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«…y la gente me pregunta por qué hago esto.
Por qué remuevo casos que ya nadie recuerda, por qué llamo a la puerta de personas que solo quieren olvidar.
Y la respuesta es siempre la misma. Lo hago porque a un muerto solo le queda una cosa: que alguien cuente la verdad de cómo murió.
Es lo último que podemos darle. Y porque, debajo de cada silencio que dura demasiado, casi siempre hay alguien a quien le conviene ese silencio.
Yo solo bajo a buscarlo. Soy Nadia Belmonte. Esto es El Fondo.»
La sala de grabación de Nadia Belmonte no tenía ventanas, y eso era a propósito.
«La luz distrae —le había dicho una vez a un periodista que le hizo un perfil para un suplemento dominical—. Yo trabajo con la voz. Y la voz, cuando hay una ventana, miente. Mira a la calle, piensa en lo que va a decir, se peina. Yo necesito que se olvide de que tiene cuerpo.»
El periodista lo tituló La cazadora de confesiones , y a Nadia le pareció una cursilada, pero no del todo falsa.
Eran las once y veinte de la mañana y llevaba dos horas con un hombre al otro lado de la mesa que todavía no le había confesado nada.
Se llamaba Aníbal Requena. Cincuenta y ocho años, exguardia de seguridad, el único testigo vivo del incendio del pub Galaxia que en 1998 había matado a once jóvenes en una localidad de la costa, y que durante veintisiete años había repetido en cada declaración que las salidas de emergencia estaban abiertas.
No lo estaban. Nadia lo sabía. Lo sabía todo el mundo, en realidad, pero nadie había podido probarlo nunca, y Aníbal Requena se había aferrado a su mentira como a un salvavidas, porque su mentira era lo único que lo separaba de ser el hombre que cerró con cadena las puertas por las que no salieron once chavales.
—Aníbal —dijo Nadia, y bajó la voz medio tono, hasta ese registro grave y cálido que en los mensajes de los oyentes llamaban la voz—. Te voy a decir una cosa, y luego apagamos si quieres y te vas a tu casa y no se emite nada de esto. ¿Vale?
El hombre asintió. Tenía las manos grandes apretadas sobre los muslos.
—Yo no creo que tú cerraras esas puertas para que muriera nadie —dijo ella—.
Creo que las cerraste porque entraban sin pagar por detrás y el dueño te apretaba todas las noches con eso.
Creo que las cerraste por veinte duros. Y creo que llevas veintisiete años sin dormir por veinte duros.
—Hizo una pausa exacta, del largo justo—.
Eso no te convierte en un asesino, Aníbal.
Te convierte en un hombre al que dejaron solo con una cadena en la mano. ¿Quién te dio la orden?
Al otro lado de la mesa, Aníbal Requena empezó a llorar. Y entre el llanto, despacio, con la cara entre las manos, dijo un nombre.
En la pecera, detrás del cristal, Quique levantó los dos pulgares y articuló sin voz: bombazo.
Nadia no sonrió. Por dentro le había nacido, como siempre que conseguía esto, la doble sensación que llevaba años sin saber nombrar: el subidón limpio de tener la verdad en la mano y, debajo, pegado a él como una sombra, un pellizco frío de haber abierto a un hombre en canal con la voz, igual que se abre una lata.
Aníbal Requena había entrado en aquella sala con su mentira de veintisiete años, que era fea pero era suya y lo sostenía, y iba a salir sin ella.
Nadia le había dado la verdad. También se la había quitado.
Y entonces, como siempre que rozaba ese filo, el oído derecho se le llenó de un pitido fino y agudo, un iii metálico que se le clavó detrás del tímpano y le borró durante dos segundos todos los demás sonidos de la sala.
Los acúfenos. Llevaba con ellos desde los treinta, de tantos años con los cascos puestos quince horas al día, eso decían los médicos; pero Nadia había aprendido hacía tiempo que el pitido tenía sus propios horarios, y que no aparecía cuando le convenía a la medicina, sino cuando ella mentía o cuando se acercaba demasiado a algo verdadero.
