Todo lo que el agua calla 15
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Quedaron en el frontón al caer la tarde, cuando el pueblo se metía en casa a cenar y las furgonetas de la prensa se iban a dormir a la capital.

El frontón estaba como hacía dieciocho años: el muro de hormigón pintado de cal, descascarillado, la cancha llena de hierbas que crecían entre las grietas, el banco de piedra contra el lateral donde de adolescentes se sentaban a oscuras los chavales del pueblo.

Allí, detrás de aquel muro, una noche de agosto de hacía media vida, Nadia Belmonte y Bruno Carranza se habían besado por primera vez con diecisiete años los dos, con todo el verano por delante y la certeza estúpida y feliz de que el mundo empezaba con ellos.

Un año después, Nadia se había ido a Madrid sin mirar atrás, y Bruno se había quedado en el banco.

Lo encontró sentado en ese mismo banco, de paisano, con una camisa en vez del uniforme, y por un segundo, en la penumbra, fue el chico de antes.

—Sigues viniendo aquí —dijo ella, sentándose a su lado, dejando un palmo de distancia.

—Es el único sitio del pueblo donde no hay nadie. —Bruno miró el muro—. Y donde no hay micrófonos. —La miró de reojo—. Lo digo por ti.

—Muy gracioso.

Se quedaron un momento callados, con dieciocho años entre los dos sentados en el palmo de banco vacío. Nadia sacó del bolso el sobre y se lo puso en las manos.

—Mira esto antes de que me digas nada —dijo.

Bruno lo abrió. Dentro estaba la fotocopia de la página del libro de fábrica de 1969, con la línea subrayada — se da por perdida bajo las aguas —, y dos folios donde Nadia había escrito, con su letra rápida de reportera, lo que le habían contado Elías y don Casiano: el camarín reventado desde fuera, el panteón de los Vidal vaciado, el Mercedes blanco bajando de noche al pantano en el verano del dos mil, la talla aparecida en el dos mil uno con la madera hinchada y el barro en las junturas, Rafael trayéndola en persona con las uñas todavía sucias de légamo.

Bruno leyó despacio, a la última luz, sin decir nada, y Nadia le vio cambiar la cara línea a línea, le vio pasar del sargento escéptico al hombre que entiende que el suelo que pisaba ya no es el mismo. Cuando terminó, se quedó mirando los papeles un buen rato.

—Esto es de verdad —dijo al fin, en voz baja, casi para sí—.

Esto no es la fantasía de un crío ni el cuento de la hermana de un fugado.

Esto es un libro de la parroquia que dice que la Virgen se quedó en el fondo, y una imagen que tiene barro de pantano, y un cura dispuesto a declarar que se la trajo Rafael Vidal con las uñas sucias. —Levantó la vista—. Joder, Nadia.

—Lo sé.

—No, espera. —Bruno se pasó la mano por la cara—.

Tengo que decirte lo que es y lo que no es, porque si no, te vas a estrellar.

Esto prueba un robo. Un expolio. Prueba que alguien saqueó la iglesia y las tumbas de La Vega en el dos mil, y que la familia Vidal blanqueó parte del botín como donación piadosa, y que Rafael estaba metido hasta el cuello.

Eso es un delito gordo. Contra el patrimonio, contra los muertos.

—La miró—. Pero no prueba que mataran al niño.

No directamente. Un fiscal te dirá: vale, Rafael robaba plata abajo.

¿Y? De ahí a que matara a Tomás Cobo hay un salto.

Lo que tú tienes es el motivo. Tienes por qué estaba Rafael en esa iglesia, por qué un niño que lo vio era un problema, por qué su padre estuvo veinticinco años callando bocas.

Tienes la lógica entera. Pero el salto, el momento, lo de la iglesia…

eso sigue siendo la palabra de tu hermano. Y tu hermano ha huido.

Nadia asintió despacio. Lo sabía. Pero oírlo dolía.

—Entonces lo del niño hay que probarlo por otro lado —dijo—.

