Todo lo que el agua calla 23
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El disparo no le dio a Nadia. Lo supo porque siguió corriendo. Lo que oyó, medio segundo después, fue a Bruno soltar un gruñido ronco, un agh apretado entre dientes, y trastabillar, y seguir corriendo igual, empujándolos a los dos hacia las carrascas.

Llegaron al todoterreno en tromba, se metieron, Bruno arrancó sin luces y bajó la pista de tierra a ciegas, dando bandazos, mientras arriba las linternas se quedaban atrás, ladrando órdenes a un monte vacío.

Solo cuando enfilaron la carretera y dejaron el monte detrás, Bruno encendió los faros, y Nadia vio que llevaba la mano izquierda apretada contra el costado y que entre los dedos le salía algo negro que en la oscuridad no parecía sangre pero lo era.

—Te han dado.

—De refilón. —Bruno apretó los dientes—. En el costado. Me ha rozado. No es nada.

—Para el coche.

—No paro nada. Primero tu hermano.

Marcos, en el asiento de atrás, temblaba, blanco, mirándose las manos como si no fueran suyas.

—Me han disparado por mi culpa —dijo—. Os van a matar por mi culpa, a los dos. Como al niño. Todo el mundo que se me acerca…

—Cállate, Marcos. —Nadia se giró y le agarró la rodilla, fuerte—.

Nadie se ha muerto. Escúchame. Te vamos a sacar del valle esta noche.

Mi productor, Quique, ya viene de camino: lo llamé anoche, en cuanto supe que estabas vivo, y lleva horas en la carretera.

Quedamos con él en la gasolinera de la autovía, en territorio neutral, donde no manda nadie de aquí, y te lleva a Madrid, a casa de mi abogada, donde los Vidal no pintan nada y donde, si te pasara algo, salta todo a la vez.

Vivo y a la vista, Marcos. Es lo contrario de esconderse.

Es lo único que te protege. Igual que a Bonilla. La verdad a la luz no se puede borrar.

Hicieron el trasvase en la gasolinera de la autovía, a las cuatro de la madrugada, deprisa, como en las películas que Nadia contaba pero no vivía.

Quique bajó del coche con cara de no haber entendido la mitad y de fiarse igual, abrazó a Nadia un segundo — menudo marrón me has buscado — y metió a Marcos en su coche.

Y Nadia abrazó a su hermano por segunda vez en una noche, en el resplandor frío de los surtidores, y le dijo al oído lo que no le había dicho en dieciocho años:

—Te voy a sacar de esta. Te lo juro. Aguanta. Y no llames a mamá todavía. Pronto. Te lo prometo.

Vio alejarse las luces del coche de Quique por la autovía, hacia Madrid, hacia el único sitio donde su hermano estaría a salvo, y por primera vez en dos días respiró.

Luego se ocupó de Bruno.

No fueron al hospital. No podían. Un sargento de la Guardia Civil con un balazo, aunque fuera de refilón, en mitad de la noche, dispara —nunca mejor dicho— un parte, una investigación, preguntas que ninguno de los dos podía contestar sin contar lo que no se podía contar: que habían subido a un monte a recoger a un muerto.

Así que Nadia lo llevó a su piso, encima de la cantina vieja, y a la luz de la cocina le levantó la camisa y le limpió la herida —un surco rojo en el costado, abierto pero no profundo, la bala se había llevado un trozo de piel y se había ido— con agua oxigenada y unas tiras de un botiquín de guardia civil viejo, mientras él apretaba los dientes y la miraba.

—Se te da bien esto —dijo Bruno.

—He grabado cuarenta episodios sobre forenses. Algo se pega. —Le apretó una tira sobre la herida y notó cómo él contenía el aire—. Perdona.

Estaban muy cerca. Las manos de ella sobre el costado desnudo de él, la luz amarilla de la cocina, las cuatro y media de la madrugada, una noche entera de monte y de miedo y de balas a la espalda.

