9 #5
—No, no, no. No quiero que pienses eso. Estás rehaciendo tu vida y soy la persona más afortunada del planeta ahora que tú eres feliz. —Sonríe—. Pero echo de menos a mi hermana mayor.
—Para mí también es difícil, pero intentaré ir pronto. Te lo prometo.
—Está bien. Ahora me tomaré tu nueva casa como nuevo punto de vacaciones.
—Buenos días.
Levanto la cabeza del móvil cuando la mujer se dirige a mí. Un poco molesta, me despido de Jorge y quedo en llamarlo al día siguiente. Me levanto del sofá y me doy cuenta de cómo Brenda nos mira mientras da los últimos retoques a la librería antes de la presentación.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?
—Oh, en nada, querida. Vengo a ver a mi amigo —hace un gesto con la cabeza hacia el edifico de Connor y finjo una sonrisa amable—, y he pasado de nuevo por esta librería tan bonita.
—Perfecto, si necesita algo, estaremos aquí para ayudarla.
Me escabullo, necesito quitarme a esta mujer de la vista. No me transmite nada bueno, tengo un mal presentimiento desde que vino aquí por primera vez. En lo más profundo siento que no solo se trata de negocios, pero puede que también sean mis miedos y la ansiedad los que me hagan pensarlo.
Casi diez minutos después, observamos cómo sale de la librería sin decir adiós. Aun cuando la puerta se cierra, miro cómo cruza la calle y entra en O’Brien Group.
Como la mejor amiga que es, al darse cuenta de mi angustia, Brenda coge mi mano y la alza para tener el anillo de compromiso ante sus ojos.
—Chica, hace unos meses estabas insultándolo todos los días y ahora vais a casaros. Quiero decir: ¡Quééééé! ¿No es increíblemente excitante y romántico?
Suelto una risotada por su efusividad, que se me contagia enseguida y consigue que me olvide de todos los problemas.
Cuando voy hacia el edificio de Connor, me encuentro con las chicas abajo; las saludo y Brenda se une a ellas para esperarme.
Vamos a pasar la tarde juntas, pero antes quiero despedirme de mi futuro marido.
Arriba, todo está en silencio, y solo su despacho y el de su hermano tienen la luz encendida.
Dimitri se acerca a mí con pasos seguros.
El traje de tres piezas, del mismo tono, le queda de infarto a mi cuñado.
Es lógico que Brenda babee en silencio por él.
Conociéndola, sé que le recuerda a algún villano de sus libros de mafia y romance oscuro.
Creo que se llaman así; espero que no me mate por haber insultado de algún modo sus géneros favoritos.
—Hola, Celeste. Quería felicitarte por tu llegada a la familia. —Me envuelve en un abrazo inesperado y me pierdo entre su altura y la fuerza de sus brazos. Sin poder evitarlo, correspondo el gesto—. Estoy muy contento de que te quedes; has traído mucho bien a los O’Brien.
—¿A ti también? —pregunto divertida, con las cejas en alto.
—Por supuesto, aunque hayas cometido un error nefasto al equivocarte de hermano.
—Dimitri.
La voz gruesa de Connor me envía calambres dulces por todas partes, recordándome cómo suena en mi oído. Aunque ha utilizado un tono severo, veo la diversión en su mirada. Me besa la coronilla; para estos dos es muy fácil hacerlo, teniendo en cuenta el metro noventa que se calzan.
—Era una broma, a mí me van más las morenas —confiesa Dimitri, guiñándome un ojo.
En cuanto estamos solos, Connor me mira de esa forma tan intensa que me roba el aliento. A veces, cuando su mirada se oscurece, me hace recordar a aquella noche en la discoteca de Madrid, cuando lo vi por primera vez. Da un paso hacia mí.
—¿Nos vamos o quieres entrar un momento? —pregunta con voz ronca.
Aunque la petición es muy tentadora y me recorre la piel, lo abrazo por la cintura y apoyo la barbilla en su duro pecho.
—Voy a pasar la tarde con las chicas. Nos vemos en casa más tarde.
—Vendré a recogerte.
—¿Qué? No, pediré un taxi. —Con una sonrisa sexy, pero de advertencia, Connor me acaricia la mejilla con los nudillos.
