6
La casa de Amparo Cobo estaba al final de la calle de las Eras, la última antes de que el pueblo se acabara y empezara el monte, y tenía las contraventanas cerradas a pesar de que eran las once de la mañana y hacía un sol de justicia.
Nadia llamó dos veces antes de que abrieran.
Mientras esperaba, se sorprendió a sí misma haciendo el gesto.
La mano en el bolsillo, el pulgar buscando el botón de grabar del teléfono, el cálculo automático de dónde dejarlo para que cogiera bien la voz sin que se viera.
Lo hacía sin pensar, como un cazador monta el rifle.
Lo había hecho cien veces en cien portales de cien madres rotas.
Y entonces, con la mano dentro del bolsillo, se acordó de que la mujer que iba a abrir esa puerta le había dado de merendar pan con chocolate cuando ella tenía siete años, y sacó la mano vacía y se odió un poco.
El pitido le rozó el oído, suave, como un aviso.
Abrió Amparo.
Habían pasado dieciocho años desde la última vez que Nadia la vio, y el tiempo no había sido cruel con ella de la manera en que lo era con Reme, a fuerza de dureza.
Con Amparo había sido cruel de otra manera: la había vaciado.
Era una mujer pequeña, encogida, con el pelo blanco y unos ojos que miraban como mira la gente que lleva mucho tiempo mirando hacia dentro.
Tenía sesenta y pocos años y parecía tenerlos todos.
—Nadia —dijo. No pareció sorprendida. En aquel pueblo ya nadie se sorprendía de nada—. La hija de Reme.
—Amparo. —Y de pronto no supo qué decir, ella, que se ganaba la vida sabiendo siempre qué decir—. Siento muchísimo… todo esto.
—Pasa, anda. No te quedes ahí, que entra el calor.
La casa por dentro estaba en penumbra y olía a cerrado y a flores marchitas.
Pero lo que le cortó la respiración a Nadia no fue la penumbra.
Fue que la casa estaba detenida. En el perchero de la entrada, a la altura de un niño, colgaba todavía una cazadora vaquera infantil.
En el aparador del salón, entre fotos, había una de un crío de ocho años con el diente partido y una camiseta del Madrid, sonriendo, y delante de la foto una vela encendida y un plato con una galleta, como una ofrenda.
Veinticinco años de galletas. La habitación entera era un altar.
Amparo Cobo no había salido del verano del 2000.
Lo había convertido en su casa y vivía dentro de él.
—Iba a hacer café —dijo Amparo—. ¿Quieres?
—No te molestes.
—No es molestia. Hace mucho que no me molesta nadie. —Lo dijo sin pena, como una constatación, y se metió en la cocina.
Nadia se quedó de pie en el salón, delante del altar, mirando la foto de Tomás.
El niño que se sentaba en el suelo de su cocina a cambiar cromos con Marcos.
El que se reía con aquel hipido. Tenía la edad de no entender que la muerte iba con él, y aun así allí estaba, sonriendo desde una foto en un salón cerrado, esperando una galleta más.
Volvió Amparo con dos cafés y se sentaron en el sofá, una junto a otra, y durante un rato no dijeron nada.
Nadia, que tenía cien preguntas preparadas, que sabía exactamente por dónde se entra a una entrevista para que la persona se abra, no usó ninguna.
No pudo. Se quedó callada, con el café en las manos, dejando que el silencio hiciera lo que ella habría hecho con palabras.
—Tú vienes por lo de la radio —dijo Amparo al fin. No era un reproche. Era casi una esperanza.
—Vengo… —Nadia tragó—. Vengo a saber qué le pasó a tu hijo, Amparo. De verdad. No sé todavía si voy a contar nada. Te lo prometo. Pero quiero saberlo.
Amparo asintió despacio, mirando la vela.
—¿Es verdad lo de la medalla? —preguntó, y por primera vez la voz le tembló—.
Me han dicho que lo encontraron con la medalla.
La del Carmen. La que le puso don Honorio al nacer.
—Se apretó las manos—. Yo se la colgué aquella mañana, ¿sabes?
La última. Se la colgué yo y le dije que no se la quitara, que la Virgen lo cuidaba.
Y él la chupaba cuando se ponía nervioso, el pobre, le decía yo que no, que se le iba a poner negra la plata…
—Se le rompió algo en la garganta y se calló.
