8
La observo desde mucho más atrás; la he dejado con Penélope, no quería descubrir qué había sentido con mis palabras.
Miro sus movimientos y cómo se desenvuelve con mi madre.
No puedo dejar de recorrer su cuerpo: sus manos eligiendo cosas, su pelo recogido con un lazo negro moviéndose con el viento…
Siento muchas cosas por ella. No creo que merezca que se las esconda.
Me gusta Celeste. Me gusta pasar tiempo con ella, escuchar lo que tiene que contarme, saber qué la hace feliz o por qué se pone triste. Verla con Sky en casa, con uno de sus pijamas ajustados. Que me ponga en mi sitio, que me llame Estirado…
Pensé que me escondería como un cobarde al descubrir que ella es todo lo que deseo desde hace muchísimos años.
Que he ansiado tener lo que ella me da. Que es el sueño que quise conseguir cuando me quedé con mi casa.
En vez de esconderme —como pensé que haría—, en vez de protegerla de mi dañado corazón y de evitar contarle lo que podría pasar por temor a que huyera de algo tan incierto, camino hasta ella y le planto cara a todo esto que estoy experimentando.
Esto que me está cambiando.
No voy a ocultarle lo que está provocando en mí, ni lo que siento por ella. No volveré a hacerlo porque Celeste no merece algo tan miserable. Debe conocer todo lo bueno que está causando en mí.
—Estás aquí —dice cuando vuelvo a estar a su lado.
—Por supuesto, darling. —Me regala una sonrisa que recordaré siempre. «Un antes y un después».
Mi madre y Celeste caminan delante de mí.
He tenido que atender una llamada de mi hermano, quería asegurarse de algunos detalles para tener la reunión de mañana a punto.
Por mi parte, ya está todo cerrado; y su parte del proyecto está lista también.
Aun así, acostumbramos a reunirnos primero los cuatro antes de comenzar.
—Así que psicóloga —le está diciendo mi madre a Celeste cuando llego junto a ellas. Le paso un brazo por los hombros a Celeste y tomo el vaso de café con la otra.
—Sí, tenía mi consulta en Madrid.
—Eso es magnífico. ¿Echas de menos tu tierra, cielo? —Dejo el vaso a medio camino cuando escucho a mi madre y miro a Celeste automáticamente.
—Echo de menos a mi gente. Aquí estoy muy bien, más de lo que nunca pensé. He conocido a Brenda, a los chicos... —Nos mira a ambos y se recrea un poco más en mí—. A vosotros.
—Quiero que sepas que aquí, o en España, siempre podrás contar conmigo. —Las palabras de mi madre me conmueven y a Celeste también, que se pasa un dedo, enfundado en unos guantes negros, por el ojo. Penélope lo advierte y me mira con una sonrisa—. Ahora más, que he decidido quedarme.
Me detengo, lo que hace que Celeste tenga que sujetar su vaso con fuerza. Mi madre me mira sin dejar de sonreír, y mi acto reflejo es apretar más a Celeste bajo de mi brazo. Cuando noto cómo su mano me da unas palmaditas suaves en la parte baja de la espalda, la suelto y me acerco a mi madre.
—¿Cómo que te quedas? ¿Estás bien? Estarás sana, ¿no? —Las preguntas se me traban en la mente y saco el teléfono del bolsillo—. Pediré cita con mi doctora.
—Connor. —Me giro hacia Celeste, me noto la cara tensa.
Toma mi mano izquierda y me besa los dedos.
Escucho el reloj—. Tranquilízate. —Estoy muy nervioso, el pecho me retumba.
Se pasa mi mano por la cara, besándome la palma.
Entonces muevo mis dedos y le acaricio la mandíbula.
El reloj deja de sonar con varias caricias más—.
Tu madre está sana, solo ha decidido no irse más.
Es perfecta y me muero por besarla. Tras un largo silencio que me tomo para apaciguar mi corazón, mi madre se acerca a mí de nuevo.
—¿Por qué no damos por finalizado este día tan bonito? Ya se va haciendo tarde. —Asiento con la cabeza en respuesta, pero solo puedo mirar los ojos de Celeste, grises como el cielo de Londres.
Entonces ella se mueve y se dirige a mi madre.
—Antes quiero comprar algo. —Me besa la mano de nuevo y se escabulle entre la gente.
No le quito ojo y veo el lazo negro destacando en su pelo dorado. Está comprando algo. No me pierdo ni un movimiento suyo.
—No puedes perderla, Connor. Lo que estoy viendo en ti desde que ella está aquí… —A mi madre se le quiebra la voz—. Hace muchos años que no eres tan feliz, hijo mío.
Le paso una mano por el pelo y busco de nuevo a Celeste entre la gente. El viento hace que los ojos me escuezan más ahora que están húmedos. Entonces, Celeste paga y vuelve hacia nosotros. Hacia mí. Observándome directamente desde donde está. Como si solo me viera a mí.
—No lo haré, mamá.
Cuando Celeste está frente a nosotros, nos dedica una mirada preocupada.
—¿Pasa algo?
—En absoluto, cielo. Le estaba diciendo a mi hijo que me lo he pasado muy bien hoy. Tenemos que repetirlo.
—¡Por supuesto! Me ha encantado este lugar. Londres es preciosa en Navidad.
Empiezan a caminar, hablando sobre la ciudad y las fiestas. Yo las sigo en dirección al coche, sintiendo unas ganas irrefrenables de estar a solas con Celeste.
Cuando llegamos al hotel donde mi madre se hospeda mientras nuestro equipo termina de acondicionarle la casa que se ha comprado, decidimos cenar en el restaurante de allí.
