10
Está a punto de decirme algo cuando la voz de Brenda llama nuestra atención.
—¡Chicas!
Mel y yo la miramos, a la espera de lo que tiene que decirnos, eso que hace que Alexandra se parta de la risa.
Pero, cuando su rostro se vuelve inesperadamente pálido, nos hace girar la cabeza para mirar hacia atrás.
Dimitri lleva las manos en los bolsillos del pantalón de su traje a medida.
Las demás personas que están en la cafetería lo miran sin disimulo.
Ahora entiendo por qué a Brenda se le fue toda la sangre de la cara.
Más tarde le preguntaré adónde se le fue.
—Buenas noches, chicas —saluda con la mirada centrada en la parte donde se encuentran Brenda y Alexandra. A mí me planta un beso en la coronilla. A las demás, a excepción de Brenda, las saluda como a dos amigas más, fruto de la confianza entre ellos.
—¿Qué haces aquí? —me intereso estudiando sus ojos, puestos en mí—. ¿Ya ha terminado tu cita?
Con eso, sus ojos se desvían de golpe hacia detrás de mí, justo donde está Brenda. «¿Qué se traen estos dos entre manos?». Estoy a punto de preguntarle algo más cuando habla.
—Sí. Mi hermano me dijo que estabas aquí. Puedo esperar en la barra hasta que terminéis.
—Oh, no —interviene Alexandra, atendiendo una llamada—. Lo siento, chicas, Dimitri. Tengo que ir a casa. Gracias por esta tarde. Nos vemos mañana.
El móvil de Mel vibra. «Vaya, así que, en silencio, ¿eh?». Qué curioso. Se levanta y se cuelga el bolso en el hombro. Después se acerca a Dimitri y le pone una mano en el hombro.
—Imagino que pagas tú.
Dimitri la mira pasmado, aunque en sus ojos chisporrotea la diversión. Me gusta cuando Mel los pone en su lugar. A continuación, se dirige a nosotras para despedirse.
—Nos vemos mañana. Que descanséis. —Irguiéndose, mira de reojo a Dimitri y lo señala con el pulgar—. De verdad, dejad que invite.
La veo marchar con una sonrisa. Unos segundos después, Brenda y yo nos ponemos en marcha. A mi alocada amiga se le mete en la cabeza pagar, pero Dimitri se lo impide y, de repente, tengo a dos críos discutiendo delante de mí y asustando a una joven camarera.
—Oye, parad de una buena vez. ¿Qué os pasa?
—No me gusta que me inviten —confiesa Brenda con los dientes apretados.
Él la observa casi treinta centímetros desde arriba, no mucho menos molesto.
—¿Que te inviten o que lo haga yo? —sisea Dimitri por lo bajo, aunque lo escucho a la perfección. Y puedo arriesgarme a decir que me afecta tanto como a Brenda, que no sabe dónde meterse.
Mientras uno paga y la otra refunfuña por lo bajo, yo solo hago que pensar en este giro de los acontecimientos. ¿Desde cuándo estos dos actúan así? Y lo más importante: ¿Debido a qué?
Cuando Dimitri aparca su Range Rover delante del edifico en el que vive Brenda, ninguno dice nada cuando ella, tras darme un beso en la mejilla y despedirse de mí, se baja del coche.
Desde el momento en el que Dimitri vuelve a poner en marcha el coche hasta casi medio camino del trayecto estamos en silencio, pero si algo he heredado de mi yaya es el no saber estar callada. Y mi bonito don sale a relucir.
—¿Podrías explicarme por qué parece que Brenda y tú os conocéis desde hace tiempo y que, además, ha pasado algo entre vosotros últimamente?
No me mira, pero el tic en su mandíbula es todo lo que necesitaba para corroborarlo. En parte me joroba. Pensaba que Brenda me consideraba su amiga hasta tal punto de contarme que se lo ha montado con el tío por el que babea.
Me doy cuenta de otro aspecto en el que no se parecen en nada estos hermanos.
Así como Connor necesita zanjar los temas —ya sean buenos o malos— dialogando, Dimitri prefiere ignorarte hasta que se te olvide.
No digo que hasta ahora no le haya ido bien, pero, ja, soy una Cazorla. Nosotros no dejamos nada sin saber.
—Dimitri —repito, pero nada. Entonces recuerdo algo muy infantil, pero que, cuando era cría, siempre funcionaba. Al fin y al cabo, ¿a quién le gusta soportar a alguien que es un pelmazo y no calla ni debajo del agua?—. Dimitri, Dimitri, Dimitri, Dimitri, Di—mi—tri. Dimitriiiiii.
Sonrío como mi abuela al ver que sus ojos azulones me miran de soslayo. Entonces suspira y sus nudillos se vuelven menos blancos alrededor del volante.
—Eres agotadora. —Aunque su voz suene grave en el silencio del coche, siento el cariño con el que me lo dice—. Me gustas. Vas a ser una buena O’Brien.
Eso me saca una sonrisa y justo cuando voy a perderme en los pensamientos que su comentario ha creado, abro la boca todo lo que puedo. Alucinada.
—Eres muy bueno —confieso al descubrir su táctica y él suelta una carcajada bonita.
—Lo sé, es mi trabajo. —Estamos un rato riéndonos, hasta que vuelvo a sacarle el tema y esta vez me mira unos segundos antes de centrarse de nuevo en la carretera—.
Solo puedo decirte, y diré, que es una historia muy larga que no debería haber ocurrido y que no se repetirá.