—No voy a dejar que vayas hasta Windsor en taxi, sola.
Levanto los hombros, quitándole importancia.
—Bueno, también vendrá el conductor.
No le hace gracia mi broma, lo veo en sus labios, pues estos se han convertido en una línea fina.
—Celeste, lo digo en serio.
Me separo ante su voz autoritaria, que esta vez me envía un escalofrío nada placentero. Me da igual que sea por preocupación, no me ha gustado. Arrugo el ceño.
—Ni se te ocurra volver a utilizar ese tono conmigo, Estirado.
Coge mi barbilla entre sus dedos y me besa; aunque esté molesta, no le niego el beso. Lo saboreo y ahogo un jadeo cuando mete su lengua en mi boca.
—Lo siento. No ha sido intencionado en absoluto, jamás te faltaría el respeto ni haría nada que te hiciese sentir incómoda.
Acepto su disculpa, pero siempre hay un pero, así que…
—¿Pero?
—No me gusta que vengas sola a casa.
En ese preciso momento, Dimitri sale con sus cosas en las manos.
—¿Qué os pasa?
Connor no responde, pero yo me giro hacia su hermano, con la indignación en la cara.
—Voy a pasar la tarde con las chicas y no quiere que coja un taxi para ir a casa.
—Yo estaré por aquí, he quedado. Te llevaré a casa luego —ofrece.
Asiento y toco las palmas, contenta. Cuando volvemos a estar a solas, Connor me mira y ahora sí que no puede aguantar la sonrisa de canalla calculador que tiene.
—No sé qué es peor, ¿un taxi o mi hermano? —dice con fingido drama.
Suelto una carcajada que no tarda en ahogar con un ardiente beso.
El sol se esconde por completo cuando pedimos la cuarta y última bebida. Esta tarde nos ha venido genial a todas, ya que cada una nos hemos desahogado de los problemas que esta semana nos estaba causando el trabajo o nuestra vida personal.
Aunque me ha encantado escucharlas a todas y reírme muchísimo con las locuras de Brenda, no puedo evitar mirar más de lo necesario a Mel.
No es nada nuevo que es la más seria y hermética de las cuatro, ni que su carácter desentona con los nuestros.
Pero, aun así siempre ha encajado en el grupo a la perfección; ella, con su seriedad y aplomo, sabe manejarnos mejor que nadie.
Lo ha dejado muy claro las veces que hemos podido reunirnos.
Algo que, por cierto, hemos prometido hacer mucho más a menudo.
Cuando las demás se enfrascan en una conversación sobre el futuro que Alexandra está buscando a raíz de su trabajo en la empresa de Connor y Dimitri, decido acercarme a Mel y ocupar la silla a su lado.
Está tan absorta en la pantalla de su móvil que no se da cuenta de que la miro fijamente.
Pongo una mano sobre la suya, aunque esta esté sujetando el teléfono.
No se me pasa nada bueno por la cabeza cuando noto el leve —muy leve—, pero muy familiar, temblor de su mano.
A pesar de eso, evito pensar cosas extrañas y no enfocar mis traumas en la vida de otros.
—¿Va todo bien?
No es hasta que formulo la pregunta que ella baja el móvil y clava sus bonitos ojos en mí.
Le sonrío tímidamente a la espera, no quiero agobiarla.
Cuando parece que va a decir algo más, mira a nuestro alrededor, comprobando algo.
Intento encontrar lo que ella parece estar comprobando, pero se vuelve hacia mí.
—Claro que sí, ¿por qué lo preguntas?
—Llevas gran parte de la tarde ausente y tecleando en tu móvil. He pensado que quizá había ocurrido algo.
Hace un gesto sencillo para quitarle importancia a lo que le he dicho.
A pesar de no querer hacerlo, no puedo evitar verme reflejada en ella.
En su actitud, en sus gestos. Vuelvo a quitarme la idea de la cabeza, pero mi padre me acecha a través de malos recuerdos y me cuesta concentrarme en lo que dice. Parpadeo varias veces para volver a mí.
—Nada importante. Ya sabes que, si me ocurriese algo, vosotras lo sabríais. —Asiento, contenta de oír eso.
—Eso espero.