4
El verano que el agua se fue por primera vez, todos los críos del pueblo bajaron a la aldea de los muertos.
Marcos Belmonte tenía quince años y una sola cosa en la cabeza aquella tarde: que no lo vieran con el niño.
—No puedes venir —le dijo a Tomás en la era, mientras se ataba las zapatillas—. Te lo digo en serio. Hoy no.
—¿Por qué no?
—Porque no. Porque vas con los mayores. Porque vas a casa, es lo que vas a hacer.
—Marcos se levantó y miró hacia el camino del pantano, donde ya se alejaban las espaldas de los otros, de los hermanos Lázaro y de las dos chicas de la casa de arriba, bajando hacia el agua con las toallas al hombro como si fueran a la playa—. Anda, vete con tu madre.
Tomás no se movió. Tenía ocho años, una camiseta del Madrid dos tallas grande, un diente de delante partido por la mitad de una caída en bici y la medalla de la Virgen del Carmen colgada del cuello, la que don Honorio le había puesto al nacer, la que el crío chupaba cuando se ponía nervioso. La estaba chupando ahora.
—Se lo digo a tu madre —dijo Tomás—. Le digo que bajas al pantano.
Marcos lo agarró del brazo, más fuerte de lo que quería.
—Como se lo digas a alguien te mato.
Lo soltó enseguida, asustado de su propia mano.
Tomás no lloró. Lo miró con esos ojos suyos demasiado grandes, de cordero, los ojos del crío del barrio que llevaba toda la vida siguiéndole a él, a Marcos, a todas partes, porque Marcos era el mayor, porque Marcos le había enseñado a montar en bici y a cambiar los cromos repetidos y a silbar metiéndose dos dedos en la boca.
Tomás lo adoraba con esa devoción ciega de los hermanos pequeños que no son tu hermano.
Y Marcos, aquella tarde, lo único que quería en el mundo era quitárselo de encima.
—Va —dijo, ablandándose, porque tampoco era un mal chaval—.
Mira. Te vienes hasta la orilla. Hasta la orilla y ahí te quedas, ¿vale?
En la orilla, donde el agua. No pasas de ahí.
Yo me voy con los otros un rato y luego te recojo y subimos juntos a casa antes de que se haga de noche.
Pero como te muevas de la orilla, como te metas en las casas o en la iglesia o en cualquier sitio, no te vuelvo a llevar en la vida. ¿Trato?
—Trato —dijo Tomás, y se le iluminó la cara entera, el diente partido y todo.
Bajaron juntos por la pista de tierra que el agua, al retirarse, había dejado al descubierto como una cicatriz. Marcos no le dio la mano. Eso lo recordaría siempre. Que no le dio la mano.
Abajo, el pantano vacío era otro planeta.
Donde toda su vida había habido una lámina de agua quieta, ahora se abría una llanura de barro agrietado que crujía bajo los pies, salpicada de cosas que llevaban treinta años en el fondo: un carro volcado, somieres, una bañera, troncos negros como huesos quemados.
Y en mitad de todo, surgiendo del lodo, La Vega.
La aldea de la que tanto hablaban los viejos, el pueblo que se había tragado el agua para que los de la capital tuvieran luz.
Las calles seguían ahí, empedradas, con regueros de barro seco.
Los muros llegaban a la cintura. Estaban las casas sin tejado, abiertas al cielo, llenas de un fango gris que se cuarteaba al sol.
Estaba el cementerio viejo, con sus tumbas reventadas por la presión del agua, las lápidas tumbadas.
Estaba la iglesia, sin puerta, con el hueco del campanario apuntando hacia arriba.
Y estaban los pozos, repartidos por las antiguas eras, cada uno tapado con su losa de pizarra cuadrada, plana, que generaciones de vecinos habían puesto allí para que no se cayera dentro ningún animal.
Las losas seguían en su sitio. El agua no había podido con ellas.
Los mayores ya estaban en la poza, el único sitio donde quedaba agua, una charca marrón al pie de lo que había sido el puente, y se tiraban desde un muro entre gritos.
Marcos sintió en el pecho esa cosa urgente y tonta de los quince años, las ganas de estar ahí, de que Quintín, el mayor de los Lázaro, le hiciera un sitio, de que la chica de arriba lo mirara salir del agua.
—Aquí —le dijo a Tomás, señalándole una piedra grande junto a la charca, a la vista—. Aquí te sientas. ¿Sí?
—¿Puedo buscar cangrejos?
—En la orilla. Sin meterte. Ahora vengo.
Y se fue.
Se metió en el agua marrón con los demás, y durante un buen rato se olvidó del mundo: del calor, de su madre, de la hermana enferma de paperas que se había quedado en casa, del niño.
Nadaron, se tiraron del muro, fumaron un cigarro robado que les supo a gloria y a mareo, y Quintín le pasó el brazo por los hombros mojados y le dijo qué grande estás ya, Belmonte , y eso fue lo más importante que le había pasado a Marcos en la vida hasta ese momento.
No supo cuánto tiempo. Una hora. Hora y media.
El sol empezó a bajar y a ponerse rojo y largo sobre el barro, y las sombras de los muros de La Vega se estiraron por el lecho seco.
