5
«…porque hay una cosa que he aprendido en todos estos años bajando al fondo de los casos, y es esta: las personas que más quieren a un culpable son siempre las últimas en querer la verdad.
No porque sean malas. Al revés. Porque lo quieren.
Porque entre saber y seguir queriéndolo, eligen no saber.
Yo lo he visto mil veces, en madres, en hermanos, en mujeres.
El silencio, muchas veces, no es de los culpables. Es de los que los quieren.»
La casa de los Belmonte era más pequeña de lo que Nadia recordaba.
Eso fue lo primero que pensó al empujar la puerta, que no había cambiado en dieciocho años pero se había encogido, como si el tiempo la hubiera ido apretando por fuera.
El mismo recibidor oscuro con el espejo moteado, el mismo olor a cera y a guiso, la misma escalera de madera con el tercer escalón que crujía.
Nadia subió sin tocar el tercer escalón, por costumbre, después de dieciocho años, y eso la enfadó: que el cuerpo se acordara de lo que ella había trabajado tanto por olvidar.
Su madre estaba en la cocina. De espaldas. Removiendo algo al fuego. Igual que aquella tarde, pensó Nadia, y la imagen de aquella otra tarde —su madre de espaldas, la cuchara, Marcos blanco en la puerta— se le superpuso un segundo a la escena real, como una transparencia.
—Hola, mamá.
Reme no se giró enseguida. Bajó el fuego, dejó la cuchara con cuidado en el plato de al lado, se secó las manos en el delantal.
Solo entonces se dio la vuelta. Tenía sesenta y seis años y los llevaba mal, no por vieja sino por dura: el pelo gris recogido, la boca apretada en esa línea que Nadia conocía de toda la vida, los ojos secos.
No abrió los brazos. Los Belmonte no abrían los brazos.
—Has venido —dijo Reme.
Y no fue un saludo. Fue casi un reproche, como si llegar fuera otra de las cosas que su hija hacía mal.
—Me he enterado por catorce llamadas perdidas. Una era tuya.
—Te llamé porque pensé que era mejor que lo supieras por mí y no por la radio. —Reme la miró de arriba abajo, deteniéndose en la ropa cara, en el bolso, en lo que su hija se había convertido lejos de allí—. Pero ya veo que tú te enteras de todo antes que nadie. Para eso vives.
Empezaban bien. Nadia respiró. Se había prometido en el coche que no iba a entrar en esto, que venía a trabajar y a ayudar a su hermano, no a librar la guerra de siempre. Dejó el bolso en una silla.
—¿Cómo estás, mamá?
—¿Cómo voy a estar? —Reme se giró otra vez hacia el fuego, le daba la espalda para hablar, siempre lo había hecho, las cosas importantes se las decía a la olla—.
Llevo veinticinco años esperando que ese pantano me devuelva a ese niño, y ahora me lo devuelve y resulta que me lo devuelve para abrir otra vez todo lo que costó Dios y ayuda cerrar.
—Removió con fuerza—. La Amparo no ha salido de su casa desde ayer.
Veinticinco años creyendo que su hijo se le ahogó, que fue una desgracia, que Dios lo quiso.
Y ahora le vienen a decir que se lo mataron.
¿Tú sabes lo que es eso? Hay cosas, Nadia, que es mejor que se queden en el fondo.
—Eso no lo crees ni tú.
—Lo creo más que tú, que vives de sacarlas.
El pitido le nació a Nadia en el oído derecho, fino, y no supo si era por la mentira de su madre o por la verdad.
Se apoyó en la encimera, en el sitio exacto donde había desayunado durante dieciocho años, y por un momento, mirando la espalda encorvada de Reme sobre el fuego, las manos manchadas, el pelo gris, sintió algo que no esperaba sentir: pena.
Su madre se había quedado allí, en esa cocina pequeña, removiendo ollas en un pueblo que se moría, sola, mientras ella se hacía un nombre a cuatrocientos kilómetros contando las desgracias de otros. Se le ablandó algo.
—¿Comiste? —dijo Reme de pronto, sin girarse—. Hay lentejas. Estás muy delgada.
Y ahí estaba. La única manera que tenía su madre de decir te quiero: ¿comiste?, estás muy delgada. A Nadia se le hizo un nudo en la garganta, absurdo, después de tantos años, por un plato de lentejas. Estuvo a punto de cruzar la cocina y abrazar aquella espalda dura. Estuvo a punto.
Y entonces se abrió la puerta de la calle, y los pasos pesados en el recibidor, y el tercer escalón no crujió porque el que entraba sí sabía no pisarlo, y la voz de Marcos llenó la casa antes que su cuerpo:
—Mamá, ¿de quién es el coche de la…?
Se quedó en el hueco de la cocina.
Y Nadia vio a su hermano por primera vez en dieciocho años.
El chico flaco y nervioso de quince años de su memoria se había convertido en un hombre de cuarenta que parecía mayor.
Estaba más gordo y más gris y más cansado de lo que debería estar un hombre de cuarenta; tenía los ojos hinchados, las manos grandes y rojas de trabajar el campo, y en el aliento, a las seis de la tarde, un fondo de vino que Nadia, entrenada para notarlo todo, notó desde el otro lado de la cocina.
Su hermano nunca se había ido del pueblo.