Y mientras tanto, ataco por el robo. El expolio no depende de Marcos.

El expolio lo prueban Elías, Casiano, el libro y la talla.

Eso lo puedo poner encima de una mesa mañana mismo.

Y una investigación por el robo de la Virgen mete a Rafael Vidal en un juzgado, lo obliga a explicar qué hacía él en el dos mil sacando plata del fondo de un pantano.

Y una vez está dentro, una vez se le mira de cerca…

—…se le acaba mirando lo otro. —Bruno asintió, despacio—.

No es mala idea. Es un flanco. Atacas por donde no se defienden, por el robo, y entras a lo grande por ahí.

—Volvió a meter los papeles en el sobre, con cuidado—.

Pero hay un problema, Nadia, y es el de siempre.

¿A quién se lo llevas? A Salcedo no, todavía no: Salcedo tiene a tu hermano de sospechoso y va a leer todo esto como humo que echas tú para tapar a Marcos.

Al juzgado de aquí tampoco, directamente, sin filtro.

—Bajó la voz, aunque no había nadie—. Y al cuartel, ni se te ocurra dejarlo.

Eso te lo dije el primer día y te lo repito.

En ese cuartel no metas un papel que no quieras que lean los Vidal.

—¿Por qué, Bruno? —Nadia se giró hacia él en el banco—. Llevas dos días diciéndome eso. ¿Quién hay en ese cuartel?

Bruno tardó. Miró el muro de cal en la penumbra.

—Hay un cabo —dijo—. Lleva aquí veintitantos años.

Buena gente, en el fondo. Pero cazó en el coto de los Vidal toda la vida, le arreglaron a un hijo no sé qué historia con la mili, le pagaron una operación a su mujer en una clínica de la capital cuando la Seguridad Social la tenía en lista de espera.

—Se encogió de hombros, con amargura—. Aquí funciona así.

No te compran con un sobre. Te compran a lo largo de una vida, favor a favor, hasta que un día les debes tanto que ya eres suyo sin haberlo decidido.

Ese cabo no es un corrupto. Es un hombre que le debe la vida de su mujer a don Honorio.

Y si por sus manos pasa un papel que dice «Vidal», antes de que llegue a ningún sitio ya lo sabe don Honorio.

No por maldad. Por agradecimiento. Que es peor, porque no lo puedes ni denunciar.

Nadia lo miró en la oscuridad. Y le hizo la pregunta que llevaba dentro desde el soportal de la plaza, desde la cara que él había puesto al oír el nombre de Rafael.

—¿Y tú, Bruno? —dijo en voz baja—. A ti también te trajo don Honorio al mundo. A ti también te bajó la fiebre. A tu padre le firmó el certificado. ¿A ti qué te deben los Vidal? ¿O qué les debes tú?

Bruno se giró del todo hacia ella. En la penumbra, Nadia no le veía bien los ojos, solo el brillo.

—A mí no me deben nada y yo no les debo nada —dijo, despacio, con una calma que a Nadia le costó leer—.

Y por eso sigo aquí, en este pueblo de mierda, de sargento, en vez de haber ascendido y haberme ido a la capital como me tocaba hace diez años.

Porque pedí el destino aquí. Porque hay cosas de este sitio que nunca me han cuadrado, Nadia, desde crío, y un día decidí que prefería quedarme dentro y verlas de cerca que irme y no saber.

—Bajó la voz—. Tú te fuiste para no saber.

Yo me quedé para saber. Cada uno hizo lo suyo.

Y aquello —tú te fuiste para no saber, yo me quedé para saber— le entró a Nadia más hondo que cualquier cosa que le hubiera dicho nadie en veinte años, porque era exactamente lo que su hermano le había echado en cara, lo que ella misma sabía de sí misma, y Bruno lo había dicho sin reproche, casi con ternura, como quien reconoce a alguien de su misma especie.

Se quedaron muy quietos, los dos, en el banco, con el palmo de distancia que de pronto era muy poco.

Nadia sintió el calor del brazo de él cerca del suyo.

