Todo lo que el agua calla 1
3%
Todo lo que el agua calla

Todo lo que el agua calla

Por Eugenio Paya

© inepub.com

1

El verano que el agua devolvió la aldea, también devolvió al niño que todos creían ahogado.

Elías Mansilla lo supo antes de verlo. Lo supo por la perra.

Mora se había detenido en mitad del barro cuarteado, las patas separadas, el hocico bajo, y emitía un sonido que Elías no le había oído nunca en doce años: ni ladrido ni gemido, algo entre los dos, un quejido fino que se le metió por dentro y le erizó la nuca.

La llamó. La perra no se movió. Solo giró la cabeza para mirarlo un instante, como si le pidiera permiso para no obedecer, y volvió a clavar la nariz en el suelo.

Eran las siete de la mañana y ya hacía calor.

El sol salía por detrás del cerro y caía sobre el vaso del embalse como sobre una sartén.

Donde un año atrás había agua —veinte metros, treinta— ahora había una llanura gris de lodo seco que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, agrietada en placas, salpicada de troncos negros y de cosas que el agua había guardado medio siglo: una bicicleta sin ruedas, el somier oxidado de una cama, el esqueleto de un carro.

Y, más allá, asomando de la planicie como el palo de un barco hundido, el campanario de La Vega.

Elías llevaba toda la vida bajando al pantano cuando el agua se retiraba.

No era a menudo. En sus sesenta y cinco años solo lo había visto así una vez, el verano del 2000.

Pero este año el agua había bajado más. Mucho más.

Este año se veían las calles enteras de la aldea, los muros a la altura de la cintura, los huecos de las puertas, la era empedrada donde de niño había trillado con su padre antes de que vinieran los ingenieros con sus planos y les dijeran a todos que recogieran lo que pudieran cargar, que el valle iba a ser de los peces.

A los demás, La Vega les daba miedo. A Elías le daba paz.

Avanzó hacia la perra. El barro estaba duro arriba y blando debajo; cada paso se hundía un dedo y soltaba un olor a cieno y a podredumbre dulzona.

Mora seguía con el hocico pegado al suelo, junto a lo que había sido la era, en el rincón donde el muro de la iglesia formaba una esquina con el pretil del cementerio viejo.

Allí el lodo se había desprendido en una placa grande, como una costra que se levanta de una herida, y debajo había quedado algo a la vista.

Al principio Elías pensó que era una raíz. Luego, que era un palo.

Se agachó. Las rodillas le crujieron. Apartó con la mano un puñado de barro reseco, despacio, igual que apartaba la paja de los nidos cuando era chico, y entonces lo entendió y la mano se le quedó quieta en el aire.

No era un palo.

Era un hueso.

Un hueso pequeño, fino, del largo de un lápiz, blanqueado por la tierra. Y al lado, medio enterrada todavía, asomaba la curva inconfundible de otra cosa que el cerebro de Elías reconoció antes de querer reconocerla: la bóveda lisa y parda de un cráneo. Pequeño. Demasiado pequeño.

Elías retrocedió de golpe y se sentó en el barro. El corazón le golpeaba en las sienes. Mora se apartó también, dio una vuelta nerviosa sobre sí misma y se quedó a tres pasos, mirándolo, esperando que el hombre supiera qué hacer, porque los hombres siempre saben qué hacer.

Pero Elías no lo sabía.

Llevaba veinticinco años sabiéndolo y no lo sabía.

Veinticinco años, desde aquel otro verano, cuando el chiquillo de los Cobo desapareció y el pueblo decidió en una sola tarde, sin juez ni pruebas, que había sido el raro del pantano, el que hablaba solo, el que se pasaba el día entre las ruinas con su perra.

Nadie lo dijo a la cara. Lo dijeron de otra manera, que es peor: dejaron de venderle el pan en el bar de Resu; le pintaron una palabra en la puerta del corral una noche; le mataron la perra de entonces de un tiro y la dejaron en mitad del camino para que la encontrara.

Tomasín Cobo se ahogó en el lodo, había decretado el pueblo, y por algún acuerdo silencioso esa muerte tenía que ser culpa de alguien, y el alguien fue él.

Durante veinticinco años Elías había bajado al pantano cada vez que el agua se lo permitía, sin saber muy bien a buscar qué.

A buscar al niño, quizá. A buscar la prueba de que él no había hecho nada. A buscar el final de algo.

Y el agua, por fin, se lo ponía delante.

Se obligó a mirar otra vez. Tomó aire por la boca, porque por la nariz no podía, y se acercó de rodillas.

Con dos dedos apartó el barro de la esquina del muro, donde el cráneo se hundía bajo una losa de pizarra plana, una de esas piedras grandes con las que en La Vega se cubrían los pozos.

La losa estaba sobre el cuerpo. No al lado: encima. Como una tapa.

El agua no pone tapas.

Las riadas arrastran, las riadas amontonan, las riadas entierran al que se ahoga bajo el barro y los troncos, eso lo sabía cualquiera que hubiera vivido junto a un pantano.

Pero el agua no coloca una losa de pizarra cuadrada y plana sobre un cuerpo, encajada en la esquina de un muro, con las cuatro puntas igualadas.

