8 #2
Eso me detiene y, sin pensármelo, empiezo a quitarme la ropa. En cualquier otra circunstancia, y con cualquier otra persona, jamás lo hubiese hecho. Esto no va conmigo, pero con Celeste todo es diferente.
Cuando estamos vestidos, corre por el pasillo y vuelve con Sky en sus brazos. Me levanta el brazo para pasárselo por los hombros y me entrega el teléfono con la cámara abierta.
—Vamos a hacernos una foto familiar.
Algo me atraviesa el centro del pecho y se me expande por toda la caja torácica.
La estrecho contra mí. Familia. Nosotros.
Una familia. Suena muy bien. Pulso el botón y capturo el primero de muchos momentos que viviremos juntos.
Suelto el móvil sobre la cómoda y pongo al perro en el suelo, tirando de Celeste hacia mí para pegar mi boca a la suya.
Mientras tanto, meto las manos debajo de su camiseta y me deshago de ella, rodeo sus pechos aún cubiertos por el sujetador y los acaricio.
Me trago su gemido. Me siento en el borde del colchón y hago que se siente en mi regazo, estrechándola contra mí.
Me pasa los brazos por el cuello y me besa la barba, robándome el sentido
Le arranco el sujetador saboreando uno de sus oscuros pezones, tirando de él y rozándolo con la punta de mi lengua. La erección me salta debajo de estos ridículos e importantes pantalones de pijama que no dejaré de utilizar nunca.
—No creo que seas consciente de lo que estás haciendo conmigo, darling.
Al soltarle el lazo, el pelo le cubre el rostro, se lo aparto con una mano y le sujeto la cara con ella. No puedo mantenerme alejado.
No quiero.
Introduzco la lengua en su cálida boca, sintiendo mil cosas diferentes. Me detengo un segundo.
—No puedo dejar de pensar en ti. De imaginar cómo reaccionarás ante algo nuevo que tenga que mostrarte. De buscar cosas nuevas que enseñarte, con la necesidad de ver esa reacción.
Le paso un dedo entre los pechos y me levanto con ella encima, tumbándola en la cama.
Le beso el estómago. Sus manos vuelan por mi camiseta, la ayudo a quitármela y sus caricias se sienten ardientes en mi piel desnuda.
Me tomo un tiempo para admirarla semidesnuda en mi cama.
Como ya ha estado otras muchas veces. Como estará otras miles.
Le quito el pantalón con tranquilidad, recreándome en devorar con la mirada su delicado cuerpo.
Las tiras finas de su ropa interior resaltan en su piel blanca y lisa. Recuerdo el lazo.
—Deja que haga algo, darling. —Le beso la cara interna del muslo y suelta aire entre los labios. Qué delicia.
Asiente sin peguntarme, enviándome descargas a mi dura erección.
Le cubro los ojos con el lazo negro y la observo desde arriba.
Preciosa. Empiezo un recorrido de besos: primero en los labios y después en el cuello, apenas he rozado uno de sus pezones cuando empieza a retorcerse.
Los tiene duros, erectos y perfectos. Juego con ellos un poco más hasta que me deshago de mis pantalones.
Jadea cuando nota mis piernas desnudas chocar con las suyas.
—Eres tan bonita, Celeste. Tan fiera y cabezota.
Vuelvo a besarla, mordiéndole el labio al terminar. Sigo el rastro de besos por su vientre y me detengo justo por encima del borde del tanga. Empiezo a bajárselo, conteniendo la respiración.
—Llegué a pensar que nadie confiaría en mí jamás, teniendo en cuenta el fallo en mi pecho. Que pasaría toda la vida solo.
—Connor, no…
—Shhh. —Le paso la lengua por el lóbulo de la oreja. Noto cómo me mojo al tenerla desnuda ante mí con los ojos cubiertos por el lazo negro—. Hasta que apareciste tú.
Tiro el tanga al suelo y la beso entre las piernas, sujetándoselas para que sigan bien abiertas.
—Oh, Dios…
Saboreo su esencia, todo lo que derrama para mí.
Por mí. La beso con delicadeza y me quito el bóxer.
Cuando estoy desnudo, vuelvo a arrodillarme frente a ella y sigo mi cometido.
Introduzco dos dedos, está más que preparada para la intromisión, y eso me hace perder el sentido.
Su cuerpo se acerca en busca de mi boca cuando me aparto y no dudo en darle lo que pide.
Eso es lo que haré siempre a partir de ahora. Hacerla feliz y demostrarle cuánto la deseo. Me aparto cuando siento que está a punto. Aunque quiero tomarla de mil formas diferentes, me es imposible aguantar las ganas de estar dentro de ella.
—¿Por qué paras? —jadea, molesta.
—Mi pequeña impaciente. —Le beso un pecho.
Me coloco sobre ella, presionando delicadamente el glande contra su entrada. Cierro los ojos ante la ansiedad que me produce lo que está por venir. Cuando voy a apartarle el lazo y empiezo a mover las caderas, Celeste me detiene.
—Voy a quitarme esto. Necesito verte. —Sonrío y le descubro los ojos. Los tiene rojos.
Me pasa las manos por todas partes, las baja hasta estar entre nosotros y el corazón se me dispara al tener sus dedos alrededor de mi erección. Tras acariciarme, la ubica de nuevo justo donde necesito que esté. Mojándola y preparándola.
—No quiero que vuelvas a decir que alguien no puede quererte, Connor.
Empiezo a introducirme en ella, despacio, centímetro a centímetro.