Olió su piel, una mezcla de jabón y de tabaco que no había olido en dieciocho años y que el cuerpo, traidor, reconoció de golpe.

El acúfeno, que llevaba todo el día clavado, había desaparecido.

Por una vez no había nada que vigilar, nada falso, nada peligroso.

Solo el muro, la noche, y el chico del banco hecho hombre.

Bruno levantó la mano y le apartó un mechón de la cara, despacio, como se hace una cosa que se lleva mucho tiempo sin hacer.

Nadia no se apartó. Se acercaron en la oscuridad, dieciocho años cerrándose otra vez sobre un banco de piedra, y se besaron, y fue distinto y fue igual, fue el beso de los diecisiete y el de los treinta y seis a la vez, y durante un minuto entero Nadia Belmonte no fue una reportera, ni la hermana de un fugado, ni la cazadora de silencios, sino una mujer besando a un hombre detrás de un frontón en su pueblo.

Se separaron despacio. Bruno apoyó la frente en la de ella.

—Llevo dieciocho años queriendo hacer eso —dijo.

—Pues has tardado.

Él se rio, bajito, y a Nadia el corazón le hizo algo que llevaba mucho sin hacer. Le puso el sobre otra vez en las manos.

—Guárdalo tú esta noche —dijo Bruno—. Mañana a primera hora lo movemos juntos.

Por el flanco del robo, como dices. Lo llevo yo a un juez de la capital que conozco, fuera del cuartel, fuera de Salcedo.

Pero esta noche que esté contigo, que estás tú más segura que mi despacho.

—Le apretó las manos sobre el sobre—. Y, Nadia.

Mañana, cuando esto empiece a moverse, los Vidal se van a enterar tarde o temprano.

Y entonces se va a poner feo. Así que esta noche descansa.

Que igual es la última tranquila en una temporada.

Nadia volvió a casa con el sobre en el bolso, con los labios todavía calientes, con una cosa parecida a la esperanza por primera vez en cuatro días, y con una espina pequeña, muy pequeña, clavada en algún sitio que no quería mirar: tú te fuiste para no saber, yo me quedé para saber.

Una frase preciosa. Una frase que también podía decir un hombre que llevaba veinte años quedándose dentro, cerca, viéndolo todo… y callándose como todos los demás.

La espina no le duró. Estaba demasiado cansada y demasiado besada para hacerle caso aquella noche.

Eran las once de la noche cuando le sonó el teléfono. Número de la parroquia. Lo cogió, y al otro lado la voz de don Casiano, el párroco, no era la voz cansada y serena de aquella mañana. Era una voz pequeña, asustada, de viejo en la oscuridad.

—Nadia. Hija. Perdona la hora. —Tragó saliva—.

Han venido. Esta tarde, después de irte tú.

Del obispado. Dos hombres, con muy buenas formas, que se han llevado los libros.

Todos. El de fábrica también. Que es para «digitalizar el archivo histórico de la diócesis», han dicho.

Un programa nuevo. Que en unas semanas me los devuelven.

—La voz se le quebró—. Nadia, en treinta y un años no se han llevado nunca un libro de esta sacristía.

Nunca. Y se lo llevan hoy. Horas después de que tú leyeras esa página.

—Un silencio—. Y hay otra cosa. Esta noche me ha llamado el vicario.

Muy amable, muy cariñoso. Para decirme que, por mi edad, que ya tengo casi setenta, han pensado en jubilarme.

Que me han buscado una residencia muy buena, de curas, en la capital.

Que me vaya tranquilo, cuanto antes, este mes.

—Don Casiano bajó la voz hasta casi nada—.

En un solo día, hija. Me han quitado el documento y me quitan a mí.

En un solo día. ¿Y sabes lo peor? Que yo, de lo que te conté, solo se lo había dicho a una persona en mi vida.

A ti. Esta mañana. En esa sacristía. No había nadie más.

—La voz le tembló—. ¿A quién se lo has contado tú, Nadia? Porque alguien lo ha sabido en horas.