Todo lo que deseo 6 #3
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—Conmigo siempre tendrás alternativa, darling. —Empieza a tumbarse sobre mí de nuevo y el contacto de su piel desnuda con la mía me lleva al paraíso. Me besa la barbilla—. Pero quiero que no la necesites. Quiero que quieras venir.

Me quedo quieta por un segundo. ¿En qué momento hemos pasado de los insultos a los besos, y de los besos al deseo de querer estar el uno con el otro? ¿En qué momento Connor se ha convertido en el único sitio en el que me gusta refugiarme tras un tormento de recuerdos o llamadas terroríficas?

Puede que esto sea una locura, un efecto de la falta de cariño con la que he querido vivir desde que me convertí en adulta.

Cualquiera que sea el caso, no me importa.

Ahora solo puedo centrarme en sus manos tocando mis costillas con delicadeza, sus labios rodeando la piel más sensible de mis pechos y su miembro duro y hambriento de mí, haciéndose dueño de todo mi ser una vez más.

Entreabro los labios cuando estamos unidos por completo. Llevo mis dedos a su barba y la esencia única de Connor O’Brien me atrapa un poco más cuando cierra los ojos y me chiva con el gesto la sensación que debe producirle que lo acaricie.

—Iré. —Me escucho decir.

—Joder, darling. Quieres venir, preciosa.

Me sorprendo cuando clava los ojos en mí, con las pupilas dilatadas por el deseo, y me besa alzándose sobre mi cuerpo y empujando contra mi sexo con delicadeza.

El reloj no ha dejado de sonar en todo momento, y me pregunto si algún día le tocaré la piel y seré capaz de hacerle sentir la paz que él me transmite a mí.

Por fin, después de semanas, he conseguido salir de su cama sin que me atrape y me arrastre hasta una fantasía real de lo que son los polvos mañaneros más increíbles que tendré jamás.

Me he aseado y he podido hacerle el desayuno esta vez.

Siempre que me levanto, ya tiene el café o el té listos, y hoy me apetecía que fuese al contrario.

Mientras la tetera funciona —al parecer se me da muy bien preparar tés básicos y clásicos—, observo cómo Sky sale de su camita y se va directo al porche. Baja los escalones y, al cabo de unos minutos, vuelve pavoneándose como si fuese el rey de la casa. Me río; lo es en realidad.

Cojo la carpeta donde guardo la organización de los días de taller y me leo la de hoy.

Empezaremos a las diez de la mañana, donde daré la charla de siempre explicando en qué consiste el taller.

A las once abriremos las listas donde se apuntarán todas aquellas personas que necesiten ayuda, y a las doce vendrá una psicóloga para presentar su libro y firmar ejemplares. Estoy emocionada.

En todos mis años de carrera y profesión, nunca me había sentido tan ilusionada por algo. Pensando en la gran mañana que nos espera, la tetera hace un sonido y sé que ha terminado.

Lleno las dos tazas y me apoyo en la encimera.

La casa está en silencio y a oscuras por la falta de luz solar debido al cielo nublado.

Observo a mi alrededor el lugar hogareño en el que vive Connor y me invade una soledad de golpe.

No hay decoración, ni fotos, ni colores, ni nada que indique que aquí vive gente.

¡Por Dios, estamos en Navidad y no hay decoración!

Bueno, quizá no sea Navidad, pero para mí todo el mes de diciembre lo es.

Espero no ser la única. Cuando tengo en mente pedir adornos con el móvil, caigo en la cuenta de que todas las mañanas el Estirado y yo nos tomamos el té juntos, pero hoy todavía no se ha levantado.

Además… «¿Y mi móvil?», me pregunto, empezando a ponerme nerviosa.

¿Y si me ha llamado? ¿Cómo he podido descuidar el teléfono durante toda la noche? ¿Cómo he permitido que el sexo me haga olvidarme de las llamadas?

Con el corazón retumbándome en los oídos, dejo la taza sobre la encimera y me voy al dormitorio de Connor. Allí me detengo abruptamente en la puerta y contengo el aire.

—Como vuelvas a llamarla, voy a encontrarte y a acabar contigo —sisea en español. La situación me encoge el pecho.

Sin poder evitarlo, ahogo un grito lloroso y me pongo la mano en la boca.

