7 #2
—¿Qué ha ido eso? ¿Por qué os veréis el lunes? —pregunta en voz baja, aunque su tono grave es difícil de camuflar. Parpadeo sin saber qué responder. Noto sus dedos rozarme un poco más arriba de mis nalgas—. ¿Darling?
—No… no lo sé. —Trago saliva—. Quiere ver nuestro taller. —Eso no le hace nada de gracia.
—¿No lo sabes? —Su voz tiene un tinte de incredulidad fingida.
Sus dedos presionan la misma zona y su boca está muy cerca de mi oreja.
Yo solo puedo mirar al frente y no dejar de caminar—.
Yo creo que ese hombre quiere lo mismo que yo tengo.
—Sus labios me rozan el cartílago en un beso cálido y rápido, y cierro los ojos un segundo—. A ti.
No tengo tiempo para asimilar nada porque la puerta del local ya está delante de nosotros, y Connor se ha colocado a una separación prudente. Cuando me giro para mirarlo, está estirándose la chaqueta del traje.
Entramos en el bar y enseguida se nota lo fuera de lugar que están estas seis personas de negocios en el ambiente informal del lugar, abarrotado y cargado de decoración navideña.
Aun así, los hombres se quitan las chaquetas y la cuelgan de sus brazos, caminando hasta la mesa vacía del fondo mientras levantan un reguero de miradas a su paso.
El camarero tiene que añadir una mesa más y algunas sillas.
—¿Cómo ha ido la mañana, chicas? —Mel da un sorbo a su agua y los demás se centran en nosotras.
—Ha sido fantástica —responde Brenda tras unos segundos de silencio.
Está un poco nerviosa, quizá se deba a cómo unos ojos azules, muy parecidos a los que me miran a mí todos los días, están centrados en ella—.
Hemos conseguido dos registros más. Espero que cuando se cierre el plazo de matriculación en unas semanas, hayamos cubierto el cupo.
—Eso es sensacional. ¿Habéis pensado en buscar un local más grande donde impartir el taller?
A ambas nos pilla por sorpresa la pregunta de Charles. No habíamos pensado en eso, la idea era en la librería. Por no hablar de que no tenemos fondos para afrontar otro alquiler. Bueno… Brenda no los tiene.
Tampoco había pensado en ello, se está haciendo cargo ella sola de los costes mientras yo no aporto… nada.
«Como siempre. ¿Acaso me sorprendo de ser una inútil? Nunca he sido nada».
Me levanto de golpe, llamando la atención de todos.
Hasta yo me sorprendo. Abrumada por sus miradas, me voy directa al baño. Una vez dentro, me apoyo en el lavabo y me miro al espejo con desprecio. «Inútil. Inútil. Inútil. Inútil».
—No te mires así, darling. —Alzo la vista detrás de mí en el espejo.
Connor está ahí, observándome con algo cálido en los ojos.
Nunca un hombre me había mirado así. Aparto los ojos, derrotada y angustiada.
Sus dedos cogen mi barbilla y me hace mirarlo.
Niega con la cabeza—. Cariño, ¿cómo no puedes ver lo maravillosa y sensacional que eres?
Cojo aire, afectada por sus palabras, y se me llenan los ojos de lágrimas. Dejo caer la cabeza en sus dedos, todavía en mi barbilla.
—No le aporto nada, Connor. Solo voy a su librería y me apodero de su proyecto. Yo… no hago nada nunca. —Las lágrimas ruedan por mis mejillas y aparto la mirada cuando sus ojos se tornan gélidos—. No soy capaz…
—Basta. No voy a permitir que te hagas esto.
—¿Qué? —exhalo, llorando.
—No voy a dejar que te desprecies a ti misma.
Eres valiente, luchadora y trabajadora. También cariñosa, sexy y alegre.
Estás ahí cuando los demás te necesitan, de forma desinteresada.
—Sus ojos recorren mi rostro a toda velocidad, sus manos se ponen en mi cuello con delicadeza—.
¿Te sentirías mejor ayudándola económicamente?
Hazlo, pero ni por un momento pienses que no estás haciendo nada.
—Da un paso hacia mí, su pecho toca el mío y una de sus manos coge la mía, colocándola sobre su pecho.
La abro y la extiendo encima de su corazón—. Lo haces todo, darling.
Su reloj suena y entonces entiendo por qué su corazón se acelera cuando estamos cerca.
Cuando me sonríe de medio lado. Cuando sus labios me besan.
Lo entiendo porque a mí me pasa igual. Más calmada, y sin rastro de esa ansiedad que me recorre cuando la mente me juega una mala pasada, salimos del baño y volvemos a la mesa.
Los demás nos miran, no son tontos, pero ninguno dice nada.
Dimitri se ha levantado de su sitio y se ha sentado junto a Brenda cuando yo no estaba.
Mi lugar ahora es junto a Connor. Mi amiga me mira desde el otro lado de la mesa y me sonríe con cariño.
Siento su mano grande y cálida sobre mi pierna. Sin pensármelo, meto la mía debajo del mantel y enredo nuestros dedos. Nos pasamos todo el almuerzo cogidos de la mano.
Después de todo un fin de semana en casa con Celeste, en el que me he asegurado de hacerle saber lo increíble y sexy que es, toca volver a la rutina. Este lunes va a ser diferente, mi hermano y yo hemos quedado para almorzar con mi madre en la casa familiar. Es decir, en la mía.
