Todo lo que deseo 8 #3
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Para no dejar el asunto a un lado, espero sentado en el borde de la cama a que acabe. Cuando lo hace, no puedo dejar de mirar cómo se le ajusta al cuerpo el vestido de lana que ha elegido. Las botas plateadas de tacón le dan un toque sexy. Ahora quiero mandar a la mierda nuestras responsabilidades.

—¿Ves algo de tu agrado? —me pregunta desafiante y me acerco a ella.

—Toda tú, a decir verdad. —Le paso un brazo por la cintura para estrecharla contra mí.

Aspiro el olor a almendras de su piel mezclado con el perfume suave que usa.

Cierro los ojos y hundo la cara en su cuello—.

No quiero salir de casa. —Una risita le brota de la garganta y se la beso.

Entonces recuerdo lo que me ha dicho y la miro a los ojos—.

Con respecto a lo de ir a verme, ¿por qué no me avisas antes?

Vamos a empezar un nuevo proyecto y nos espera una larga reunión.

No sé si es porque sé cuál es el principal objetivo de mi petición o qué, pero me suena muy falso lo que acabo de decirle. Aunque sea verdad. Es como si ocultarle esto me hiciera sentir la peor persona del mundo.

—Por supuesto.

Asiento aún con su cuerpo pegado al mío, solo la suelto cuando la he besado en los labios, y después nos dirigimos a la cocina. El desayuno, cargado de confesiones y risas nuevas, me hace darme cuenta de que debo contarle todo acerca de mí.

Como esperaba, cuando llego a la oficina y hago contacto visual con Mel, ella viene detrás de mí hasta que está a un palmo de mi escritorio.

—Te noto… —Sigo con la cabeza agachada mientras saco las cosas que necesito del cajón de mi escritorio—. Más ligero. —Levanto la cabeza de inmediato, alzando una ceja con incredulidad.

—¿Ligero?

—Sí, como si cargases menos de la mitad de todo lo que cargas a diario. —Tras eso, clava la vista en su tableta. Repaso sus palabras. «¿Es eso lo que me hace sentir Celeste? ¿Más ligero?».

—¡Hermano! Buenos días, Mel. —Mi secretaria y yo miramos a Dimitri cruzar mi despacho.

—Buenos días.

Ella le sonríe y vuelve a darle con el dedo a la pantalla de su tableta. Mi hermano se coloca a su lado, apoyándose en la silla ocupada. Como siempre, sin chaqueta y con los dos primeros botones de la camisa abiertos. Cierro los ojos y tomo aire. Con paciencia, se cruza de brazos y me mira.

—Harriet llegará en cinco minutos. Lo mejor es esperarla en la sala de reuniones. —Asiento y me levanto. Luego miro a Mel, que ya está a la espera de lo que tenga que decirle. Pero a mí no me hace falta explicarle nada.

—Ya sabes lo que tienes que hacer. —Ella asiente y los tres salimos de mi despacho.

Duque y Charles ya están esperándonos en la sala de reuniones. Este último nos mira y se detiene mucho más en mi secretaria. Le advierto con la mirada, aunque no consigo resultado alguno.

—Bueno, creo que todos sabemos lo que debemos hacer y cómo llevarlo a cabo. No vamos a negociar absolutamente nada, mucho menos el precio de nuestro trabajo. El local ya está pactado —explica Dimitri, sentado junto a Duque.

—Lourdes envió toda la documentación a los abogados de Harriet para que firmaran el alquiler del inmueble.

Un contrato de cinco años, prorrogable hasta cinco años más si ambas partes estamos de acuerdo.

Además, hemos estudiado la posibilidad de cambiar a un contrato con derecho a compra si el negocio va bien —continúa Charles mientras lanza vistazos furtivos a Mel, que toma nota de todo.

Sigue repasando en voz alta los puntos importantes de la reunión y, en cuanto termina, Duque y Dimitri exponen de nuevo cómo se desarrollarán las obras. La puerta se abre, interrumpiéndonos, y Duque clava la mirada ahí.

—La señorita Harriet está subiendo —dice Alexandra con ese deje de vergüenza todavía en la voz. En cuanto tiene la ocasión, desaparece.

—Vaya, ese coche parece caro. Y la mujer que se baja de él, importante.

No miro a Brenda, hace rato que no lo hago. Exactamente desde que una mujer joven, alta, refinada y elegante ha salido de un Mini, nuevo de este año, para entrar en el edificio de los O’Brien.

