Todo lo que deseo 9
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—Vendré de la oficina a decírtelo. A besarte. Te llamaré si no puedo salir. —Acerca su cara a la mía y su aliento es una caricia en mis labios, lleva mi mano a su pecho—. Pero no dudes lo que siento por ti. No pongas en duda el motivo por el que mi corazón late como un loco cuando estás junto a mí.

No me da tiempo a decirle que siento lo mismo, a disculparme, cuando sus labios abren los míos en un beso tan dulce como lo son sus caricias en mi mandíbula, tan salvaje al mismo tiempo como lo que siento por él.

Hacía mucho, mucho tiempo que no celebrábamos un 25 de diciembre en familia.

Pero llegó Celeste. Miro a mi alrededor, la casa está decorada con luces y adornos navideños.

Incluso mi hermano, mi madre y Celeste han conseguido hacerle un hueco al árbol de Navidad.

La casa está distinta, llena, ruidosa y alegre.

Después de desayunar todos juntos y de abrir regalos que hacía años que no nos dábamos —gracias a que Celeste convenció a Dimitri y a Penélope de que se quedaran a dormir—, ella y mi madre preparan la mesa del salón, donde la chimenea caldea la estancia, para el almuerzo.

—Es una gran mujer y una gran persona —me dice Dimitri, colocándome una mano en el hombro. Asiento sin poder dejar de mirarla—. Me alegro por ti, hermano.

La observo, lo hago todo el tiempo. Mis ojos tienen vida propia si ella está en mi radar y no hacen más que buscarla.

Me gusta ver cómo se mueve en casa, cómo hace de este lugar algo más suyo, más nuestro.

Consigue que mi madre sonría y que mi hermano sea él mismo.

Lo que me recuerda que, aunque sé que lo intuye, nunca le he contado nada sobre mi familia. Tengo que hacerlo.

Una de las veces que pasa por delante de mí, con la intención de llevar un plato a la mesa, la agarro del codo. Sus ojos grises se clavan en los míos y me da un vuelco al corazón.

—Te quiero —le recuerdo, levantándole la barbilla. Su sonrisa se me expande en el pecho.

—Yo también te quiero, Estirado.

Aunque me gustaría alargarlo más —mucho más—, su beso, fugaz y cargado de amor y adrenalina por el instante, me apacigua un poco la necesidad.

Solo un poco. La puerta suena y recuerdo que esperamos invitados.

Voy a abrir, dejando pasar a un alegre Sky, vestido con un chaleco rojo, con un Santa Claus con gafas de sol y un «Oh—Oh» en letras negras, ansioso por dar la bienvenida.

—¡Hola, hola! —saluda Brenda, contenta.

Me da un abrazo rápido y no me molesta ni me incomoda en absoluto; todo lo contrario, es reconfortante y agradable. Brenda es una buena mujer y muy alegre, a pesar de su pasado. Pasa al interior de la casa y deja sobre la encimera las dos botellas de vino que ha traído.

Empieza a quitarse el abrigo, con confianza y tranquilidad, hasta que ve a mi hermano y se detiene un segundo.

Aunque se esfuerza en continuar para que él no note que le ha afectado encontrárselo.

Curiosamente, ambos lo hemos notado. Le dedico una sonrisa a mi hermano, que está acercándose a ella.

Sin esperármelo, le quita el abrigo de las manos para colgarlo en el perchero, junto a los demás.

Cuando vuelven, están teniendo una conversación adulta.

Al menos hasta que ella ve a Celeste y se funden en un abrazo.

—Vas a tener que acostumbrarte a verla más a menudo. Es la mejor amiga de Celeste —comento cuando noto que mi hermano se pone a mi lado.

Solo refunfuña e intenta concentrarse en otra cosa jugando con Sky. Apenas pasan diez minutos cuando el timbre suena de nuevo.

Esta vez abre Dimitri y aparecen Duque y su familia.

Cuando nuestro amigo llega hasta a mí, lo saludo con el mismo afecto con el que lo ha hecho mi hermano.

Después me centro en sus padres. Ellos solían celebrar el día en familia pero, desde hace dos años, tras la muerte de la hermana pequeña de Duque, dejaron de hacerlo.

A pesar de eso, se lo propuse y me alegra enormemente que hayan venido.

—Gracias, hermano. Les hace falta —me dice mi amigo cuando sus padres saludan a mi madre y a las chicas.

Duque y Charles son de la familia. Aunque este último no vendrá porque lo está celebrando fuera, al igual que Mel y Alexandra.

Con Álex, desde que se casó con Dana y tuvo a las niñas, es diferente.

No solemos celebrar juntos estas fechas porque ellos tienen sus propias costumbres, aunque solemos vernos cuando el trabajo y las responsabilidades nos lo permiten.

Me habría gustado que Guzmán, Camila, Gin, Ana y Jorge estuvieran hoy. Pero la abuela se negaba a montarse en un «cacharro que vuela». Por lo que he pensado viajar allí cuando pasen las fiestas. Espero sorprender a Celeste.

Asiento, sin necesidad de decir nada más.

Llegado el momento, nos sentamos a la mesa y, entre risas, bromas, anécdotas y un ambiente familiar que me inunda el pecho, pasamos el primer día de Navidad junto a Celeste.

Cojo su mano y entrelazo nuestros dedos bajo la mesa; la mirada y la sonrisa que me regala me acelera el pulso.

Ella es un claro antes y después en mi vida.