Bruno levantó una mano y le apartó el pelo de la cara, manchado de tierra, igual que en el frontón, y esta vez no hubo dieciocho años entre los dos, no hubo espina, no hubo duda.

Esta vez Nadia se acordó del barranco, de cada paso de él monte arriba para llegar antes que los lobos, del agh apretado al recibir la bala que iba quizá para ella, y supo, con todo el cuerpo y por una vez también con toda la cabeza, que aquel hombre no la había traicionado, que aquel hombre se había puesto entre ella y un disparo.

Se besaron otra vez, despacio, con cuidado por la herida, y se quedaron un rato así, frente con frente, respirando, dos personas vivas de milagro en una cocina.

—No fuiste tú —dijo Nadia en voz baja—. Lo de la filtración. Nunca fuiste tú. Perdóname por haberlo pensado.

—Lo habrías sido idiota si no lo piensas. —Bruno sonrió, torcido por el dolor—. Una de las cosas que más me gustan de ti es que no te fías ni de mí. No dejes de ser así. Es lo que te va a mantener viva en este pueblo.

Y luego, ya con la herida vendada, sentados los dos en el suelo de la cocina con la espalda en los armarios, Nadia le contó lo que había encajado en el monte, lo que la quemaba por dentro desde que Marcos dijo vi bajar a don Honorio.

Lo montó entera, en voz alta, eufórica, con la certeza del que por fin ve el cuadro completo:

—Lo tengo, Bruno. Lo tengo todo. No fue solo Rafael saqueando.

El padre estuvo allí esa noche. Lo vio Marcos.

Don Honorio bajó en su Mercedes a la iglesia a la hora del crimen.

Padre e hijo. El niño los vio robando el oro de los muertos, y entre los dos lo callaron para siempre.

Y al día siguiente el santo del pueblo organizó la batida y consoló a la madre y montó la historia del ahogamiento.

No es un padre que tapa a un hijo. Es un asesino que tapa su propio crimen.

Es él. Es don Honorio. El hombre más querido de la comarca mató a un niño de ocho años con sus propias manos.

Bruno la escuchó hasta el final. Y luego, despacio, con el cuidado del que sabe que va a apagar un fuego que la otra persona necesita:

—Puede ser —dijo—. Encaja. Casi todo encaja.

—Hizo una pausa—. Pero escúchame con la cabeza fría, Nadia, una vez, antes de salir corriendo a hacer lo que sea que estás pensando hacer.

Lo de don Honorio en la iglesia esa noche es la palabra de tu hermano.

De un Marcos de quince años, aterrado, corriendo cuesta arriba, que se volvió un segundo en la oscuridad y vio un coche blanco.

Un Marcos que tú misma me dijiste que tiene un hueco negro en la memoria de esa noche.

¿Vas a sostener una acusación de asesinato contra el hombre más respetado de la provincia sobre un coche visto de reojo a oscuras hace veinticinco años por un crío traumatizado que ahora mismo, oficialmente, está muerto y era el principal sospechoso?

—Negó con la cabeza—. Eso no es una prueba.

Eso es una certeza tuya. Y son cosas distintas. Lo aprendiste tú antes que yo.

Nadia lo sabía. En el fondo lo sabía. Pero la certeza le quemaba demasiado para hacerle caso, y tenía un arma que Bruno no tenía, un arma que llevaba semanas sin usar por miedo a que salpicara a Marcos: su voz. El Fondo . Cientos de miles de oídos, fieles, suyos, que escuchaban hasta el final.

—El flanco legal es demasiado lento —dijo—.

Y lo van a enterrar, Bruno, como han enterrado el libro, al cura, a Elías.

Tienen el cuartel, tienen el obispado, tienen al pueblo.

Cualquier cosa que yo meta por un cauce, ellos la sacan por otro antes de que llegue.

—Se levantó del suelo, con los ojos brillando—.

