5 #4
—Voy a perder la cabeza si lo hago y también si sigues gimiendo mi nombre así.
Entonces los abro y sonrío, ganándome un beso largo, ardiente y seductor. Acompañado de los primeros indicios de un buen orgasmo mañanero.
—Me gustaría explorar tus límites, don Estirado.
—No sabes lo que acabas de decir, darling. —Aunque el apodo es dulce en sus labios, su mirada está tan oscurecida que me hace temblar.
Se vuelve loco y, de una embestida certera, más dura que las anteriores, me lleva al clímax; una oleada de calor abrasadora me recorre el cuerpo. Connor también se deja llevar y siento cómo culmina su placer en mi interior.
«Uf, los orgasmos producidos por Connor son lo más malvado y delicioso que he probado en mi vida».
—Quiero saber quién la ha llamado para que se muriese de miedo. —Es la tercera vez que saco el asunto en una hora porque las dos anteriores me ha cambiado de tema.
—Pero ¿por qué? ¿Qué te importa? —Guzmán camina por el despacho de su restaurante.
Miro la librería donde sé que está ahora, porque yo mismo la he dejado ahí, y me pregunto qué cojones me importa. Sí, hemos tenido dos buenas sesiones de sexo, pero hago eso siempre en el Seduction y no voy por ahí interesándome por la vida de las mujeres con las que me acuesto.
—Ya es de la familia —digo lo primero que se me viene a la cabeza.
—Pues preocúpate por encontrarle un nuevo apartamento.
—¿Te ha dicho algo al respecto? —pregunto demasiado rápido y eso llama la atención de Guzmán.
—¿Te la has tirado, Connor? —me acusa elevando el tono de voz y eso me molesta muchísimo.
«¿Por qué le preocupa que lo haya hecho?»
—¿Qué has tirado, cielo?
Levanto la cabeza por encima de la pantalla de mi ordenador y maldigo al ver a mi madre en la puerta de mi despacho. Vuelvo a bajar la vista.
—Ya hablamos, Guzmán.
—Pero… ¡No te pienses que esto se queda así!
Termino la llamada y aparece el protector de pantalla aleatorio.
Tomo aire antes de levantarme del sillón y caminar hacia Penélope. Abre los brazos y dejo que me abrace.
—Buenos días, cariño.
—No te esperaba, si llego a saber que vendrías habría reservado en algún sitio.
—Ya sabes que me gusta sorprenderos. —Mi madre observa a su alrededor—. He presenciado cómo la cita de anoche de tu hermano escondía su desnudez con un vestido muy caro para que yo pudiese tomarme un café con mi hijo. ¿Te lo puedes creer?
Eso me hace sonreír.
—Viniendo de ti, sí.
Recojo todo lo de la oficina y apago las luces.
La empresa está cerrada los fines de semana, pero he traído a Celeste y me he quedado a esperarla.
Bajamos en el ascensor, donde mi madre me cuenta entusiasmada lo bien que lo ha pasado en su último viaje y en la locura que está siendo preparar el próximo: Tailandia.
—Tengo pensado en quedarme un tiempo. Espero que podamos hacer cosas juntos. —Esto me hace pensar en mi compañera de casa y en lo que supondrá presentársela a mi madre—. Bueno, hijo, ¿qué es eso que has tirado? — Me mira y me hace maldecir en silencio.
A media mañana le escribo un mensaje a Celeste explicándole que no estaré en mi oficina, pero que me llame si necesita algo.
Guardo el teléfono en mi bolsillo y entro en el restaurante en el que he reservado mesa, gracias a un amigo de un amigo, para poder almorzar con mi madre. Una vez sentados y con una botella de agua en el centro, Penélope clava sus ojos marrones en mí.
—Te veo diferente, grandullón. —Parpadeo, hacía tiempo que no me llamaba así. Tomo un poco de agua.
—Yo me siento igual —le aseguro cuando me coge de las manos.
—Aunque no te haya llevado dentro, soy tu madre, Connor. Sé cuándo uno de mis hijos me está mintiendo.
—Mamá, estoy bien —afirmo sin querer darle importancia.
