9 #4
—¿Por qué te ríes si está llorando? —quiero saber confundido. Guzmán clava la mirada en mí a través de la pantalla.
—Primero porque estoy enamorado de ella. Querría verte a ti mirando a Celeste. —En eso lleva razón. Cuando creo que va a decirme algo más se acerca a su chica y la besa en la frente—. Creo que va siendo hora —le dice, y eso me alerta.
Entonces, volviéndome totalmente loco, Ginebra suelta una risa de alegría total y coge el móvil.
—Pero ¿qué le pasa? ¿Qué. Os. Pasa? —Cada vez estoy más preocupado.
—Joder, que no tengo suficiente con que seas el segundo tutor legal de mi hermana.
—No comprendo por qué saca ese tema ahora, le acaricia el cabello negro a Gin y, al mirarme, sonríe—.
Ahora voy a tener que aguantar que mi hijo tenga un padrino británico de lo más engreído y sobreprotector.
Va a ser un puto martirio ver cómo lo malcrías.
Todavía estoy procesando la noticia cuando Celeste grita detrás de mí y me arranca el teléfono. Cada vez soy más consciente de que tienen la misma sangre.
—¡Ay, Dios mío! —exclama en español, no porque Gin no entienda, sino porque cuando se pone nerviosa o furiosa o habla con su familia lo hace en español.
Repite la frase varias veces. Empieza a dar saltitos y la observo extasiado—.
¡Estás embarazada! —Sky viene y ladra para acompañar su alegría.
Al instante, retiro la sartén del fuego y me apoyo en la encimera para disfrutar el momento—.
¿¡Por qué no me lo has dicho!? Creía que sería la primera en enterarme.
—Oh, perdóname, futura señora O’Brien. —A pesar de ser una recriminación de Gin hacia Celeste, algo me cosquillea la puta entrepierna al escucharlo. Estoy fatal.
Celeste me mira y noto la disculpa en sus ojos.
—Lo siento, Gin, acabo de enterarme, pero ibas a ser la primera en recibir la noticia. Ya sabes que todo esto es… difícil para mí.
Al escucharla, la cojo del brazo y la atraigo hacia mí para que se apoye con la espalda en mi pecho.
—Vamos, chicas, tranquilas. Ha sido un error por parte de todos ocultar las noticias. No volverá a pasar, al menos por nuestra parte, ¿verdad, Guzmán?
Mi amigo me mira, sonriente, y asiente.
—Por supuesto que no. No más secretos entre los cuatro.
Las chicas asienten y se empiezan a reír, dejándonos confundidos y visiblemente felices. Nosotros nos miramos, no hace falta decir nada para que ambos estemos de acuerdo en algo: somos los hombres con más suerte de este miserable mundo.
—No me puedo creer que Gin esté embarazada. Mi abuela y Jorge se van a volver locos.
—¿Ya le has dicho a tu hermano que nos vamos a casar? —Noto el escalofrío que la recorre y dejo el tenedor sobre el plato—. ¿Qué pasa?
—Nada.
—Darling, eso es todo lo contrario a no ocultarnos cosas.
Sus ojos grises me atrapan desde el otro lado de la mesa y me levanto hechizado para sentarme a su lado. Le acaricio la mejilla con los nudillos, es una de las mejores sensaciones que Celeste me hace experimentar.
—Todavía no puedo creerme que vayamos a casarnos —dice con un tono de voz tranquilo.
—¿Y eso es bueno?
Sonríe ante mi inusual vulnerabilidad, sé que es con amor. Noto la dulzura en su rostro siempre que se centra en mí. Aspiro su aroma cuando apoya su frente en la mía.
—Es maravilloso.
Estamos un rato en silencio, disfrutando de los dos, cuando llama mi atención dándome un ligero toque en el antebrazo.
—Tenemos cosas de las que hablar.
Asiento, seguro de que quiero hacerlo. Necesito que me conozca, que sepa con quién va a compartir el resto de su vida.
—Pregúntame, te responderé con absoluta sinceridad.
—¿Qué le pasó a tu padre?
Respiro hondo.
—Murió de un infarto. Fue fulminante.
Sus ojos se llenan tan rápido de lágrimas que no sé cómo gestionarlo. Pero, tan rápido como llegan, tan rápido las seca. No quiere que piense que llora por lástima hacia mí. Esta es la mujer a la que amo.
—Imagino que lo has heredado de él. —Asiento y ella hace lo mismo—. Háblame de Penélope.
Juego con sus dedos sobre la mesa.
—Mi madre biológica murió de una hemorragia poco después de tenerme.
Penélope es una mujer rusa que emigró a Inglaterra para buscarse la vida y llegó a nuestra familia cuando yo tenía dos años, aunque ya venía embarazada de Dimitri.
Lo supe cuando fui adolescente. Ya sabes, alguien dice que soy muy calculador. —Celeste sonríe.
—¿Por qué me ocultaste lo que te pasó el año pasado?
Me tomo un segundo para respirar y pensar. Nunca es fácil sacar a relucir tus miedos, mucho menos en voz alta.
—Desde que te vi por primera vez supe que serías dura, que harías que todo entre nosotros, ya fuese amistoso o más íntimo, fuese muy difícil.
Cuando lo corroboré a lo largo del verano, me volví loco por ti.
Entonces tuve miedo de que, si empezábamos a sentir cosas el uno por el otro, si llegaba a tener la suerte de que tú también te enamorases de mí, empezarías a tenerme lástima.
—Va a hablar, quizá a decir que no es así, pero no hace falta que lo exprese.
