Todo lo que deseo 10 #2
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10 #2

Tras una increíble cena romántica a la luz de las velas, en un rascacielos en el corazón de la ciudad, con vistas maravillosas y mi perfecto prometido halagándome y besándome siempre que tenía la posibilidad, decidimos cambiar de lugar para terminar la noche.

Connor me ha comentado que vamos a un sitio bastante exclusivo, además de repetirme varias veces que, si deseo irme a casa, lo haremos en cuanto lo pida.

Lo que no entiendo, la verdad, pues estamos pasándolo muy bien.

Adele suena de fondo en el coche: I miss you, precisamente. Siempre que tengo la oportunidad, la pongo; me encanta. Y todo porque Connor es fanático de Adele.

Entramos en un garaje subterráneo enorme, lleno de coches caros, y deja el suyo en lo que parece una plaza privada.

Al principio, mientras nos bajamos en silencio, pienso que son cosas mías, pero las claras iniciales de su nombre me hacen replantearme la duda.

Tanto que, si no fuese porque entrelaza nuestros dedos y me lleva hasta el ascensor, se lo habría preguntado.

Las puertas metálicas se abren y me veo reflejada en las tres paredes, nos quedamos en el centro y estas se cierran. Detrás de mí está la imagen imperiosa de Connor. Lleva un traje negro, que contrasta con el pantalón y el corpiño blanco que he elegido para esta noche.

Sé que le encanta que use este color.

Me quito el abrigo de plumas negras y sigo su mirada sobre mis clavículas. Sus manos suben hacia ellas con delicadeza y las siento arder sobre mi piel desnuda. Me besa el cuello.

—My darling —susurra en mi oído; su tono es ronco y está cargado de tensión. Clavo mi mirada en la suya. Lleva toda la noche nervioso. Incluso se ha quitado el reloj al salir de casa—. Podemos irnos cuando lo desees.

Voy a exigirle que me explique de una vez por qué no deja de pedírmelo cuando las puertas vuelven a abrirse.

Entonces giro sobre mis tacones y echo un vistazo rápido desde mi posición.

Se ve el lujo, el poder y el dinero nada más salir del ascensor.

Todo está decorado con detalles dorados.

El suelo es de mármol, seguramente caro.

Por cómo brilla, y teniendo en cuenta las tres clases de Roll—Royce que he visto abajo, los clientes de este sitio son muy ricos.

Así que sí, el suelo debe ser caro de cojones.

Me sobresalto al notar que Connor pasa una mano por mi cintura, fuerte y demandante.

Pellizca la tela de mi costado y me sujeta con firmeza.

Observo a mi alrededor para comprobar que nadie nos esté mirando como si fuese el típico novio controlador, pero solo encuentro personas recorriéndome el cuerpo con la mirada.

La mayoría son hombres, aunque también hay alguna que otra despampanante mujer fijándose en mi escote.

Parpadeo al mismo tiempo que Connor nos hace caminar hasta la barra del fondo, donde descubro, al sentarme en un taburete de madera tapizado en rojo sangre, que la parte de abajo es de espejo.

Mis ojos captan la mano de un caballero, algunos años mayor que yo, metiéndose con sigilo entre las piernas de la chica que está sentada detrás de Connor, y los abro mucho.

Tanto como para que Connor desvíe su mirada hacia allí, como si supiera de la existencia de los espejos y su fin.

Como… como si ya hubiese estado aquí. La forma en la que su mano se mueve en dirección a la camarera, me lo corrobora.

Maldita sea.

—Connor, ¿qué es este sitio? —pregunto, advirtiendo por el rabillo del ojo cómo nos ofrecen dos copas, y las quito de su alcance—.

¿Esto es alcohol? ¿Vienes aquí a beber? —Dos hombres, hablando muy acaramelados en un sofá de cuero negro mientras toman algo, siguen levantando sospechas en mi interior—.

¿Vienes aquí a…? —Una mujer con un bonito vestido rojo se pierde en un pasillo con tres hombres trajeados, que van detrás, y se me acelera el corazón—. ¿Vienes aquí a…? ¿Con quién?

Me levanto, seguida por el impulso de la sorpresa de lo que estoy descubriendo y de la agitación ante todo lo que se me está pasando por la mente.

Las manos de Connor me sujetan la cadera cuando estoy de pie y acarician la curva de mis costados, pasando los pulgares costilla a costilla hasta detenerse debajo de mis pechos.

Puedo escuchar perfectamente el grave gruñido en su garganta al comprobar de nuevo que no llevo sujetador. Por un momento me pierdo en sus caricias, pero son sus propios ojos, mirándolo todo a su alrededor con desconfianza, sin dejar de acercarme a él, lo que me hace volver a mí.

—O’Brien, pero qué bien acompañado vienes hoy.

—Ni siquiera me atrevo a girarme hacia el hombre que se ha colocado a mi lado, cerca de nosotros—.

¿Has reservado habitación con esta preciosidad?

¿Admites acompañantes? —Suelta una risa; no está dándose cuenta de la ira que tiñe el rostro de mi flamante prometido.

El caos se desata cuando sus dedos tocan mi hombro desnudo y dice con la voz cargada de deseo—: No la querrás solo para ti, ¿verdad?

El más de metro noventa de Connor se alza ante mí, aunque sus ojos, más azules de lo que jamás se los he visto, están fijos en el hombre al que enfoco cuando tengo que dar un paso atrás.

No tendrá más de treinta años y lleva un vaso de whisky en la mano.