—Es verdad —dijo Nadia—. La llevaba puesta.
Amparo cerró los ojos. Dos lágrimas le cayeron por la cara, despacio, y no hizo nada por limpiárselas.
Nadia, que tenía la mano a diez centímetros de la de aquella mujer, no se atrevió a cogerla. No se sentía con derecho. No con lo que ella sabía y Amparo no.
Porque ese era el peso que Nadia llevaba dentro del bolso aquella mañana, más pesado que el teléfono que no había encendido: que Amparo no sabía la verdad.
Que Amparo, durante veinticinco años, había vivido creyendo que su hijo se ahogó en un descuido de un segundo mientras Marcos lo tenía al lado.
Que Amparo no culpaba a Marcos. Que Amparo, probablemente, le había dado las gracias a Marcos alguna vez, en alguna calle, por haber estado con su niño hasta el final.
Y Nadia sabía, desde la cocina de su madre la noche anterior, que era mentira.
Que su hermano lo había dejado solo una hora.
Que aquella mujer pequeña y vaciada le tenía cariño al chico que abandonó a su hijo.
No dijo nada. Eligió no saber por ella, igual que su madre. Y notó, con asco, lo fácil que era.
—Amparo —dijo en cambio, con cuidado—. Aquel verano. Las semanas antes. ¿Tomás estaba… normal? ¿Te contaba cosas?
Amparo se secó la cara con el dorso de la mano y, de pronto, algo se le encendió en los ojos, una urgencia vieja, guardada.
—¿Sabes que eres la primera persona que me pregunta eso?
—dijo—. En veinticinco años. La primera.
—Se giró hacia Nadia en el sofá—. Aquel verano el niño estaba todo el día con lo del pantano.
Con que había bajado el agua y se veía el pueblo de los muertos.
Le tenía fascinado. Bajaba con los mayores, con tu hermano, y volvía contándome unas historias…
Yo le reñía, le decía que aquello era peligroso, que no se metiera en las casas.
—Bajó la voz, como si todavía, después de tantos años, contara algo que no debía—.
Y la última semana me vino con una cosa rara.
Me dijo que en la iglesia de abajo, en la del pueblo hundido, había un hombre.
Y que el hombre estaba sacando cosas. De las tumbas viejas, de debajo del altar.
Sacando el oro de los santos , decía el crío.
El tesoro. —Negó con la cabeza—. Yo pensé que era un cuento de niños.
Que se lo había inventado, o que se lo habían contado los mayores para asustarlo.
¿Quién iba a creer eso? Un tesoro en una iglesia que llevaba treinta años bajo el agua.
A Nadia se le había parado el café a medio camino de la boca. El pitido le subió, agudo, clarísimo.
Porque ya había oído eso. Un hombre en la iglesia de abajo.
Lo había dicho su hermano, con quince años, llorando, la única vez que se atrevió a decirlo antes de que en su casa le cosieran la boca para siempre.
Y nadie le creyó, claro, porque encima puso un nombre imposible —el hijo del médico, el del bueno de don Honorio—, y eso lo volvía aún más delirio: un crío en shock que, para no cargar con la culpa de haber dejado morir a su amigo, se inventaba un monstruo, y de todos los monstruos posibles elegía al más querido del pueblo.
Veinticinco años dándolo por mentira. Hasta ella.
Y ahora, en aquel salón cerrado que olía a flores marchitas, otra madre rota le estaba contando que su hijo, el muerto, había visto al mismo hombre, en la misma iglesia, aquella misma semana.
Dos niños no inventan el mismo monstruo.
—¿Te dijo quién era el hombre? —preguntó, y se obligó a que la voz no le temblara—. ¿Lo conocía?
—No me dio nombre. Era un crío. —Amparo se encogió de hombros, y de pronto la urgencia se le apagó y volvió la mujer cansada—.
Da igual. Eso no lleva a nada. Yo lo conté entonces, ¿sabes?
Cuando desapareció. Se lo dije a la Guardia Civil, que el niño hablaba de un hombre en la iglesia.
Y a don Honorio. Y todos me dijeron lo mismo.
—¿Qué te dijeron?
—Que el dolor hace eso. —Amparo miró la vela—.
