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Brenda alucina. Me hace parar para ir a atender a varios clientes, y vuelve a sentarse interesada cuando termina de envolver libros, esta vez en papel con estampado de flores.
Al final, tiene los ojos como platos.
—Vamos, que estás viviendo una aventura erótica y super sexy como todos deseamos vivir, ¿no?
—Se podría decir que sí.
—¿Y cómo te sientes?
Cojo aire y lo suelto, nunca nadie me ha hecho una pregunta así respecto a mis sentimientos. Me encojo de hombros.
—Hace mucho tiempo que no estaba con un hombre. No suelo dejarme llevar en ese aspecto y descubrir que con Connor es tan fácil me tiene un poco aterrada.
Me mira de forma tierna, como cualquier amiga miraría a otra cuando está a punto de averiguar por qué está tan jodida.
—¿Puede ser hoy el día de chicas en el que me lo cuentes? — Asiento varias veces, como si estuviese dándome fuerzas. Descubrir que Connor no es el único que me hace sentir en confianza, me remueve un poco el corazoncito.
—He tenido un pasado muy duro. Mi padre maltrató a mi madre hasta terminar con su vida y crecer con un hombre violento, alcohólico y machista me ha creado algunos traumas. —Brenda parpadea.
—Celeste, cielo… —Se acerca a mí y me abraza sin previo aviso—. Cuánto lo siento.
—Connor hace que me sienta segura. —Suelto una risa ahogada por mis propios pensamientos—. No sé por qué, pero hace que piense menos y me atreva más.
Me tomo un momento para tranquilizar mi repentino llanto y me dejo abrazar hasta que Brenda decide que es mejor darnos un poco de espacio si queremos dejar de lloriquear.
Ella está con las mejillas mojadas también y me coge de las manos con cariño.
—Vaya, pues deberías aprovecharlo.
—Ya, bueno, pero no estoy preparada para tener una relación.
—Confieso—. No quiero que nadie sienta lástima por mí toda la vida, que me toque con menos brusquedad en la cama por temor a que me asuste o que no alce la voz en una discusión tonta para que no rompa en llanto.
Es mejor no involucrarme sentimentalmente con él ni con nadie, no soportaría que me trataran como si pudiese desmoronarme en cualquier momento.
—Nos han tocado unos buenos cabronazos como padres. El mío es un adicto de mierda que hizo que me mudase de país para que pudiera vivir tranquila.
—¿Qué? —exhalo.
—Sí. Alguien espera que vuelva a Las Vegas para cobrarse la deuda que el desgraciado de mi padre me ha endosado. El dinero que envío mensualmente no les sirve y a veces me envían advertencias.
—¿Advertencias? —pregunto, asustada.
—Bah, no van a venir hasta aquí, me lo han dejado claro. Pero necesitan más dinero.
—Te ayudaré en todo lo que necesites, Brenda. Trabajaremos duro para que la librería genere más dinero y puedas quitarte eso de encima. —Se le escapa un hipo por el llanto.
—Gracias, Celeste, hacía mucho que no sentía la ayuda de una amiga. Pero esto solo se solucionará cuando mi padre se vaya al infierno de una jodida vez.
—Pues ahora que me tienes a mí, haremos que sea más fácil.
—Y a nosotras. —Ambas miramos hacia la puerta y nos encontramos a Mel y Alexandra. La pelirroja viene hacia nosotras y se sienta a un lado—. No sé qué os tiene así, pero contad con nosotras para lo que sea.
—Estaré encantada de ayudaros. No tengo muchas amigas por aquí.
Alexandra se hace un hueco en el sofá y sonrío ante la situación. Guau, dejar que alguien se preocupe por ti se siente muy cálido y hogareño.
Tras todo un día de implicación por parte de dos chicas maravillosas y ventas que ahora parecen regalos caídos del cielo desde que sé lo de Brenda, organizamos varias quedadas con nuestro nuevo grupo de amigas.
Después, aguardo en la calle a que Connor aparezca con el coche.
Acabamos de cerrar la reja y Brenda se ha marchado después de una larga charla para obligarla a irse, ya que estaré bien aquí unos minutos esperando.
La noche está helada y, aunque estoy abrigada, no puedo evitar que el aire frío se cuele entre la ropa.
Miro los coches que pasan por delante de mí, alumbrando la calzada inusualmente seca.
Entonces uno se detiene delante de mí y Connor me mira desde el interior.
Sonrío sin poder evitarlo y me dirijo a la puerta del copiloto.
Cuando entro, el calor de la calefacción me descongela los huesos.
—Hola. Siento que hayas tenido que esperar, he tenido que dejar a mi madre en su casa.
Me pongo el cinturón y lo miro emocionada por haber compartido conmigo algo tan común, como si fuese lo normal entre nosotros.
—No pasa nada, apenas llevo cinco minutos fuera. Brenda acaba de irse. ¿Cómo te ha ido la tarde con tu madre?
—Abrumadora, como siempre —dice sin dejar de mirarme, parece que está tan sorprendido como yo por esta conversación.
—Tiene que ser maravilloso sentirse abrumado por tu madre. —Mis labios se ensanchan en una enorme sonrisa al recordar el amor de la mía, aunque por dentro estoy sangrando porque no es más que un recuerdo.
—¿La tuya también es agobiante y protectora? —pregunta saliendo a la calzada; como no respondo, me mira cuando se detiene en un semáforo a escasos metros de la librería.
Niego con la cabeza, mirándolo.