Su hermano se había quedado allí, con su madre y con su olla y con su pantano, los veinticinco años que Nadia había pasado huyendo. Y se le notaba.
—Te dije que no vinieras —dijo Marcos.
—Hola, Marcos. Yo también me alegro de verte.
—No es coña, Nadia. —Dio un paso dentro de la cocina, y Reme se giró por fin del fuego, alerta, mirándolos a los dos como quien mira un fuego que puede prender—.
¿Tú sabes lo que has venido a hacer? ¿Lo sabes?
Has venido con tu micro y tu programa a remover esto delante de toda España.
A poner mi cara y la de mamá y la de la Amparo en tu…
en tu folletín, para que la gente lo escuche en el coche yendo a trabajar.
—He venido a saber qué le pasó a Tomás.
—Tomás se ahogó.
—A Tomás lo ataron y lo enterraron bajo una losa, Marcos. —Lo dijo claro, mirándolo a los ojos, y vio cómo la palabra atado le cruzaba la cara a su hermano como una bofetada—. Me lo ha dicho Bruno. Eso ya no es ahogarse.
Silencio en la cocina. El borboteo de las lentejas. Marcos se había quedado blanco, el mismo blanco de hacía veinticinco años, el blanco de la puerta, y Nadia lo reconoció con un escalofrío y odió reconocerlo.
—Marcos —dijo, y bajó la voz, y sin darse cuenta usó la voz, la de arrancar confesiones, la de abrir a la gente en canal, porque era la única herramienta que tenía y la usaba hasta con su sangre—. Aquella tarde. La última. Necesito que me cuentes qué pasó de verdad. No lo que contamos. Lo que pasó.
—Lo que pasó está contado.
—Mañana baja el grupo de homicidios de la capital. Y lo primero que van a hacer es buscar al último que estuvo con él. Y ese eras tú. —Dio un paso hacia su hermano—. Si yo no sé lo que pasó, no puedo ayudarte. Y si tú no me lo cuentas a mí, se lo vas a tener que contar a ellos.
—¡Ya basta! —La voz de Reme cayó sobre la cocina como una losa, y los dos hermanos se callaron, niños otra vez—. Basta. —Tenía el delantal apretado en los puños—. Marcos, vete a casa. Yo hablo con tu hermana.
Marcos miró a su madre, miró a Nadia, y por un instante a Nadia le pareció que iba a decir algo, que tenía algo en la boca desde hacía veinticinco años a punto de salir. Pero apretó la mandíbula, se dio la vuelta y salió.
Esta vez sí pisó el tercer escalón al bajar, fuerte, y la casa entera crujió. La puerta de la calle se cerró de un golpe.
Madre e hija se quedaron solas.
Reme se sentó en una silla de la cocina, despacio, como si de pronto le pesaran los sesenta y seis años. Se quedó mirando sus propias manos sobre la mesa de hule. Cuando habló, lo hizo en voz baja, sin la dureza de antes, y eso asustó a Nadia más que los gritos.
—Tú eras una cría —dijo Reme—. Tenías once años y las paperas. No sabes lo de aquella tarde porque no estabas, y porque yo no quise que lo supieras. Ni tú ni nadie.
—¿El qué, mamá?
Reme tardó. Removió con el dedo una miga sobre el hule.
—Tu hermano no estuvo con el niño. —Lo dijo muy bajo—.
Esa es la verdad que nos callamos. La que contamos al pueblo, a la Guardia Civil, a la Amparo, a todos, fue que Marcos y Tomás estaban juntos en la orilla y que el niño se le escapó un momento.
Que fue un descuido. Un segundo. —Levantó los ojos, y los tenía húmedos por primera vez—.
Mentira. Tu hermano bajó al pantano con los mayores y dejó al crío solo en una piedra más de una hora para irse a nadar y a fumar y a hacerse el hombre.
Una hora, Nadia. Cuando volvió, el niño ya no estaba.
Y a tu hermano le he visto la cara cada día de estos veinticinco años, y te juro que esa hora se la ha cobrado entera.
Nadia se había quedado muy quieta.
—Yo le dije que callara —siguió Reme, y ahora las palabras le salían solas, veinticinco años saliendo solos—.
Que dijera que estaba con él. Tenía quince años.
Quince. Si se sabía que había dejado solo al hijo de la Amparo, que se había ido a su aire, en este pueblo lo habrían señalado de por vida.
Le habrían cargado a mi hijo la muerte de ese niño.
Así que le dije que callara. Y callamos.
Y cuando empezaron a decir que había sido Elías, el del pantano…
—Se le quebró la voz—. Que Dios me perdone, Nadia.
Dejé que lo dijeran. Dejé que cargaran ellos con mi hijo. No abrí la boca.
La cocina se llenó de un silencio espeso. Las lentejas hervían solas, abandonadas, derramándose un poco por el borde de la olla.
—Mamá. —El pitido se le clavaba a Nadia en el oído como una aguja—.
Hasta ayer, esa mentira protegía a Marcos.
Tapaba una desgracia. —Habló muy despacio, midiendo cada palabra—.
Pero a Tomás lo mataron. Y una familia que lleva veinticinco años mintiendo sobre dónde estuvo su hijo la tarde en que asesinaron a un niño no protege a su hijo. —Tragó—. Lo entrega.