8
Si Vera iba a grabar a Quintín a las once de la mañana, Nadia iba a llegar a él a las siete de la tarde del día antes.
Lo encontró donde le dijeron que estaría: en su taller, a la salida del pueblo, una nave de bloques con la persiana medio subida y un cartel oxidado, LÁZARO · CHAPA Y MECÁNICA, comido por el sol.
Dentro, bajo un fluorescente que parpadeaba, un hombre con un mono azul lleno de grasa metía la cabeza en el motor de un tractor.
Quintín Lázaro. Habían pasado de los críos de la charca a los cuarenta y pico, y a Quintín se le notaban todos: calvo, ancho, con la cara roja de un hombre que come y bebe lo que puede en un sitio donde no hay otra cosa que hacer.
Levantó la vista al oír los tacones en el cemento.
Tardó un segundo en reconocerla, y cuando la reconoció, la cara se le cerró como una persiana.
—La Belmonte —dijo. No fue un saludo.
—Hola, Quintín.
—Si vienes por lo de mañana, llegas tarde. Ya he hablado con la otra, con la de Madrid. —Volvió a meter la cabeza en el motor—. Y me paga.
Así que era eso. Vera pagaba. Nadia archivó el dato y no se inmutó.
—No vengo a competir con Vera —dijo, apoyándose en el banco de trabajo, tranquila, como quien tiene toda la tarde—.
Vengo porque mañana, cuando salga eso, va a salir con música de tensión y con mi hermano de monstruo.
Y tú sabes igual que yo, Quintín, que tú no quieres ser el que señaló a un inocente. Otra vez.
Quintín sacó la cabeza del motor. Fue rápido, pero Nadia lo cazó: el parpadeo, el músculo de la mandíbula, la palabra otra abriéndose camino. Llevaba toda la vida lanzando esas piedras pequeñas para ver qué se movía debajo, y debajo de Quintín Lázaro, a la primera, se había movido algo grande.
—No sé de qué hablas —dijo él, pero ya con menos fuerza.
—Yo creo que sí. —Nadia bajó la voz, a la voz, la cálida, la que abría a la gente—.
Lo de Elías, Quintín. Lo del año 2000. El pueblo entero se le echó encima al pobre hombre, le mataron el perro, le pintaron la puerta.
Y nadie vio nada, nadie tenía pruebas. ¿De dónde salió eso?
¿Quién fue el primero que dijo que había sido Elías?
Porque algo así no nace solo. Alguien lo dijo primero. Alguien puso la primera piedra.
Quintín cogió un trapo y se limpió las manos despacio, sin necesidad, por hacer algo con ellas. Cuando habló, lo hizo mirando el motor, no a ella, igual que Reme le hablaba a la olla. La gente de aquel pueblo decía las verdades de espaldas.
—¿Tú sabes lo que es tener diecisiete años y haber dejado a un crío de ocho solo en una piedra para irte a fumar?
—dijo—. ¿Y que ese crío aparezca muerto?
—Tiró el trapo al banco—. Éramos cinco o seis.
Los hermanos Lázaro, tu hermano, las chicas.
Todos mayores. Todos habíamos visto al niño ahí sentado y todos pasamos de él para irnos a la charca.
Todos. Cuando se lió aquello, cuando bajó la Guardia Civil y la madre gritando y el pueblo buscando con linternas…
¿tú sabes el miedo que teníamos? No de que nos cogieran.
De que nos echaran la culpa. De cargar el resto de nuestra vida con el muerto de ese niño por habernos ido a nadar.
—Y apareció Elías.
—Y apareció Elías. —Quintín se rio, una risa fea—.
El raro. El que estaba siempre abajo, en las ruinas, con su perra, hablando solo.
El que daba miedo a los críos. Era… era fácil, ¿entiendes?
Era el que sobraba. —Por fin la miró—. Yo dije que lo había visto.
Que había visto a Elías rondando al niño aquella tarde, cerca de las casas.
Lo dije en el bar, una noche, con dos copas, y para cuando quise darme cuenta ya lo decía todo el pueblo y ya no era mío, ya era de todos, ya era verdad.
Y fue mentira, Nadia. Yo no vi a Elías con el niño.
Me lo inventé. Lo solté para que el pueblo tuviera a quién odiar y dejara de mirarnos a nosotros, a los que lo dejamos solo.
Y funcionó. Vaya si funcionó. —Bajó la cabeza—.
Le destrocé la vida a un hombre para salvarme yo el sueño. Y ni así he dormido.
Nadia se quedó callada. El fluorescente parpadeaba. Ahí estaba el origen de veinticinco años de infierno para Elías Mansilla: dos copas y el miedo de un chaval de diecisiete. Así nacían los monstruos en los pueblos. No de la maldad. De la cobardía y de la necesidad de que la culpa fuera de otro.