Ahora mismo no sabía cuál de las dos cosas era.
Se quitó un casco, se apretó el puente de la nariz con dos dedos y esperó a que pasara.
—Cortamos cinco minutos —dijo al micro—. Aníbal, ¿quieres un agua?
Salió de la sala con el hombre, lo dejó con Quique y una botella de agua y un paquete de pañuelos, y se metió en su despacho a cerrar la puerta y respirar.
En la pantalla del móvil, que había dejado boca abajo y en silencio durante la grabación, parpadeaba el aviso de catorce llamadas perdidas.
Catorce. Nadie tenía catorce llamadas perdidas un martes a las once de la mañana a menos que se hubiera muerto alguien.
Le dio la vuelta al teléfono. Nueve eran de números que no tenía guardados, prefijos de la provincia, los reconoció por las tres primeras cifras y se le hizo un nudo seco en el estómago antes incluso de leer nada: el prefijo de casa.
El de allí. Tres eran de Quique, desde la pecera, mientras grababa.
Una era de un número de Madrid que sí tenía guardado y que no quería ver nunca en su pantalla, y que decía Vera Solís .
Y la última, la de arriba, la más reciente, de hacía nueve minutos, decía una sola palabra que Nadia llevaba dieciocho años sin leer en ese teléfono: Mamá.
No la había escuchado sonar. Y aun así, mirándola fija, le pareció oírla, le pareció oír la voz de Reme diciendo su nombre con ese tono de reproche cansado que su madre conseguía meter hasta en las felicitaciones de cumpleaños.
No la llamó. En lugar de eso, abrió el navegador.
No tuvo que buscar mucho. Estaba ya en la portada de todos los digitales, subiendo, con esa velocidad rabiosa con la que ahora subían las desgracias, comida por comida, hora por hora.
Hallados restos óseos en el pantano de Castroviejo al descender el agua por la sequía.
Pinchó. Leyó deprisa, saltándose palabras, como se leen las cosas que duelen.
El vaciado histórico del embalse… ruinas de la antigua aldea de La Vega, anegada en 1969…
un vecino localiza esta mañana… los restos podrían corresponder a un menor desaparecido en el verano del año 2000… la Guardia Civil acordona la zona…
Y entonces, al pie de la tercera noticia, en un digital de los carroñeros, los que siempre sabían los nombres antes de tiempo, el nombre.
Tomás Cobo.
Nadia se sentó. Se sentó porque las piernas dejaron de hacerle caso.
En la silla de su propio despacho, en su propia productora, en el sexto piso de un edificio de oficinas de Madrid, a cuatrocientos kilómetros de allí.
Y notó cómo el suelo de toda su vida adulta —el que se había construido ella sola, ladrillo a ladrillo, lejos del pueblo, lejos de su madre, lejos del verano del que nunca hablaba aunque hablara de los muertos de todos los demás— se inclinaba un poco bajo sus pies.
Tomasín Cobo. El crío de la medalla. El amigo pequeño de su hermano.
El niño al que Marcos, su hermano Marcos, había llevado a pescar al pantano la última tarde que alguien lo vio con vida, el verano que ella tenía once años y se quedó en casa con paperas, y que volvió a casa al anochecer solo, blanco como la cal, sin el niño, y le dijo a su madre con una voz que Nadia no le había vuelto a oír nunca: «Se ha ido por su cuenta.
Yo le dije que no, mamá. Le dije que no. »
Veinticinco años. Y todo aquel tiempo, en algún sitio del fondo de Nadia, por debajo de los ciento catorce episodios sobre los muertos de otros, había estado esperando esto.
Lo supo en ese momento con una claridad terrible: que cada caso que había desenterrado había sido un ensayo de este.
Que llevaba toda la vida bajando al fondo de pantanos ajenos para no bajar al suyo.
El móvil vibró en su mano. Un mensaje. Era de Vera Solís, y al leerlo a Nadia se le secó la boca.