Alguien dijo que había que subir antes de que oscureciera, que con la poca luz el barro engañaba y se hundía uno, que ya se había hundido un perro la semana pasada y había habido que sacarlo con cuerdas.
Empezaron a salir del agua, a recoger las toallas.
Marcos se giró hacia la piedra.
Tomás no estaba.
—¿Tomás? —La primera vez lo dijo bajo, sin miedo todavía, porque el crío estaría detrás de cualquier muro buscando cangrejos—. ¡Tomás!
Nada. El eco rebotó en los muros vacíos de la aldea y se apagó. Las cigarras, que llevaban toda la tarde chillando, le parecieron de pronto un ruido insoportable.
—¿Habéis visto al niño? —les preguntó a los otros, y oyó el temblor en su propia voz—. Al de los Cobo. Estaba aquí, en la piedra.
Los mayores se encogieron de hombros. Ninguno lo había visto. Estaban deseando subir. Quintín dijo que estaría escondido para asustarlo, que era un crío, y eso calmó a Marcos durante dos minutos, los dos minutos que tardó en recorrer la orilla de la charca gritando el nombre sin respuesta.
Echó a correr hacia las casas. Entró por los huecos de las puertas, en aquellas habitaciones sin techo llenas de barro hasta los tobillos, gritando, y su voz se le devolvía hueca.
Subió por la calle empedrada hasta la iglesia.
Se asomó al hueco negro de la puerta, al interior en penumbra que olía a cieno y a algo dulzón y podrido, y por un instante le pareció ver un bulto al fondo, una sombra que se movía, y el corazón le dio un vuelco y gritó ¡Tomás!
, y la sombra se irguió y salió a la luz, y no era Tomás.
Era un hombre.
Un hombre joven, de los grandes, de veintitantos, con las botas y los bajos del pantalón embarrados hasta la rodilla.
Marcos lo conocía de vista, como se conoce todo el mundo en un pueblo: era el hijo del médico, el de don Honorio, el que estudiaba fuera y bajaba los veranos.
Tenía las manos sucias de tierra y los miró con una cara rara, sin sonreír, una cara que a Marcos, con los años, le costaría mucho recordar bien y le costaría más todavía olvidar.
—¿Qué haces aquí, chaval? —dijo el hombre.
—Busco a un niño. Uno pequeño, de ocho años. Estaba en la charca. —Las palabras le salían atropelladas—. ¿Lo ha visto? ¿Ha visto a un niño?
El hijo del médico miró un momento hacia el interior oscuro de la iglesia, a su espalda, y luego otra vez a Marcos.
—Aquí no hay ningún niño —dijo—. Sube para arriba, anda, que esto se llena de barro y es peligroso de noche. Sube y dile a los mayores que no quiero ver a nadie más por aquí abajo.
Y eso fue todo. Marcos, con quince años, con el niño perdido, con el miedo subiéndole por la garganta, no le dio más importancia a aquel encuentro de la que se le da a cruzarse con un adulto que te manda a casa.
Salió de la iglesia y siguió buscando, ahora ya sin método, a la carrera, llamando a Tomás por las calles muertas de La Vega mientras la luz se iba.
Y en una de esas carreras, junto al pretil del cementerio viejo, vio a Elías.
El raro del pantano estaba allí, como siempre, con su perra, agachado mirando algo en el suelo. Levantó la cabeza al oír gritar a Marcos.
—¿Qué buscas? —dijo Elías.
—Al niño de los Cobo. ¿Lo ha visto?
Elías negó despacio con la cabeza, y luego, al ver la cara del chaval, se levantó.
—¿Se ha perdido un niño? —Miró hacia el cielo, hacia la luz que se moría detrás del cerro—. Hay que avisar arriba. Ahora mismo. Antes de que cierre la noche. —Y echó a andar deprisa hacia la pista con la perra detrás—. Vamos, sube tú a avisar, que yo sigo buscando aquí abajo.
Marcos no lo pensó. Subió.
Subió corriendo por la pista de tierra en la penumbra azul, con el barro engañándole los pies, con el campanario de La Vega clavado en el cielo a su espalda como un dedo, con las cigarras callando una a una según se hacía de noche y el silencio detrás creciendo, ese silencio del pantano vacío que parecía estar esperando algo.
Subió los dos kilómetros sin parar, con la garganta rota, con un pensamiento único martilleándole por dentro: yo le dije que no se moviera, yo le dije que no, yo le dije que no.
Llegó al pueblo de noche, sin aliento, blanco como la cal. Entró en su casa de golpe, dando un portazo. Su madre estaba en la cocina, de espaldas, removiendo algo al fuego, y su hermana Nadia, con las paperas y la cara hinchada, levantó la vista de la mesa.
Reme se giró con la cuchara en la mano.
—Marcos, por Dios, ¿de dónde vienes así? ¿Y el niño? ¿No estaba contigo el de la Amparo?
Marcos abrió la boca. Y por la cara que puso, por el blanco de su cara, su madre supo que algo terrible había pasado antes de que él dijera una sola palabra.
—Se ha ido por su cuenta —dijo Marcos, y la voz no era la suya—. Yo le dije que no, mamá. Le dije que no.
La cuchara cayó al suelo.