14
El episodio de Vera Solís salió a mediodía, y para la hora de comer el pueblo era otro.
Nadia lo notó al subir de casa de Elías.
Había tres furgonetas más en la plaza, dos cámaras grabando la fachada del bar, un corrillo de gente de fuera con micrófonos.
Y había algo peor que las cámaras: había decidido el pueblo.
Lo vio en las caras al pasar, en cómo la miraban ahora, ya no con la cortesía hostil del primer día, sino con algo más duro y más sucio.
Sangre Fría. Episodio especial: El hermano del pantano.
Vera lo había contado con su voz de tráiler: el niño que entró vivo en la iglesia, el adolescente que bajó detrás, la huida de esta misma noche.
Redondo. Y tres millones de personas, y luego el pueblo entero, habían llegado a la misma conclusión limpia y satisfactoria: Marcos Belmonte mató a Tomás Cobo, y su familia lo tapó veinticinco años.
Pasó por delante de su casa y vio a un periodista llamando a la puerta de su madre.
Apretó los puños y siguió de largo, porque entrar a defenderla era darles la foto.
Reme aguantaría tras los visillos, dura como siempre.
Lo que Nadia podía hacer por su madre y por su hermano no estaba en aquella puerta. Estaba calle arriba.
La iglesia nueva de Castroviejo era de los años setenta, fea y funcional, de ladrillo visto, levantada con prisa para el pueblo realojado.
Dentro estaba fresca y vacía. Y a la derecha del altar mayor, en una capilla lateral con un cepillo de limosnas y una grada de velas eléctricas, presidía la imagen.
La Virgen del Carmen de La Vega.
Nadia se acercó despacio. Era una talla antigua, hermosa, de madera policromada, vestida con un manto bordado en hilo de oro ya apagado por el tiempo, y una corona de plata. La Virgen del Carmen. La de las medallas. La que don Honorio le colgaba al cuello a cada niño que nacía, incluido Tomás.
Pero Nadia no había venido a rezarle. Había venido a mirarla como miraba ella las cosas: por debajo.
Y mirándola por debajo, acercándose todo lo que el reclinatorio le permitía, lo vio.
En la base de la talla, en los pies de la Virgen y en el borde inferior del manto, bajo capas de restauración y de pintura nueva, la madera estaba abarquillada, hinchada, con esa textura inconfundible que deja el agua cuando una madera ha estado mucho tiempo sumergida.
Y en las junturas de la peana, en los recovecos que el restaurador no había podido alcanzar, quedaba, incrustada, endurecida, una línea fina de un color que Nadia conocía bien de los últimos tres días: barro gris. Légamo de fondo de pantano.
Una imagen que llevaba a salvo, en una casa, desde 1969, no tenía barro de pantano en las junturas.
A su lado, atornillada a la pared, una placa de bronce con el reflejo de las velas:
La Virgen del Carmen de La Vega, salvada de las aguas y devuelta a su pueblo por la familia Vidal. En memoria de los que se llevó el pantano. 2001.
—Es bonita, ¿verdad?
Nadia se giró. Un cura mayor, de unos setenta años, con un jersey gris sobre el alzacuello a pesar del calor, la miraba desde el pasillo central. Tenía una cara amable y cansada y unos ojos que no eran tontos.
—Don Casiano —dijo él, presentándose—. Soy el párroco. Desde el noventa y cuatro. —Se acercó—. Tú eres la pequeña de los Belmonte. La de la radio. —Lo dijo sin reproche, con una especie de pena—. Mal día has elegido para volver, hija.
—Padre. —Nadia señaló la talla—. ¿Usted sabe de dónde salió esta Virgen?
—Lo pone ahí. —Don Casiano señaló la placa, pero apartó la vista al hacerlo, y Nadia, que vivía de leer esos gestos, lo cazó—.
La salvó la familia Vidal cuando se inundó La Vega.
La tuvieron guardada y la devolvieron a la parroquia en el dos mil uno.
Una donación preciosa. De no ser por ellos, esta imagen estaría en el fondo del pantano.
—Padre, esta imagen ha estado en el fondo del pantano.
—Nadia se agachó y señaló la peana, el barro endurecido en las junturas—.
Mire. Eso es légamo. Y la madera está hinchada de haber estado sumergida años.
Una talla que se salva en el sesenta y nueve y se guarda en una casa no tiene esto.
Esto lo tiene una talla que sacaron del fondo.
—Levantó la vista hacia el cura—. En el dos mil. Cuando bajó el agua por primera vez.
Don Casiano se quedó callado. Miró la peana donde Nadia señalaba, miró la talla, miró la placa de bronce, y a Nadia le pareció ver, en aquella cara cansada, no sorpresa, sino el alivio terrible del que por fin oye en voz alta algo que llevaba mucho tiempo pensando a solas y sin atreverse.
—Ven conmigo —dijo el cura en voz baja—. A la sacristía.
