13
Elías Mansilla vivía en la última casa antes del agua, una construcción baja de bloque y uralita pegada al camino del pantano, con un corral de gallinas y un cobertizo lleno de los trastos que el embalse le había ido regalando en medio siglo de bajar a recoger lo que el agua devolvía.
Cuando Nadia llegó, lo encontró sentado en una silla de enea a la sombra del cobertizo, pelando una vara con una navaja, y a sus pies, tumbada, la perra negra que había encontrado al niño.
El hombre levantó la vista. La reconoció. No se sorprendió; en aquel pueblo ya nadie se sorprendía de nada.
—La hija de la Reme —dijo, y volvió a la vara—. Tú también vienes a preguntarme cómo encontré al niño. Ya se lo he contado a la Guardia Civil, y a la de Madrid, que me ha ofrecido dinero. No lo quiero.
—No vengo a preguntarte eso, Elías. —Nadia se quedó de pie, porque no había otra silla y porque lo que tenía que decir no se decía sentada—. Vengo a contarte una cosa. Una que te debo. Que te debe mi familia.
Elías paró la navaja. No la miró.
—Sé quién empezó lo tuyo —dijo Nadia—. Lo de hace veinticinco años.
Lo de que habías sido tú. Sé de dónde salió.
Fue Quintín Lázaro. Una noche, en el bar, con dos copas.
Se inventó que te había visto con el niño.
No para hacerte daño a ti. Para quitarse de encima la culpa él y los otros mayores, que habían dejado a Tomás solo.
Necesitaban a alguien, y tú eras… —Le costó decirlo—.
Tú eras el que sobraba. Y lo dijeron, y el pueblo lo cogió, y nadie lo paró.
La perra levantó la cabeza al notar algo en el aire. Elías seguía sin mirarla, con la navaja quieta sobre la vara.
—Y mi madre lo sabía —siguió Nadia, y esto era lo más difícil—.
Sabía que tú no habías sido. Sabía que mi hermano había dejado al niño solo, y que por eso buscaban un culpable.
Y se calló. Para proteger a Marcos. Dejó que cargaras tú.
—Se le quebró la voz—. Lo siento, Elías. En nombre de mi familia. Lo siento.
Hubo un silencio largo. Solo las gallinas, y el viento seco del pantano. Elías dejó por fin la vara y la navaja sobre las rodillas y se quedó mirando el agua marrón al fondo del vaso, allá lejos, por debajo de la línea blanca de la roca.
—La perra —dijo al cabo, en voz baja—. ¿Sabes lo que más me dolió de todo?
No la puerta pintada. No que dejaran de venderme el pan.
La perra. Me la mataron de un tiro y me la dejaron en mitad del camino para que la encontrara yo.
Una perra buena, que no había hecho nada.
—Acarició la cabeza de la negra, que se había acercado a su mano—.
Veinticinco años pensando «alguien dijo el primer nombre» .
Alguien tuvo que ser el primero. —Levantó por fin los ojos hacia Nadia, y los tenía secos y muy claros—.
Quintín Lázaro. —Lo dijo despacio, como quien por fin coloca una piedra que llevaba media vida llevando a cuestas, sin rabia, casi con descanso—.
Bueno. Gracias por decírmelo a la cara. Eres la primera que viene a mi casa a decirme una verdad.
Y Nadia, que se ganaba la vida haciendo hablar a la gente, sintió que aquel «gracias» de un hombre al que su pueblo había destrozado por cobardía pesaba más que todas las confesiones que había arrancado en su vida.
—Elías —dijo, con cuidado—. Hay otra cosa.
Y para esto sí te necesito a ti. Eres el único que conoce el fondo.
—Señaló el pantano—. Dime qué había en la iglesia de La Vega.
Qué se podía sacar de ahí abajo. El niño, antes de desaparecer, le dijo a su madre que había visto a un hombre sacando «el oro de los santos» . ¿Qué es eso, Elías? ¿Qué oro?
