Todo lo que el agua calla 7
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Vera Solís bajó los treinta metros de calle vacía sin prisa, como bajaba siempre a todas partes, sabiendo que el sitio al que iba la esperaría.

Llevaba ropa cara de aspecto barato, gafas de sol de quinientos euros, y el micro de espuma con el logo de su programa, Sangre Fría, colgando de la mano como un caramelo.

Detrás de ella, junto a la furgoneta, un cámara joven y una chica con auriculares descargaban material.

—No te acerques a esa casa, Vera —dijo Nadia, plantándose en mitad de la calle.

—Vaya. —Vera se bajó las gafas y la miró por encima, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. «No te acerques a esa casa.» ¿Y tú de dónde sales, exactamente? —Señaló con la barbilla la puerta de Amparo, a espaldas de Nadia—. Porque o yo veo mal, o tú acabas de salir de esa casa.

Nadia no contestó.

—Eso pensaba. —Vera volvió a subirse las gafas—.

Reina, llevamos doce años en esto las dos.

No me vengas con el numerito de la periodista buena que protege a las víctimas, que nos conocemos.

Tú has entrado ahí a sacarle a esa pobre mujer exactamente lo mismo que vengo a sacarle yo.

La diferencia es que tú llegaste antes porque eres del pueblo.

Eso no es ética. Eso es ventaja de local.

Y ahí, en mitad de la calle de las Eras, con el sol cayendo a plomo, a Nadia se le encendió el oído.

El pitido fino, agudo, el de cuando alguien decía una verdad que ella no quería oír.

Porque Vera tenía razón. Esa era la parte insoportable de Vera Solís, la que Nadia llevaba doce años sin poder quitarse de encima: que casi siempre tenía razón sobre ella.

Se habían conocido a los veintidós y los veinticuatro, las dos becarias en la misma emisora de Madrid, dos chicas listas y hambrientas que aprendieron juntas el oficio de contar muertos.

Y desde el principio se vio la diferencia entre ellas, una diferencia que no era de talento sino de freno.

Vera no tenía freno. Vera entendió antes que nadie que a la gente no le gustan los muertos: le gustan las historias.

Que el dolor real, el de verdad, el feo, el aburrido, no vende; lo que vende es el dolor con música, con giros, con un monstruo al final.

Nadia lo entendió también —lo entendían las dos a la vez, en la misma sala de edición—, pero Nadia se puso un límite y Vera no, y doce años después Vera tenía tres millones de descargas al mes y una productora con quince empleados, y Nadia tenía el respeto de los que entienden y la mitad de oyentes.

Cada una había elegido. Y cada una despreciaba a la otra por lo que había elegido.

—Yo no le he sacado nada a Amparo —dijo Nadia, y el oído le pitó más fuerte, porque era mentira a medias: le había sacado el oro de los santos, le había sacado al hombre de la iglesia, le había sacado lo de don Honorio y las pastillas, y todo eso ya estaba dando vueltas en su cabeza con forma de episodio.

—Ya. —Vera sonrió—. Y yo soy clarisa. —Dio un paso, bajó la voz, casi cariñosa—.

Mira, Nadia, te voy a ser sincera, que para eso fuimos amigas hace mil años.

No he venido por la madre. La madre es para el minuto del llanto, eso lo grabo el jueves en diez minutos y a otra cosa.

Yo he venido por la historia. Y la historia de este pueblo, la de verdad, la que va a reventar el viernes, no es el niño del pantano.

—¿Ah, no?

—No. —Vera la miró fijo—. La historia eres tú.

El calor pareció apretar un grado. Nadia se quedó quieta.

—Piénsalo desde fuera un segundo, como lo pienso yo —siguió Vera, y empezó a hablar deprisa, con entusiasmo profesional, dibujando el episodio en el aire con la mano del micro—.

Una podcaster de true crime , famosa por desenterrar casos antiguos, por buscar la verdad donde todos callan.

Su lema, su marca, es que el silencio siempre esconde a un culpable.

Y un día el pantano de su pueblo escupe el cadáver de un niño asesinado hace veinticinco años.

Y ella vuelve, la justiciera, a romper el silencio.

—Vera hizo una pausa de las suyas, exacta—.

Solo que hay un detalle. El último que estuvo con ese niño, el último que lo vio vivo, la persona por la que va a empezar a preguntar la Guardia Civil mañana mismo…

es su hermano. Marcos Belmonte. —Sonrió—.

La cazadora de silencios tiene el silencio más gordo metido en su propia casa.