Le beso los labios con delicadeza—. Ha sido maravilloso que me hayas vuelto a sorprender.
—Siempre estaré a tu lado, Connor. Y no sentiría lástima de la forma que a ti te da miedo, sino de la forma en la que se comparte la tristeza o la alegría cuando amas a alguien.
Esta vez le cae una lágrima por la mejilla y la limpio cuando ha llegado a la boca. Le paso el pulgar sobre el labio superior, tan delineado y perfecto.
—¿Estás en riesgo de sufrir un infarto?
Trago saliva; esta conversación me está resultando mucho más dura que cualquier otra que haya tenido jamás. La cojo por la cintura tras echar mi silla hacia atrás y la siento a horcajadas sobre mí. Le echo el pelo detrás de los hombros con ambas manos.
—Sé sincero. —La súplica en su voz me hace besarla.
—Ya no. Al menos por ahora. Tengo que cuidarme, pero estoy fuera de peligro.
Más lágrimas le recorren las mejillas y siento cómo el corazón me da un vuelco cuando esconde la cara en mi cuello. La arropo y la aferro a mí.
—Si te pasara algo, yo… —No puede continuar, pero la entiendo a la perfección.
—Lo sé, me lo demuestras cada día, cielo.
Yo también te quiero. —La retiro un poco de mi cuerpo mientras meto una mano en el bolsillo del vaquero que llevo puesto; el terciopelo en la yema de mis dedos me pone nervioso.
Sus ojos recorren mi rostro—. Por eso quiero hacer esto oficial.
—Mira la caja turquesa, con el nombre de Tiffany bordado, con los ojos bien abiertos—.
Celeste, my darling, ¿pasarías el resto de tu vida al lado de este estirado que está loco de amor por ti?
Rompe en llanto cuando tiene el anillo en su dedo y debo confesar que sus movimientos en mi regazo me envían calambres a la entrepierna. Al darse cuenta de lo que está pasando ahí abajo, me mira con diversión en los ojos. Le pellizco el culo, arrancándole una risa preciosa.
—No dejas de moverte —me excuso.
En vez de seguir la broma, mira la joya brillante en su fino dedo y luego a mí. Se levanta y se inclina hacia delante para besarme. Cuando se distancia, hace que me ponga en pie, entrelaza nuestros dedos y me guía hasta nuestro dormitorio.
Extasiado, observo cómo se tumba sobre nuestra cama, reclamándome al mover el dedo índice. Me tumbo sobre ella sin pensarlo y enreda sus brazos en mi cuello.
—¿Por qué no le demuestras a tu futura mujer cómo serán las noches de sexo a partir de ahora?
Doy un golpe seco con mi erección en su sexo y ella gime. Empiezo a besarla por todas partes y a deshacerme de su ropa con tranquilidad.
Me siento el hombre más afortunado, sabiendo que será con ella con quien observe la lluvia caer en nuestro porche cubierto.
Hace una semana que Connor me pidió que me casara con él y también desde que me enteré de que Gin está embarazada.
Ahora estoy contándole a mi abuela y mi hermano por una videollamada que habrá boda.
Con respecto a la yaya, diré que exigió un móvil moderno para poder hablar con sus nietos, ahora que la mayoría estamos lejos.
—¡Virgen santísima! —exclama ella, con la cocina de fondo.
—Yaya, aléjate un poco de la cámara. Ya hemos visto suficiente cuánto se alegra tu nariz de que Celeste se case.
—Que impertinente te has vuelto desde que no vendes pollo enrollado en la playa, hijo de mi vida.
—¡Abuela! —la reprendo, escondiendo una sonrisa.
—No creo que sea por el pollo.
No digo nada ante eso, pues ha sido más un pensamiento en voz alta de mi hermano que otra cosa, pero mi abuela tiene oído de halcón. Antes de que empiece su tercer grado, cambio de tema.
—Abuela, sé que estás moderando tu nivel de cotilleo, pero dejo que vayas a contárselo a tus amigas.
La famosa sonrisa terrorífica que tanto asustaba a Guzmán al principio sale a relucir. Antes de colgar, sentencia:
—Ni que necesitara vuestro permiso pa' ná. Tened cuidado, hijos míos, llamadme mañana. Os quiero.
—Te quiero, yaya —decimos al unísono mi hermano y yo.
Tras un segundo de silencio, en el que me aseguro de que Brenda no necesita mi ayuda en estos momentos, Jorge resopla.
—Desearía estar ahí para amenazar a ese inglés para que te trate como te mereces.
—Sería divertido ver cómo os retáis para ver quién de los dos es más responsable de cuidarme.
Mi hermano esconde una sonrisa. Está en la cafetería de su trabajo, imagino que habrá pedido permiso para atender la llamada.
—Da igual si estás casada o no, eso siempre me corresponderá a mí. —Aprovecho uno de sus movimientos para tomar aire y no llorar, pero cuando sus ojos se clavan en mí…—. Te echo muchísimo de menos. Ahora que estás tan lejos, Madrid estaba a un suspiro de nosotros.
En este momento podría decirle que cada vez queda menos para que vuelva, pero ahora…
mi hogar está aquí. Estoy a punto de intentar tranquilizarlo cuando la campanita de la puerta suena y llama mi atención.
La mujer que hace negocios con Connor entra e inspecciona el lugar.
Creo que la goma con la que se sujeta el pelo en una coleta vale más que mi sueldo.
Aunque quiero prestarle toda mi atención, vuelvo a la llamada.
—Siento muchísimo haberos abandonado. —Mi confesión sale de lo más profundo de mi ser y siento el nudo que provoca.