5 #3
Sus finos dedos se meten entre mis mechones y tira de mi cabeza hacia arriba para apoderarse de mi boca.
Esta pasión, este salvajismo por su parte solo hace que quiera sacar el mío a relucir.
Mientras asolo su boca, sus manos abren el botón del pantalón vaquero que llevo puesto.
—Todavía no, darling. —Me deshago de su sujetador y le pongo las manos sobre la cabeza, atándolas al cabecero con la prenda.
—¿Qué haces? —me pregunta en un suspiro y no parece para nada asustada, sino… excitada. Me deshago de toda la ropa y la dejo desnuda para mí.
—Probarte de una puta vez. —Me escucho gruñir y ella suelta un gritito ahogado de lo más sexy que se convierte en un gemido cuando tomo su feminidad con mi boca.
La sensación es asombrosa. Es como cuando el estribillo de tu canción favorita estalla a todo volumen por los altavoces del coche.
Es fantástico y aterrador. Sujeto sus caderas al colchón y le mantengo las piernas abiertas para que deje de cerrarlas alrededor de mi cabeza.
Paso la lengua por toda su hendidura lubricada y el sabor me explota en la boca.
El ruido del cabecero al moverse con brusquedad, con esa terquedad suya que tanto me cautiva, resuena por la habitación. Añado dos dedos a la ecuación y los doblo para tener el acceso perfecto mientras juego con su hinchado clítoris.
Una perdición desconocida aparece cuando alzo la vista y la veo desnuda ante mí, con sus ojos clavados en los míos. Acelero los movimientos de mis dedos y la abarco con la lengua, acompañando sus movimientos.
—Dios… —susurra cuando se le tensan los músculos. Ya viene.
Quiero animarla a que se corra en mi boca, pero estoy muy ocupado en estos momentos para hablar.
No aparto la mirada de la suya y siento una nueva necesidad por ella cuando se muerde el labio con fuerza y pone los ojos en blanco al obsequiarme con un fuerte orgasmo.
Le beso el sexo y recojo su esencia con la lengua antes de trepar por su cuerpo.
Para demostrarle lo bien que sabe, deposito un beso en sus labios, deslizando la lengua por el interior de ellos.
En cuanto dejo sus manos libres, estas van a mis pantalones.
—No quiero esperar más, lo necesito ahora. —Su voz cargada de deseo me vuelve colérico. Voy a bajarme de la cama a por un preservativo, pero ella me detiene al intuirlo—. Tomo la píldora. Y estoy limpia.
Asiento, sé que estoy sano, siempre uso protección, jamás lo he hecho así con nadie. Nunca. Tomo aire, guiándome hacia ella con mi erección en la mano y la suelto cuando me apoyo en su entrada.
«Nunca». «Y solo quiero que sea con ella».
Quizá esté perdiendo el buen juicio. Celeste levanta las caderas y me ahondo unos centímetros en gloria pura.
Una neblina de deseo se interpone delante de mis pensamientos y me clavo en ella sin piedad.
Sus gemidos retumban en toda la habitación.
Empiezo a moverme rápido y la beso. Lo hago robándonos el aliento.
Sus piernas me rodean la cintura y cada vez que la sorprendo con una embestida dura grita y me clava las uñas en los hombros.
Esto es el cielo.
—No sabía cuánto ansiaba esto hasta que te he probado, darling —murmuro con los dientes apretados por el rápido placer que estoy sintiendo.
—Tú no estás mal —dice con voz entrecortada y le muerdo un pezón con fuerza—.
¡Ay! —Se ríe, joder, se ríe mientras follamos, y es lo mejor que he escuchado en mi puta vida.
La miro desafiante y divertido, y ella me acaricia la barba con la yema de los dedos, tomándome por sorpresa—.
Parece que yo también tenía muchas ganas.
—No me digas, ¿y qué te hace saberlo? —inquiero con ironía, embistiéndola y arrastrándola hacia arriba. Coloco una mano entre su pelo y el cabecero de la cama. Inaudito.
—El segundo orgasmo que estás a punto de provocarme en menos de cinco minutos, Estirado.
No dejo de hundirme, de poseerla, de besarla. Quiero más, más y más a cada segundo que pasa.
—Pues hazlo de una vez para que yo pueda acompañarte, darling.
Noto su cuerpo tensarse, su interior me arropa con tanta fuerza que el cosquilleo abrasador me atraviesa la columna vertebral.
