Todo lo que deseo 6 #2
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Tras varias horas en el restaurante que he reservado charlando de cosas tan triviales como si fuésemos una pareja que está en sus inicios, hemos descubierto algunos detalles el uno del otro, como nuestros colores preferidos o cuál es la estación del año más bonita para cada uno.

También me ha contado cómo un cangrejo le pilló la mano con la pinza a Gin por intentar salvarlo.

Hacía mucho tiempo que no pasaba por aquí, pero sabía que el jardín que bordea el restaurante le iba a encantar a Celeste, y más ahora que tiene una bonita decoración de Navidad.

—Te llevas muy bien con tu hermano, ¿no? —le pregunto cuando ya estamos paseando cerca de Hyde Park.

Celeste asiente y come un trozo de dulce con nata verde y perlitas plateadas —simulando la cara del Grinch— que ha comprado en una pastelería. Yo sujeto dos vasos de café humeante, con estampado de Navidad en el cartón.

—Sí, la verdad es que es el mejor del mundo.

Cuando nuestra madre murió, Jorge se cambió el papel conmigo y pasó de ser el hermano menor al hermano mayor y protector que toda chica huérfana y traumada desearía tener.

—Escuchar esto por primera vez, acompañado de una risa tan triste, me encoge el pecho.

Incluso diría que su silencio repentino ha sido por su propia sorpresa, pero no hago ningún gesto para no asustarla y que así continúe hablando—.

A pesar de ser un crío con moratones en el cuerpo y una madre fallecida mucho antes de lo que nadie se esperaba.

Y creía que yo estaba jodido. Sin pensármelo si quiera, le paso un brazo por los hombros y la pego a mí mientras continuamos paseando. Le beso la cabeza y el vapor del café que está cerca de su cara se pierde en el aire. Sé que aquí nadie nos verá.

—Ha tenido que ser muy duro —consigo decir después de mucho pensar.

—Sí, ha hecho que me mude dos veces. Pero bueno, estoy en proceso de aceptación durante estos meses que estaré aquí.

Esa confesión, a pesar de saberlo, me tensa.

—¿Cuándo vas a volver? —pregunto, intentando camuflar mi interés.

—Supongo que por noviembre del año que viene. Mi idea es estar aquí un año.

Tener fecha de caducidad, aunque todavía queden once meses, lo hace un poco más complicado. Y no tengo ni idea de por qué me afecta.

Asiento, pero no digo nada más al respecto. No puedo, no después de averiguar una de las piezas del puzle que es Celeste.

Pero algo pica mi curiosidad.

—¿No vas a preguntarme nada sobre mí? Conociendo a las mujeres Cazorla, me extraña que no lo hagas.

Se encoge de hombros y la mera idea de querer saber si le intereso me confunde. Pero lo dejo a un lado, otra vez.

—Sé por experiencia propia que las cosas que duelen llevan tiempo contarse.

Solo estoy esperando a que llegue el momento en que me confíes por qué tu reloj va a reventar cualquier día que estemos en la cama, por qué tienes una casa familiar pese a ser un hombre solitario, por qué eres un hombre solitario…

—Deja escapar una risa irónica—. Por qué rehúyes cuando te pregunto por tu familia o por qué parece que, a pesar de que estamos muy bien juntos, no puedes relajarte del todo.

—Celeste, con respecto a eso… —Detengo nuestro paseo y me pongo delante de ella, esos ojos grises me calan hondo y me confunden—. Con respecto a eso último no puedo darte…

Me pone un dedo en los labios y por un momento detesto la estúpida ley imaginaria que nos hemos puesto de no tocarnos en público. Daría lo que fuera porque me callase con un beso.

—No me estoy declarando. Sé que me iré a un nuevo apartamento y todo esto quedará en un increíble juego de sexo. —Joder, aquí está el tema que llevamos esquivando todo este tiempo—. Solo te digo que no voy a presionarte a nada. Cuando confíes en mí lo suficiente, me lo contarás.

Y sin más, se da la vuelta y reanuda la marcha.

Entonces me fijo en cómo levanta pasiones por donde pasa, caminando entre las calles de mi ciudad decoradas para la Navidad y mojadas por la lluvia que nos ha dado un descanso.

El reloj me advierte de que baje la intensidad y deje de pensar en que tal vez, solo tal vez, no quiera que se marche a ningún sitio.

Nunca.

Cuando me da un ataque de ansiedad, desearía que todo el temor y la inseguridad que me componen me atormentaran solo por las noches, en forma de pesadillas que te hacen coger aire, de esas que te dejan el corazón a mil por hora.

Al menos, al despertar, podrían desaparecer.

Pero no es así, y por eso estoy sentada en el baño de mi dormitorio, con el teléfono en las manos, viendo cómo la llamada entrante vibra entre mis dedos.

Son las nueve de la noche y he dejado una cena increíble, a un hombre guapísimo y mi perro en el salón para sentarme aquí y morirme de miedo.

—¿Qué quieres? —pregunto temblando. No siempre contesto, pero estoy harta.

Como de costumbre, no hay respuesta desde el otro lado.

Oigo su respiración, agitada y sofocante.

Está borracho. Además de su respiración, no se escucha nada más, y la ausencia de sonido me aterra aún más, porque mi mente imagina que está escondido en algún lugar cerca de mí, observándome y esperando poder atraparme.

