Todo lo que el agua calla 3
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La carretera entraba al valle por el mismo sitio de siempre, por el alto del Cuervo, y desde allí, en la primera curva, se veía el pantano. O lo que quedaba de él.

Nadia paró el coche de alquiler en el arcén, sin pensarlo, igual que paraba allí su padre cuando ella era niña para que su madre dijera qué bonito sin que fuera bonito.

Bajó la ventanilla. El aire entró seco y caliente, con olor a tomillo quemado y a algo más, a fango y a pez muerto, un olor que subía desde abajo.

Tardó en entender lo que estaba viendo, porque no encajaba con ninguna de las imágenes que llevaba dieciocho años guardando del pueblo.

El embalse no era un embalse. Era una herida.

Donde tenía que haber agua azul, esa lámina quieta que de pequeña le daba miedo porque su madre le decía que debajo había un pueblo entero con sus muertos, ahora había una llanura parda, agrietada, que bajaba en terrazas hasta un hilo de agua marrón en el fondo, lejísimos.

Y en mitad de aquella planicie, sucias de barro, ennegrecidas, asomaban las ruinas de La Vega: las calles, los muros a media altura, la mancha del cementerio y, alzándose sobre las ruinas como el mástil de un barco hundido, el campanario.

Por encima de todo ello, en las laderas, corría una línea blanca, horizontal, perfecta, la marca de cal que el agua había dejado en la roca a lo largo de medio siglo, señalando con una raya exacta dónde había estado siempre la superficie.

Ahora el agua quedaba veinte metros por debajo de su propia memoria.

Nadia sacó el móvil y grabó treinta segundos sin hablar, solo la imagen y el sonido del viento, porque eso lo había aprendido hacía mucho: que las cosas hay que cogerlas la primera vez que las ves, que la segunda ya no duelen igual.

Luego guardó el teléfono, respiró, y se odió un poco por haberlo sacado.

Arrancó y bajó al pueblo.

Castroviejo seguía donde lo había dejado, arriba, a salvo del agua que nunca le había llegado: cuatro calles cuesta abajo, las casas de piedra con las puertas abiertas para que corriera el aire, el frontón, la iglesia nueva, el bar de Resu con las sillas de plástico fuera.

Pero estaba distinto, y Nadia tardó en ver de qué.

Estaba lleno.

En un pueblo que en agosto, en sus buenos tiempos, no juntaba ya doscientas almas, había ahora coches con matrículas de toda España aparcados de cualquier manera, una furgoneta con una parabólica en el techo, dos guardias civiles regulando un cruce que nunca había necesitado a nadie.

La desgracia, como siempre, había traído gente.

La muerte de un niño de hacía veinticinco años llenaba las calles que la vida había vaciado.

Aparcó como pudo a la entrada y bajó, y entonces empezó lo otro.

La conocieron enseguida. No por la tele —Nadia no salía en la tele, esa era una de las cosas de las que estaba orgullosa—, sino por lo que era: la hija de Reme, la de los Belmonte, la que se fue.

Notó las miradas antes de cruzar la plaza.

Una mujer mayor que barría un portal se quedó con la escoba en el aire.

Dos hombres en la puerta del bar dejaron de hablar y la siguieron con los ojos hasta que pasó.

Nadie la saludó. Nadie le dijo cuánto tiempo, Nadia, qué guapa estás, cómo está tu madre.

La miraron pasar con esa cortesía hostil de los pueblos pequeños, que no te echan pero te hacen sentir que el sitio que ocupas en la acera es prestado.

Lo entendió perfectamente. Volvía la del micrófono. Volvía una de los suyos, sí, pero convertida en una de esos, los de fuera, los que venían a hurgar. Para el pueblo, en aquel momento, Nadia era exactamente lo mismo que la furgoneta de la parabólica.

Bajó andando hasta el pantano, hasta donde la pista de tierra moría en un cordón de cinta blanca y roja tendido entre dos postes, con un cartel de la Guardia Civil y un agente joven al que no conocía.

Más allá del cordón, la pista seguía bajando por el lecho seco hasta un grupo de gente diminuta que se movía alrededor de una carpa blanca, abajo, junto a las ruinas.

