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Sonrío con los ojos húmedos y asiento repetidas veces, cogiendo su cara entre mis manos. El frío que empiezo a sentir por seguir desnudos, después de que toda la euforia del momento se haya esfumado, se vuelve cálido cuando sus labios se mueven en una media sonrisa, entendiendo mi reacción.
—Nada me gustaría más, Estirado.
Parpadea repetidamente, es la primera vez que veo la vulnerabilidad pintando su rostro y es maravilloso, humano.
Unos segundos maquinando en silencio son suficientes para que estampe con fuerza su boca contra la mía. Me toca la cara cuando se separa, mirándome, buscando algo de arrepentimiento en ella. Cuando no encuentra nada, vuelve a besarme, esta vez con una sonrisa mucho más ancha.
—Te quiero, preciosa. —Vuelve a besarme—. No sabes lo feliz que acabas de hacerme, darling.
Hablan y hablan, pero no puedo pensar en otra cosa que en lo que Celeste me dijo hace dos días: «Nada me gustaría más, Estirado».
Desde entonces todo ha cambiado. Duque comenta lo que cree que no se está haciendo y deberíamos empezar a hacer.
Mi hermano opina y expresa la poca gracia que le está haciendo lo que le dice el jefe de su departamento.
Mel apunta en la libreta mientras evita mirar a Charles cuando este interviene.
Aunque no es asunto de la parte inmobiliaria de la empresa, en cada reunión todos estamos presentes.
Aparte de una empresa, somos una familia.
La reunión sobre el proyecto de Harriet termina casi una hora y media después de que lleváramos otra discutiendo y barajando posibilidades para terminarlo cuanto antes, a pesar de las dificultades que presenta. Tendría que haberlo supuesto.
—¿Qué cojones te pasa? —Escucho que dice Dimitri; cuando lo enfoco, me fijo en que solo quedamos los dos.
—¿A qué te refieres?
Intento disimular el temblor que ha aparecido en mi voz desde hace dos días. Es como si ya no pudiese dejar de estar nervioso y ansioso. Tengo que relajarme, pero solo una persona consigue que lo haga. Y de una forma espléndida, a decir verdad.
—Llevas más de una hora y media perdido en tus pensamientos. Ayer ni siquiera te relacionaste con nosotros. Sabíamos que estabas en tu despacho porque nunca faltas al trabajo.
—No digas tonterías, Dimitri.
Mi hermano se queda en silencio unos segundos, estudiándome. No me muevo de la silla. Tengo el puño debajo de mi barbilla, sujetando mi cabeza, que podría explotar en cualquier momento si no dejo de pensar. Dimitri se sienta enfrente con una postura relajada, sin dejar de escanearme.
—Somos hermanos, Connor. —Alzo las cejas.
—Lo sé.
Asiente en silencio y se rasca la mandíbula.
—Pues cuéntame qué ocurre. Antes lo hacíamos siempre. —Eso llama mi atención. Es verdad, estábamos mucho más unidos; ahora también lo estamos, pero antes era diferente—. Te has vuelto hermético desde que te dio el infarto.
—¿Qué?
Ambos miramos a la puerta al oír el grito ahogado.
A mí se me hiela la sangre, los huesos. Celeste me mira aterrorizada y no sé qué decir o hacer.
Hemos hablado muchas veces de mis problemas de corazón, pero hasta ahora había evitado contarle que, si no llega a ser por la llegada de mi hermano, podría haber muerto de un infarto en casa.
Me levanto airado cuando da media vuelta para marcharse. Golpeo con el puño en el cristal de la mesa de la sala de reuniones y fulmino a mi hermano con la mirada.
—¡Maldita sea, Dimitri! —exclamo antes de salir detrás de ella.
Bajo en el ascensor y, cuando las puertas se abren, logro ver que sale a la calle.
Maldigo. La cojo del codo cuando estoy detrás.
Sin saber todavía qué puedo decirle, la envuelvo en mis brazos con fuerza.
Apoyo la barbilla en su coronilla, mirando cómo la gente nos observa al pasar.
Todos me conocen, saben que soy uno de los hijos del gran O’Brien. Pero no me importa en absoluto.
—Te quiero —susurro en su pelo, besándoselo—. Te amo, darling. —Se cobija en mis brazos, eso es buena señal—. Tendría que habértelo contado todo. Lo siento.
Asiente, arrastrando la cara en mi pecho.
El cambio de Celeste desde que las llamadas del desgraciado de su padre cesaron es evidente, pero todavía algunas situaciones son difíciles para ella.
No quiero que piense que la engaño. Solo le he ocultado la información por miedo a que esos ojos de los que estoy enamorado dejen de mirarme con pasión y deseo para hacerlo con pena. No podría soportarlo.
Como sigue en silencio, busco su oído con mis labios. La beso ahí.
—Te quiero. —Vuelve a asentir y esta vez levanta la cabeza para mirarme. Un alivio abrumador me invade el pecho al ver el amor en sus ojos.
—Quiero que me hables de ti. Quiero saberlo todo del hombre con el que me voy a casar. Quiero conocerte y no sentir que estoy cometiendo el error de casarme con un desconocido.
Al mismo tiempo que el corazón se me acelera cuando menciona la boda, de la que todavía no hemos hablado nada, el miedo me recorre el cuerpo por lo que dice después.
Soy consciente de la crudeza de sus palabras, de lo que puedo llegar a perder si no empiezo a actuar.
Le atrapo la cara entre mis manos y un viento gélido cruza entre nosotros, como un aviso de lo que será mi vida si la pierdo.