Eso lo hace una mano. Eso lo hacen dos manos y una espalda y un hombre sudando a la luz de la luna, hace veinticinco años, sobre un niño.

Elías sintió que algo le subía por la garganta y vomitó a un lado, en el barro, una arcada seca de café y de miedo. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Le temblaba.

Apartó más tierra. No quería y lo hacía.

Necesitaba ver. Necesitaba que aquello fuera verdad después de un cuarto de siglo oyendo a todo el mundo decir que mentía.

Bajo la losa, encajado entre la piedra y el suelo, apareció el resto: la jaula pequeña de unas costillas, el ovillo de los huesos de una mano recogida contra el pecho, los dos huesos largos de las piernas.

Y en torno a los tobillos, deshecho pero todavía reconocible, un trozo de cuerda de pita, de la de atar fardos, anudada en una vuelta doble que el agua de veinticinco años no había podido deshacer.

Atado.

Lo habían atado.

Y entre las costras de barro que cubrían lo que un día fue una camiseta, algo lanzó un destello cuando lo tocó el sol.

Elías acercó la cara. Era metal. Una medalla pequeña, ovalada, sujeta a una cadenita rota: una Virgen del Carmen, de las que se ponían en el pueblo a los niños el día del bautizo.

La reconoció. La había visto colgada del cuello del crío mil veces, en misa, en la fiesta, en el río.

Don Honorio se la había puesto en la pila con sus propias manos, como a todos, porque don Honorio los traía al mundo y don Honorio los curaba y don Honorio les cerraba los ojos a los viejos. La medalla del pequeño de los Cobo.

—Tomasín —dijo Elías en voz alta, y la voz le salió rota.

Mora se acercó al oír hablar a su amo, despacio, con la cola baja, y se sentó a su lado en el barro.

Elías se quedó mucho rato así, de rodillas, con la mano sobre la cuerda que ataba los tobillos del niño que el pueblo había dicho que él se llevó.

No lloraba. Tenía los ojos secos y la cabeza muy clara, más clara que en veinticinco años, y por dentro le crecía una cosa fría y nueva que tardó en reconocer: no era pena. Era rabia.

Porque ahora lo sabía. No solo que él era inocente. Eso lo había sabido siempre. Lo nuevo, lo que el agua acababa de ponerle delante con la losa, la cuerda y la medalla, era otra cosa, y era mucho peor:

Alguien lo había hecho.

Alguien de allí. Alguien que en el año 2000 supo que el agua había bajado lo justo para enseñar La Vega, y supo también que volvería a subir y lo cubriría todo, y contó con ello.

Alguien que escondió a un niño de ocho años en la esquina del muro de una iglesia que llevaba treinta años bajo el agua y le puso encima una losa de pozo para que el agua, al volver, lo guardara medio siglo.

Alguien que después subió al pueblo, se cambió de ropa, durmió en su cama, y a la mañana siguiente bajó a la plaza con los demás a buscar al pequeño de los Cobo, gritando su nombre por el monte.

Alguien que dejó que el pueblo entero se volviera contra Elías para no volverse contra él.

Y ese alguien seguía allí.

Elías levantó la cabeza despacio y miró hacia arriba, hacia el cerro, donde por encima de la línea blanca que marcaba el antiguo nivel del agua se levantaban las casas de Castroviejo, los tejados pardos, el campanario nuevo, el humo del primer cigarro de alguien en una ventana.

Doscientas almas. Las conocía a todas. Les había dado los buenos días a todas durante veinticinco años en la carretera, cuando se cruzaban con él y apartaban la vista.

A una de ellas le iba a tener que dar los buenos días mañana sabiendo lo que sabía.

Sacó del bolsillo del mono el teléfono viejo que su hermana le había obligado a llevar.

Las manos le temblaban tanto que tardó tres intentos en marcar.

No llamó al 112. No se fiaba de una voz de fuera, de una centralita de la capital que mandaría una patrulla y un papel.

Marcó el número del cuartelillo de Castroviejo, el de toda la vida, el que se sabía de memoria de tanto verlo en el cristal de la puerta los años en que iba a denunciar las pintadas y nadie le tomaba la denuncia.

Al otro lado, después de cuatro tonos, descolgó una voz de hombre, joven, todavía con sueño.

—Guardia Civil de Castroviejo, dígame.

Elías abrió la boca. Miró el cráneo pequeño asomando del barro, la cuerda, la medalla brillando al sol. Miró el campanario de La Vega clavado en el cielo como un dedo que señalara, después de medio siglo, hacia arriba, hacia el pueblo.

—Soy Elías —dijo—. Elías, el del pantano. —Tragó saliva—. Bajen. Bajen al vaso, a la altura de la iglesia vieja. —La voz se le quebró y la afirmó con un esfuerzo—. He encontrado al niño de los Cobo.

Un silencio al otro lado. Un silencio largo, de los que se hacen cuando una frase tarda en caber dentro de quien la escucha.

—¿Cómo dice?

—Que he encontrado a Tomasín. —Elías cerró los ojos—. Y no se ahogó. A Tomasín lo mataron. Y el que lo hizo está ahí arriba, con ustedes.