Por primera vez, algo se movió en la cara del viejo. Se levantó despacio de la silla de enea, le crujieron las rodillas, y echó a andar hacia el camino que bajaba al vaso seco.
—Ven —dijo—. Eso no se cuenta. Eso se enseña.
Bajaron juntos por la pista, con la perra delante, hasta el lecho agrietado, hasta La Vega.
De cerca, las ruinas eran aún más sobrecogedoras: las calles empedradas con su barro seco, las casas sin techo, el cementerio con las tumbas reventadas, la iglesia con su campanario.
Hacía un calor de horno y olía a cieno. Elías caminaba por aquel sitio como por su propia casa, sin mirar el suelo, esquivando los pozos de memoria.
—La Vega no era un pueblo pobre —dijo mientras andaban—.
Antes del pantano. Tenía tierra buena, tenía ganado, tenía minas de plomo arriba, en el siglo pasado.
Y la iglesia era rica. Tenía plata. Mucha.
Candelabros, una custodia, una lámpara grande de plata que colgaba del techo, y una Virgen del Carmen —la patrona, la de las medallas— con una corona y un manto bordado en oro de verdad, oro hilado.
El tesoro de los santos. Lo llamaban así de toda la vida.
—Llegaron al pretil del cementerio—. Y ahí —señaló— estaba el panteón de los señores.
De la familia rica del valle. Los Vidal.
Trescientos años enterrando a los suyos ahí, con sus anillos y sus relicarios de oro, como hacían los señores.
Nadia se paró en seco.
—Los Vidal —dijo.
—Los Vidal. —Elías la miró—. Cuando vino el pantano, en el sesenta y nueve, hubo tres días para vaciar el pueblo y la iglesia antes de que subiera el agua.
Tres días. Y con las prisas, con el caos de sacar a los vivos y a los muertos y los muebles, parte del tesoro se quedó.
Eso dice la gente. La plata de la iglesia se perdió.
La Virgen, la lámpara, la custodia. Se quedó abajo, bajo el agua.
Y los Vidal sacaron a algunos de sus muertos al panteón nuevo de arriba, pero no a todos, no les dio tiempo, y los que quedaron, quedaron con lo suyo puesto.
—Escupió al suelo seco—. Durante treinta años, eso fue una leyenda.
El tesoro de La Vega, en el fondo del pantano.
Cosa de viejos. Hasta el año dos mil. Hasta que bajó el agua por primera vez y se vio el pueblo.
Y entonces dejó de ser leyenda. Entonces estaba ahí, a la vista de quien bajara.
Para quien supiera dónde mirar y tuviera estómago para meter la mano en una tumba.
Llegaron a la iglesia. Elías la hizo pasar por el hueco de la puerta, a la penumbra fresca que olía a barro, al sitio exacto donde un crío había gritado un nombre veinticinco años atrás.
Dentro, el viejo señaló el muro del fondo, detrás de donde había estado el altar.
Había un hueco en la piedra, un nicho ancho, vacío, con los bordes rotos hacia fuera, a golpes.
—Aquí estaba la Virgen —dijo Elías—. En su camarín.
Emparedada, para protegerla del agua, antes de irse.
Mira la pared. —Pasó la mano por los bordes rotos—.
Esto no lo hizo el agua, niña. El agua empuja, no escarba.
Esto lo abrió alguien. Desde fuera. Con una herramienta.
En el año dos mil. Y se llevó lo que había dentro.
—Se giró hacia el pretil del cementerio, visible por el hueco de la puerta—.
Y al panteón de los Vidal le pasó lo mismo.
Las losas de las tumbas, levantadas. Por dentro, vacías de lo que tuvieran.
Yo lo vi. Aquel verano, antes de que desapareciera el niño, ya estaba todo abierto, escarbado, removido.
Alguien llevaba semanas bajando de noche a vaciar la iglesia y las tumbas de La Vega.
Y yo lo sabía. Porque yo soy el único que baja aquí.
