10
A las once de la noche, todo el pueblo estaba en el pantano con linternas.
Reme Belmonte bajaba por la pista de tierra con una de ellas en la mano, temblando a pesar del calor, buscando entre el barro a un niño que no era el suyo y rezando, que Dios la perdonara, por dos cosas a la vez: por que apareciera el hijo de la Amparo, y por que cuando apareciera no fuera por culpa de su Marcos.
Porque su hijo había entrado en casa blanco como la cera y había dicho aquella frase — se ha ido por su cuenta, yo le dije que no— y luego, cuando ya bajaban juntos corriendo a dar la voz, le había agarrado del brazo en la oscuridad y le había susurrado otra cosa, una cosa que Reme llevaba dos horas tratando de no pensar: mamá, había un hombre en la iglesia.
Pero ahora no había tiempo de pensar en eso. Ahora había que encontrar al niño.
El vaso del pantano de noche era un sitio del demonio.
Las linternas barrían el lodo agrietado, los muros rotos de La Vega, las tumbas reventadas del cementerio viejo, y todo proyectaba sombras largas que parecían moverse.
La gente gritaba el nombre del niño, ¡Tomás!
, ¡Tomasín!, y el nombre rebotaba en los muros muertos de la aldea hundida y se perdía.
Olía a cieno y a pez podrido. Y en algún sitio de aquella oscuridad, Amparo Cobo gritaba el nombre de su hijo con una voz que ya no era humana, una voz de animal, y a Reme se le clavaba en el pecho cada vez.
Fue don Honorio quien puso orden en el caos.
Llegó de los últimos, de la consulta, con el maletín, y bastó que apareciera para que el pueblo entero, que se movía a ciegas y a gritos, encontrara un centro.
El médico tenía esa autoridad. Cincuenta y tantos años, alto, sereno, con la voz tranquila del que ha visto nacer y morir a tres generaciones.
Se subió a un muro y habló, y todos callaron para oírlo.
—Escuchad. Así no. Así nos vamos a hacer daño nosotros y no vamos a encontrar al niño.
—Señaló con el brazo—. Vosotros, los hombres jóvenes, por la orilla de la poza, que es donde más peligro hay.
Las mujeres y los mayores, conmigo, por las casas y las eras, despacio, mirando bien.
Y cuidado con los pozos. —Su voz se hizo grave—.
Hay pozos viejos por toda la aldea, tapados con losas, pero algunas se habrán movido.
Si el crío se metió a jugar y pisó mal… —Dejó la frase en el aire, y un escalofrío recorrió a la gente—.
Mirad dentro de los pozos. Y cuidado con el barro de la orilla, que engaña.
Está blando. Un niño pequeño ahí se hunde y no sale.
Y así, en una sola frase, sin que nadie lo notara, sin que la propia Reme lo notara hasta muchos años después, el médico puso en la cabeza de doscientas personas la imagen que iba a quedarse para siempre: el niño que juega, el niño que pisa mal, el barro que engaña, el agua que se traga.
Antes de que nadie hubiera encontrado nada, antes de que hubiera un cuerpo, ya había una historia.
Una historia limpia, sin culpables, hecha de barro y de mala suerte.
La historia aguantaba. Y don Honorio acababa de fundarla de pie sobre un muro, con su voz de médico bueno, mientras la madre del niño gritaba en la oscuridad.
Reme buscó con todos los demás hasta la madrugada. Y en algún momento de aquella noche larga, mirando barrer las linternas, vio una cosa que entonces no supo nombrar y que tardaría veinticinco años en dejar de ver.
Vio a Rafael.
El hijo del médico estaba allí, buscando, claro, como todo el mundo, junto a su padre.
Pero Reme lo había visto bajar antes, al principio, cuando la gente empezaba a juntarse, y se había fijado en él sin querer porque venía de su casa, del pueblo de arriba, y venía limpio.
Recién cambiado. Con ropa seca y zapatos secos, el pelo mojado de la ducha.
A esas horas, con todo el pueblo bajando de cualquier manera, en chanclas, en bata, como les pilló la noticia, el hijo del médico había encontrado tiempo para ducharse y cambiarse antes de bajar a buscar a un niño perdido.
Reme lo pensó un segundo —qué raro— y enseguida lo soltó, porque una madre histérica gritaba y había que buscar y quién era ella para fijarse en si el hijo del médico venía duchado o no. Pero lo había visto. Y lo guardó. El cuerpo lo guardó aunque la cabeza lo soltara.
No encontraron al niño aquella noche. Ni la siguiente.
El barro de la orilla, dijeron, el barro engaña.
Los buzos que trajeron de la capital tres días después rastrearon la poza y no sacaron nada, y eso, lejos de extrañar a nadie, encajó: el lodo se lo había tragado, el lodo no devuelve.
Para cuando volvió a llover en otoño y el pantano empezó a subir y a tapar otra vez La Vega, el pueblo entero había aceptado la historia del médico como se acepta el clima.
Tomasín Cobo se ahogó en el barro. Una desgracia. Dios lo quiso.
Pero esa noche, la primera, antes de que la historia cuajara del todo, hubo un momento.
