Todo lo que deseo 7
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Suelto toda la mierda, todos los miedos y los recuerdos terroríficos. Él permanece en silencio, escuchándome y haciendo lo imposible por parecer sereno, pero, cuando termino, cierra los ojos, como si quisiera tranquilizarse.

Su reloj me advierte de que no lo está consiguiendo, y me pego más a él.

Me siento sobre su regazo, entrelazo los pies detrás de su espalda y lo abrazo.

Es la primera vez que nos abrazamos así y se siente maravillosamente.

Hundo la cara en su cuello, rodeándole con los brazos.

Es imposible que no me sienta excitada al sentir cómo me acaricia la espalda y me pega en su ya abultado regazo, dejando escapar un suspiro profundo.

Sin embargo, ninguno desvía el sentido del abrazo hacia el sexo. Solo permanecemos así, abrazados, dejándonos caer un poco el uno en el otro. Y el corazón me martillea en el pecho cuando su reloj, por fin, deja de sonar.

Dejo a Celeste frente a la puerta de la librería.

Ha sido la mañana que más me ha costado dejarla ir.

De repente, me parece tan fuerte y segura de sí misma que temo que quiera hacer esto sola.

Estos sentimientos me atormentan. Hace unas semanas nos insultábamos y molestábamos desde por la mañana bien temprano.

Ahora solo quiero que termine la jornada para volver a verla.

Tras mucho más tiempo del que debería observando la librería —incluso Brenda me ha saludado desde el interior—, me dirijo al garaje subterráneo del edificio. Dejo el coche en mi plaza y subo hasta las oficinas.

Al cruzarlas, saludo a Mel y a Alexandra, que están en sus respectivos puestos. Dimitri me hace un saludo militar desde su sillón y se lo devuelvo con un cabeceo.

En el interior de mi despacho, dejo el maletín sobre mi escritorio y, antes de sentarme, echo un ojo a la calle. Suspiro y enciendo el ordenador mientras miro los papeles que tengo sobre la mesa. Los habrá dejado Mel cuando llegó.

Tenemos mucho trabajo para los meses que vienen, y eso siempre es motivo de felicidad.

Por eso, me sumerjo en los documentos con muchas ganas de empezar el nuevo proyecto.

Pero reconozco que leer para quién será hace que deje los papeles sobre el escritorio.

Todavía no está aceptado, no nos hemos reunido ni hemos hablado nada, pero, teniendo en cuenta la suma de dinero que nos hará ganar, no se podrá rechazar.

—¡Mel! —bramo desde mi escritorio.

—¿Sí, jefe? —contesta cuando se acerca a la puerta.

—¿Por qué no me has dicho que Harriet será el próximo proyecto?

Mel sabe perfectamente quién es. Siempre nos hemos llevado bien y, además, con ella es muy fácil llevarse bien, a pesar de la actitud que tiene en la oficina.

Mi secretaria se echa el pelo hacia atrás.

—Bueno, como se trataba de Harriet, supuse que ya lo habíais hablado.

—No te pago para suponer, Mel —ataco enfadado.

Ella asiente.

Sé que, por cómo me mira, está deseando estrangularme en este momento. Pero sé lo inteligente que es y no lo hará.

—La reunión es en una hora.

—¿¡Qué!? ¿Desde cuándo está programada?

Mel da un paso adelante, cerrando tras ella la puerta, camina hasta la silla y coloca su tableta sobre mi mesa con un sonido demasiado fuerte para lo que vale este dispositivo.

—¿Has entrado en los correos esta semana? —Ahora que lo pienso, no. Pero no lo reconoceré. Mel, que sabe que no lo he hecho, se echa hacia atrás y sonríe—. Celeste te tiene muy cogidito por las pelotas, jefazo.

—¿De qué demonios hablas?

—Me parece genial, jamás se te había olvidado repasar los correos. Y llevas semanas de muy buen humor, sonríes más.

Me llevo una mano a la mandíbula, intentando averiguar de forma sutil si sigo haciéndolo. Frustrado, aparto la mano.

—Ha sido una semana muy intensa. Y Celeste no tiene nada que ver con mi olvido.

En parte es verdad. Ha sido una semana agobiante. El tema del padre me tiene cabreado la mayor parte del tiempo, por mucho que Mel diga que sonrío más. No dejo de darle vueltas al asunto, quiero encontrar una solución para quitárnoslo de en medio.

Y puede que Celeste sí haya sido un poco el motivo de mi distracción.

Bueno, quizá más que un poco. Eso hace que tenga más problemas encima, porque jamás me he obsesionado con nadie; yo solo tenía tiempo para los negocios y el dinero.

No entiendo por qué ahora no me dan igual sus labios seductores, su cadera estrecha y sus curvas voluptuosas. Me paso todo el tiempo pensando en sus manos tocándome la barba y…

—¡O’Brien! —Le gruño a mi secretaria.

¡Joder! «¡Tengo que centrarme!».

Muevo la cabeza hacia la puerta y, unos segundos después, estoy solo en mi despacho.

Tras un momento en el que me concentro en relajarme y dejar de pensar en ella, decido levantarme para asistir a la reunión.

Pero me detengo frente al ventanal antes de salir de mi oficina y lo que veo no me gusta nada.

¿Para qué tiene que entrar Harry en la librería de Brenda?

Con ganas de prender fuego al concesionario, me dirijo al ascensor con la intención de irrumpir en la librería. Pero Harriet, que está dentro cuando se abren las puertas, me detiene abruptamente.

