11
Ella parece ser consciente de que sigue entre sus brazos cuando escucha la voz de mi hermano y lo empuja con rabia.
Después, coge las cosas y se me acerca, todavía no me he movido porque el miedo se ha apoderado de mí.
Se ha ido. Frunzo el ceño cuando me estampa el abrigo, del cual me viene el aroma de Celeste.
Me choca en la cara y el corazón se me acelera.
Solo me queda de ella un mísero abrigo y recuerdos.
Por un momento me parece que la mirada de Brenda se dulcifica cando me coge la mano y deja algo frío en la mía.
El dolor me sube hasta el cerebro cuando veo la alianza.
La miro durante mucho tiempo, siento a mi hermano venir hacia mí y lo detengo levantando una mano.
Niego con la cabeza y salgo de allí, de esa librería donde la veo por todas partes.
El ruido, la gente y los coches me abruman.
Es la primera vez en mi vida que no quiero estar aquí.
Maldita sea, no quiero estar en ningún sitio donde ella no esté.
Una vez en casa, el mundo se me viene encima. Todo huele a ella, está en todas partes. Me hundo en el sofá y aprieto con fuerza su abrigo entre mis manos. Lo huelo, aspirando con intensidad, y me esfuerzo por controlarme cuando noto golpes en el pecho.
A la mañana siguiente, tras llamarla y enviarle varios mensajes, a los que no he obtenido respuestas, estoy peor. He roto el columpio donde se sentaba. No soporto ver lo vacío que está. Le he pedido a Mel que mande el trabajo de hoy a Charles. No voy a ir a la oficina.
Sigue sin responder a mis llamadas. Todos empiezan a preocuparse por mí, pero me da igual.
No quiero ir a ninguna parte, en todas está Celeste.
Quiero llamar a Guzmán y preguntarle por ella, pero entonces tendría que encararlo y afrontar la decepción en su rostro.
Miro las zapatillas marrones con un pompón que Celeste usaba para estar en casa.
El dolor en el pecho vuelve.
Camino hasta el salón y, antes de poder sentarme, me suena el móvil. El corazón me da un vuelco, pero una punzada me cruza el cuerpo al ver que es Gin. Cierro los ojos, soy incapaz de no contestar.
—¿Por qué no me coge las llamadas? —Me quedo en shock. Por un momento no sé a qué o a quién se refiere.
—¿Quién? —pregunto sin entenderla y hace un gesto de desesperación.
—¡Mi prima! No hablo con ella desde hace dos días.
—¿Qué? —me oigo decir y me dejo caer en el sofá.
—¡Connor! —grita Gin, alterada—. ¡Que dónde está mi pima!
Guzmán se acerca a ella a toda prisa y le quita el móvil. Escuchar cómo se preocupa por ella, cómo intenta tranquilizarla y cómo nombra a mi futuro ahijado me recuerda todo lo que he perdido.
—Tío, ¿dónde está? Estamos preocupados.
—No lo sé —susurro con la mirada perdida.
—¿Cómo que no lo sabes? —me increpa con voz severa.
—Pensaba que estaba en Cádiz. Ahora que su padre ha vuelto a la cárcel, pensé que se había ido allí.
Jorge consiguió que un amigo del bufete lo ayudase con el caso y encarcelaran a su padre hace un mes. Le prometió a su hermana que lo haría y lo consiguió.
Estoy confundido, asustado y ansioso. No está con ellos. No está conmigo. ¿Dónde cojones está? ¿Cómo voy a averiguar qué…? La imagen de Brenda se plasma delante de mí. Me levanto del sofá.
—Voy a buscarla. Os llamo luego, Gin. Te quiero, y lo siento muchísimo. Voy a arreglarlo.
Ella me mira desde detrás de Guzmán, está enfada conmigo y triste por mi culpa. Pero siento sus ojos en los míos.
—Lo sé.
Es lo último que escucho antes de colgar para ir hacia mi coche, subirme y salir de allí a toda prisa. Tengo que encontrarla. No se ha ido, sigue en Londres.