Fue al amanecer. La gente subía agotada, vencida, con las linternas ya inútiles bajo la primera luz gris. Reme subía con su marido, Teo, los dos sin hablar, y delante de ellos, en la pista, vio a don Honorio que se había quedado un poco atrás del grupo, esperando. Esperándola a ella.
Reme lo entendió enseguida y se le encogió el estómago, porque supo, sin saber cómo, que el médico sabía lo del hombre en la iglesia. Que Marcos lo había dicho, o que se le había escapado a alguien, o que el médico, simplemente, lo sabía todo, porque los médicos de pueblo lo saben todo.
—Sube tú, Teo —dijo don Honorio con suavidad—. Que quiero hablar un momento con tu mujer, de una cosa del chico.
Teo subió. Y Reme se quedó sola con el médico en la pista de tierra, con el pantano muerto a la espalda y el cielo aclarando.
—Remedios. —Don Honorio le puso una mano en el hombro, cálida, paternal—. ¿Cómo está tu Marcos?
—Mal, don Honorio. No ha dormido. Está… dice cosas.
—Lo sé. —El médico asintió, despacio, con una tristeza infinita en la cara—. Por eso quería hablar contigo.
Y empezó a hablarle en voz baja, en mitad de la pista, con esa autoridad mansa que no admitía réplica.
Que Marcos había vivido algo terrible. Que la mente, a los quince años, para no romperse, inventa: inventa hombres, sombras, culpables, cualquier cosa antes que decirse «yo lo dejé solo, yo tengo la culpa» .
Que no había ningún hombre en ninguna iglesia, Remedios; había un niño ahogado y un hermano que no se lo perdonaba.
Lo decía con dulzura, sin prisa, como quien explica una enfermedad y de paso receta la cura.
Reme miró al médico a los ojos. Y por un instante, uno solo, algo dentro de ella, lo mismo que había guardado al ver bajar a Rafael duchado, se removió y quiso hablar. Mi hijo no miente. Mi hijo no inventa. Y su hijo de usted bajó limpio a buscar a un niño perdido. Lo tuvo en la boca. Un instante.
Pero don Honorio no le dejó sitio. Pasó del consuelo al trato sin que se notara la costura.
—Te lo digo por su bien. Si dejas que el chico vaya por ahí diciendo que vio a un hombre en la iglesia, ¿sabes lo que va a pasar?
Que no lo va a creer nadie, y va a quedar como el que dejó morir al niño y encima se inventó un cuento para quitarse la culpa.
Marcos, el del muerto. Para siempre. —Le apretó el hombro—.
O peor: le pone una cara a ese hombre. Señala a un inocente, al primero que se le cruce.
Y entonces hay dos vidas rotas, Remedios, en vez de una.
Por una fantasía del dolor. —Le sonrió, con cariño—.
Yo te quiero ayudar. A los dos. Voy a procurar que a Marcos no lo aprieten, que la Guardia Civil no lo trate de sospechoso, que esto quede en lo que es: una desgracia.
Tengo mano. Lo puedo proteger. —Su voz bajó un tono—.
Pero a cambio tienes que ayudarme tú a protegerlo.
Tienes que no dejarle hablar de hombres en iglesias.
Nunca. Ni a la Guardia Civil, ni en el bar, ni a su hermana, ni a nadie. Por su bien. ¿Lo entiendes?
Y Reme, que tenía cuarenta y un años, un marido cansado, una hija de once con paperas en la cama y un hijo de quince blanco de horror en casa, miró al hombre más bueno del pueblo, al que le había traído al mundo a sus dos hijos, al que le bajaba la fiebre a las cuatro de la mañana, y vio en él una salida.
Una sola. La única que le ofrecía nadie aquella madrugada. Yo lo protejo. Tú lo callas.
No vio lo que veinticinco años después vería con espanto desde la cocina, contándoselo a Nadia. No vio el pacto. Vio a un médico bueno ofreciéndole salvar a su hijo.
—Lo entiendo, don Honorio —dijo.
—Buena mujer. —El médico le apretó el hombro una última vez y le tendió la mano, esa mano grande y limpia de médico—. Entonces tenemos un trato. Tú callas a tu chico, y yo te lo guardo.
Reme le dio la mano. Y mientras se la estrechaba, sobre el hombro del médico, al otro lado del pantano que empezaba a iluminarse con el primer sol, vio una figura subiendo sola por la orilla seca, recortada contra la luz.
Rafael. El hijo. Que se había quedado abajo el último, buscando, o haciendo como que buscaba, en las ruinas de la iglesia.
Subía despacio, con las manos en los bolsillos, y al pasar a lo lejos volvió un momento la cara hacia su padre y hacia Reme, hacia las dos manos que se estaban estrechando en la pista, y no dijo nada, y siguió subiendo.
Reme soltó la mano del médico. Tenía frío a pesar del sol que salía.
No supo qué acababa de vender. Tardaría veinticinco años en saberlo.
Pero algo, en el fondo del pecho, en el mismo sitio donde había guardado la imagen de Rafael bajando limpio, supo ya esa madrugada, sin palabras, que acababa de meter una cosa muy pesada en el fondo de sí misma, y que el agua, sobre esa cosa, no iba a subir nunca lo bastante.