10 #4
Asiento, decidida, pero, al salir, me topo con alguien a quien ya he visto antes.
Sus tacones hacen mucho ruido al pisar el suelo de baldosas de la librería.
Los miro, son unos pedazos de tacones Dior.
El nombre de la marca está escrito en dorado, de forma muy elegante, en el borde que cubre parte del empeine.
Las medias negras que lleva brillan, seguro que las piedras que tiene pegadas son diamantes.
El vestido rosa, que le llega por encima de sus muslos, está hecho a medida, y el abrigo de piel, largo y beige, está impecable. Veo cómo se quita los guantes de cuero.
—Buenas tardes.
Voy a preguntarle qué hace aquí, pero Mel se adelanta.
—Harriet, ¿qué haces aquí?
Me giro para mirarla; se ha levantado del sofá y su pelo, del color del fuego, se mueve con agresividad por el movimiento repentino. Sin saber por qué, me fijo en el cuello alto que lleva debajo de su bonita americana. Hace semanas que ha empezado a utilizarlos, los tiene de todos los colores.
Un movimiento de Harriet me atrae de nuevo a lo que de verdad me importa en este momento.
Y pienso en que Mel le habla como si fuese algo más que una nueva gran suma de dinero para la empresa.
Entonces recuerdo que Penélope mencionó ese mismo nombre el día que comí con ella y con Dimitri en casa de Connor.
Empiezo a atar cabos. Cierro los ojos unos instantes mientras trago saliva.
—Paso mucho por aquí, ¿verdad, chicas?
No digo nada y la observo acercarse a las estanterías.
Revisa varias. Se toma su tiempo y a mí se me va la vista a la calle.
Levanto la cabeza un poco y veo el despacho de Connor a lo lejos.
Parece vacío. Brenda va al mostrador, Harriet mira el reloj en su muñeca y elije un libro al mismo tiempo que Alexandra y Mel se despiden porque deben volver al trabajo.
Me da la ligera sensación de que Harriet sabía cuándo iban a irse.
—Cualquier cosa, estamos arriba —me dice Mel. Asiento, pero no la miro.
Entonces, Harriet se acerca al mostrador, y con ella lo hago yo.
Observo cómo Brenda le envuelve un libro, en silencio.
Lucy se mueve en su cama y Sky hace ruiditos a su lado.
Cuánto más la miro, más se consolida lo que he descubierto.
Aunque puede haber muchas mujeres llamadas Harriet, algo en mi interior me dice que siempre ha sido ella.
Las palabras me queman en la garganta y las escupo:
—¿Desde cuándo conoces a Connor?
Los ojos me arden, las manos me tiemblan y me muero de ganas de que la respuesta que va a darme sea todo lo contrario a la que espero. Pero, por la forma en que sus labios carmesí se estiran al acercarse a mí, sé, mucho antes de oírlo decir, lo que voy a escuchar.
—Oh, cariño… —Se está burlando de mí. Esta tía estirada y repipi, esta «ricachona», como diría mi prima, se está riendo de mí.
Me da un apretón en el brazo para que la mire porque he apartado la mirada—.
Conozco a Connor mucho antes de lo que piensas y de formas mucho más íntimas de las que puedes imaginar.
—Su mano baja hasta la mía y siento que deja algo ahí; lo agarro con fuerza, arrugándolo en mi mano—.
Pásate el sábado y te demostraré que no puede dejar de ir.
Se marcha sin despedirse y, cuando la campana suena, quiero esconderme para llorar. Para castigarme por haber querido confiar en un hombre. Ya he tenido suficiente con el impresentable de mi padre, con sus golpes, sus insultos, sus duros castigos, sus prohibiciones.
Miro a mi alrededor, observo unos segundos el edificio de los O’Brien y me siento fuera de lugar.
He intentado crear una vida aquí, he conocido gente maravillosa, pero ya no siento que pertenezca a este sitio.
Londres está oscureciéndose a mi alrededor, la sensación de hogar que había vuelto a sentir después de muchísimo tiempo ha desaparecido.
Echo un vistazo a Brenda y es entonces cuando las lágrimas me ruedan por las mejillas.
Voy a echarla de menos. A ella y a las demás.
