Todo lo que deseo 10 #3
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Y cuando creo que ha llegado el momento y que te mereces mi riesgo, mis miedos, mis confesiones, mi amor, mis dudas, mis besos…

me ocultas cosas que forman parte de ti.

—Darling, sé que no lo he hecho bien, pero por favor…

—Cállate. Tendrías que habérmelo explicado, habérmelo pedido.

—Se lleva un dedo a los labios, su mirada está tan triste que doy un paso hacia ella.

Maldigo cuando retrocede—. ¿Cómo voy a confiar en ti?

¿Cómo voy a creer que no has estado yendo allí en busca de lo que no has tenido aquí?

¿Qué significa este anillo, esta promesa, si ahora me doy cuenta de que siempre he tenido que sonsacarte tu historia y quién eres?

El miedo me confunde cuando desliza el anillo de su dedo. Es entonces cuando no puedo contenerme y le atrapo las manos, cerrándolas dentro de las mías.

—No, no, no. Por favor, no hagas esto. No puedo perderte. —Llevo su mano a mi pecho después de besarle los nudillos—. No hay nada aquí dentro sin ti. Yo no soy nada sin ti, darling.

Borro a toda prisa sus lágrimas de los pómulos con los pulgares. Tan despampanante, preciosa y rota por mi culpa. Sé que tiene razón; me ha demostrado todo este tiempo que soy su apoyo, que ha querido que lo sea. Y eso significa más de lo que puedo expresar.

A pesar de mis secretos, de mis misterios, ella me ha elegido.

Tras un segundo que se me hace eterno, sus labios, mojados por las lágrimas, se separan.

—Necesito pensar, Connor. —Entra en el que fue su dormitorio cuando llegó aquí y el corazón se me hace añicos en el pecho.

Solo en el pasillo, el miedo de no saber cómo arreglarlo me atenaza, pero no pienso dejar que esto la haga olvidar cuánto nos amamos, lo que somos juntos, lo que significamos el uno para el otro.

No permitiré que olvide que lo nuestro es real.

Ayer fue horrible.

Fue como volver a los primeros días, a cuando no nos soportábamos y estábamos siempre discutiendo.

La gran diferencia entre las dos situaciones es que antes éramos dos desconocidos que sentían una atracción física mutua y aprovechaban cualquier ocasión para estar cerca; ahora somos dos personas que se quieren, separadas por el daño que yo he causado.

Deambulé todo el día por la casa, esperando que se animara a salir de su dormitorio, con ganas de que lo arregláramos, pero el único que me hizo compañía fue Sky.

Después del día de ayer, el lunes está siendo un auténtico martirio. Sonrisas entre mis trabajadores, entre mis amigos. Las chicas me miran mal, muy mal. Deduzco que Celeste les habrá contado que lo he estropeado todo.

Ni siquiera me molesto en discutir con mi hermano su forma de irrumpir en mi despacho y cómo se sienta delante de mí para observarme a conciencia.

Ni tampoco me sobresalto más de lo que lo hago cada vez que alguien entra aquí, porque espero que siempre sea ella, hasta que la puerta del despacho se abre y mi madre entra con el rostro compungido.

—¡Mamá! —saluda mi hermano y ella lo besa.

—Mi niño. —Se gira hacia mí y, tras rodear el escritorio, se pone a mi lado. Vuelvo a la realidad al sentir sus manos en mi cara—. ¿Por qué me ha parecido que Celeste estaba muy desanimada esta mañana?

Es el único momento del día en el que me molesto en ponerme derecho en mi sillón y preocuparme por algo. Mis ojos se clavan en los de mi madre.

—¿Has estado con ella hoy? ¿Ha pasado algo?

—Sí, hemos tomado un té hace unas horas. ¿Por qué parece que no tenías ni idea?

No me pasa desapercibida la mirada que intercambia con mi hermano, aunque es más dubitativa que cómplice. Este me observa tanto que parece que me está leyendo la jodida mente. Con la mano en puño, sujeta su cabeza.

—Porque no la tiene —suelta, llamando la atención de nuestra madre.

Le lanzo una mirada que promete un buen golpe, pero a él ya le ha teñido la preocupación el rostro y eso me hace sentir una especie de satisfacción y orgullo. Estoy seguro de que el golpe lo recibiré yo cuando se entere de que he sido un capullo con ella.

—¿Por qué no la tienes? —insiste mi madre cada vez más inquieta.

—Hemos discutido, mamá. Pero se nos pasará, todo acabará arreglándose. —Mantengo sus manos sujetas un rato más antes de bajarlas con cariño y tranquilidad, y asegurarle que todo irá bien.

Parece que he conseguido calmarla, pero la verdadera tortura empieza cuando la puerta se cierra detrás de Penélope y mi hermano centra toda su ira en mí.

—Explícame ahora mismo qué cojones has hecho para que Celeste esté desanimada. —Su recordatorio me pasa factura y me desplomo en el sillón.

—Me hace gracia que mi hermano pequeño me exija saber algo que solo nos concierne a mi futura mujer y a mí.

—Es mi cuñada, si has sido un capullo con ella, voy a darte una buena paliza.

Abro los brazos, mirando a la calle, donde está la librería.

—Hazlo, la he jodido.

Gruñe, se remueve en el asiento de cuero y me exige que comience. Así que lo hago. Le explico todo lo que pasó el sábado, con pelos y señales, y puedo apreciar cómo el enfado aumenta en él.

—¿Te has llevado a Celeste a un club de intercambio de parejas, donde se folla por doquier, sin explicarle antes de qué iba el tema?