Forenses. La carpa estaba justo donde había estado la iglesia.

—Buenos días —dijo Nadia al agente—. Vengo a…

—Prensa, abajo no se puede. —El chaval ni la miró—. Si quiere declaraciones, a las dos hay rueda de prensa, en el cuartelillo.

—No soy prensa.

—Pues entonces tampoco.

Nadia abrió la boca para decir algo de lo que se iba a arrepentir, y en ese momento, desde el otro lado del cordón, una voz que conocía mejor que la suya propia dijo su nombre.

—¿Nadia?

Se giró.

Y allí estaba Bruno Carranza.

Habían pasado dieciocho años, y Nadia, que se ganaba la vida adivinando a la gente por la voz, descubrió que no estaba preparada para verle la cara.

El chico flaco de diecisiete años con el que se había escondido detrás del frontón el verano antes de marcharse, el que le había enseñado a conducir el tractor de su padre y le había roto el corazón sin enterarse, se había convertido en un hombre ancho de hombros, con el pelo rapado y gris en las sienes y los galones de sargento en el pecho.

Tenía arrugas nuevas alrededor de los ojos y una manera de estar quieto, de ocupar el sitio sin moverse, que no tenía antes.

Lo que no había cambiado eran los ojos. La miraban igual que a los diecisiete, con esa mezcla de calma y susto que ella nunca había sabido leer.

—Sargento —dijo Nadia, y no supo por qué eligió esa palabra y no su nombre.

—Déjala pasar, Téllez —dijo Bruno al agente, sin dejar de mirarla—. Es del pueblo.

El chaval levantó la cinta. Nadia pasó por debajo y se quedó frente a Bruno, a dos pasos, con el cordón a la espalda y dieciocho años entre los dos.

—Sabía que vendrías —dijo él.

—Todo el mundo lo sabía, por lo visto. —Nadia metió las manos en los bolsillos—. Hasta mi madre. Hasta mi hermano.

Algo cruzó la cara de Bruno al oír la palabra hermano, rápido, una sombra que él borró enseguida, pero Nadia se ganaba la vida cazando esas sombras y la cazó. La archivó. Ya volvería a por ella.

—Lo encontró Elías —dijo Bruno, y echó a andar despacio hacia la carpa, y ella lo siguió porque era lo que él quería y porque era lo que ella quería—.

Ayer por la mañana. Bajó al vaso con la perra, como hace siempre, y…

—Se encogió de hombros—. Veinticinco años bajando a buscarlo, Nadia. Y lo encontró él.

—¿Y está confirmado que es Tomás?

—Oficialmente no hay nada confirmado. —Bruno miró al frente—.

Extraoficialmente, llevaba puesta la medalla de la Virgen del Carmen que don Honorio le puso al nacer, como a todos los críos que traía al mundo.

Y la talla encaja con un crío de ocho años.

—Hizo una pausa—. Y hay otra cosa que no es para tu micrófono, Nadia.

Ni para el de la otra, la que ya ha llamado tres veces al cuartel.

Nadia no preguntó.

—No estoy grabando —dijo, y era verdad, y aun así notó el pitido naciéndole muy lejos en el oído, porque las dos cosas eran ciertas a la vez, como siempre: no estaba grabando, y ya estaba escribiendo en la cabeza cómo contaría aquello.

Bruno se paró. Estaban a media bajada, en mitad del lecho seco, con el barro cuarteado crujiendo bajo las botas y el calor subiendo del suelo en ondas.

Abajo, en la carpa, una figura con bata blanca y guantes se incorporó, se quitó la mascarilla y se quedó mirando hacia ellos, hacia Nadia, haciéndose sombra con la mano.

Era un hombre muy mayor. Alto, enjuto, con el pelo blanco peinado hacia atrás pese al calor y a la bata, con un porte que no encajaba con un lecho de pantano lleno de barro, que no encajaba con ningún sitio que no fuera una consulta limpia o el altar de una iglesia.

Nadia lo reconoció a esa distancia, antes de verle las facciones, solo por la forma de tenerse de pie.