Entonces él, vestido con la camisa blanca abierta, el pantalón del traje y descalzo, gira la cabeza hacia mí y me mira serio. Peligrosamente serio. Pulsa la pantalla con fuerza y luego tira el teléfono a la cama.

«¿Qué ha hecho?», me digo muerta de miedo, pues si algo incitaba a mi padre a pegarnos era que le pidiéramos que se detuviera.

Doy un paso atrás cuando está muy cerca de mí.

—Celeste —dice aún con la ira en la voz. Cuando se percata de mi escalofrío, los hombros se le vienen abajo y suaviza el tono—. Darling, por favor.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que noto las lágrimas caer por mi barbilla. Me limpio la cara con los puños del jersey y niego con la cabeza sin poder parar, doy media vuelta y cruzo el pasillo.

—¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho? —murmuro, apretando las manos en dos puños.

—Eh, eh, darling. Cielo.

Me detengo cuando el cuerpo de Connor se pone delante de mí y sus manos, sin ningún aviso, como si mi persona le perteneciese, como si se hubiese atribuido el derecho a calmarme, se ponen en mi cintura y me atraen hasta él.

Apoya la barbilla en mi coronilla y me desmorono en el abrazo de otra persona.

Aunque, ¿a quién quiero engañar? Que la persona sea Connor intensifica el llanto.

—Cuéntamelo —me pide en un susurro contra mi pelo.

—No, no puedo. —Mi voz suena agonizante y me retuerzo contra su cuerpo.

¿Qué puta justicia es esta, que un hombre que ha maltratado a su mujer, la ha llevado a la muerte y ha sido encarcelado continuamente por robos y agresiones esté en la maldita calle?

Siempre me he dicho que deberíamos haber denunciado más, que dos denuncias no tumbaban a un monstruo como mi padre. Aunque no debería ser así.

—Necesito que me cuentes qué es lo que te atormenta tanto, quién te llama, quién hace que te desmorones así.

—Coge mi barbilla y me hace mirarlo; aprieta los labios cuando ve mi llanto—.

Quiero protegerte, darling. No sé qué estamos haciendo ni qué está sucediendo, pero necesito protegerte.

Y no puedo hacerlo si no sé a qué debo enfrentarme.

Eso me hace romper a llorar de nuevo y me siento ridícula. No puedo pensar que esto es una declaración de amor, sino un hombre viendo a una mujer herida a la que quiere ayudar. No puede ser más que eso porque, si lo fuese… ¿qué significaría? ¿Que nos estamos enamorando? Es ridículo.

—Tengo que reconocer que he indagado, pero nadie me cuenta nada. Además, quiero que seas tú quien lo haga. Quiero que me necesites.

Una sonrisa de medio lado, lastimosa por su parte, me hace sentir un apretón en el corazón.

Uno cálido que me envía muchas maripositas brillantes al estómago.

La sensación de saber que le importo a un hombre que no es mi hermano me reconforta.

Nunca he permitido que nadie ahonde en mí, jamás he dejado que nadie se preocupe por mí, y mucho menos un hombre.

Quizá ya sea hora de poner flores en los jarrones y no dejar que mueran. Aún con el corazón encogido, agarro la muñeca de Connor y lo llevo al salón, donde lo hago sentarse en el sofá.

Cojo aire con su mirada expectante sobre mí y lo suelto todo para poder reconocer en voz alta quién es la persona que me llama a altas horas de la noche.

El que me ha dado palizas de muerte cuando intentaba defender a mi madre y a mi hermano, el que ha hecho que me rompa en tantos pedazos que no sea capaz de recogerlos todos.

Una sensación de amor y tranquilidad me recorre la espalda cuando el inglés estirado más guapo y atento que he conocido jamás entrelaza nuestros dedos.

—Mi padre —confieso aguantando el llanto como puedo.

—¿Cómo dices? —pregunta, airado, pero conteniéndose en el sofá, con mi mano entre la suya—. ¿Es tu padre quien te está acosando?

Casi me da risa que se sorprenda, porque para mí es lo más natural del mundo.

—Lleva haciéndolo toda la vida, Connor.

—Cuéntamelo todo ahora mismo. —Me quedo en silencio un momento y su pulgar acaricia el contorno de mi mandíbula—. No te dejes ni un detalle.

Lo hago.