Todo lo que deseo 7 #4
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Vuelve a levantarme la cabeza, esta vez me besa en la frente y acerca los labios a mi oreja—.

No te preocupes, darling, esto siempre va a pasar cuando esté cerca de ti o piense en ti.

Nunca se me ha alterado el corazón de esta forma. Es una sensación magnífica.

Parpadeo cuando lo tengo delante de nuevo. Un beso fugaz roza mis labios y lo observo entrar en casa. Sky refunfuña en el nido de mantas.

—¿Qué. Ha. Sido. Eso? —pregunta mi prima mientras Brenda nos observa con la boca abierta.

Si yo tuviese un reloj, habría explotado.

—No has respondido a mi pregunta, cariño. ¿Qué ha cambiado? —Ellas intercambian una mirada, ambas saben cuál es la respuesta, pero, como buenas amigas, quieren que yo la afronte.

Sin saber por qué, siento que los ojos se me humedecen. Estos sentimientos me vienen grandes, muy grandes. Aun así, es emocionante sentirlo. Es emocionante que sea por Connor.

Tan desafiante, gruñón, meticuloso, romántico, cariñoso y familiar.

Tan duro cuando se pone cuadriculado y tan sensual cuando me besa con deseo.

Tan volcánico que me arrastra a su fuego.

Tan seguro y protector que me hace sentir segura y deseada…

Miro a las chicas sin apenas poder creer lo que estoy a punto de reconocer. Suelto un suspiro que hace que la ansiedad disminuya, quizá por lo que se avecina, por la tensión que dejo ir con esta confesión que lleva quemándome la garganta más de lo que yo misma sabía:

—Me estoy enamorando.

Las chicas se emocionan. Sé que la reacción de mi prima abarca sentimientos encontrados, no porque Brenda no me quiera lo suficiente o no sea una buena amiga, sino porque Gin sabe cosas muy feas de mi pasado que han dificultado que pueda enamorarme de un hombre.

—¿Qué pasa, shiquilla? —Escucho que pregunta mi abuela y se coloca junto a mi prima.

—Que Celeste siente maripositas por tu Connorcito.

Mi abuela abre la boca y la cierra; luego da una palmada en el aire y pone esa sonrisa que Guzmán cataloga como terrorífica. Ahora sé a qué se refería.

—¡Ay, virgen santísima! Esto se lo tengo que contar a mis amigas tomando el café.

—¡Abuela! —exclamo, pero ella ya se ha ido.

Brenda y mi prima empiezan a hacerme preguntas; se pisan la una a la otra para ver quién habla más alto y saca más información.

—Chicas, tengo que colgar. Vamos a salir y tengo que prepararme. —Abrumada, miro a mi alrededor, temiendo que Connor pueda estar escuchando.

—Ya salen y todo —dice mi prima con voz de niña pequeña.

—Han quedado con su madre —suelta Brenda, desatando el caos de nuevo.

Mi prima está atónita.

—¡Bren! —regaño.

—¿Qué? Pensaba que podía decirlo —se defiende.

—¡Y puedes! —grita mi prima.

—Tengo que colgar —repito, tomando aire y acariciando a Skay.

Sin esperar a oír qué tienen que decir, corto la videollamada y queda todo en silencio absoluto. Mi confesión resuena en mis oídos como si se escuchase por unos altavoces enormes.

—¿Por qué gritaban Brenda y Gin? —me pregunta Connor justo cuando nos hemos subido a su coche.

—¿Lo has oído? —De repente, la vergüenza asoma la cabeza y noto mis mejillas arder. Ay, Dios mío.

—Era imposible no escuchar los gritos. ¿Por qué estaban tan contentas? —Arranca el motor y saca el coche del garaje. Mientras, aprovecho para inventarme algo.

—El taller va fenomenal y Brenda está muy contenta. Ya sabes que mi prima empatiza mucho. — Bueno, en parte no es del todo mentira, pero ni muerta le confieso que estoy coladísima por él.

—Me alegra oír eso. Os estáis esforzando mucho.

—Gracias —murmuro, embotada.

