9 #2
Cierro con delicadeza la puerta de cristal opaco, sin girarme para hacerlo, hipnotizada por el cuerpo fuerte y trajeado que se me acerca. Connor se detiene a pocos centímetros de mí, huelo el perfume que se puso esta mañana.
El estómago se me contrae cuando sus dedos acarician la piel de mi cuello.
Sus manos bajan por mis brazos, recorren mis costados hasta llegar a la parte exterior de mis muslos, los cuales aprieta antes de dirigirse al interior, donde empieza a subir con tranquilidad hasta poder presionar con los dedos mi sexo.
Siempre que me demanda de esta forma, el corazón se me desboca.
Suelto el aire que estaba conteniendo sin darme cuenta cuando me muerde la clavícula.
Noto cómo sonríe; su barba me hace cosquillas y me eriza la piel.
—¿Por qué ese tipo no deja de acercarse a mi mujer? —susurra en mi oído, muy bajito, pero con la voz tan ronca que mi ropa interior, al mojarse, se pega a mi piel más delicada.
—Connor… —es lo único que consigo decir mientras cierro los ojos, dejándome llevar al mundo de fantasías oscuras donde siempre me envía cuando me toca.
—¿Qué, darling? —Me besa la comisura de los labios, presionando mi cuerpo contra la puerta—. Eres mi mujer, Celeste, desde que me besaste la primera vez. Y no me gusta que ese hombre esté merodeándote todo el tiempo.
Sus dientes se clavan con suavidad en mi mandíbula, enviándome descargas por cada rincón de mi cuerpo. Sus labios rozan los míos; siento cómo aspira mi aliento con fuerza y luego me besa, sujetando mi nuca con ganas.
Le rodeo el cuello de inmediato, abriendo los ojos y observando el deseo puro y salvaje en su mirada, en el brillo de sus ojos.
Sus manos, grandes y fuertes, me sujetan por debajo de las nalgas, levantándome del suelo, y escucho cómo la puerta se cierra con llave.
Noto su erección tan dura que el dolor que me provoca me hace gemir.
Me observa unos segundos antes de coger mi cara entre sus manos para alzar mi boca hacia él y poder besarme de nuevo. Su aroma, sus movimientos exigentes y cómo me toca me hacen perder la cabeza.
—No sabes cómo me gusta cuando suenas así —murmura, dejándome sobre su escritorio.
—Se podría decir que… que me haces sentir muy bien.
Escucho que suelta aire en una risa que me suena… incrédula. Levanta la cabeza de mis pechos aún cubiertos y me mira con intensidad.
—Tú me haces sentir bien, darling. —Se deshace de mi jersey de lana y de mi camiseta térmica. Murmura algo inentendible a mis oídos cuando me tiene en sujetador y, segundos después, lo tira al suelo.
—Me haces sentir mejor hombre, mejor persona. Y quiero más.
Me muerde los pezones con delicadeza, haciendo que la piel sensible me arda, y me es imposible contener un gemido. Su mirada se clava en la mía al oírme. Su imagen, observándome desde abajo con uno de mis pechos en la boca, me hace perder el control.
Me los sujeto y se los ofrezco; algo oscuro cubre sus ojos y se mueve con brusquedad, levantándome de la mesa y deshaciéndose de mis vaqueros y de mi ropa interior
—Quiero muchísimo más de ti. Contigo, amor.
Cojo aire cuando se desabrocha el pantalón del traje, bajándoselo hasta los tobillos, luego va su bóxer.
Cuando la cabeza de su miembro roza mi entrada, abro los botones de su camisa negra, dejando al descubierto el glorioso abdomen cubierto por músculos marcados y fibrosos.
Una línea sutil y clara de vello le baja desde el ombligo hasta su erección.
El corazón me retumba en los oídos.
«Contigo. Contigo. Contigo. Contigo».
Apenas puedo pasar las uñas por su torso cuando me sujeta la cintura con una mano y la nuca con otra para hundirse en mí con maestría. Ambos gemimos, gruñimos, exhalamos. Connor pega su cuerpo al mío y me envuelve en sus brazos, manteniéndose así unos segundos.
—¿Qué más quieres? —consigo preguntar en cuanto se separa un poco y empieza a moverse despacio, muy despacio.
Mi cabeza se echa hacia atrás como si tuviese vida propia y sus labios, rodeando mis pechos de nuevo, me provocan un frío ardiente.
Como no me responde, echo la cabeza hacia delante; mi pelo cae por mis hombros atrayendo su mirada. Sus ojos recorren nuestros cuerpos, mi piel, y suben a los míos.
—¿Qué más quieres, Connor?
Lo presiono porque sé que quiere decirlo, necesita expresar lo que está sintiendo.
Lo que está sintiendo por mí. Y yo quiero escucharlo, maldita sea, lo necesito.
Su reloj suena y creo que, aunque acabo de oírlo, lleva bastante tiempo haciéndolo.
Llevo mis manos a sus hombros, manteniéndome firme sobre la base de cristal en la que trabaja y me agarra para que no me mueva con sus embestidas fuertes, certeras y duras.
Llevo mis dedos a su cuello y hundo mis yemas en su barba.
Cierra los ojos, dejando escapar aire y apretando la mandíbula.
—Todo, my darling. Lo necesito to—do.