—No lo vuelvas a repetir. —El desasosiego se apodera de mí, la atraigo hacia mi cuerpo, desesperado de repente—. No puedo perderte. Yo… no sé qué haría si te perdiera.
El maldito reloj me avisa de que soy un loco enamorado, aterrado y con el rabo entre las piernas por el miedo que siento. Esto del amor da vértigo. Celeste me acaricia la barbilla, sonriendo por fin, aunque sea de manera fugaz.
—Solo quiero conocerte —murmura, con la voz apagada. Le cojo las manos y se las beso.
—Esta noche prepararé la cena y te lo contaré todo. No habrá más secretos entre nosotros.
Eso parece tranquilizarla. Aprovecharé la velada para hablarle del Seduction. Creo que es hora de que me acompañe, pero esa vez será con un anillo en su dedo. Suelta aire tras unos segundos y asiente.
—Está bien. —Cuando parece que no va a decir nada más, suelta, arrancándome una risa de lo más profundo de mi ser—: Espero que no sean unos sándwiches de pollo.
Me acerco a ella y la beso bajo el frío de mi ciudad. Entre toda la gente que nos esquiva al pasar escucho alguna que otra sorpresa al vernos. Pero no pienso ocultarme para besar a mi mujer.
—Lo siento, hermano. No sabía que iba a oírme —se disculpa Dimitri cuando lo acorralo en su despacho.
Aprieto los labios, aguantando las ganas de darle un puñetazo. Me contengo y, para mi sorpresa —y seguro que la suya, pues ya se estaba preparando para recibir su merecido—, me desplomo en la silla frente a su escritorio.
—Le pedí que se casara conmigo —confieso, sin mirarlo.
Soy consciente de que lo está sopesando, pero su cara sorprendida, unos segundos después, me pilla desprevenido.
—¡Joder! ¡Vas a casarte! —Exclama feliz, demasiado feliz por… mí.
Lo miro y recibo su apretón familiar cuando rodea la mesa y se acerca a mí. No me levanto, todo este asunto me tiene como en shock. Mi hermano entiende mi comportamiento de otra forma y me mira desde la distancia que ha tomado
—Ha dicho que sí, ¿verdad? Eres tan idiota que podrías haberla dejado escapar. ¡Es la mejor mujer que has conocido! No puedes perderla, tío. —De pronto, sonrío. Me hace feliz que quieran tanto a Celeste y sé que Dimitri cuidará de ella. Frunce el ceño—. ¿Te ríes por ser un calzonazos?
—Me río por imaginarte con un puto esmoquin.
Me levanto y lo abrazo como hace años que no hago, como debería haber hecho en el funeral de nuestro padre.
Como debería haber hecho cuando lo saqué del primer lío en el que se metió tras nuestra pérdida.
Como cuando Penélope me aseguró que siempre seríamos hermanos, a pesar de mi ignorancia al ser un niño y creer que, por no compartir la misma sangre, nunca tendríamos ese vínculo.
Ahora creo que jamás tendré uno igual con nadie más.
Mientras Celeste se da una ducha, a la que le he pedido asistir reiteradas veces, pero a la que no me ha dejado participar porque tenía una cena que prepararle, llamo a Guzmán.
—¡Menos mal! Hace días que no sé nada de ti. No vuelvas a no cogerme las llamadas.
Muevo las verduras salteadas que estoy haciendo para acompañar el pescado que se está cocinando en el horno mientras tanto.
—Lo siento, he estado muy ocupado. Ya sabes, con…
—Espero que haya dicho que no.
Guzmán lo sabe todo desde el primer momento. Es mi mejor amigo desde hace muchos años y el hecho de que vivamos en países distintos no cambiará nada, nunca.
—Va a ser una O’Brien —aseguro al imaginarla vestida de blanco. De ese color que tan bien le sienta.
—¿De verdad crees que el temperamento de las Cazorla que corre por sus venas va a permitir que le pongas tu apellido como si fuera tuya?
Eso llama mi atención. Puede que otros hombres lo utilicen de esa forma para atrapar o manipular, pero yo jamás lo haría con esa intención.
Solo sentiría orgullo de que lo llevase, de que, a pesar de ya ser una O’Brien aun sin casarse conmigo, quiera llevarlo.
No se trata de posesión. No quiero reprimirla ni coaccionarla; la única forma en que me gusta poseerla es en la cama.
Y casi siempre es al contrario, por el amor de Dios.
—¿Qué? No, joder. Son costumbres. Es evidente que, si no quiere llevarlo, no importará una mierda, siempre será una O’Brien. Solo quiero que se case conmigo.
Guzmán asiente y, para mi pesar, Gin estaba muy cerca cuando he dicho eso y le ha quitado el teléfono a mi amigo y grita como loca.
—¿Os vais a casar? —vocifera, haciéndome un tour de forma inconsciente por su casa. Pongo los ojos en blanco segundos antes de que mire a la cámara de nuevo, esta vez su rostro da miedo entre tantas sombras por la oscuridad de la noche—. ¿Por qué no me ha dicho nada? Ya no me quiere, ¿verdad?
Abro los ojos, atónito. «¿A qué viene este comportamiento?».
—Tesoro, contrólate. No ha dejado de quererte, solo acaba de enterarse.
Pero a Gin le da igual lo que Guzmán le dice, sus ojos se llenan de lágrimas y pone un gesto de pena en los labios.
—Es que... —Rompe a llorar y miro a Guzmán, que la observa con una cara de idiota monumental.