«¿Será la persona con la que Connor tiene la reunión tan importante? ¿Será por ella por lo que me ha pedido que lo avise antes de ir a su oficina? ¿Será una ex? ¿Y si ni siquiera es ex y siguen viéndose?».

Estoy a punto de perderme en una espiral de suposiciones peligrosas que no harán más que buscarme problemas cuando Brenda me pone una taza en las narices. Me vuelvo hacia ella.

—Son negocios, Celeste. Te ha confesado que está enamorado de ti, ¿por qué lo dudas?

Le doy un sorbo a la bebida, disfrutando de la fuerza de la mezcla. Pienso un poco en estos dos meses, en todo mi pasado.

—Cuando te pasas toda la vida a la espera de que una persona te traicione de nuevo, es difícil confiar en los demás.

Está a punto de decir algo, de consolarme de alguna de las formas tan maravillosas y especiales en las que lo hace, pero la representante de la escritora que está firmando libros la reclama.

Asiento para que vaya, mis fantasmas pueden esperar.

Cuando me quedo sola, vuelvo a mirar a la calle: el coche ya no está y la gente pasa por delante de la librería y del edificio bajo sus paraguas.

Las luces de Navidad que colgamos hace semanas alrededor de los ventanales y la puerta brillan bajo las gotitas de agua que empiezan a mojar los cristales.

Observo un poco más la calle hasta que mi teléfono suena.

Lo saco del bolso y sonrío al ver la llamada entrante.

—Hola, Jorge.

—¿Cómo está mi hermanita preferida?

—Preferida y única, tunante. —La carcajada de mi hermano era todo lo que necesitaba en este momento.

—¿Cómo te va? —me pregunta dentro del ascensor.

—Genial, la verdad. La librería está creciendo mucho. Ahora estamos en medio de una firma de libros, Shania es una escritora muy reconocida en Londres, así que esta es una buena oportunidad para Brenda.

—No sabes cuánto me alegro, hermanita.

—Y a ti, ¿qué tal te va?

Me apoyo en el cristal frío de la ventana y vuelvo a beber de mi taza.

—Se me da muy bien poner cafés. Esta experiencia me servirá para buscar trabajo en alguna cafetería o bar cuando esté en el paro.

—Jorge —le reprendo.

—¿Qué? Es la verdad. Llevo casi dos meses así, no tengo ningún caso propio. Y ni siquiera me dejan participar en alguno u observar.

—Sé positivo. Hace unos meses trabajabas en un kebab mientras te sacabas la carrera. Estás ejerciendo y prácticamente acabas de salir de la universidad. Muchos querrían estar en tu pellejo.

Jorge suspira.

—Lo sé, lo sé. Es solo que…

Dejo de escucharlo porque, entonces, su situación me hace recapacitar sobre la mía. Sobre lo que la ansiedad y la inseguridad provocadas por mi pasado me hacen sentir y pensar al haber visto a una mujer guapa entrar en el edificio en el que trabajan muchas más personas, aparte de Connor.

—Es solo que estamos tan mal acostumbrados a no tener lo que queremos que, cuando por fin conseguimos lo que tanto hemos ansiado, sentimos que no es suficiente, aunque en realidad lo es todo.

—Puede que tengas razón. Intentaré no quejarme tanto la próxima vez.

—Te mereces esto, Jorge. Y si ahora estás llevando cafés es porque no es tu momento, todavía. Todos hemos sido los del café en algún momento de nuestras vidas.

—Es una suerte que no me cobres las terapias. —Suelto una risa, sin poder contenerla.

—Te echo de menos, Jorge.

Cuando siento la opresión en el pecho que me provoca el momento tan familiar con mi hermano, ladeo un poco la cabeza.

Él asiente varias veces, como si estuviese conteniendo las ganas de llorar tanto como yo.

Aunque ninguno lo haremos, no al menos con el otro a miles de kilómetros de distancia, con un océano de por medio.

—Y yo a ti, hermanita. Todos los días.

Me muerdo el labio y suspiro aliviada cuando Brenda me pide que me acerque a donde está. Si continúo mirando los bonitos rasgos de mi hermano, preparado para ir al trabajo, lloraré como una niña sin regalos el día de su cumpleaños.

—Tengo que atender unas cosas del taller. Hablamos más tarde, ¿de acuerdo?

—Sí, que te vaya bien el día. Te quiero.