando las escaleras.

—Nadia, espera, voy contigo —dijo Bruno, buscando los zapatos.

Pero ella ya estaba en el coche.

Condujo con las luces largas por la carretera vacía hasta la salida del pueblo, hasta el camino del pantano, con el corazón en la boca, rezando, ella que no rezaba, por que el viejo estuviera dormido en su cama con la perra a los pies.

La casa baja de bloque y uralita apareció al final del camino. Y a Nadia se le heló la sangre.

Había luces. Dos coches con el motor en marcha y los faros encendidos delante de la casa de Elías. Uno era un todoterreno de la Guardia Civil. El otro, un coche patrulla del cuartelillo de Castroviejo.

Frenó en seco, levantando polvo, y salió del coche.

Y a la luz cruda de los faros vio la escena entera de un vistazo, como una foto: la puerta de la casa abierta, la perra negra ladrando atada en corto a la verja, y a Elías Mansilla saliendo de su casa entre dos guardias, con una chaqueta echada por encima del pijama, despeinado, viejo, parpadeando contra los faros.

No lo llevaban esposado. Pero lo llevaban.

Uno de los guardias le sujetaba el brazo.

Y el que dirigía, el que abría la puerta del coche patrulla para meterlo, de uniforme, con galones de cabo, era un hombre de unos sesenta años al que Nadia no conocía pero cuyo nombre acababa de aprender hacía media hora: el cabo Heredia.

—¡Elías! —Nadia corrió hacia ellos—. ¿Qué hacen? ¿Adónde lo llevan?

El cabo Heredia se interpuso, tranquilo, con la mano en alto.

—Señorita, apártese. Esto es un asunto oficial.

—Su voz era pausada, casi amable—. El señor Mansilla viene voluntariamente al cuartel a aclarar unas cuestiones sobre cómo encontró el cuerpo.

Nada más. Hay cosas que no cuadran. —Esbozó algo parecido a una sonrisa de pésame—.

Resulta un poco raro, ¿no le parece?, que el cuerpo del niño, después de veinticinco años en ese pantano, lo venga a encontrar precisamente el hombre al que en su día todo el pueblo señaló por su desaparición.

Justo él. Justo ahora. —Abrió más la puerta del coche—.

Hay que aclararlo. Por su bien, sobre todo.

Y Nadia, parada en el camino de tierra bajo los faros, con la perra ladrando y el viejo metiéndose en el coche patrulla, lo entendió de golpe, con un escalofrío que le subió desde los pies: lo estaban haciendo otra vez.

Veinticinco años después, con la misma frase de entonces —resulta raro, justo él—, con la misma facilidad, estaban volviendo a coger al hombre más inocente del valle, al único testigo de verdad, al que había sacado al niño del barro, y lo estaban convirtiendo otra vez, delante de ella, en el monstruo.

Elías, ya dentro del coche, volvió la cara hacia Nadia a través del cristal. No dijo nada. Solo la miró. Y en aquella mirada, serena, sin sorpresa, había una frase tan clara como si la hubiera gritado: te lo dije, niña. A quién van a creer. A mí, o a ellos.