Son las nueve de la noche, por lo que Brenda ya no estará en la librería.
Llamo a la única persona que me puede proporcionar su teléfono y dirección.
Miro el cielo negro y las luces de los edificios que hay a las afueras; a Celeste le encanta ir en coche por la noche.
Siempre se queda fascinada con las luces que la envuelven.
Recuerdo cuando me pidió ver Windsor más a fondo y cómo se emocionó cuando le aseguré que lo haríamos.
No dejo de pensar en ella. No puedo. Solo quiero estar a su lado, besarla, abrazarla, oírla.
Voy a hacer la llamada cuando me suena otra entrante. Bufo, no me apetece seguir hablando con nadie más, estoy perdiendo el tiempo. Pero entiendo que se merece una explicación, por lo que descuelgo la llamada.
—¿Dónde cojones está mi hermana? —Cierro los ojos.
Nunca había hablado con él, y no era esta la forma en que quería hacerlo.
Tenía pensado sorprender a Celeste con unos días junto a su familia—.
Tío, tienes cinco segundos para responderme.
Si no lo haces, me subiré a un avión, iré allí, te encontraré y te joderé la vida como le hayas hecho daño.
Me quedo estático. ¿Qué insinúa? Los nudillos se me ponen blancos al rodear el volante.
—Jamás tocaría a tu hermana. Solo hemos discutido —digo, inquieto por el tiempo que estoy perdiendo mientras hablo con Jorge. Furioso, termino—: Ahora, si me disculpas, voy a buscar a mi mujer.
No lo dejo hablar y voy a hacer esa llamada por fin cuando recibo otra. Esta vez cuelgo, no tengo tiempo para Harriet. Hace una segunda llamada y un tercera.
—¿¡Qué!? —bramo.
—Vaya, alguien está un poco estresado.
—Estoy ocupado, ¿qué quieres? —No tengo tiempo para esto.
—Quería saber si podíamos hablar del proyecto.
—Mándale un correo a Mel, ella te hará un hueco mañana.
—Necesito hacerlo ahora. Hay un problema que tenemos que discutir. —No puedo pensar en nada más que en Celeste, no quiero escuchar la voz de Harriet—. Podemos vernos en el Seduction.
¿Qué? Arrugo la frente.
—Ya no voy allí.
—Estuviste hace unos días con la que te entretienes ahora. Puedes ir hoy a entretenerte conmigo, como todo este tiempo atrás.
Mi mandíbula se tensa.
—Harriet, escúchame bien porque no voy a volver a repetírtelo. Celeste es mi mujer, por tu bien, no vuelvas a hablar de ella.
Cuelgo de una maldita vez, suelto un bufido y por fin hago la llamada que llevo casi todo el trayecto intentando hacer.
—¿La has encontrado ya?
—No. —Suspiro.
—Entonces no tengo nada de lo que hablar contigo.
—¡Dimitri! ¡Joder! —Se me quiebra la voz y él lo nota.
Pasan unos segundos, en los que ya me voy acercando a la ciudad, hasta que mi hermano resopla.
—He hablado con Mel y Alexandra, no saben nada de ella.
—Necesito el número de Brenda —le pido sin pensar.
—Te lo mando. No seas brusco con ella, lo está pasando mal.
Recuerdo a mi hermano hace más de año y medio; era otra persona. Y ahora aquí está, diciéndome esto. Suelto el aire contenido y detengo el coche en una calle al entrar en Londres.
—Cuidaré de ella como tú lo haces con Celeste.
La llamada termina y me quedo un momento en silencio, hasta que me decido a llamar a Brenda.
Todo el mundo me llama. Se preocupan por mí, pero necesito espacio, encontrarme y tomar las riendas. Para acabar un poco con este caos, decido tranquilizarlos con un mensaje para cada uno.
Se me llenan los ojos de lágrimas al leer el mensaje de Jorge, he sido una irresponsable.
Me disculpo con él y, como siempre, me entiende.
Cuántas ganas tengo de esconderme entre sus brazos.