—Don Honorio —murmuró.

—No quiso quedarse arriba —dijo Bruno en voz baja—.

Insistió en bajar él. Dice que a ese niño lo trajo él al mundo y que va a ser él quien certifique que es él.

—Negó con la cabeza, con una mezcla de respeto y de algo parecido a la pena—.

Setenta y ocho años tiene. Lo trajimos del brazo por el barro.

No hubo manera de quitárselo de la cabeza.

El viejo levantó una mano y la movió despacio en el aire, un saludo. Saludaba a Nadia. La había reconocido a cuarenta metros, en mitad de un pantano seco, después de dieciocho años.

Don Honorio Vidal, el médico que la había vacunado de niña, que le había bajado la fiebre a las cuatro de la mañana más de una vez, que había firmado el certificado de defunción de su padre con la misma mano con la que ahora la saludaba.

El hombre más querido de la comarca. El que había traído al mundo a media generación de Castroviejo, a Marcos, a ella, a Tomasín Cobo.

Nadia levantó la mano y le devolvió el saludo, y sintió, sin saber todavía por qué, un escalofrío bajándole por la espalda a pleno sol de agosto.

—Ven —dijo Bruno—. Solo un momento. Y luego te subes y me dejas hacer mi trabajo.

La llevó hasta el borde de la carpa, no dentro, pero lo suficiente.

Y Nadia, que había contado en su podcast la muerte de docenas de personas, que había sostenido en la mano fotografías de autopsias sin que le temblara el pulso, que se enorgullecía de no apartar la vista nunca, miró dentro y apartó la vista.

Sobre una lona, ordenados con un cuidado que dolía más que el desorden, estaban los huesos pequeños. Y al lado, en una bandeja, dentro de una bolsa transparente, limpia ya del barro, brillaba la medalla.

Y entonces dejó de ser un caso. Dejó de ser el episodio que la separaría del montón, dejó de ser la historia que no era de Vera, dejó de ser titular y cliffhanger y voz de terciopelo.

Era Tomasín. El crío que se sentaba en el suelo de su cocina a cambiar cromos con Marcos, el que tenía un diente partido de caerse de la bici, el que se reía con un hipido que hacía reír a los demás.

Aquella medalla la había visto Nadia mil veces colgada del cuello de un niño vivo.

Se le cerró la garganta y notó que los ojos le ardían, y se dio la vuelta para que Bruno no se lo viera, porque llevaba dieciocho años trabajando para que nadie de allí volviera a verle nunca la cara que ponía cuando algo le dolía.

Bruno se lo vio igual. Claro que se lo vio.

—Sube —dijo él, y por un segundo la voz fue la del chico de diecisiete, no la del sargento—. Anda. Sube y descansa. Esto va a ser largo.

Empezaron a subir en silencio, el barro crujiendo, el sol golpeando, el campanario de La Vega hundiéndose a su espalda según ganaban cuesta. A mitad de camino, cuando ya casi llegaban al cordón, Bruno habló sin mirarla, en voz muy baja, como quien suelta algo que lleva rato pesándole en la mano.

—Nadia. Lo que te he dicho de que esto no es para tu micrófono.

—Se paró. Ella se paró—. Va en serio. Y no es solo por el caso.

Es por ti. —Tragó saliva—. Hasta ayer esto era un niño que se ahogó en el lodo hace veinticinco años.

Una desgracia. Un accidente. —La miró por fin, y en los ojos tenía otra vez aquella sombra que ella le había cazado al principio—.

Pero a ese niño lo ataron, Nadia. Y lo enterraron.

Eso ya no es una desgracia. Eso es un homicidio.

Y cuando llegue mañana el grupo de la capital, lo primero que van a hacer es buscar a la última persona que estuvo con Tomás Cobo aquella tarde. Al último que lo vio con vida.

Nadia ya lo sabía. Lo supo desde Madrid, desde el mensaje de tres palabras. Pero oírlo en voz alta, allí, en mitad del pantano seco, con la medalla todavía ardiéndole en los ojos, fue distinto.

—Marcos —dijo.

—Tu hermano —dijo Bruno—. Sí.