Nadia, ¿el niño de Castroviejo no es de tu pueblo? Me suena que eres de allí. Estoy montando especial para el viernes. Si quieres te llamo y lo hablamos antes de tirar yo sola. Un beso.
Un beso. Vera Solís, tres millones de descargas al mes, la reina del true crime patrio, la que convertía cada cadáver en un cliffhanger y cada madre rota en un minuto de oro, le mandaba un beso y le avisaba con la elegancia de un buitre que avisa antes de bajar a comer.
Si quieres te llamo. Lo que quería decir era: voy a contar la tragedia de tu pueblo el viernes, con música de tensión y voz de tráiler, sepas tú lo que sepas, y prefiero que lo sepas antes para que no puedas decir que no te avisé.
Y lo iba a hacer. Iba a llegar a Castroviejo con su equipo y sus focos y sus drones, iba a sentar a la madre de Tomás delante de un micro a revivir el peor día de su vida para el episodio del viernes, iba a señalar a alguien —al raro del pantano, seguramente, al pobre diablo al que ya habían señalado una vez—, porque Vera siempre necesitaba un monstruo para el final, y se iría el sábado a por el siguiente muerto dejando al pueblo otra vez en carne viva.
Nadia conocía esa forma de contar porque era la suya.
Era exactamente lo que ella le acababa de hacer a Aníbal Requena en la sala de al lado.
La diferencia, se dijo, y notó cómo el pitido le volvía a nacer en el oído al pensarlo, la única diferencia, era que a ella le importaba.
Que ella era de allí. Que el niño de la medalla había comido en su cocina.
Que aquella historia no era de Vera. Era suya.
Era una mentira a medias, porque también era verdad lo otro: que una parte de ella, la parte fea, la parte que abría a los hombres en canal con la voz, ya estaba calculando.
Ya sabía que este caso, su caso, el del pueblo del que huyó, contado por la única persona que estuvo dentro, era el episodio que la separaba para siempre del montón.
El que la gente recordaría. El Fondo de verdad.
Las dos cosas eran ciertas a la vez. Siempre lo eran. Ese había sido siempre su problema.
Quique asomó la cabeza por la puerta.
—¿Nadia? Aníbal pregunta si seguimos o lo dejamos para…—. Se calló al verle la cara—. Eh. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Cancela la agenda de la semana —dijo Nadia. Su propia voz le sonó rara, lejana, como grabada—. Toda. Y búscame un tren a primera hora de mañana.
—¿A dónde?
Tardó en contestar. Decir el nombre del pueblo en voz alta, después de dieciocho años jurando que no volvería, fue como tragar una piedra.
—A casa —dijo.
Quique frunció el ceño, porque en cuatro años trabajando con ella no le había oído nunca esa palabra, no sabía siquiera que tuviera un sitio que mereciera ese nombre, pero asintió y cerró la puerta.
Nadia se quedó sola. Cogió del cajón el blíster de pastillas, lo miró —eran las once y media de la mañana, no tocaban hasta la noche, si es que tocaban— y lo volvió a guardar. Todavía no.
Apoyó la frente en la mesa y dejó que el oído le pitara a gusto.
Iba a volver. Iba a contar la verdad de cómo murió Tomasín Cobo, porque a un muerto solo le queda eso, que alguien la cuente, y porque, debajo de cada silencio que dura veinticinco años, casi siempre hay alguien a quien le conviene.
Ella misma lo había dicho hacía dos horas, con su voz de terciopelo, sin saber que se lo estaba diciendo a sí misma.
Lo que todavía no sabía —lo que tardaría en saber, y le costaría caro— era que el silencio del que iba a tirar lo sostenía gente a la que quería.
El teléfono volvió a vibrar sobre la mesa. Nadia levantó la cabeza. No era su madre esta vez. No era Vera. Era un número guardado que tampoco aparecía casi nunca, un número de allí, el único de allí que ella había conservado todos esos años sin admitir del todo por qué.
Marcos.
Su hermano. Que en veinticinco años no le había escrito jamás el primero.
Abrió el mensaje con el pulga r. Tres palabras.
No vuelvas, Nadia.