Me miro al espejo, repasando la ropa que compré ayer al percatarme de que no llevaba nada conmigo.
No he querido arreglarme demasiado; solo iré allí, comprobaré que ha ido y me largaré a España sin mirar atrás.
Me abrocho el abrigo cuando termino de recogerme el pelo en una coleta; después, dejo a Sky en su cama y me despido de él. Dentro del ascensor empiezo a notar los nervios, la intriga y la ansiedad que me provoca poder encontrármelo allí.
El móvil vibra, es Brenda.
Lo releo un par de veces más y le respondo:
Guardo el móvil en el bolso después de leer los mensajes que me han dejado Dimitri y Charles.
Dimitri me hace sonreír, siempre lo consigue. No sé qué habrá podido pasar entre Brenda y él para que tengan esa actitud entre ellos. Paso al mensaje de Charles.
Pestañeo varias veces cuando siento las lágrimas. El corazón me da un vuelco, me quieren. Son hombres que me quieren y se preocupan por mí. Pero ¿qué estoy haciendo? Les escribo el mismo mensaje a los dos.
Cojo una buena bocanada de aire cuando estoy en la calle. Si Connor aparece allí, tendré que irme de su casa de inmediato. No querré verlo nunca más, pero tampoco volveré a España. Aunque mi familia esté allí, este se ha convertido en mi hogar.
El aire gélido se pega a mi piel; la noto tensa, estirada y a punto de agrietarse por el frío.
Me froto las manos. Me siento estúpida, pero necesito corroborarlo.
No sé exactamente qué busco. Por un lado, sé que estará aquí, que vendrá porque ella lo ha llamado y yo tengo muchos problemas que afrontar para que un hombre adinerado, que lo tiene todo y a todos, me aguante.
Pero, por otro lado… tengo la esperanza de que no venga, de que me haya equivocado y de que mis miedos me hayan jugado una mala pasada, y ahora tenga que correr a su lado para luchar por que me perdone.
Miro un rato más el edificio; es una pasada arquitectónica, la verdad. Hay gente entrando, pero ni por asomo es la misma cantidad que cuando estuve aquí con Connor. Imagino que la entrada al club está abajo, teniendo en cuenta su gran altura.
Me acerco a la puerta y me encuentro con una placa que me confirma que esto no es el Seduction, o al menos no la entrada.
Es un hotel de cinco estrellas. Miro a mi alrededor y camino hacia el interior.
Llamo al ascensor y espero que descienda desde la planta quince; justo cuando está a punto de abrirse, escucho que me llaman.
—¡Señorita! ¡Está prohibido entrar sin dar sus datos!
Las puertas se abren y aprieto el botón varias veces, como si así fuese a ir más rápido.
Respiro tranquila cuando se cierran y el ascensor baja, aunque no dejo de pensar en si habrá seguridad esperándome abajo.
Cuando salgo al verdadero vestíbulo que da paso al Seduction, el corazón me da un vuelco.
Estoy alejada de la puerta, pero puedo ver a Harriet a lo lejos.
Le doy la espalda y camino hacia un lado; todavía no me atrevo a entrar y comprobarlo.
Miro mis zapatos, tapados por las campanas de los vaqueros.
Pienso, pienso y pienso, levantando la cabeza cada vez que se abre el ascensor, y suelto el aire al comprobar que no es él. Incluso empiezo a plantearme largarme; casi esbozo una sonrisa al comprobar lo tonta que he sido al desconfiar. Me quiere.
El ascensor se abre otra vez y levanto la mirada. Me quedo sin respiración; el corazón me late como loco. Los ojos se me empañan y siento la necesidad de romperlo todo a mi alrededor para deshacerme del dolor de esta traición. Mi corazón y yo hemos sido unos estúpidos.
El azul océano de sus ojos se clava en mí.
Me puse el reloj cuando salí de casa; llevaba días sin usarlo por no escuchar cómo me recordaba lo agónico que es estar sin ella.