Incluso a Dimitri, a Charles y a Duque. Añoraré las dulces palabras de Penélope y el cariño que he sentido de su parte desde que la he conocido.
Voy a echar de menos a la nueva Celeste que ha nacido aquí: la Celeste feliz, con ganas de amar, de ser amada, rodeada de amigos y acompañada por un hombre maravilloso que me ha hecho creer que me amaba.
Me acerco a Sky y luego a Brenda, a quien abrazo sin dar explicaciones, con quien me cobijo y lloro hasta que me separo y la beso en las mejillas.
—Prométeme que buscarás una solución a lo de tu padre —le exijo entre lágrimas y me paso la manga del chaleco por los ojos con rabia.
Se le pone el rostro blanco al oírme—. Prométeme que no perderemos el contacto —Antes de que pueda expresar más que un asustado asentamiento de cabeza, me quito el anillo del dedo, obvio el frío que noto ahí y se lo pongo en la mano—.
No me detengas, dáselo cuando venga a buscarme, porque lo hará, y sé muy feliz.
No dejo que me diga nada y salgo de la librería llorando a mares con Sky en brazos, protegiéndolo del frío.
Camino un poco hasta que consigo parar un taxi.
Maldita costumbre de venir siempre en su coche.
Le pido que me lleve al aeropuerto más cercano.
Suerte la mía que, desde que me he mudado, siempre llevo el pasaporte encima.
En el trayecto aprieto de nuevo lo que tengo en la mano.
Cuando me lo dio, intuí que podría ser una tarjeta, pero no ha sido hasta ahora que me he atrevido a abrir los dedos para verla. Es negra, la palabra Seduction reza en cursiva y en color blanco.
No hay más información que una dirección por detrás, no tiene color, solo brillo. Entonces recuerdo algo que me hace cambiar de idea.
—Lléveme al hotel Müller del centro, por favor.
Miro un rato la puerta, de cristal y muy bonita.
La gente entra y sale y tengo que apartarme para dejar de ser un obstáculo.
El frío me cala hasta los huesos, ni siquiera me he preocupado en coger mi abrigo.
Entro en el vestíbulo sin pensármelo bien y la realidad me golpea de frente.
¿Podré pagarme siquiera una noche aquí? Aun así, no dejo que la elegante y sofisticada decoración me detenga.
Camino decidida hasta la recepción, donde dos chicos me reciben con una sonrisa.
Me decanto por el de la izquierda, el otro no tarda en atender a alguien más.
Me mira un momento, pero no se niega, y me explica el coste de la noche más asequible.
Me complace oír que sus hoteles tienen todo tipo de precios.
—Necesito la habitación más económica. —De pronto me acuerdo de Sky—. Tengo un perro.
El chico me sonríe.
—Ya me he dado cuenta, no hay problema, puede entrar. Le proporcionaremos una cama para mascotas.
Agarro la tarjeta que me dan tras decidir coger la habitación hasta el lunes siguiente.
Alucino cuando veo la habitación más barata y noto un cosquilleo al imaginar cómo serán las más caras.
Me siento en la cama, muerta de miedo, dolor y amargura.
No llevo ni cinco minutos aquí y no dejo de pensar en cómo se me romperá el corazón si me encuentro con Connor en el Seduction.
Observo a Brenda llorar en su mostrador, mirando algo en su mano. He bajado para hablar de una vez con Celeste, no puedo estar así con ella ni un segundo más.
—¿Estás bien? —consigo preguntar. Levanta la cabeza con rapidez y tengo que moverme rápido para que no me estampe una taza en la cara—. Pero ¿qué cojones? —La puerta se cierra detrás y me giro para encontrarme a mi hermano.
—¡Largo de aquí! —grita Brenda—. ¡No hacéis más que daño!
—Vuelve a tirar una taza y luego otra, va a tirar una cuarta, pero se le quiebra la voz y pierde las fuerzas cuando mi hermano se acerca a ella y la envuelve en sus brazos para detenerla.
Dimitri me mira y Brenda solloza, clavando los ojos cargados de odio en mí—. Se ha ido.
Su confesión me golpea y me tambaleo un poco. ¿Qué? Entonces reparo en que el abrigo de Celeste está en el mostrador. Muevo la cabeza a un lado y me doy cuenta de que Sky no está.
—¿De qué hablas?