—Bajó la voz—. Y una de esas noches, lo vi.
A Nadia se le erizó la piel.
—¿Viste a quién, Elías?
—Vi un coche. Una noche de aquel verano, no te sabría decir cuál, que las noches de entonces se me juntan todas en una.
Arriba, en el alto, donde acaba la pista, donde no debía haber ningún coche a esas horas.
Y vi una luz aquí abajo, en la iglesia, una linterna moviéndose.
—Negó con la cabeza—. No vi quién bajaba, ni qué hacía, ni si subía o bajaba algo.
Estaba lejos y estaba oscuro. Solo vi el coche.
Y el coche lo conocía, porque en un pueblo conoces todos los coches.
Era un Mercedes blanco, grande, de los antiguos.
—La miró—. En aquellos años, en todo el valle, solo había un Mercedes blanco así. El del médico. El de don Honorio.
El silencio dentro de la iglesia se hizo espeso.
—¿Y no lo dijiste? —susurró Nadia—. ¿Nunca?
Elías se rio, esa risa hueca del pueblo.
—¿Yo? —Se señaló el pecho—. Lo dije, niña.
Una vez. Tuve la estupidez de decirlo. Fui al cuartel, al cabo, y le conté que había visto el coche de don Honorio en el alto de noche, que algo raro pasaba ahí abajo.
—Soltó una risa seca—. ¿Y sabes lo que saqué?
Que a partir de aquel día el raro del pantano ya no es que hablara solo: es que veía visiones, desvariaba, se inventaba que el santo bajaba de noche.
A quién iban a creer, ¿a mí, o al médico?
—Empezó a salir de la iglesia, hacia la luz—.
Aprendí lo que pasa cuando el del pantano abre la boca.
Y me callé lo demás. Como me callo todo lo que me da el agua.
Veinticinco años. Esperando a que alguien viniera a preguntarme.
—Se paró en el hueco de la puerta, a contraluz—. Y has venido tú.
Salieron de la iglesia al sol cegador. Nadia tenía la cabeza ardiendo, encajando piezas: el coche del médico de noche, las tumbas vaciadas, la plata robada, un niño que vio a un hombre y no volvió.
Tenía el coche de don Honorio en el pantano.
Pero un coche visto de lejos por un hombre al que nadie creería no era una prueba.
Era otra piedra que le caería en la cabeza.
Necesitaba la plata. Necesitaba el oro de los santos, el de verdad, el que se toca.
—Elías —dijo, mientras subían—. Esa plata. La Virgen, la lámpara, la custodia. Si alguien la sacó de aquí en el dos mil… ¿dónde está? ¿La vendieron, se fundió, qué pasó con ella? ¿Volvió a aparecer alguna vez?
Y Elías Mansilla se paró en mitad de la cuesta, miró a Nadia, y por primera vez en toda la mañana, en aquella cara dura de hombre solo, asomó algo que era casi una sonrisa, una sonrisa amarga, terrible, la sonrisa del que lleva un cuarto de siglo viendo una cosa que nadie más quiere ver.
—¿Que dónde está la Virgen de La Vega, niña?
—dijo—. ¿La que se perdió en el fondo del pantano?
—Levantó el brazo y señaló, ladera arriba, los tejados de Castroviejo, y entre ellos la espadaña de la iglesia nueva, la de arriba, la de los vivos—.
Está ahí. En la iglesia nueva. En su capilla, con sus velas, donde la reza el pueblo entero todos los domingos.
La devolvió la familia Vidal hace veinticuatro años.
Una donación piadosa, dijeron. «En memoria de los que se llevó el agua.
» Hay una placa de bronce y todo, al lado, con el nombre de don Honorio.
—La miró a los ojos—. El tesoro robado de los muertos lleva veinticinco años a la vista de todos, encima del altar, bendecido.
Y el único que sabía de dónde había salido de verdad era el loco del pantano, al que nadie escucha.