¿Tú sabes lo que es eso? Eso no es un episodio.

Eso es una temporada entera. Eso es portada.

A Nadia se le había secado la boca. El pitido era ya un chillido en el oído.

—No sabes nada de mi hermano —dijo.

—Sé que aquella tarde lo bajó al pantano.

Sé que volvió solo. —Vera se encogió de hombros—.

Lo demás lo voy a saber esta semana. Ya he empezado a preguntar, Nadia.

Esto es un pueblo. La gente habla. Sobre todo cuando llevan veinticinco años callando algo que les pesa y por fin viene alguien de fuera, con un micro, y les da permiso para soltarlo.

—¿Con quién has hablado?

—Con quien hay que hablar. —Vera dejó la pregunta colgando, disfrutándola—.

¿Sabes lo que más me sorprende de ti? Que de verdad te crees mejor que yo.

Llevas doce años creyéndotelo. Y resulta que ahora, cuando el muerto es tuyo, cuando el sospechoso es tu sangre, ¿qué haces?

Exactamente lo que haría yo. Vienes corriendo desde Madrid, te plantas la primera en casa de la madre, le sacas lo que sabe, y encima me dices a mí que no me acerque para quedarte tú el caso.

—Negó con la cabeza, casi admirada—. No eres mejor que yo, Nadia.

Eres yo con mala conciencia. Que es peor, porque al menos yo duermo.

Y ahí estaba. El golpe que Nadia llevaba doce años temiendo y que Vera, con su instinto de tiburón, había encontrado a la primera.

Eres yo con mala conciencia.

El oído le pitaba tan fuerte que apenas oía las cigarras.

Porque era verdad. Era exactamente lo que llevaba sintiendo desde que retiró la mano del bolsillo en el portal de Amparo.

La única diferencia entre ella y Vera Solís era el pitido.

Era que a ella le dolía. Y le dolía precisamente porque sabía que el dolor no la hacía inocente: solo la hacía hipócrita.

Pero entonces, en mitad de aquel pitido, Nadia se acordó de la cara de Amparo. De las dos manos pequeñas apretándole las suyas. Averíguame quién me mató al niño. Y a mí me da igual lo que cuentes. Cuéntalo todo.

Se acordó de que había una diferencia, después de todo, y no era el pitido. La diferencia era para quién se contaba.

—Tienes razón en casi todo, Vera —dijo, y su propia voz le salió tranquila, y el pitido empezó a bajar—.

En lo único en lo que te equivocas es en el final.

Tú cuentas la historia para que la gente la escuche en el coche y se le ponga la piel de gallina y luego se baje y se olvide.

Yo la voy a contar para que esa mujer de ahí dentro sepa, antes de morirse, quién le mató al hijo.

Esa es toda la diferencia. Es pequeña. Pero es toda.

Vera la miró un momento en silencio. Luego se rio, una risa corta, sin maldad, casi de cansancio.

—Qué bonito —dijo—. De verdad. Te ha quedado precioso.

Guárdalo para el episodio. —Se dio la vuelta y le hizo una seña al cámara—.

Pero el viernes yo emito, Nadia. Con tu hermano dentro o sin tu hermano dentro, eso depende de lo que averigüe esta semana.

Así que tú corre. Corre a buscar al asesino de tu pueblo antes que yo, anda, justiciera.

—Empezó a caminar hacia la furgoneta y, sin girarse, soltó por encima del hombro la última frase, como quien tira una cerilla—: Por cierto.

Mañana grabo a Quintín Lázaro. ¿Te suena?

Dice que estuvo en el pantano aquella tarde, con los mayores.

Y dice que tiene cosas que contar de tu hermano que no ha contado nunca a nadie.

Que llevan veinticinco años quemándole por dentro.

—Abrió la puerta de la furgoneta y por fin se giró, con la sonrisa de tráiler intacta—.

Pásate si quieres. A las once. En el bar de Resu.

Subió a la furgoneta y cerró la puerta.

Nadia se quedó sola en mitad de la calle de las Eras, con el sol cayéndole en la nuca, el pitido apagándose despacio en el oído y un nombre nuevo clavándosele en el pecho.

Quintín Lázaro.

Uno de los mayores de aquella tarde. Uno de los que se metieron en la charca con Marcos mientras Tomasín esperaba solo en una piedra. Uno de los que sabían lo que su familia llevaba veinticinco años callando.

Y al día siguiente, a las once de la mañana, iba a contárselo a tres millones de personas.