Sus dedos se clavan en mi cintura y me levanta de la mesa; contengo un grito, pero no el escalofrío que me produce cuando me deja en el suelo y me inclina sobre la pared lisa, blanca y brillante del lateral del despacho, al otro lado del ventanal.
Una mano abierta apoyada en la parte baja de mi espalda, haciendo presión hacia abajo para poder volver a entrar desde atrás, su pelvis choca con fuerza contra mi trasero.
—Quiero que no te vayas nunca. —Ahora me da una cachetada en una de mis nalgas; tomo aire—. Que seas mía.
Giro la cabeza, apoyando la mejilla en la pared fría, y lo miro desde debajo, alzado detrás de mi cuerpo.
Sus manos, cuando una de ellas no está poniéndome la nalga colorada, me acarician los costados hacia arriba con lujuria, recorriendo la constelación de Sagitario que los cubre.
Me ha repetido innumerables veces cuánto le gusta. Su nariz se arruga cuando se le tensan los labios. Se está conteniendo.
Otra vez.
—¿No lo soy ya, Connor? —Me sujeta con fuerza, moviéndome de nuevo y cogiéndome en el aire, atrapándome contra la pared con su cuerpo. Entrando de nuevo en mí con demasiada facilidad.
—Darling… —susurra, mordiéndome el cuello, tocándome y besándome por todas partes—. No lo entiendes —dice entre dientes, sujetándome más para que no me mueva con sus severos vaivenes.
—¿Qué no entiendo? —Hago que me mire atrapando su cara con mi mano libre. Lo beso en los labios—. Soy tuya, desde el primer momento. Y eso no va a cambiar, jamás. Sea donde sea que nos lleve esto, sea donde sea que terminemos.
Mientras piensa —sé que lo está haciendo—, me retira el pelo de la cara con cariño, con la dulzura que siempre me muestra.
Me besa con amor, abriendo mi boca con su lengua y marcando un ritmo en las embestidas dolorosamente placentero.
Me muerde el labio cuando se separa. Veo en sus gestos que nota cómo mi vagina se contrae a su alrededor por la llegada del orgasmo.
Acelera los movimientos, bajando las rodillas para impulsarse dentro de mí.
—Ese es el problema —dice entrecortado—. Ese es el maldito problema, Celeste.
El tono ronco que le produce decir mi nombre es todo lo que necesito para que un orgasmo abrasador e intenso me recorra desde los dedos de los pies hasta el mismo cerebro. Me atraviesa, me deja descargas por todo el cuerpo y me estrecho a su alrededor.
Noto cómo mi cuerpo presiona su erección, pidiéndole que le dé lo que le pertenece. Connor me mira una última vez antes de hundir su cara en mi cuello y empezar a besarlo con cariño.
—No quiero que terminemos en ningún otro sitio que no sea juntos, en mi casa, nuestra casa. Quiero que seas mía para siempre. Cada día me levanto y me voy a la cama deseando una única cosa.
Empieza a derramarse y su éxtasis se expande por mi interior.
Lo recibo. La cabeza me da vueltas por el significado de sus palabras, por lo que me hacen sentir.
Su anatomía se tensa, sus músculos están más duros de lo normal.
Dejo que el calor se haga con todo mi ser; levanto un poco las caderas, buscando un hueco más profundo para él.
Siento un nuevo calambre que me hace gemir otra vez. Mi cuerpo se vuelve gelatina contra el suyo con un segundo orgasmo.
—¿Qué… qué cosa…? —balbuceo.
No puedo dejar de pensar en todo. En las posibilidades que mi mente empieza a crear si me quedase.
En el deseo de hacerlo para estar junto a él.
Quiero hacerlo y no puedo dejar que el miedo me haga perder todo lo que he encontrado aquí, junto a él.
Todo lo que he deseado está con Connor. Todo lo que deseo en el amor, en la vida y en mi futuro lleva su nombre.
Mi corazón lo lleva. Lo beso mientras dejamos que nuestros cuerpos se relajen.
—Que seas mi mujer.
«Esto es una locura», pienso al oírlo, pero ni una pizca de miedo me invade; para nada, es la adrenalina de estar a punto de hacer algo que deseo lo que se expande por mi sistema nervioso.
Sus ojos se vuelven más azules cuando me mira con esa intensidad con que lo está haciendo.
Me besa la mandíbula.
—Quiero que seas mi mujer, darling.
Su declaración es apenas audible por el tono bajo que ha utilizado, pero abro los ojos porque lo escucho perfectamente.
Y por una vez en la vida no siento miedo ni ansiedad por pensar en un hombre a mi lado.
No pienso en que la compañía de un hombre se pueda convertir, a la larga, en golpes, amenazas y terrores.
Y, cuando pienso en un nosotros, solo veo amor, deseo, necesidad y una eternidad maravillosa.
Por una vez en mi vida dejo que este amor se haga con todo mi ser. No puede haber nada que me haga tan feliz como compartir todo con este increíble hombre. Tan sexy, estirado y mandón.
Puede que llevemos poco tiempo conociéndonos, pero la conexión que hemos sentido, lo que hay entre nosotros, va más allá de fechas.
Es un vínculo que lleva toda nuestra existencia cociéndose a fuego lento, para que cuando nos conociésemos saltasen chispas como lo hicieron.
Lleva preparándose toda la vida para que, en algún momento, el destino nos uniera.
Y, ahora que lo ha hecho, no pienso dejarlo escapar.