Connor acerca su cara a la de él, haciendo que al tipo le tintineen los hielos en el vaso.

La gente empieza a mirarnos. Seguro que lo que ocurre no es muy común entre esta gente tan refinada.

—No vuelvas a tocar, o mirar, a mi mujer. ¿¡Queda claro!? —Como no obtiene respuesta, tira algunos billetes a la barra y me coge de la mano, llevándome hacia el ascensor—. Esto ha sido una idea de mierda —maldice, cabreado, sin dejar de casi arrastrarme hasta que estamos dentro.

No puedo apartar la mirada de sus aspavientos furiosos; está muy enfadado. Pero no sé por qué, ha sido idea suya traerme a este lugar.

¿Quería que me acostara con otros hombres?

¿Quería ver cómo otros hombres…? ¿Lo hace él con otras mujeres?

Oh, Dios mío. ¿Todo este tiempo él…? Me llevo una mano a la boca, ahogando un grito lastimero, cuando siento que una lágrima cae por mi mejilla.

Connor me oye y se aparta de la pared para venir hasta mí. Sus manos rodean mi rostro.

—Ni siquiera lo pienses.

Que me conozca tanto me cabrea, y me aparto de malos modos.

—¿No quieres que piense que me has traído a que otros me toquen? ¿O que piense en cuántas veces habrás venido desde que estamos juntos para ser tú uno de ellos?

La sola mención me duele en el alma.

Y me doy cuenta de cómo le ha dolido a él también. Las puertas del ascensor se abren y paso entre las personas que acceden. La rabia me consume cuando lo saludan. Camino a paso ligero hasta el coche, donde no puedo hacer más que detenerme hasta que llega.

¿Se habrá acostado con todas las mujeres que entraban al ascensor?

—Darling… —Me vuelvo hacia él de golpe.

—No uses ese tono conmigo. No me llames así, estirado insensible.

Me observa en silencio a unos metros, hasta que empieza a acortar la distancia. Ya huelo su fragancia, que entra en cada poro de mi piel. Con una timidez que no le pega nada, pasa un dedo por el hueso de una de mis clavículas.

—No he vuelto aquí desde que te recogí de la carretera con Sky en brazos.

Lo miro sin poder respirar. Eso es mucho tiempo.

Son meses. Aunque por un lado quiero creerle, pensar que este lugar es del pasado, algo en mi interior me recuerda que no tendría que haber confiado en nadie, que ha jugado conmigo como todos.

Aun así, no tendría que haber creído que se enamoraría de mí como un loco.

Sí, puede que me haya pedido que me case con él, pero si ha estado frecuentando este antro, ¿qué significa entonces el anillo?

No puedo evitar mirar mi dedo. En medio del caos que es mi cabeza en este momento, Connor atrapa mi cara entre sus enormes manos y se moja los labios, parece… nervioso, asustado.

—Darling, ¿qué haces? —Levanta mi cabeza para que deje de mirarme la mano—.

Te quiero. No lo dudes ni por un momento.

—Pero no puedo dejar de temer y suponer—.

No pienses. Mírame, mi amor —me pide suavizando el tono.

A duras penas lo hago, porque la gente que pasa a mi alrededor tiene toda mi atención.

Las luces del coche parpadean detrás de mí al tiempo que apoya su frente en la mía—.

Vámonos a casa, hablemos allí. Lo siento, esto ha sido una mala idea.

Me subo al coche, cuestionándomelo absolutamente todo.

No puedo respirar. El viaje hasta casa está siendo realmente largo.

Estoy seguro de que, si hubiese tenido el reloj puesto, ya habría explotado.

No hago más que mirarla de reojo, esperanzado en descubrirla mirándome, pero solo veo su cuerpo rígido y callado en el asiento de al lado.

He sido un idiota, no debería haberla llevado.

Ni siquiera quería ir ya. No necesito el Seduction ahora que la tengo a ella, y mucho menos quiero que otros toquen a mi mujer.

He sido un insensato al llevarla.

Después de lo que me parece una eternidad, veo mi casa a lo lejos. Aparco en el garaje cuando la puerta se abre y es entonces cuando Celeste parece cobrar vida. Se desabrocha el cinturón a toda prisa, sale disparada del coche y entra en casa con tanta rapidez que apenas me da tiempo a reaccionar.

—Maldita sea —murmuro incapaz de seguirla.

Salgo también, dejando la puerta abierta, y entro en casa. Sky nos observa desde el suelo, aguardando a que alguno de nosotros se dé cuenta de que espera nuestra caricia. Pero a Celeste la ciegan sus suposiciones totalmente erróneas y a mí, el terror de perderla.

La atrapo en el pasillo. Cuando le doy la vuelta para encararla, está roja de ira. Se quita mis manos del cuerpo a toda prisa, como si no quisiera que la tocase. Temeroso, solo ansío hacerlo, pero me contengo; no quiero asustarla.

—Creía que… —Coge aire, se le quiebra la voz y mi corazón se rompe.

Entonces se ríe con la mirada perdida—. Llevo toda mi maldita vida huyendo de un hombre que tendría que ampararme y protegerme.

Llevo toda mi maldita vida sin poder confiar mi mente, mi cuerpo y mi alma a ningún hombre.

—El corazón se me dispara al oírla; quiero que pare, no quiero oír cuánto está sufriendo, cuánto ha sufrido.

No cuando no puedo tocarla para demostrarle que estoy aquí—.