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—La mía era cariñosa y besucona. Bueno, y algo gruñona. —Sonrío triste y la mirada de Connor me hace sentir horrible.
Me pone la mano en la mejilla y se acerca a mí para pegar su frente a la mía, me es imposible no cerrar los ojos. Me escucho el corazón en los oídos y me pregunto qué significa todo esto.
Los abro cuando noto que me besa.
—No tenía ni idea, yo… —El claxon de un coche lo interrumpe y lo obliga a reanudar la marcha.
La interrupción nos sume en un silencio que utilizo para aclarar la mente durante todo el trayecto.
Pienso en mi madre: bonita, cariñosa, divertida e inteligente, y las lágrimas me ruedan por las mejillas.
Este fin de semana está siendo muy intenso.
Estoy haciendo cosas que me ha llevado muchísimos años de terapia lograr, y tengo una mezcla de sentimientos que a veces me agobia.
Me siento afortunada por haber encontrado a gente que quiere escucharme, tener a Sky, ayudar a Brenda, ilusionarme con su nuevo proyecto y formar parte de él.
Y todo esto con Connor.
Esta convivencia forzada y la experiencia de conocerlo me hacen experimentar emociones desconocidas para mí, de las que no tengo muy claro qué siento. El coche se detiene, para mi sorpresa, y miro a mi alrededor. Llevamos casi cuarenta minutos en silencio absoluto y ni siquiera me he dado cuenta.
Noto las manos de Connor por encima de la manga de mi jersey.
Giro la cara hacia él y su dedo pulgar arrastra las lágrimas de mi piel.
Es tan gratificante sentir este fuego, este deseo, este placer cuando me toca.
Tener todas esas emociones en mi interior y poder dejarlas salir con alguien es una sensación única.
Me acerca hasta él, despacio y sin dejar de observarme.
Su boca se pega a la mía y una explosión increíble se apodera de mí.
Su mano se mueve hasta mi nuca, ejerciendo presión, y le rodeo el cuello con los brazos.
Entonces, de un movimiento ligero, termino sobre su regazo y el beso se vuelve bruto y demandante.
Sus manos recorren todo mi cuerpo, mi cara, y recoge mi pelo en un revoltijo en su mano.
Connor detiene el beso y observo que toma aire y lo expulsa.
Me pregunto por qué parece que necesita tranquilizarse, pero creo que todavía no estamos en ese punto de acceso personal y sentimental, así que aguardo a que su pecho se regule con respecto a su respiración.
Y el beso vuelve a empezar. Restriega su nariz por mi mandíbula y mi cuello.
Me acaricia el pecho con las manos por encima de la ropa, luego vuelve a subir y esta vez clava su mirada en la mía, apoderándose de ella. De mí.
—Quizás tengas razón —dice entonces, antes de besarme de nuevo.
—¿Con qué? —pregunto cuando me da un respiro.
—Puede que acostarnos no esté tan mal. Puede que lo desee más de lo que jamás reconoceré.
Su altanería y egocentrismo, puntuales en este momento tan íntimo, me hace reír y me echo sobre él, haciendo que su erección se clave en mi sexo y Connor cierre los párpados del gusto.
—Te vas a librar porque me pone mucho que te lo tengas tan creído, Estirado.
Abre los ojos azules y, tras una sonrisa increíble, me besa de nuevo.
Nos bajamos del coche y me lleva a su dormitorio, donde pasamos toda la noche asegurándonos entre besos, caricias y palabras íntimas, que esto no es más que un pasatiempo.
Y cuando se acopla de esa forma tan especial con mi cuerpo, no puedo hacer más que preguntarme si de verdad yo llevaba razón o estaba equivocada por completo, y esto nos traerá problemas.
—Déjame ver este precioso culo, darling. —Sus manos tiran de mis caderas de forma brusca y me pega a él de una embestida seca.
Cierro los ojos y decido que esta noche, con la cara contra las almohadas, el corazón a mil y la mente dispersa por el deseo, solo me preocuparé en que Connor tenga las mejores vistas de mi trasero.
Lo demás vendrá después.
Aunque hace semanas desde la primera vez que nos acostamos, Celeste ha vuelto a intentar escabullirse de la cama después de toda una noche de sexo increíble.
No se lo he permitido y la he inmovilizado contra el colchón, impulsado por mi alegría de tenerla desnuda en mi habitación por las mañanas, más que lista para introducirme en ella y hacerla gemir de esa forma tan deliciosa.
El pasatiempo se ha alargado más de lo que pensábamos, pero ninguno dice nada al respecto; todo lo contrario.
Delante de los demás actuamos como dos compañeros de piso.
Sin embargo, cuando estamos solos, no podemos dejar de tocarnos y besarnos.
Sé que debería estar buscándole un apartamento, pero en estas tres semanas ninguno ha sacado el tema y, la verdad, estoy bastante cómodo con ella y con Sky en casa, que, por cierto, ya tiene la pata en perfectas condiciones y está aprendiendo a hacer sus necesidades fuera.
Vierto un poco de té caliente en las tazas justo en el momento en el que Celeste aparece en la cocina. Lleva un vaquero negro, un jersey de lana gris y el pelo recogido en un moño. Que me deje perplejo cada vez se hace más habitual y me desconcierta más.
—Buenos días, bolita de pelo.