—¿Y el corazón?
—Perfectamente, no tengo que ir a más revisiones periódicas.
—Todo lo que tocaba lo destrozaba. —Mi madre aprieta mis manos—. Al menos supo engendrar a un hijo maravilloso. —Me palmea la mejilla con cariño y se echa hacia atrás cuando nos dejan la comida sobre la mesa—. ¿Has conocido a alguien?
Casi me ahogo con un trozo de entrecot muy caro. Me limpio con la servilleta de tela y la dejo a un lado del plato.
—Claro, es lo que tiene mi trabajo. —Mi madre me mira con la obviedad dibujada en el rostro. Luego suelta un suspiro.
—Ya sabes a qué me refiero. Una mujer con la que salir, casarte, tener descendencia. ¡Quiero ser abuela!
—Mamá, sabes que eso no va conmigo.
La miro con más dureza de la que jamás habría deseado mirarla. Adoro a esta mujer por encima de todo desde que llegó a mi vida cuando tenía solo dos años, pero sabe que esto no tiene discusión.
—Pero…
—No pienso darle un corazón cargado de posibles infartos e inestabilidad física y vital a un hijo mío.
—Tonterías, no tiene por qué suceder. —Suspira—. Y una novia para que…
—Nadie querrá a un tipo que puede morirse de un infarto cualquier día, mucho antes de lo que debería.
Ni a alguien que debe relajarse en mitad de algo tan normal como una fiesta de fin de año, por ejemplo, para que las pulsaciones no se le disparen y le provoquen arritmia, taquicardia u otro puto infarto.
—Entonces, te quedarás solo toda la vida.
Doy un sorbo al agua, pensando en ello. Hace mucho que lo decidí y nada, ni nadie, me hará cambiar de parecer.
—Así debe ser.
—Tengamos el almuerzo en paz —sentencia mi madre.
El simple hecho de dejarlo estar para que no me altere y así no descontrolarme el pulso me hace tener más claro cuáles son mis deseos de no compartir esta carga con nadie más.
La librería está a rebosar de gente gracias a que el cielo se ha despejado.
No ha pasado prácticamente nunca desde que me mudé aquí y la ciudad se ve increíble con el sol brillando.
La gente llena la estancia con sus murmullos y el ruido de los libros saliendo de las estanterías.
Brenda está sentada en el sofá, aprovechando que nadie está comprando, a la espera del café que le doy.
—Es mucho más guapo de cerca —fantasea mirando hacia la calle.
—La verdad es que los O’Brien tienen una buena genética.
—Aunque no se parecen mucho, ¿verdad?
Si lo pienso, no tienen nada de parecido; quizá la complexión y la estatura. El tono del pelo es parecido, pero los rasgos de Dimitri son más severos y rudos que los de su hermano, que, a pesar de ser calculadores y fríos, dejan entrever la calidez que hay en ellos a veces.
—Destrocé el vibrador, ¿sabes? —murmura mi alocada amiga, dejando escapar una carcajada igual de alocada. Me río con ella, me recuerda mucho a Gin.
—Eres tremenda. —Hace un gesto muy gracioso e inocente, que para nada tiene que ver con ella. Después, deja la taza en la mesita de hierro y se echa un rizo hacia atrás.
—¿Cómo llevas la búsqueda de piso?
—Algo parada. He estado muy ocupada con Sky y con el coche.
—Y follisqueando con don Estiradoestoycomoelqueso no, ¿verdad? —Me tapo la cara con la taza al dar un sorbo.
—Un poco —confieso.
—¡Ah! ¡Lo sabía! —Brenda se pone como loca y tengo que hacer más fuerza de la que esperaba para que se tranquilice.
—Relájate o todo el mundo se enterará de cómo es Connor O’Brien en la cama. —Se acerca a mí, casi dejándose caer sobre mi cuerpo.
—Ellos no sé —señala con la cabeza hacia la multitud—, pero yo me muero por saberlo.
Vuelvo los ojos como si me viera obligada, pero no tardo en ponerme cómoda y le cuento la locura que estoy viviendo estas tres semanas.