—Dimitri cierra los ojos una milésima de segundo, tomando aire, y vuelvo a ver el tic en su mandíbula—. Quizá algún día te lo cuente.
Asiento y no saco más el tema. Y, aunque no me quito de la cabeza lo que estos dos se traen entre manos en lo que queda de trayecto, todo desaparece cuando entramos en el terreno de la casa de Connor y este abre la puerta para recibirme con unos pantalones deportivos holgados de color negro y una
sudadera del mismo tono.
Su piel blanca, la barba y su cabello rubio destacan por encima del color.
La sonrisa sexy con la que me saluda me hace sentir cositas de mujer.
Señor, mi futuro marido es un pecado capital.
Ni siquiera sé si esta es la mejor forma de afrontarlo.
Bueno, en realidad, sé que no lo es, pero tampoco tengo ni idea de cómo hacerlo.
Jamás en mi vida me había sentido tan coaccionado por mí mismo.
Después de hablarlo con Guzmán, he llegado a una conclusión: no saber cómo reaccionará Celeste cuando le hable del Seduction me tiene cogido por las pelotas.
Por eso estoy mirándola a los ojos mientras ella espera a que deje de actuar raro y le cuente eso que quiero contarle.
Sus labios se mueven para decirme algo y decido hablar de una vez antes de que la presión que siento aumente.
«Estoy acojonado», como diría Guzmán.
—Me gustaría que mañana saliéramos a cenar.
«Bueno… más bien tú serás mi cena», pienso mientras ella empieza a sonreír.
Enseguida, la imagino en la habitación, desnuda. A la espera de que otros la toquen, de que juguemos con su cuerpo y la hagamos disfrutar. Parpadeo. Me doy un golpe mental ante lo que me hace sentir esa imagen. Espero que solo sean los nervios.
—¿Dónde vas a llevarme? —pregunta, sentándose a horcajadas sobre mí en el sofá. Paso las manos por su cintura y saboreo el beso que me da.
—Es una sorpresa —respondo, pensando de nuevo en su cuerpo, rodeado de más personas.
—Mmm… me gustan las sorpresas. —Cierro los ojos cuando se mueve despacio sobre mi regazo, acariciándome la barba con las uñas.
Mi miembro empieza a cobrar vida y con ello, las caderas de Celeste intensifican sus movimientos.
—Hoy estás juguetona, ¿eh? —murmuro, con la voz ronca por el deseo que despierta en mí.
—Puede. —Esa es su respuesta, acompañada de un rozamiento hacia abajo que la hace suspirar de placer.
Abro los ojos y la beso con hambre. Con delicadeza, la tumbo en el sofá, y caigo sobre su cuerpo.
Celeste cierra las piernas en torno a mi cintura, alzando las caderas hacia mí y pidiéndome lo que estoy deseando darle.
Me deshago de toda su ropa superior, dejando sus redondos y provocadores pechos a mi vista.
Juego con sus pezones. Los muerdo, los endurezco y noto en la punta de mi lengua cómo arden.
Antes de acariciarle el estómago hasta el ombligo con los labios, presiono mi boca contra la suya, agarro su barbilla y ahondo en el beso.
Con ganas, con deseo y con posesión. Una posesión que nunca había sentido, con una necesidad desconocida de decirle que es mía, de oírla decir que es mía.
«No sé qué me pasa».
Me deshago de sus pantalones de chándal al mismo tiempo que ella se ocupa de mi camiseta de deporte.
Su mirada ante mi torso desnudo y sus dedos acariciando mi piel me dejan sin aire.
No puedo dejar que mire y toque así a otro hombre en el Seduction.
Muevo la cabeza para quitarme ese último pensamiento de la mente.
—Connor, ¿estás bien? —Dejo de bajarle los pantalones para mirarla a los ojos y mi vista se desvía hacia la alianza que brilla en su dedo anular.
Por un momento me siento aturdido. Me aferro a la prenda con fuerza y me inclino hacia su boca para besarla.
—Por supuesto, darling.
Tiro el pantalón detrás de mí y, con este movimiento, hago sonreír a mi futura mujer.
Sin embargo, en este instante, lo que me muero por robarle no son sonrisas, sino gemidos.
Cierro los ojos cuando me hundo en ella, sin necesidad de prepararla ni de adaptar su estrechez a mi grosor.
Celeste está más que hecha para mí. Se aferra a mi cuerpo con vehemencia, con una fuerza que no hace sino alimentarme.
Gime y lloriquea cuando el orgasmo empieza a asomar.
Mi nombre en sus labios lascivos me vuelve loco. Ella me vuelve loco.
Sostengo su cabeza con una mano, estrechándola contra mi cuerpo, disfrutando del calor que irradia su piel y besando su hombro desnudo y su mandíbula cuando dejo que su cuello caiga hacia atrás.
Me quedo embelesado con su melena dorada, que cae en cascada por mi antebrazo, y con sus labios rojos e hinchados por mí, que intentan coger aire para expulsar los gritos de placer que solo yo le provoco; los que se le escapan de esa exquisita boca cuando siente cómo la lleno.
Apoyo la boca en su pelo mientras me descargo en su interior, notando cómo su vagina me estrecha y cómo sus músculos tienen espasmos de placer, y la beso repetidas veces.
Solo cuando su cuerpo se desploma en el sofá, me permito caer sobre ella, apoyándome en los brazos para no aplastarla.
Le acaricio la mejilla con los nudillos.
Su rostro es de relajación máxima, el de una mujer satisfecha. De mi mujer satisfecha. Por mí.
Estamos jodidos si me creo capaz de dejar que nadie más la toque.