7 #3
—¿Quién de los dos debe presentarme a esta mujer tan encantadora? —Esta señora es astuta. Sabe muy bien a quién estoy acompañando, aun así, desea que su hijo lo diga en voz alta.
—Esta es Celeste, mamá. Una amiga… —Connor me mira y que piense cómo referirse a mí me molesta un poco— íntima.
Bueno, que me catalogue como una amiga íntima no lo arregla mucho. Por suerte, su madre ha puesto el mismo gesto de desagrado que yo, solo que ella no se ha molestado en ocultarlo. Pero, bueno, ¿qué esperaba que fuera a decir? No estoy aquí para presentarme a su madre, no sé qué esperaba.
—Son guapos y trabajadores, no podemos esperar que también sean románticos —se queja ella, mirándome, y luego me tiende una mano—. Soy Penélope, querida.
—Encantada de conocerla —digo algo más relajada al comprobar que, a simple vista, el genio no es heredado de la madre.
Tras un silencio que no sabría bien cómo definir, aunque a Dimitri parece divertirle, a Connor incomodar y a Penélope servirle para seguir analizando la situación, nos sentamos.
—Huele muy bien. ¿Qué has pedido esta vez?
Connor, sentado a mi lado, mira a su madre tras dejar la copa con agua que se ha rellenado hace unos segundos. Los demás bebemos vino. Algo que me corrobora mis suposiciones sobre que debe tener algún problema cardíaco, aunque no tenga la confianza suficiente para contármelo.
Siento un nudo en la garganta, pero su voz interrumpe lo que sea que estaba a punto de sucederme.
—Ha cocinado Celeste.
De repente, los dos pares de ojos que tengo enfrente se clavan en mi persona.
Empiezo a sentirme intimidada, algo cohibida por lo que puedan pensar de mí.
Sin embargo, un roce por debajo de la mesa llama mi atención: son los dedos de Connor acariciándome la pierna.
Lo miro y asiente despacio. Cuando vuelvo a mirar a su familia ninguno sabe dónde centrarse más, si en descubrir por qué Connor trae una acompañante que cocina o en lo que acaba de suceder entre ambos.
Penélope habla en el momento adecuado:
—¡Esto es asombroso! —Mira a sus hijos con una sonrisa enorme, puedo captar la petición gestual que le hace Dimitri para que se tranquilice, pero ella hace caso omiso—. ¿Y con qué nos vas a sorprender, querida?
Esta efusividad, que no me esperaba, me recuerda un poco a mi yaya y eso hace que me sienta un poco más como en casa. Sonrío.
—He preparado un pastel de pollo.
—Estoy segura de que nos va a encantar —dice Penélope en tono alegre.
—Connor, ¿por qué no traemos lo que falta en la mesa? —Mira a su hermano, a punto de negarse, pero Dimitri insiste—. Venga.
Observo cómo se marchan y, de pronto, soy consciente de que me han dejado sola con la madre, que me mira con mucho interés.
—¿Eres la novia de mi hijo? —Boqueo como un pez en busca de una respuesta, pero la mujer se responde ella solita—. Ya era hora de que se olvidara de esa Harriet, tan estirada y mimada. No pega nada con mi Connor.
«¿Quién coño es Harriet?», me pregunto mientras Penélope no deja de parlotear.
—¿Te ha contado lo de su corazón? —Abre los ojos, sorprendida, y se inclina hacia delante—. ¿Estás con él por pena? Mi hijo no se merece tal cosa…
—Penélope —me escucho decir en un jadeo abrumador, suplicante. ¿De qué habla? Ella se sorprende tanto como yo—. Yo no… No sé de qué estás hablando.
Bueno, sí lo sé. O, al menos, lo supongo. Pero escuchar de su propia madre el tono preocupante al hablar del asunto, lo hace más real y me asusta más que simplemente suponerlo.
—¿Cuándo va a abrir los ojos este pedazo de…?
—Ya estamos aquí —nos interrumpe Dimitri, con la bandeja de cristal sobre un paño y el pastel de pollo dentro.
Connor se sienta de nuevo a mi lado, tras dejar las cosas en la mesa y, tomándome por sorpresa, coloca su brazo en el respaldo de mi silla y se acerca a mí.
—¿Todo bien, darling? —Su aliento me cosquillea en la oreja, pero yo solo tengo ojos para su madre. Necesito averiguar a qué ha venido todo eso.
Tras un almuerzo bastante peculiar, rodeada de los O’Brien, tenemos que despedirnos sobre las seis de la tarde.
—Recordad, tortolitos, el domingo vamos a visitar el Winter Wonderland —nos recuerda Penélope con entusiasmo. Antes de salir de la casa, me dedica una mirada intencionada que guarda muchas cosas.
—Siento lo de «tortolitos». —Aparto la mirada de la calle y entro cuando Connor cierra, quedándome frente a él.
—Quizá debas explicarle que solo somos compañeros de casa.
Cansada por tantas emociones, secretos y sentimientos encontrados al pasar un día familiar con el hombre que empieza a gustarme un poquitín —solo un poquitín— decido dar la vuelta y marcharme al dormitorio para darme una ducha.
Evidentemente, Connor no va a permitírmelo.
—¿A qué ha venido eso?
Miro con detenimiento su ceño fruncido, como si de verdad le sorprendiera que haya dicho tal cosa. ¡Este hombre me va a volver loca! Estoy a punto de explicárselo cuando acorta la distancia entre nosotros y deja sus manos en mis caderas, pegándome a él.