Que una madre, cuando pierde a un hijo, se agarra a cualquier cosa con tal de que no haya sido un accidente tonto, con tal de que haya un culpable, alguien a quien odiar, porque odiar es más fácil que aceptar que tu niño se metió en el barro y se hundió y no había nadie.
Eso me explicó don Honorio. Con mucha paciencia, el hombre, que Dios le dé salud.
Venía a verme cada semana aquel invierno.
Se sentaba ahí donde estás tú. Me tomaba la tensión, me dejaba unas pastillas para dormir, y me decía: Amparo, deja al niño descansar.
No le des vueltas. No te inventes monstruos.
Tu hijo está con Dios. —Sonrió, una sonrisa rota, agradecida—.
Es un santo, ese hombre. No sé qué habría sido de mí sin él, aquel invierno.
Me tuvo de pie a base de pastillas y de paciencia.
Nadia se había quedado muy quieta en el sofá.
Lo veía con una claridad fría, terrible, que le subía por la espalda como había subido en el pantano al ver saludar al viejo.
La imagen del hombre más querido de la comarca sentado en ese mismo sofá, semana tras semana, todo un invierno, tomándole la tensión a una madre rota y, con mucha paciencia, con mucha dulzura, convenciéndola de que el único testimonio verdadero que existía —que su hijo había visto a un hombre sacando algo de la iglesia hundida— era un delirio del dolor.
Dándole pastillas para que durmiera. Para que callara.
Para que no le diera vueltas a lo único a lo que había que dárselas.
Y el hombre de aquella iglesia, el que don Honorio se afanaba en borrar de la cabeza de dos madres a la vez, era, si Marcos no mentía, su propio hijo.
—Amparo —dijo Nadia, y le costó hablar—. Esto que me has contado. Lo del hombre en la iglesia. ¿Se lo has contado a alguien más, en estos años? ¿A Bruno? ¿A alguien?
—¿A quién se lo voy a contar? —Amparo la miró con esos ojos vaciados—.
Si me pasé veinticinco años creyendo que era verdad lo que me decían.
Que me lo inventé. Que fue un accidente.
—Le agarró de pronto la mano a Nadia, las dos manos, con una fuerza sorprendente en algo tan pequeño—.
Hasta ayer. Hasta que vino el cabo a decirme que a mi niño lo habían atado.
—Le clavó los ojos—. Atado, Nadia. Y enterrado.
Y entonces lo entendí, ¿sabes lo que entendí, sentada ayer en esta silla?
Que no me lo inventé. Que mi hijo vio a ese hombre.
Que tenía razón. Que llevo razón desde el principio.
Y que alguien me hizo creer durante veinticinco años que estaba loca para que yo no preguntara.
Apretó las manos de Nadia hasta hacerle daño.
—Tú vives de esto —dijo Amparo, y ya no era una madre rota, era otra cosa, era una mujer con veinticinco años de fuego guardado debajo de las pastillas—.
Tú sabes encontrar a la gente. Averíguame quién era el hombre de la iglesia.
Por favor. Es lo único que te voy a pedir en mi vida.
Averíguame quién me mató al niño. Y a mí me da igual lo que cuentes en tu radio.
Cuéntalo todo. Cuéntalo bien alto. Que lo oiga el pueblo entero.
Nadia salió de aquella casa veinte minutos después con las manos todavía marcadas por los dedos de Amparo y un peso nuevo en el pecho que no era el del oficio. No era la historia. Era la mujer. Era la promesa.
Bajó por la calle de las Eras hacia la plaza, dándole vueltas a todo —el hombre de la iglesia, el oro de los santos, don Honorio sentado en ese sofá un invierno entero—, tan metida hacia dentro que casi no la vio.
Al fondo de la calle, donde la calle de las Eras desembocaba en la plaza, había una furgoneta blanca con una parabólica en el techo.
Y bajando de ella, con un micro de espuma en una mano y el móvil en la otra, mirando el papel de una dirección y levantando la vista hacia la última casa antes del monte, hacia la casa de Amparo, venía Vera Solís.
Las dos mujeres se vieron a la vez, a treinta metros, en mitad de la calle vacía.
Vera sonrió y levantó el micro a modo de saludo.
—Nadia —dijo, con esa voz suya de tráiler—. Qué casualidad. ¿Ya has hablado tú con la madre?