Tampoco le estaba haciendo justicia a lo mucho que mi preciosa chica se preocupa por mi pobre corazón maltrecho.
No habría estado nada contenta si me hubiese visto sin él.
Así que aquí estoy, en la puerta del lugar que ha sido mi zona de diversión cuando creía que quería pasar toda mi vida sin nadie, mirando a la única mujer que amaré por siempre, mientras el reloj me avisa de que va a explotar en breves momentos.
Brenda me contó lo que pasó en la librería: Harriet le pidió a Celeste que fuese a algún sitio esta noche, después de ponerle una tarjeta en la mano. Yo mismo había entregado esa tarjeta a muchas otras mujeres. No hizo falta que Brenda me diese muchos detalles; sabía que Harriet quería traerla aquí.
Después, enlacé los hechos; aquella llamada suya, tan repentina y sin sentido, solo tenía un único objetivo: hacer que Celeste me encontrase aquí, acompañándola.
En cuanto lo supe todo, llamé a mi hermano y le ordené cancelar todo el proyecto de Harriet.
Es una locura, lo sé y ellos lo saben, pero tenemos buenos abogados y muy buenos medios con los que terminar este trabajo.
O’Brien Group no volverá a hacer nada para Harriet ni su familia.
Ya veremos si, después de esto, sigue siendo la niña de papá.
Olvidándome de todo y concentrándome en lo único que me importa, recorro el cuerpo de Celeste con avidez. Cualquiera diría que es una locura, que han pasado apenas tres meses desde que todo empezó, pero joder… creo que nuestra historia comenzó en cuanto la miré por primera vez en aquella discoteca.
Su pelo rubio brillaba a pesar de la oscuridad, las luces led caían sobre ella de vez en cuando y la hacían resplandecer. Me pasé toda la noche mirándola. Aunque parezca una locura, en ese momento supe que, tarde o temprano, movería cielo y tierra para que volviéramos a encontrarnos.
Estar con ella en Cádiz fue una delicia, y saber que se mudaría a mi ciudad fue el detonante que desató la locura que empezó a crecer en mi interior desde que la conocí.
Sabía que cancelar su contrato de alquiler era una temeridad, pero los remordimientos se fueron a la mierda cuando la vi bajándose de ese taxi delante de mi casa.
—Has venido.
Mis ojos no se han movido de los suyos. Sé que piensa que estoy aquí por Harriet, pero solo he venido a buscar al amor de mi vida.
—Sí —digo, dando unos pasos hacia ella. No se mueve, pero el dolor le contrae el rostro. Continúo avanzando—. Volvería a hacerlo sin pensármelo. — Asiente lentamente y se abraza con fuerza. Eso tendría que hacerlo yo.
Me detengo a un metro de distancia; su fragancia, dulce y adictiva, invade mis sentidos, y me es imposible no aspirarla despacio. Los ojos de Celeste siguen los movimientos de mi cuerpo y de mi cara, hasta que estalla.
—He confiado en ti. Te lo he entregado todo de mí. Iba a quedarme aquí por ti, por nosotros. Te convertiste en mi hogar.
No puedo evitar sonreír al oírla decir eso. Yo mismo llevaría la empresa a España si fuera necesario; nos expandiríamos hasta allí si ella quisiera volver a su país. Escucharla decir que me considera su hogar me hace el hombre más afortunado del jodido mundo.
—¡No te rías, maldito insensible! ¡Has jugado conmigo! —Se le quiebra la voz y da un paso atrás—. ¡He confiado en ti!
—Te quiero —la interrumpo.
—¡No me quieres! ¡No vuelvas a repetirlo, jamás!
—Te quiero. Estoy tremendamente enamorado de ti.
—Al ver que me voy a acercar, da un paso atrás.
Voy a agarrarla del brazo, pero se niega y me da un manotazo para que no la toque.
Me quedo mirándola—. He venido a buscarte, darling.
— Eso no se lo esperaba y se queda rígida, con el pecho agitado por la situación.
—¿Qué? —murmura en un hilo de voz apenas audible.