—Por eso hablo con la de Madrid —siguió Quintín—.
Por eso le he dicho que sí. Porque ahora resulta que al niño lo mataron, que no se ahogó, y ahora resulta que sí hubo un culpable de verdad, y yo no voy a volver a callarme como un cobarde.
Aunque sea tarde. Aunque sea por dinero, que tú me mires con esa cara.
Voy a contar lo que vi de verdad. Todo. Lo que no conté entonces por salvarme.
A Nadia se le tensó algo en el estómago. Lo que vi de verdad.
—¿Y qué viste de verdad, Quintín? —preguntó, y procuró que sonara suave, pero el pitido ya le nacía en el oído.
Quintín la miró. Y por primera vez en toda la conversación, Nadia vio en su cara no culpa, sino lástima. Lástima por ella.
—Lo siento, Nadia —dijo—. De verdad que lo siento. Pero me lo vas a sacar igual, así que prefiero decírtelo yo aquí, a solas, que mañana lo oigas con la música esa.
—Quintín.
—Cuando salimos de la charca, al atardecer, yo fui el último en subir.
Me había dejado la camiseta y volví a por ella.
—Hablaba despacio, midiendo, como quien camina por el hielo—.
Y desde arriba, desde el muro de la poza, vi dos cosas.
Vi al niño. A Tomasín. Vivo. Bajando él solo por la calle empedrada, hacia la iglesia de abajo, la del pueblo hundido.
Solo. Tan contento, dando saltos. —Tragó—.
Y un rato después, no mucho, vi a tu hermano.
A Marcos. Bajar por esa misma calle. Hacia la iglesia.
Detrás del niño. Solo también. Yo subí y no le di importancia, pensé que iba a buscarlo para llevárselo a casa.
—Se le quebró un poco la voz—. Pero esa es la última vez que se vio a Tomás Cobo con vida, Nadia.
Entrando en esa iglesia. Y la última persona que bajó detrás de él, el único que bajó detrás de él, fue tu hermano. No Elías. Tu hermano.
El taller se quedó en silencio. Solo el fluorescente, parpadeando.
Nadia oía el pitido en el oído como un cuchillo, agudo, continuo, y por una vez no sabía si era por la mentira o por la verdad, porque por primera vez no podía distinguirlas.
Lo que Quintín decía era verdad. Lo notaba.
El hombre no mentía: había visto a Tomás vivo bajar a la iglesia, y había visto a Marcos bajar detrás. Eso era cierto.
Y era, además, la historia perfecta. Limpia, redonda, sin un cabo suelto, la que mañana a las once iban a entender a la primera el pueblo entero, y Vera, y los tres millones, y el grupo de homicidios de la capital: el niño entró vivo en la iglesia, el hermano entró detrás, y el niño no volvió a salir.
El último que lo vieron con vida. El único que bajó tras él. No Elías. Su hermano.
Lo único que podía romper esa historia era una cosa que Nadia llevaba dentro desde los once años, y que el pueblo entero —ella incluida, durante un cuarto de siglo— había enterrado como el delirio de un crío.
Porque Marcos no había sido el único que bajó a esa iglesia aquella tarde.
Marcos lo había contado una vez, llorando, con quince años, antes de que le cosieran la boca para siempre: que dentro, en la penumbra que olía a cieno, había un hombre con las manos llenas de tierra que le dijo que allí no había ningún niño y lo mandó subir a casa.
El hijo de don Honorio. Pero eso no lo había visto Quintín.
Y eso, durante veinticinco años, no se lo había creído nadie: era el monstruo que se inventó un chaval en shock para no cargar con la culpa de haber dejado morir a su amigo.
Eso decían. Eso había acabado creyendo hasta ella.
Solo que aquella misma mañana, en el salón de Amparo, una madre vaciada le había contado que su hijo, el muerto, le había hablado de un hombre en esa misma iglesia. El mismo hombre.
Y dos niños no inventan el mismo monstruo.
Su hermano. La última persona que vieron con Tomás Cobo vivo, bajando a una iglesia hundida de la que el crío no salió jamás.
Y la única que podía jurar que allí dentro había, además, un hombre adulto con las manos llenas de tierra era ella, Nadia, apoyada en la palabra de un niño muerto y en la de un hermano al que ya habían declarado loco una vez.
—Quintín —dijo Nadia, con la boca seca—. Mañana, cuando cuentes eso… ¿vas a decir que viste a Marcos entrar en la iglesia detrás del niño?
—Voy a decir la verdad —dijo Quintín—. Por una vez en mi vida. —La miró, y otra vez la lástima—. Vete a casa, Nadia. Habla con tu hermano esta noche. Pregúntale qué pasó en esa iglesia. —Volvió a coger el trapo—. Porque mañana a las once lo va a tener que contar él. O lo voy a contar yo por él.