Cojo aire. Soy un capullo. Asiento, oírselo decir a otra persona me hace sentir más mierda de lo que ya me sentía.

—Y desde entonces no me dirige la palabra. —Mi hermano resopla.

—Lo que no sé es cómo sigue en tu casa… o aquí.

Levanto la mirada del cristal de la ventana, desde donde tengo unas vistas perfectas de la librería.

Un ardor me recorre el cuerpo entero, quiero darle un buen merecido a mi hermano solo por decir eso.

Aprieto los puños bajo de la mesa, debo relajarme.

No llevo el reloj puesto, pero empiezo a sentirlo en el centro del pecho. El corazón me late como loco.

—Ni se te ocurra repetir algo así jamás —amenazo.

Sus ojos me fulminan. Odio que me esté soltando una reprimenda, pero lleva toda la razón. Y, en parte, me gusta que la defienda, que la proteja, aunque sea de mí. Sé que, si algún día falto, mi familia y amigos la cuidarán. Dimitri suelta una risa irónica.

—Cuando jodiste lo de su alquiler para tenerla en tu casa, pensé: «joder, con dos huevos. Por fin mi hermano va a por algo que le gusta».

Habías hecho una buena elección, habías tomado una buenísima decisión.

—Tomo aire en silencio y lo expulso despacio, recordando aquello.

Dijimos que no se mencionaría nunca—. Cuando le pediste matrimonio me sentí eufórico por ti.

Creí que, después de O’Brien Group, eso era lo mejor que habías hecho en tu vida.

¿Cómo has podido joderla y arriesgar a Celeste de este modo?

Eso termina de cabrearme. Ya sé lo que he hecho, ya sé que la he jodido y que he traicionado su confianza. Siento que me duele el corazón al imaginarme sin ella. Aprieto los dientes.

—Ya basta, Dimitri.

—Levanta ese culo de rico consentido y arréglalo. —Hay un silencio. Entonces sonríe como lo hace siempre que está a punto de ganar una buena cifra por un negocio. O de conseguir cualquier cosa que se propone —. O iré yo.

Me está presionando, llevando al límite. Por fin empezábamos a ser los mismos de siempre. Y todo gracias a Celeste.

Aunque sé que hace esto porque se preocupa por ella, también conozco el trasfondo de su preocupación. Él también la jodió una vez y nunca fue a arreglar nada. Y eso lleva más de año y medio carcomiéndolo.

Aprieto la mandíbula y no pienso al hablar.

—A ti te va más su amiga.

Algo cambia en la mirada de mi hermano y me arrepiento de inmediato.

No estamos muy separados, y Dimitri se acerca a mi escritorio lo suficiente como para empujarlo con sus muslos y presionarme el pecho contra el cristal.

Me señala con un dedo, veo cómo se le hinchan la nariz y la vena en el cuello.

Está pensando, buscando con qué callarme la boca; en cambio, arrastra la mano por la superficie y lo tira todo al suelo.

Sin decir nada, se da la vuelta y da un portazo al salir.

—¡Joder! —exclamo, frustrado, dolido y enfadado conmigo mismo.

Estamos a mediados de semana y la situación entre Connor y yo no ha cambiado nada. Él intenta acercarse, disculparse y se pasa todo el día mandándome mensajes cuando está trabajando.

Sé que no es para tanto. No es que quiera quitarle importancia.

No. Me ha ocultado cosas todo el tiempo que ha podido, hasta que yo tenía que sonsacárselas.

Me llevó a aquel sitio sin decírmelo antes.

¿Es que no confiaba en mí? Sin embargo, lo que me tiene así no es aquel maldito lugar, sino la falta de confianza y el desconocimiento, que en ese momento me helaron los músculos.

¿Cómo voy a casarme con un hombre que pone el mundo a mi entera disposición si es necesario, con la misma facilidad y devoción con las que no se atreve a sincerarse conmigo? ¿Cómo he sido capaz siquiera de tomar la decisión de decirle que sí?

A pesar de esto, de todo el revoltijo de emociones que ha vuelto a encender en mi interior, quiero dejar el tema a un lado y hablarlo.

Quiero dejar de esquivarlo en casa y de dormir en la otra habitación.

A pesar de que me esfuerzo por seguir con mi orgullo por bandera, confío en él más que en nadie.

Sé que no me ha mentido, que no ha pisado el Seduction desde el incidente en la carretera, como me prometió, y que está sufriendo tanto como yo. Me lo llevaba demostrando cinco días.

Voy a ir a hablarlo con él. Me levanto del sofá de la librería, donde hemos terminado las chicas y yo sentadas en su hora del almuerzo.

Les he contado lo que pasó al día siguiente, aunque Brenda es la única que conoce todos los detalles.

A Gin no he querido preocuparla en su estado.

Sé que es capaz de montar un numerito incluso a través de una videollamada.

Las chicas me miran.

—¿Dónde vas? —me pregunta Mel, y veo cómo Brenda me sonríe cómplice.

—Voy a hablar con él.

Mis amigas —vaya, qué bien suena eso— sonríen. Alexandra le da un mordisco a una magdalena de fresa. Hemos descubierto que le encantan los dulces; va abriéndose a nosotras poco a poco.

—Connor es bueno. Sé que te adora, Celeste. Y también que eres lo mejor que le ha podido pasar nunca. Créeme. —Miro un rato a Mel, sabía que intentaba decirme algo más. A fin de cuentas, es su secretaria y se llevan muy bien.