La sacristía olía a incienso viejo y a humedad.
Don Casiano cerró la puerta, le indicó una silla, y de un armario con llave sacó un libro grande, antiguo, encuadernado en piel reseca: el libro de fábrica de la parroquia, donde durante un siglo los curas habían ido anotando, con su letra, las cuentas, las obras, los inventarios, las altas y las bajas de cada objeto de la iglesia.
—Yo no soy tonto, hija —dijo, mientras pasaba hojas con cuidado—.
Llevo treinta y un años en esta parroquia.
Cuando los Vidal trajeron la Virgen, en el dos mil uno, yo la recibí.
Y yo vi lo que viste tú hace un momento.
La madera reventada, el barro. Olía a fango.
Hubo que restaurarla entera, costó un dineral, lo pagaron ellos.
Y yo pensé: «esto no es una imagen que se ha guardado treinta años en un desván.
Esto es una imagen que ha estado en el agua.
» Lo pensé. —Levantó los ojos, avergonzado—.
Y me callé. ¿Sabes por qué me callé? Porque esta parroquia se cae a pedazos y los Vidal pagan el tejado, y la caldera, y la luz, y mi coche.
Porque don Honorio es don Honorio. Y porque me dije: ¿qué más da de dónde salga, si es la Virgen del pueblo y vuelve a su pueblo?
Que descanse el alma de quien la sacara.
—Bajó la cabeza—. Me callé como se ha callado aquí todo el mundo con todo, durante veinticinco años. Por comodidad. Por miedo.
Encontró la página. Le dio la vuelta al libro sobre la mesa para que Nadia leyera.
Era una hoja de 1969, el año del traslado, con un inventario a dos columnas: lo que se había llevado a la iglesia nueva, y lo que se había perdido.
Y en la columna de la derecha, en la de las pérdidas, con la letra apretada de un cura muerto hacía medio siglo, una línea que a Nadia se le quedó grabada:
Imagen de Ntra. Sra. del Carmen, patrona, s. XVII: no se pudo rescatar. Quedó emparedada en su camarín. Se da por perdida bajo las aguas.
Nadia leyó la línea tres veces. Ahí estaba.
En blanco y negro, en el propio libro de la parroquia, escrito en 1969 por el cura de entonces, sin malicia, sin saber lo que estaba dejando para el futuro: la Virgen del Carmen no se salvó en la inundación.
Se quedó abajo. Se dio por perdida bajo el agua.
Emparedada en su camarín —el mismo camarín roto a golpes desde fuera que Elías le había enseñado aquella mañana en la iglesia hundida.
Y sin embargo, treinta y dos años después, en 2001, había aparecido en brazos de los Vidal, presentada como «salvada de las aguas» y guardada por la familia.
Era imposible. O el cura de 1969 mintió en su propio libro —¿para qué?—, o la Virgen estuvo en el fondo del pantano hasta que alguien la sacó. Y solo se la pudo sacar a partir del año 2000, cuando el agua bajó por primera vez y dejó La Vega a la vista. El mismo verano. El verano del niño.
El libro de fábrica de la propia parroquia desmentía la placa de bronce. La donación piadosa de los Vidal era el blanqueo de un expolio. Y el expolio se había hecho el verano que mataron a Tomás Cobo.
Por primera vez en cuatro días, Nadia tenía algo que se podía meter en un sobre y poner encima de una mesa. Algo que se tocaba.
El corazón le latía deprisa.
—Padre —dijo, con la voz contenida—. Necesito una copia de esta página. Y necesito saber una cosa más. —Lo miró—. Cuando trajeron la Virgen, en el dos mil uno. Usted dijo que la recibió. ¿Quién se la trajo? ¿Don Honorio?
Don Casiano cerró el libro despacio, con las dos manos, como quien cierra una tumba.
—No —dijo—. Don Honorio vino al acto, a la bendición, con el obispo y todo el pueblo, a descubrir la placa.
Estuvo muy solemne, muy emocionado, dio un discurso precioso sobre la memoria y las aguas.
—Hizo una pausa—. Pero la imagen, la talla en sí, restaurada, embalada, me la trajo a esta sacristía su hijo.
Una semana antes. Él solo, en su coche. La descargó él, la colocó él, me explicó él cómo había que tratarla.
Sabía de la imagen más que yo. De dónde venía, de qué época, cada detalle.
—Levantó los ojos, y en ellos Nadia vio el miedo viejo asomar otra vez—.
Rafael. Fue Rafael Vidal quien me trajo a la Virgen de La Vega.
Con sus propias manos. Y yo me acuerdo de que, cuando la sacó de la caja y la puso ahí, en esa mesa, le miré las manos.
—Tragó—. Y tenía las uñas todavía con un poco de aquel barro gris metido dentro.
Como tú las has visto hoy en la peana. Me fijé y no dije nada.
Veinticinco años sin decir nada. Hasta ahora.