—Deja de llamarme, maldita sea —exijo con los dientes apretados, rezando para que Connor no venga a buscarme.

Entonces la llamada termina. Miro la hora y han pasado diez minutos desde que entré en el baño.

Dejo escapar el aire que llevaba conteniendo tanto tiempo que me duelen los hombros por la tensión.

La puerta suena y, por los nervios, se me cae el móvil al suelo.

—¿Estás bien, darling?

Me levanto y lo recojo. Antes de abrir, cierro los ojos con fuerza, tragando saliva a la vez. Cuando la madera no nos separa, siento que una oleada de alivio y apoyo me abofetea con fuerza cuando Connor me mira con preocupación y después observa el teléfono.

—¿Alguien en casa sabe lo que está pasando? —pregunta con los músculos de la cara tensos.

—Mi hermano y Gin saben algo.

Asiente en silencio y se pellizca el puente de la nariz con fuerza.

Cuando baja la mano y vuelve a mirarme, creo que va a preguntar, a insistir en que le cuente qué pasa, pero no dice nada.

Solo me quita el móvil y lo deja sobre mi cama, invitándome con una mano en la espalda a salir del dormitorio.

Sin poder evitarlo, miro el dispositivo sobre la colcha blanca antes de salir.

En el salón veo que Sky no está en su cama, sino en el sillón que está junto a la chimenea, con las patas hacia arriba y la cabeza doblada hacia un lado. Es monísimo y está viviendo más que mis plantas. Me siento orgullosa.

Me acomodo de nuevo en el sofá y solo ver la cena sobre la mesa me revuelve el estómago. Como si me conociese de toda la vida, Connor empuja un poco los platos hacia atrás antes de sentarse a mi lado y estirar un brazo por el respaldo, cogiéndome del hombro para recostarme sobre él con delicadeza.

Suele ser cariñoso en nuestros momentos íntimos, pero nunca habíamos compartido uno como este, en el que su mano me acaricia el pelo a la vez que nos sumergimos en un silencio de lo más cómodo.

La tele está encendida, ha sido un nefasto intento de ver una buena película mientras cenábamos, pero el momento se ha visto chafado por la llamada.

Con la mente trabajando a toda mecha, por todo lo que está pasando entre nosotros, me acurruco un poco más bajo su brazo y cierro los ojos para disfrutar de esta paz.

—Mi madre quiere que mi hermano y yo nos reunamos con ella más a menudo estas semanas que va a estar por aquí.

Abro los ojos, sus dedos no dejan de acariciarme, y me pongo nerviosa sin saber por qué. Bueno, o quizá el hecho de que esté sacando un tema sobre él, sin pedírselo, me esté enviando muchas suposiciones. Suposiciones que no tienen pinta de ser buenas ni para mí ni para mi corazón.

Como no vuelve a decir nada, me giro hacia él y lo miro desde abajo. Ahora sus nudillos acarician mi mandíbula y esos ojos azules están más cálidos que nunca.

—Me gustaría que vinieses alguna vez y la conocieras. Creo que os caeríais bien.

Parpadeo un instante, recapacitando. ¿El inglés estirado al que no soporto en absoluto está pidiéndome que lo acompañe a una comida familiar? Miro mi pecho un momento.

«Estúpido corazón, tranquilízate», le regaño en silencio.

Y, hablando de corazones, ahí está de nuevo ese reloj alertando.

No hemos hablado del tema; ojalá algún día lo hagamos.

Aun así, sé que es una alerta cardíaca. No soy estúpida.

Las ganas de preguntarle sobre el tema son cada vez más intensas, pero no soy nadie para hacerlo. Me pellizca el costado y reacciono.

—¿Me estás pidiendo que conozca a la mujer que ha criado a esta máquina de producir orgasmos?

Connor suelta una carcajada que hace que ambos temblemos, contagiándome. La primera risa estruendosa que me escuchó fue hace unas semanas, me morí de la vergüenza por si lo espantaba. Su respuesta fue un beso bastante excitante.

—Solo te pido que no se te escape delante de ella que soy un depredador sexual. —Mi inglés remilgado acaba de bromearme y me muero de alegría. Me pongo de rodillas, contenta.

—¡Has hecho una broma de lo más graciosa! —exclamo sin dejar de reír, evitando pensar en que lo he llamado mi inglés.

Me mira unos segundos y luego se lanza sobre mí, tumbándome en el sofá y haciéndome gritar de forma muy ñoña.

—¿Vendrás? —me pregunta besándome el cuello.

—¿Siempre le pides lo que quieres a una mujer de esta forma?

Vuelve a tener la cara delante de la mía, ahora un poco más serio.

—No nombres a otras mujeres cuando estoy a punto de follarte, darling. —Su pelvis choca contra mí y ahogo un grito—. Respóndeme. —Se deshace de mi camiseta.

—¿O qué? —lo reto, dándole acceso a quitarme el pantalón subiendo las caderas. Lo observo quitarse los suyos justo después.

—Irás de todos modos —responde con altanería y me saca una risa.

—¿Entonces para qué me preguntas si no tengo alternativa?

A pesar de estar desnudo ante mí, Connor parece olvidarse de ese pequeño detallito que es su gran hombría apuntando hacia mí y decide centrar toda su atención en lo que acabo de decir.