Hubo un tiempo, cuando era más joven, en que decidí quedarme con la casa para convertirla en el hogar que nunca fue, para llenarla de hijos felices que nunca hubo y de una esposa amada que nunca existió. Pero, cuando tuve los primeros problemas cardíacos hace años, mis planes cambiaron.
Aunque nunca la vendí, a pesar de mis ganas de hacerlo.
—¿De verdad crees que soy bienvenida en este almuerzo?
Miro a Celeste de reojo, va sentada en el asiento del copiloto. Hoy está realmente guapa. Tiene el pelo suelto, dorado como el sol, un jersey de lana blanco con letras negras bordadas que rezan: «I am Santa Claus’s favorite», y una falda vaquera que se le ha subido bastante al sentarse.
Pongo mi mano sobre su muslo, disfrutando de su piel, aunque esté cubierta por unas medias negras.
El suspiro satisfactorio que se le escapa me vuelve loco. Le doy un apretón en respuesta.
—Por supuesto, ya te dije que quiero que vengas.
—Tú. Quizá tu madre no esté tan entusiasmada de incluir a una desconocida en su almuerzo familiar.
—Tonterías.
Penélope se encantará al ver a Celeste. Está deseando que sea yo quien lleve una mujer por una vez y dejar de conocer a una diferente por culpa de Dimitri. No es que lleve a Celeste como si fuese mi novia, ni mucho menos.
—Hemos llegado —anuncia, nerviosa, cuando llegamos a casa.
No le respondo hasta que apago el motor dentro del garaje y me giro hacia ella. De verdad que hoy está hermosa.
—Me he dado cuenta. —Hace un gesto crispado, no le ha hecho gracia mi broma. Últimamente bromeo mucho. Le cojo la barbilla para que me mire y sus ojos grises se clavan en los míos—. Tranquila. Penélope es muy…
—¿Estricta? —Levanto una mano para que detenga su interrupción.
—¿Por qué piensas que es así?
Me mira como si lo que acabo de preguntarle tuviese una respuesta obvia que yo desconozco. Subo las cejas, invitándola a responder. Suelta un resoplido y pone los ojos en blanco. Un gesto que hace mucho y que me encanta. Pero no estamos hablando de eso ahora.
—Es tu madre, Connor. Perdóname, pero no puedo esperar a que sea la alegría de la huerta.
—¿La alegría de qué?
Tras un momento de silencio, suelta una carcajada que resuena por todas partes. El corazón se me acelera un poco, por suerte no lo suficiente para que mi reloj se chive. Celeste no deja de reír, aunque, por lo afectada que está, empiezo a pensar que simplemente no puede dejar de hacerlo.
Se me escapa una sonrisa imposible de ocultar. Su risa es contagiosa. Ella lo es.
No es hasta que me recuesto en el asiento para observarla mejor que se obliga a tranquilizarse. Incluso así, me habla entre risas.
—Lo siento —empieza a decir con la voz ahogada, no puedo dejar de mirarle los labios.
Me acerco un poco—. A veces me olvido de que no eres español.
—Es justo eso, que olvide a veces quien soy, lo que me hace pegarme más y más, y más, hasta que tengo los dedos en su nuca—. ¿Qué? —pregunta, mirando hacia abajo.
Muevo los hombros con indiferencia antes de acercar mi boca a la suya.
Cierra los ojos y, en vez de besarnos, yo también me quedo embobado.
Me encanta su piel lisa, clara, con pecas imposibles de ver si no estás cerca.
Le acaricio el pómulo con el pulgar, recibiendo su calidez con el beso.
Sus pestañas descansan sobre sus párpados y sus dedos se entrelazan con mi barba.
Cierro los ojos y disfruto.
El beso se alarga, joder, me pasaría todo el maldito día besándola. Recorro con la mano libre el hombro y el brazo, y me aferro a sus costillas, haciendo que se incline hacia mí. Suelta un gemido.
Cuando siento que, si no paramos, le arrancaré la ropa aquí mismo, le doy un último beso para tomar distancia. Aunque no mucha.
—No creo que debas estar en ningún otro sitio, darling.
Con esa maldita declaración resonando en mi cabeza una y otra vez, recibimos a la madre y al hermano de Connor poco después.
En cuanto los veo, me percato del parecido físico que estos comparten; sin poder evitarlo, echo una mirada rápida a Connor, descubriendo que se queda fuera en todo el tema del parecido con ellos.
—Hola, Celeste. —Dimitri me da un beso en la mejilla, dejándome estupefacta.
Es la segunda vez que lo veo y para nada podría haber esperado un beso por su parte. Si Connor puede parecer distante a simple vista, Dimitri es como un depredador solitario.
—Hola, encantada de volver a verte.
—Lo mismo digo —bromea, utilizando un tono sensual.
—Dimitri.
El tono autoritario en la voz de Connor hace que los tres lo miremos. No es que parezca estar muy contento del jueguecito de su hermano, pero Dimitri, en vez de achantarse, suelta una risotada inesperada, al menos por mi parte, y le da un abrazo rápido a su hermano.
—Tan rígido como siempre —se mofa guiñándome un ojo, haciendo que Connor maldiga por lo bajo.
Eso me saca una sonrisa y, echándole un vistazo con disimulo a la madre, que nos está observando con ojo analítico, me acerco un poco al menor de los O’Brien. Aunque este tiene que bajarse a mi altura para escuchar mi secreto:
—Don Estirado lo llamo yo.
No ha podido oírme, sin embargo, Connor clava la mirada en mí y Dimitri vuelve a reírse.
La madre, que sé que se llama Penélope, me mira perpleja unos segundos antes de parpadear y mirarlos a ellos.