8 #4
Cuando la llamada finaliza, la frase en mis costillas me abrasa la piel. «Donde tú estés, ahí estaré yo».
Las manecillas del reloj han corrido hasta pasar casi tres horas, he estado bastante ocupada y entretenida. Hemos cerrado una segunda firma para dentro de un mes, esta vez vendrán cámaras. La escritora se ha quedado asombrada con el taller y la charla.
—¡Qué mañana más fantástica! —exclama Brenda cuando estamos solas.
Felices, hablamos de la jornada tan productiva que hemos tenido cuando, de reojo, observo que alguien se acerca hasta aquí. La campanita suena cuando la puerta se abre.
—Buenos días —saluda la mujer que me llamó la atención esta mañana.
—Buenos días, soy Brenda, la dueña de esta preciosa librería. —Mi amiga me señala con la mano, sonrisa en labios—. Y esta es mi socia, Celeste. ¿Desea algo en especial?
La mujer, delgada, pija, algo snob a simple vista y vestida con ropa muy cara, no aparta la mirada de mí.
Cuando ha tenido suficiente de recorrerme con los ojos, al menos cinco veces de arriba abajo, estira los labios en una sonrisa.
—No. Vengo de visitar a un amigo y me ha llamado la atención el lugar, así que voy a esperarlo aquí hasta que vayamos a comer.
Brenda y yo nos miramos cuando se da la vuelta y se acerca a una de las estanterías. Mi amiga simula que está vomitando. Yo solo puedo pensar en una cosa: «amigo, amigo, amigo».
Y, aunque, después de irse la inesperada visita, Brenda no deja de repetirme que es una estupidez agobiarme por algo así, no puedo evitar dejar de tener ganas de ir a la oficina.
Sobre las siete de la tarde, tras un almuerzo en un bar no muy lejos de allí y un mediodía ajetreado con todas las nuevas inscripciones al taller, decidimos ir recogiendo. Se ha puesto a llover y hace al menos media hora que nadie entra.
Las calles siguen con vida, pero la lluvia no hace más que apretar y nadie se detiene en el camino. Cuando solo nos queda apagar las luces, Connor aparece. Cierra el paraguas y lo deja en el paragüero de chapa que hay a un lado de la puerta. Su mirada me calienta hasta el último recoveco del cuerpo.
—Hola, chicas.
—Hola, ¿cómo estás? —saluda Bren, cargando un par de cajas que nos han llegado hace unas horas. Connor le coge la de encima.
—Muy bien, aunque el día ha sido un poco pesado.
«Y eso que tu amiga te ha entretenido», digo para mí misma, odiando estos celos repentinos. Solo los escucho, pero no miro a ninguno, pues intento concentrarme en recoger un par de cosas hasta que Brenda decida apagar las luces de una dichosa vez.
—Te he estado esperando.
Cierro los ojos al sentir su aliento en mi cuello y me levanto lentamente justo en el momento en el que las luces se apagan.
Aun así, puedo ver el azul intenso en sus ojos.
—¿Sí? Pensaba que habías estado toda la tarde fuera con tu amiga.
Notar la rigidez de su cuerpo me hace sentir más estúpida que los celos que estoy experimentando. Pongo los ojos en blanco al corroborar que no quería que supiera nada de esa mujer.
—¿Cómo…? —Se detiene al darse cuenta de que por ahí no va bien. Tras un segundo de silencio, decide romperlo—. Hemos empezado un proyecto con ella. Solo hemos cerrado el acuerdo con un almuerzo. Nada más.
Lo miro un momento, apenas estamos iluminados con la luz de emergencia y los destellos de los focos de los coches que pasan. Brenda tiene que estar muerta de frío. Aunque quiero, me cuesta creerle.
—Debe significar algo más que un «nada» para que se haya presentado aquí para contármelo, ¿no crees?
—¿Cómo dices? ¿Ha estado aquí para qué? —Su voz empieza a adoptar un tono amenazador, no le gusta lo que ha escuchado.
Dejo escapar un suspiro. Connor me gusta tanto como para dejarme llevar.
Tanto como para decirle lo que siento. Pero no quiero estar en medio de nada.
—Mira, Connor, si estás metido en algún lío con una mujer a la que no le has contado nada, no quiero estar involucrada. Me haré a un lado si es necesario, pero no quiero cargar con más problemas de los que ya llevo conmigo.
Abro los ojos al darme cuenta de lo que he dicho.
Jamás, jamás en mi vida, habría dicho algo así.
Algo que realmente quería decir. Pero llegados a este punto, en el que me he pasado la vida temiendo a mi padre, no voy a quedarme a ver cómo dos personas intentan esquivarme para verse.
Connor da un paso adelante, con los brazos tensos.
Me está mirando de una forma tan intensa que la ira que se había producido en mi interior, casi sin darme cuenta, empieza a convertirse en timidez.
No sé qué siento cuando veo cómo tuerce el gesto.
—¿De qué estás hablando, darling? —Estudia algo, lo noto en sus expresiones no verbales.
Por el amor de Dios, he analizado esos gestos.
Entonces su dedo pulgar presiona mi labio inferior y da otro paso hacia mí—.
Sé que esto lo provoca la ansiedad, y odio que lo sientas.
—Intenta sonreír con pesar y a mí me late el corazón con furia—.
Si necesitas que te repita cada día, a cada maldito segundo, que te quiero para que estés tranquila, lo haré.
No puedo dejar de mirarlo.
Levanta los brazos al aire sonriendo como si no tuviese idea de qué está pasando.