—¡Estás aquí! —Se acerca a mí, haciendo que dé un paso atrás, y la miro con el ceño fruncido—. Empecemos la reunión, entonces.

La observo caminar por mis oficinas, sin saludar a mis empleadas, y entrar en el despacho de Dimitri. Miro a las chicas, Alexandra ha hundido la cabeza en su ordenador y Mel mueve los labios desde el otro lado, parece decir:

«La odio».

Me reprimo las ganas de confesar que en este preciso instante yo tampoco me alegro de verla. Sin embargo, solo puedo caminar y entrar en el despacho de mi hermano.

Como ya sabía, el proyecto se acepta y nos pondremos en marcha con él en una semana.

Debo reconocer que, aunque no me guste hacer negocios con una mujer con la que he compartido momentos en el Seduction, la cantidad que va a pagarnos es sensacional.

En unos meses el capital de O’Brien Group va a aumentar de una forma considerable.

Cuando Dimitri y yo, junto a nuestros jefes de equipo, nos despedimos de Harriet y la vemos entrar en el ascensor, ellos dejan escapar varios suspiros de frustración.

—Esa mujer es una arpía —confiesa Charles, apoyado en la pared del fondo.

—Una arpía que está forrada.

Mi hermano mira a Duque.

—Nosotros también lo estamos y no somos arpías.

—No, vosotros sois unos cabezas de chorlito.

Con la presencia de mi secretaria en el despacho, la cara de Charles cambia notoriamente y su postura se vuelve más firme. Sus ojos se pasean por ella sin ningún pudor. La siguiente en entrar es Alexandra.

—No seas tan mala con ellos, Mel. —La participación de la chica tímida llama la atención de todos, que la miramos. A excepción de Mel, que le sonríe con orgullo, mientras Duque la observa en silencio desde el escritorio de mi hermano.

—Solo he venido para informar de que nos vamos a almorzar. —Los ojos de Mel se clavan en los míos con inquina—. Hemos quedado con Brenda y Celeste.

—¿No aceptáis acompañantes? —pregunta mi hermano de inmediato. A pesar de su tono de burla, sé que lo dice en serio.

—¿De verdad crees que estaríais invitados a un almuerzo con cuatro mujeres? —se mofa Mel.

Sin poder evitarlo, observo a los demás y descubro que se están mirando entre ellos. Aunque me siento ridículo, me agrada no ser el único que esté deseando que lo haga.

—Podéis venir si queréis. No creo que les importe a las chicas.

—¡Alexandra! —se queja mi secretaria.

La aludida la mira con los ojos abiertos como platos. Yo las observo y desvío mi mirada a los demás de nuevo, percatándome del gesto en la cara de Duque. Aunque siempre sea un depredador en el trabajo, nunca está tan callado.

—¡Perfecto! —Mi hermano da con la palma de la mano en el cristal de su mesa, donde Duque está sentado con el codo apoyado y la mano delante de la boca, con la vista en ella.

Mel deja escapar un ruido de desaprobación y sale de la oficina. No sin antes gritar en la distancia junto a Alexandra:

—¿A qué esperáis? ¡Vamos!

En silencio, los cuatro hombres reaccionamos a su orden.

Cuando invitamos a las chicas, no nos imaginábamos que ellos también vendrían.

Por eso, en la puerta de la librería, escucho a la perfección el gritito que Brenda ahoga cuando Mel y Alexandra, impolutas en sus caros trajes hechos a medida, cruzan la calle seguidas por cuatro hombres altos y trajeados.

Un cosquilleo me recorre el cuerpo entero cuando los ojos de Connor encuentran los míos al otro lado de la calzada.

—¿Vienen hacia aquí? —me pregunta Brenda en voz baja y con el tono más agudo de lo normal.

—¿Qué quieres que te responda a eso?

Cada vez están más cerca.

—¿Que van a desviarse, por ejemplo?

Cuando los tenemos apenas a dos metros de nosotros, murmuro:

—Parece que no.

—¡Hola, preciosas! —Mel nos saluda con un abrazo a cada una y Alexandra también. La pelirroja señala con el pulgar a los cuatro hombres que nos observan—. Nos han suplicado poder venir.

Miro hacia ellos y sonrío por sus gestos.

Están avergonzados, lo noto. Aunque Dimitri clave la mirada en Brenda, Charles oculte la incomodidad en esa candorosa sonrisa que siempre lleva, Duque saque el teléfono del bolsillo de su pantalón y Connor mire…

el concesionario. Cuando me giro, me encuentro con Harry viniendo en nuestra dirección y se detiene delante de mí.

—Hola. Otra vez. —Echa un vistazo a los demás y noto su mano detrás de mi hombro. Vuelve a mirarme, sonriendo—. Voy a almorzar, iba a invitarte, pero veo que estás ocupada. Nos vemos el lunes. —Mira de nuevo a los demás y se despide de ellos con un movimiento de cabeza, a mí me guiña un ojo.

Contengo el aliento y miro a Connor. Los músculos de su cara están tensos y su mirada se pierde detrás de mí. Un tic en su mandíbula me corrobora que está molesto.

—¿Vamos? —anima Alexandra, tomando, sorprendentemente, el control de la situación.

Todos vamos detrás. De camino al bar al que Brenda nos quiere llevar, Connor se acerca a mí, colocándose a mi lado tan cerca que nuestros brazos se rozan.