Como cada mañana, antes de irme a la librería, me siento en el porche cubierto, para disfrutar de la nieve que lleva semanas cubriendo el terreno. Enero está siendo un mes muy frío.

—¿Estáis listos?

Me vuelvo hacia atrás, donde Connor me sonríe, vestido con otro de sus impolutos trajes a medida que le quedan de infarto.

Esto bien podría ser la bienvenida al cielo.

Sky salta del columpio y va hacia él para saludarlo.

Cuando ha recibido innumerables caricias, se tumba bocarriba para que le dé más.

Sin poder dejar de mirarlos, voy hasta ellos y beso al hombre que me está haciendo muy feliz, después de no haber confiado en ningún otro.

Al separarme de él, sigue con la mano en mi cintura y me mira de forma un poco rara.

—¿Todo bien? —pregunto, intentado ocultar mi inquietud.

—Magnífico, darling. —Asiento, algo más tranquila cuando me sonríe y me besa la frente.

En el garaje, con Sky en la parte de atrás bien sujeto, nos subimos al coche. En cuanto circulamos por la carretera, me sumerjo en un viaje blanco y gélido. Windsor es preciosa. De pronto recuerdo algo y me giro hacia Connor.

—¿Por qué no visitamos la ciudad más a fondo este fin de semana? Todavía no la conozco.

Un brillo precioso ilumina su mirada de forma fugaz cuando se vuelve hacia mí. Sky ladra, como si se alegrara por lo que se viene.

—Estaré encantado de hacerlo.

Pone la mano sobre mi muslo y aprieta un poco, y noto un hormigueo que sube como un acto reflejo de la sensación que me produce. Junto las piernas y atrapo su mano entre ellas. Aunque no miro a Connor, escucho el gruñido sexy que se le escapa de la garganta.

En la puerta de la librería, me bajo del coche a toda prisa porque es un deporte de alto riesgo, y seguramente ilegal, detenerse en doble fila aquí. Pero ya estoy acostumbrada y tardo muy poco en sacar a Sky del asiento de atrás.

—¿No olvidas algo? —Escucho decir a mi espalda.

Cuando me vuelvo, ya no está en el coche, sino de pie detrás de mí. Con el calor en las mejillas, por lo que me hace sentir que un hombre como él demande tanto de mí, me acerco y lo beso en los labios.

—No puedo empezar bien el trabajo si no me das un beso.

Sonrío como una niña y me despido de él cuando se sube al coche y se pierde en la entrada del edificio. Tras soltar un suspiro, me dirijo a la librería.

—¡Buenos días! —saludo a Brenda y Lucy mueve el rabo al verme. Le acaricio la cabeza y hunde el hocico en mi costado, después se acerca a Sky, que está entre mis brazos.

Lo dejo en el suelo para que se conozcan. Lucy se mueve alegre a su alrededor, intimidando un poco al cachorro, hasta que este coge confianza y se van juntos a la cama de Lucy.

—Buenos días, amiga. ¿Con ganas de trabajar?

Brenda sonríe. Lleva el pelo en un moño desenfadado, un jersey grande y mullido de color teja y su típico delantal. Animada, como siempre que estamos juntas, me engancho en su brazo para ir a la máquina del café; necesito mi dosis diaria.

—Siempre, todo sea por la librería y la dependienta más guapa de Londres.

—Jo… —Me hace ojitos y sonrío—. ¡Cuánto te quiero!

Dejo que vaya a preparar el café y la miro mientras; algo muy bonito se abre camino más al fondo dentro de mí.

Nunca imaginé que encontraría otra familia tan lejos de mi casa, que sentiría este lugar como un hogar.

Y, conforme esos sentimientos crecen, se me hace más difícil imaginarme subiendo a un avión y despidiéndome de esto.

De él.

A media mañana decido ir a visitarlo, dejando a Sky a cargo de Brenda.

Espero que él y Lucy no desmonten la librería.

Me despido de ellos antes de salir y, justo cuando voy a cerrar la puerta, me topo con alguien.

Harry, el hombre que trabaja en el concesionario de al lado —bastante atractivo, la verdad—, me mira de arriba abajo en un nefasto intento de sutileza.

—Hola, Celeste. Hace días que no coincidimos.

—Hemos estado muy liadas con la librería. Por suerte, las presentaciones no nos dejan un respiro.

—Me alegro de oír eso. Que un negocio crezca siempre es una buena noticia.

Me doy cuenta de cómo acorta la distancia entre nosotros. Estoy a punto de responder cuando me llegan varios mensajes. Se me acelera el pulso al leer uno de ellos.

No me hace falta alzar la vista para saber que Connor nos ha visto desde su despacho. Sabiendo que bien podría plantarse aquí y apartarlo él mismo, de maneras mucho menos delicadas, decido despedirme.

—Nos vemos por aquí, Celeste.

—¡Claro! —Intento sonar lo más simpática posible a pesar de estar deseando subir a las oficinas de O’Brien Group.

El vestíbulo del edificio huele igual de bien que todos los días; el lujo tiene un olor fascinante. A cada lado están las oficinas de la inmobiliaria, donde Charles dirige el departamento. Al cruzar la entrada veo algunos trabajadores detrás de sus ordenadores.

—Buenas tardes —me saluda el recepcionista. Le devuelvo el saludo con una sonrisa y subo en el ascensor.

Cuando las puertas se abren, tengo ante mí a las chicas en sus escritorios, el despacho de Dimitri —que tiene la puerta abierta y está hablando por teléfono— y el despacho de Connor.