Más tarde, ya con mi madre instalada en su habitación, Celeste y yo regresamos y aparcamos en nuestro garaje.
Antes de que abra la puerta para bajarse del coche, hago lo que he deseado todo el día.
Me acerco a ella y la beso. Le sujeto la cara con ambas manos y tomo todo lo que necesito; aspiro su aliento, enredo nuestras lenguas y le acaricio la mejilla con el pulgar.
Me separo sin haberme saciado, podemos continuar con esto en casa.
Le doy un último beso antes de soltarla.
—¿Lo has pasado bien hoy? —me pregunta pasándose la lengua por el labio.
—Ha sido uno de los mejores días de mi vida.
Sus ojos me recorren de un lado a otro, acompañados de un silencio que, cuanto más se alarga, me presiona el pecho, porque es la primera vez que me tiro de cabeza a la piscina que son los sentimientos amorosos.
—Connor… —Abro los ojos y me acerco a ella.
—¿Qué? —Deja caer la cabeza en la mano que le coloco en la mejilla. Es ahora cuando siento ese miedo que tanto me asustaba—. Dime, darling.
—No puedes… no puedo…
—¿Qué? —insisto con un nudo en la garganta.
No estoy preparado para decirle adiós. No puedo verla hacer las maletas. No puedo ver que coge a Sky. No puedo ver cómo vacía mi casa. Mi corazón.
No puedo… no cuando me he enamorado de ella como un loco.
—No puedes seguir diciéndome estas cosas. —Traga saliva mientras me preparo para el adiós más doloroso—. No puedes seguir haciendo demostraciones que me hacen pensar que sientes algo por mí. Porque… —Tomo aire sin apartar mi mano de su cara—. No creo que luego pueda aceptar que se acabe.
Un momento.
Esto lo cambia absolutamente todo. La acerco a mí y apoyo mi frente en la suya.
—Pensaba que ibas a irte —confieso con un tornado de emociones en mi interior. Sus manos se meten en mi pelo y luego me acarician la barba.
—¿Por qué?
—Temía que, al demostrarte lo que siento, te asustarías. —Al pensar en su padre, me quedo sin aliento y levanto la cabeza, rozándole los labios con el pulgar—. No quiero presionarte, obligarte a…
—Estás loco si crees que quiero ir a algún otro sitio. En absoluto me siento obligada cuando estoy contigo, nada de lo que he hecho desde que vivo aquí ha sido por presión. Jamás me he sentido más ligera y libre, Connor.
—¿Entonces…?
Niega con la cabeza al entenderme y me da un beso en los labios.
—Solo intentaba decirte que no quiero dar marcha atrás. Quiero experimentar esto que nos está pasando, quiero disfrutarlo y ver adónde nos lleva.
Abro los ojos al comprender lo que significan sus palabras. Siente lo mismo. No le importa mi problema. Ni mi reloj. No la he apartado. No irá a ningún lado. La levanto del asiento y la pongo sobre mí, besándola de nuevo con más urgencia.
—No quiero que vayas a ninguna parte, darling. No voy a dejar que esto se acabe. No me imagino volver a casa y que no estés.
Nos mantenemos la mirada y sellamos lo que acaba de ocurrir entre nosotros con otro beso aún más ardiente y voraz. Como mis sentimientos por ella. Cuando empiezo a viajar por su mandíbula hasta la base de su cuello estalla en risitas que se me expanden por el pecho.
—Todavía no podemos.
Me detengo y la observo desde abajo. Tiene los labios hinchados y el pelo algo alborotado. Le sujeto el jersey, a la altura de los pechos.
—¿Por qué? —Exhalo echándoles un nuevo vistazo y me levanta la cara con ambas manos.
—Quiero enseñarte lo que nos he comprado y vértelo puesto.
Eso llama mucho mi atención y le suelto la ropa. Levanto una ceja, esperanzado porque no sea lo que pienso que es, teniendo en cuenta de dónde venimos.
—¿El qué?
—No seas estirado. Es una sorpresa, vamos. ¡Te va a encantar!
Nos bajamos del coche y la sigo, con la mirada clavada en las bolsas navideñas y no en el precioso trasero que se mueve sexy debajo de esa minúscula falda. Celeste se detiene a saludar a Sky, yo también lo hago, y la sigo al dormitorio. Deja las bolsas sobre la cama y se lleva una con ella al baño.
—¿A dónde vas? —inquiero yendo detrás.
—A probármelo. Es sorpresa.
—De eso nada. No pienso perderme cómo te desnudas. —Le paso una mano por la cintura y la atraigo hacia mí, pegando nuestros cuerpos. Miro sus pechos una vez más y me muerdo el labio al imaginármelos desnudos. Pone los ojos en blanco y me arranca una risa.
Con un suspiro de resignación, me entrega mi bolsa y sacamos al mismo tiempo del interior un pijama a juego. Es blanco, con un estampado bordado de copos de nieve plateados y regalos en tonos verdes y rojos con brillo. Es la primera vez que una mujer me regala esto. O algo, sin contar a mi madre.
—Vamos —me anima, y me sorprendo al ver que ya no lleva las medias ni la falda. La entrepierna me crece por segundos.
—Voy a arrancártelo antes de que tengas la camiseta puesta, ¿para qué perder el tiempo?
Me acerco a ella y le entra una risa floja que me contagia enseguida. Levanta las manos, vestida únicamente con la parte de arriba puesta y un tanga negro.
—Vamos, Connor, hazlo por mí.