Vuelvo los ojos, intentando demostrarle mi indignación. Su respuesta a eso es una sonrisa ladeada y un suave beso que me acelera el pulso. Tardo, pero reacciono y me aferro a sus bíceps cuando el beso sube de intensidad.
—¿A qué ha venido, darling? —insiste.
Parpadeo, sintiendo los labios hinchados y el contorno ardiendo por el roce de su barba.
—Solo digo que no deberías dejar que piense que salimos, puede confundirse al verme siempre en tu casa —explico con indignación fingida.
Se me seca la boca y me besa en los labios entreabiertos. Me acaricia la mandíbula con el pulgar y noto que nos movemos. Camino de espaldas, guiada por sus pasos y con su lengua recorriéndome el cuello.
Escucho cómo una puerta se abre detrás de mí y, a continuación, aterrizo con suavidad sobre el colchón, ya tan familiar.
Terroríficamente familiar.
Su cuerpo cae sobre el mío, acoplándose con facilidad. Le rodeo el tronco con las piernas y me presiono contra él, sintiendo su erección. Suelta un gruñido entre los dientes y me lame el cuello antes de mirarme, robándome el aliento.
—Pues que vaya acostumbrándose, darling. —Mueve las caderas contra las mías y hunde la cara de nuevo en mi cuello, aspirando mi aroma y rozándome la nariz por la piel sensible—. Porque no vas a irte a ninguna parte.
No me da tiempo a recapacitar sobre la importancia de sus palabras, y juraría que se esmera en que así sea, a conciencia. Quizás a él también le haya tomado por sorpresa esta declaración tan exigente e inoportuna por su parte, pues nunca demuestra ninguna emoción. Al menos, no conmigo.
A pesar de mi persistencia en intentar encontrar otro sentido a sus palabras, que no sea que podamos estar empezando a sentir algo por el otro, sus manos, tocándome por todas partes, no me dejan pensar en nada más que en el placer que solo él me da.
Desde que almorcé con Penélope y sus hijos en casa de Connor, no he dejado de darle vueltas. Sé que no es necesario, que solo fue una comida sin más, pero algo me dice que me estoy perdiendo algo.
—¿Y a Connor no se le salió un ojo en todo el tiempo? —pregunta, sorprendida, mi prima al otro lado del teléfono.
—Se podría decir que Connor es muy majo con tu prima —suelta Brenda. Eh, sí, ahora estas dos marujas son muy amiguitas. Incluso, a veces hablan de mí como si yo no estuviese en la llamada.
—Pero ¿qué me estás contando? Aquí se llevaban a muerte.
—¡Hala! No seas exagerada —intervengo, algo avergonzada, quizá mi relación con Connor haya cambiado drásticamente.
—¿Exagerada? Brenda —Gin clava sus ojos en la cámara del móvil y mi amiga se acomoda en el sofá con la manta hasta el cuello—, aquí era imposible soportarlos. Mi prima estaba constantemente quejándose de él y Connor no hacía más que buscarle las cosquillas.
Me doy cuenta de que Brenda mira a mi lado de la pantalla.
—Significa que no dejaba de provocarme. Y era verdad, todo el tiempo con eso de darling y esa forma suya de mirarme tan insoportable.
—He oído que te ha llamado así alguna que otra vez y no ha parecido importarte, ¿qué ha cambiado?
Miro a mi amiga, incluso me fijo en cómo los ojos de mi prima se mueven a ese lado de la pantalla.
«¿Qué ha cambiado?», me pregunto a mí misma y la respuesta me eriza la piel.
Dios… han cambiado muchas cosas. Yo he cambiado.
Me da miedo decirlo en voz alta, reconocer que esta aventura me ha cambiado, que Brenda me ha cambiado, que él me ha cambiado.
—Hola.
El protagonista de mis emociones y esta conversación se personifica como si supiera que hablábamos de él, como si supiera que estaba a punto de reconocer algo que no tendrá marcha atrás.
Que no quiero que tenga marcha atrás. Camina por el porche hasta llegar a mí, que estoy sentada en el columpio colgante, ya es una costumbre acomodarme aquí siempre que hablo por teléfono o necesito paz.
Va vestido con una camiseta negra de manga corta, un pantalón de chándal holgado y unas deportivas blancas. Viene del gimnasio.
Noto que el corazón me va a mil por hora, que el estómago se me ha contraído y que la ansiedad de sentir sus dedos en mi piel o sus labios sobre los míos me recorren el sistema nervioso.
«¿Qué ha cambiado?». Sky, que está sentado a mi lado, levanta la cabeza de su manta, a la espera también de recibir su amor. Los dedos gruesos de Connor le acarician la cabeza, pero sus ojos están sobre mí. Como siempre. «¿Qué ha cambiado en él?».
Cuando Sky ha recibido suficiente, Connor atrapa mi barbilla entre sus dedos y con delicadeza inclina mi cabeza hacia arriba para besarme.
La sensación de satisfacción, como si hubiese recibido lo que llevaba esperando inconscientemente toda la mañana, me recorre desde los labios hasta el último centímetro de mi piel.
Su reloj nos alerta. Me sonríe cuando toma un poco de distancia, mira de reojo el teléfono en mis manos y me quedo sin respiración con lo que hace después.
—Buenos días, chicas. —Ellas le responden emocionadas, yo aún no puedo articular palabra, es la primera vez que hace esto.
«¿Qué ha cambiado en él?». El reloj vuelve a sonar y Connor debe notar mi preocupación.