Connor debe notarlo en mi tono de voz, así que maldigo. Pasar tanto tiempo juntos está jugando en mi contra con respecto a ocultarle cosas. Este hombre es muy observador. Su mano aprieta mi muslo, cubierto por unas medias marrones.

—¿Estás bien? ¿Necesitas que cancele esto y nos quedemos hoy en casa? Puedo posponerlo.

No me mira, pero no hace falta que lo haga para saber cómo ha cambiado su mirada. Es tan adorable. Entrelazo nuestros dedos, alzo las manos para besarle el dorso y las dejo de nuevo sobre mi regazo.

—Todo es perfecto. Nada me apetece más que pasar un día en un mercado navideño contigo.

Me echa un vistazo rápido antes de volver a centrarse en la carretera, pero la sorpresa en su rostro me da un vuelco al corazón. Esta vez es él quien besa mi mano y le da un apretoncito.

—Sí, todo es perfecto, darling.

Celeste va cogida de mi mano y su expresión, cuando tiene delante el Winter Wonderland, no tiene precio.

En realidad, todo lo que estoy experimentando junto a ella tampoco lo tiene.

No importa que hayan pasado dos horas desde que llegamos, ni que haya comprado decoración para la casa, a pesar de decirle varias veces que nunca decoro en las festividades.

«Ahora que yo estoy, sí que lo harás», ha respondido ella, acelerándome el pulso con lo que eso pueda significar, con lo que llevo tiempo esperando que signifique.

—¡Mirad qué mono! —exclama cuando ve accesorios para mascotas. Es el único momento en el que ha soltado mi mano y sentir su ausencia me toma por sorpresa.

—Es encantadora, hijo.

Miro a mi madre, que va a mi lado. No ha dejado de decirme cosas buenas sobre Celeste, como lo asombrosa, viva y alegre que es. Y eso me hace admirarlas a ambas: a mi madre por demostrarme siempre cuánto me ama, y a Celeste por lo fuerte que es a pesar de lo que está pasando.

Lo que me hace pensar en el hijo de puta de su padre.

Hace días que cesaron las llamadas; según ella, su hermano ha tomado cartas en el asunto.

Según yo y mi experiencia conociendo a todo tipo de personas, solo está al acecho.

Creo que su padre no la ha dejado en paz, está esperando otro momento para hacerle más daño.

Eso me tiene en alerta todo el maldito día.

Cada vez que la veo sonreír, disfrutar o…

o besarme… una ira desconocida me recorre la sangre al pensar que alguien pueda destrozarla.

A lo lejos, Celeste nos muestra un jersey rojo con un estampado de árboles de Navidad para Sky mientras caminamos hacia ella.

Una sonrisa ilumina su rostro. A mí me ilumina el día. Con cada día que pasamos juntos más comprendo a Guzmán o a Charles.

—Sí, no hay otra como ella —le digo a mi madre antes de tener a Celeste tan cerca como para que Penélope se quede con la respuesta en la punta de la lengua.

Con una sonrisa en los labios y algo extraño formándose en mi pecho, me acerco a Celeste, que ahora está de espaldas a nosotros, y coloco las manos sobre la cintura de la falda corta, del color de la madera, que se ha puesto hoy.

Siento cómo su cuerpo reacciona ante mí y le beso el cuello con naturalidad.

—Me voy a llevar algunas cosas —me dice con emoción en la voz.

—Sky va a ser un cachorro muy mimado —susurro en su oído.

—No te preocupes, Estirado, que para ti también habrá algo.

Dejo escapar una carcajada que me sorprende tanto como sé que le sorprende a ella. Mi madre también deja un angelito sobre la mesa, donde están todos los accesorios para mirarme. Intento no pensar demasiado y le aprieto las caderas, pegando mis labios en un suave beso sobre la oreja.

—Ya te tengo a ti, ¿no?

Le beso el hombro por encima del jersey de cuello alto y me echo a un lado.

Ni siquiera he pensado lo que he dicho, me ha salido solo.

Nunca le había dicho algo semejante a una mujer.

Pensaba que sería de otra forma, que me aterrorizaría lo que significase, lo que pudiera pasar después de una confesión de tal envergadura.

Sin embargo, lo único que me preocupa en este instante es haberla asustado, que no sienta lo mismo.

«¿Y qué siento yo?».