Una maravillosa tortura que sufriría toda la vida.
Su interior se ensancha, me da la bienvenida, y ella ajusta las piernas a mi alrededor, impulsándose hacia arriba.
Exhalo cuando estoy dentro, hasta el fondo.
La rodeo con los brazos, voy hacia atrás y embisto.
Cuando nos hacemos el uno al otro, la dejo de nuevo sobre el colchón y empiezo a moverme. La hago mía una y otra vez. Le beso el hombro y cojo uno de sus pechos para jugar con él. Celeste echa la cabeza hacia atrás y se entrega más.
—Me lo has devuelto todo, darling. Lo que creía que jamás volvería a querer tener, lo que pensaba que había dejado en el olvido. Le has devuelto el sentido a mi vida.
La embisto con más fuerza y suelta un grito, levantando la cabeza para mirarme.
Me coloca las manos en la nuca y empuja hacia abajo para besarme, demandando lo que sabe que ya es suyo; lo que sabe que no tiene que pedir porque siempre lo tendrá.
Le limpio una lágrima que se iba a perder en su pelo, al rodar por su sien.
Una muestra de que esto es real.
—No quiero que repitas algo así porque no es verdad. —continúa lo que había dicho antes— No es verdad porque yo ya lo hago.
Me detengo por unos segundos, asimilando su confesión.
La adrenalina me recorre el cuerpo. Le agarro la nuca y le acerco la cara a la mía, la beso.
Las embestidas cada vez son más fuertes, sus pechos botan frente a mi cara y su gesto de placer me está llevando a la cima. En su interior noto que ella también.
—Estoy enamorado de ti, darling. —No la dejo responder, estampando de nuevo mi boca en la suya—. Dime que eres mía, cariño. Dime que quieres serlo. —Va a decir algo, pero vuelvo a detenerla con un dedo presionando esos gruesos labios—. Pero debes saber que, si lo dices, no habrá marcha atrás.
Otra lágrima rueda desde el extremo de sus ojos.
—Soy completamente tuya.
Aprieto los labios, conteniendo la emoción, y la embisto una última vez, haciéndola gritar mi nombre. Me clava las uñas con la misma fuerza con la que se corre, y pierdo el juicio. Me dejo ir dentro de ella de forma imperiosa, animal, y disfruto de lo que solo Celeste me hace sentir.
Tras toda la noche demostrándole a Celeste lo que nos espera a partir de ahora cada vez que nos vayamos a dormir, porque no volverá a hacerlo en la que había sido su habitación hasta entonces, me despierto como si hubiese bebido toda la noche.
No hemos dormido nada y lo ha demostrado aprovechando la ausencia de mi cuerpo en la cama, ocupando el colchón con todo lo que su cuerpo es capaz de ocupar, y dejando escapar un suave suspiro de satisfacción.
Sonrío. Ahora no dejo de hacerlo.
Todos van a darse cuenta en la oficina y no me apetece nada que me atosiguen a preguntas. Termino de abrocharme la camisa del traje antes de acariciarle la mejilla con los nudillos e ir a preparar el desayuno. Aunque antes de salir, sin poder evitarlo, miro la pantalla de su teléfono.
Respiro aliviado al descubrir que sigue sin recibir llamadas.
—Buenos días, campeón. —Acaricio la cabeza de Sky, que cada vez está más grande y ágil.
Mientras la cafetera trabaja, reviso los correos que me ha mandado Mel. Me recuerda la reunión con Harriet, no me apetece hacer negocios con ella. Pero en este mundillo empresarial no importa lo que nosotros queramos, sino lo mejor para la empresa. Y una buena cantidad de libras siempre viene bien.
Tras tenerlo todo revisado, decido ir a despertar a Celeste. Cuando entro en la habitación, sigue dormida plácidamente.
Sus suaves facciones están relajadas y descansadas. Ojalá pudiera dormir un poco más, pero hoy tiene una presentación en la librería de Brenda.
—Buenos días, darling. Hay una cafetera cargada de café esperándote. —Me siento en el borde del colchón y le beso el pelo.
Se queja un poco, sacándome una sonrisa, se mueve con tranquilidad y apoya la cabeza en mis piernas, aunque no abre los ojos sé que está despierta. Le paso el pulgar por los labios.
—¿Estás desnudo?
Levanto una ceja y miro mi traje; después, niego con la cabeza y le doy un beso en la coronilla.
—No.
—Jo, ¿y qué sentido tiene vivir con un adonis si no me espera desnudo por las mañanas?
Me río sin poder evítalo y me acerco a su oreja.
—Mañana prometo que no te quedarás con las ganas de lo que deseas ahora.
—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy —refunfuña y la miro a conciencia. En cuanto lo nota, abre los ojos.
—Darling… Por mí pasaríamos todo el día en la cama, pero ambos tenemos cosas muy importantes de las que ocuparnos.
Entrecierra los ojos antes de sentarse en la cama; parece que va a besarme, pero se levanta, dejando caer las sábanas y descubriendo su cuerpo desnudo. La miro sin pudor, sin necesidad de esconder el deseo en mi mirada. Ya no.
—Quizá pase por tu oficina más tarde —comenta levantándose y cogiendo algo de ropa.
Por un momento me río y ansío ese encuentro, luego recuerdo a Harriet.
No tengo nada que ocultar ni esconder sobre mis noches en el Seduction.
Pero no he tenido ocasión de hablarlo con Celeste y no quiero correr el riesgo de que Harriet haga algún comentario desagradable para dejar en mal lugar a Celeste.