Solo hay una cosa que no pueden enterrar.

Una cosa que sale a la vez en todas partes, tan alta y tan a la vez que ya no se puede tapar, ni con un cabo, ni con un obispo, ni con trescientos años de apellido.

Lo que yo sé hacer. Voy a contarlo. Voy a hacer el episodio.

Y cuando salga, cuando lo escuche toda esa gente y lo repitan los que de verdad tienen tres millones de oídos, los Vidal ya no van a poder borrar a nadie, porque para entonces lo sabrá todo el mundo.

—Nadia. —Bruno se incorporó, con esfuerzo—.

Si sales al aire acusando a don Honorio de asesinato sin una prueba que se sostenga en un juzgado, y resulta que se te escapa algo, lo que sea, un detalle…

te hundes tú, hundes a tu hermano, y le das al santo la coartada perfecta: la periodista loca que inventó un monstruo para salvar al asesino de su familia.

Es justo lo que ellos quieren que hagas.

—La miró, suplicante—. Asegúrate. Solo te pido eso.

Antes de apretar el gatillo, asegúrate de que no te falta ninguna pieza.

No te falta ninguna pieza. La frase se le quedó dando vueltas a Nadia, incómoda, sin saber por qué, como un cromo que no encaja en el hueco. Pero la apartó. Estaba demasiado cerca. Lo tenía demasiado claro.

Durmió tres horas en el sofá de Bruno, abrazada a él con cuidado por la herida, y a las ocho de la mañana la despertó el teléfono, vibrando en la mesa. Número de Cervera. Lo cogió medio dormida, pensando en Bonilla, pensando el viejo se ha arrepentido, quiere retirarlo.

No era Bonilla. Era una voz de mujer, joven, oficial, cansada. La Guardia Civil de Cervera.

—¿Hablo con Nadia Belmonte? Verá, estamos haciendo unas comprobaciones de rutina. ¿Conocía usted a don Saturnino Bonilla, anticuario, de aquí de Cervera? Es que en su teléfono fijo, en el registro de llamadas de estos días, aparece un contacto con un número suyo, y…

Nadia se sentó de golpe en el sofá.

—¿Por qué dice «conocía»? —preguntó, aunque ya lo sabía, ya lo sabía con un frío que le subía por la espalda—. En pasado. ¿Por qué habla en pasado?

—Lamento decírselo así. —La voz al otro lado hizo una pausa profesional—.

El señor Bonilla ha aparecido muerto esta mañana en su domicilio.

Se le ha parado el corazón, por lo visto, durante la noche.

A su edad, y solo… Estas cosas pasan. Solo estamos cerrando el círculo de sus últimos contactos. Pura rutina.

Pura rutina. A Saturnino Bonilla se le había parado el corazón durante la noche, en su casa, solo, entre sus muebles tapados con sábanas.

La misma noche que a ellos los recibían a tiros en el monte.

La misma noche. Setenta y nueve años, sí.

El corazón, sí. Estas cosas pasan. Igual que la furgoneta en la presa.

Igual que el ahogamiento de un niño. Siempre había una explicación amable, redonda, que cerraba la historia y a nadie le apetecía remover.

Lo habían matado. Por la llamada que él mismo les hizo. Por la visita de Marcos. Por la suya. El último que vio a su hermano vivo, el único testigo del expolio, muerto «del corazón» la misma noche que a ellos les disparaban.

Nadia se quedó con el teléfono en la mano, helada, y la culpa le subió por la garganta —por mí, ha muerto por mí, fui yo a su casa— y detrás de la culpa, fría, terrible, automática, la cabeza profesional que no paraba nunca levantó una sola idea por encima del horror, una idea que era a la vez lo más humano y lo más monstruoso que tenía Nadia dentro:

No saben que lo grabé. Creen que han cerrado otra boca. Y la tengo entera, en cinco sitios, dándole desde la tumba el nombre de Rafael Vidal.