Sonrío como un imbécil y me recuerdo todas las ocasiones en las que me he burlado de Guzmán por hacer lo mismo con Gin. Al respecto, siempre me digo que lo mío es diferente. Yo no estoy enamorado de ella.
—Buenos días, darling.
Llamo su atención y, con el perro apoyado en un brazo, se acerca a mí y me roba un beso rápido, tomándome por sorpresa como siempre que jugamos a esto de la normalidad de tocarnos cuando estamos en casa y a solas.
Una vez más, mi reloj suena y ella desvía la mirada ahí un momento antes de mirarme de nuevo.
—Me refería a Sky, pero buenos días para ti también, bolita estirada.
Pongo los ojos en blanco, haciéndola reír, y le entrego la taza.
Me percato de que deja el teléfono en la encimera, bocabajo, pero no digo nada.
En estas semanas, las llamadas no han faltado; quiero saber más, pero siempre que intento indagar, me pide que no lo haga.
Y no soy nadie para insistirle, ella también se interesa por la advertencia de mi reloj cada vez que la beso o nos acostamos, y también le digo que no pregunte.
Así que, supongo que todavía no me siento capaz de hablar de cosas de mi pasado con tal de conocer el suyo.
—¿Preparado para la tarde en la que te conviertes en mi guía turístico navideño? —bromea, apoyándose en la encimera. Sky resopla dormido en sus brazos.
Me acerco a ella y pego mi cuerpo al suyo, atrapándola. La beso en los labios y le quito al perro para ponerlo sobre la alfombra mullida de la cocina. Para cuando le cojo de la nuca estoy duro como una piedra.
—Bueno, si la preciosidad a la que voy a enseñarle la ciudad me paga con creces mi labor, estoy preparado. —Empujo un poco hacia ella para que note mi excitación y suelta un suspiro encantador.
Celeste se ríe contra mi boca mientras vuelvo a besarla y el reloj me avisa de nuevo.
—Vaya, parece un buen plan. Pero relájate, Estirado, que si no ese reloj carísimo va a explotar. —Jamás he dicho que no fuese una mujer muy inteligente. A pesar de no decirle qué es, sé que se lo imagina, y me encanta que no diga nada al respecto ni me trate diferente.
Suelto una risa ronca que me sorprende y Celeste se ríe también, rodeándome el cuello con los brazos.
Entonces vuelve ese sentimiento de familiaridad que experimento siempre que compartimos un momento así.
Me replanteo si quizá pasar el mal trago de sacar a relucir mis inseguridades con ella me compensa, con tal de saber qué le hace sufrir tanto cuando recibe esas llamadas y poder así estrangular el problema con mis propias manos.
Vuelve a besarme en medio de mis pensamientos y todo en mi mente desaparece.
—Pasaré a recogerte a la hora del almuerzo.
—Está bien.
Celeste se gira para bajarse de mi coche —a pesar de tener el suyo arreglado, esto se ha vuelto una costumbre—, pero la sujeto por la muñeca y tiro de ella hacia mí, atrapando su boca como despedida.
Sus labios se abren y mi lengua enredada con la suya resulta sensacional.
Le succiono un poco el labio inferior y me maravillo con el tono rosado que le provoco en las mejillas.
No puedo evitar volver a besarla y noto que sonríe.
—Voy a pensar que no puedes dejar de tocarme —murmura contra mi boca y me cuestiono si lleva razón. Entonces decido dejarlo para otro momento y me centro en darle un último beso.
—Nos vemos en unas horas, darling.
—Que tengas un buen día en la oficina, ¡vende un montón de casas! —me anima de buen humor y dejo que se baje.
Sin hablar nada, la observo desde el interior del coche y, cuando me doy cuenta de que seré un idiota si no le respondo, me bajo y camino hasta ella. Me obligo a no acercarme demasiado, sé que desde la empresa se ve perfectamente este punto de la calle.
—Lo mismo digo. Espero que tengáis un buen día, estoy seguro de que el taller va a salir a la perfección.
Hace una semana que empezó el taller «Tú puedes con esto» que Brenda y ella han organizado. Desde entonces, todos en la oficina somos conscientes de cómo está mejorando la librería.
Nunca he asistido a una de sus charlas, pero espero poder hacerlo pronto. Me encantaría ver cómo Celeste intenta ayudar a todo el mundo, siendo ella una de las personas rotas que necesitan ayuda.
Esta mujer es fantástica.
—Gracias, bolita estirada. —Sonrío.
Está a punto de darse la vuelta cuando alguien se detiene de pronto al verla. Una ira repentina empieza a subírseme a la cabeza.
—Buenos días, Celeste. —El tipo la mira de arriba abajo
—¡Buenos días, Harry!
Luego entra en el concesionario. No aparto mi vista hasta que desaparece por la puerta de cristal y, cuando la bajo, me encuentro con la mirada de Celeste fija en mí.
—Nos vemos después. —Malhumorado de repente, me muevo en el sitio.
Puedo soportar sentirme atraído por ella, obsesionado con su cuerpo, sus besos y su risa.
Puedo soportar querer estar con ella todo el tiempo, intentar verla desde lo alto de mi edificio y esta absurda necesidad de conocerla cada vez más.
Pero sentir celos porque otro hombre la desee, no puedo.
No voy a permitirlo porque eso puede significar algo para lo que no quiero, ni pienso, estar preparado jamás.