Le clavo los dedos en las caderas y siento los suyos en mis bíceps.
Jadea, grita y exhala al alcanzar el clímax, entonces es cuando siento lo mismo que cuando la tengo para mí: se deshace entre mis manos, como si mis brazos —o yo— fuésemos el lugar más seguro que ha conocido.
Y eso me lleva al éxtasis con una brusquedad casi vergonzosa.
Me sonríe desde abajo, con los labios rojos por mis besos, que recorro lentamente con la lengua. Le acaricio la mejilla con los nudillos y me tumbo a su lado. Sin pedírselo, y sin que me moleste en absoluto, apoya la cabeza en mi pecho.
Con una mano sobre su espalda desnuda y la otra al lado de su cabeza sobre mis pectorales, miro al techo en la oscuridad de la habitación, escuchando su respiración calmada, saciada.
«Las ganas no se han disipado. Han aumentado».
Abro los ojos al notar un poco de luz natural sobre mí.
Me giro sobre la cama, sonriendo por el sueño más erótico que he tenido en mi vida y…
. ¡Jesús! ¿Que ha sido verdad? Connor ocupa todo el colchón de sábanas delicadas y oscuras de un dormitorio que no es el que he estado utilizando estos días.
«¡Madre mía! ¡Madre mía! ¿Qué he hecho?» .
Me vuelvo de nuevo para salir de esta trampa de lujuria y pecados donde descansa el demonio más delicioso que ha existido jamás, pero su brazo enorme y fuerte me rodea la cintura desnuda… ¡Desnuda! ¡Por el amor de Dios!
—Buenos días, darling. —Su voz soñolienta me clava a la cama, desconcertada.
Todavía tiene los ojos cerrados cuando me arrastra sobre las sábanas y me mete bajo su cuerpo, haciendo la… la cucharita. «Esto tiene que ser una broma». Su brazo me aprieta el estómago mientras algo durísimo roza mi culo, también desnudo.
Unos segundos después y mis pechos están contra el colchón. El cuerpo de Connor cae sobre mi espalda con delicadeza y su pene abrumador se encaja entre mis nalgas, disparándome el pulso desde bien temprano.
—Buenos días, he dicho, preciosa. —Me muerde el lóbulo de la oreja.
—Buenos días —gimo para mi sorpresa y escucho cómo ríe en mi cuello. Lo siguiente es su lengua recorriéndomelo.
Sus manos firmes sujetan mi cintura, me da un beso en los hombros, en la columna, desciende más abajo y más, y llega hasta la parte baja de la espalda. Vuelvo la cabeza por encima de mis hombros y veo cómo se arrodilla en el colchón, lo siguiente es alzarme las caderas.
—Un desayuno exquisito —murmura para él mismo, ensimismado con lo que tiene delante. O sea, conmigo.
Ahogo un grito al sentir su boca en mi sexo.
Me aferro a las sábanas y hundo la cara en la almohada, dejando que me coloque a su gusto y me saboree.
Su lengua me recorre de arriba abajo, me succiona y me penetra.
Cierro los ojos, dejándome llevar. Mis piernas dejan de estar tensas, toda yo a decir verdad.
Por un momento hago como que esto es normal y la piel se me eriza con lo que Connor me hace.
El calor de su boca se me extiende por todo el cuerpo y empiezo a estremecerme.
Lo mejor llega cuando sus dedos me presionan el clítoris. Desde luego ya se ha hecho con él, el traidor se hincha solo con tenerlo cerca, y me enfado conmigo misma por esta poca fuerza de voluntad.
De pronto siento frío ahí, un beso en mi nalga derecha y una presión deliciosa en mi entrada; estoy más que preparada para recibirlo.
—Sujétate, darling —me avisa antes de penetrarme con fuerza y robarme el aliento.
Y eso hago, vamos que si lo hago. Me agarro a las sábanas y le entrego todo de mí. Me entrego, me dejo ser y desear.
Siento sus estocadas en el estómago, sus manos apretando la carne de mis nalgas y su pelvis estrellarse contra ellas.
Murmuro miles de cosas y, muerta por el deseo, hago que nos separemos.
Me pongo frente a él y, con una mano en su pecho, lo tumbo de espaldas al colchón.
La sonrisa hambrienta en esos labios tan canallas y tan ingleses me hace sentir sexy.
Me siento sobre él, literalmente, y me encuentro demasiado bien.
Apoyo las manos en sus pectorales y empiezo a moverme.
—Esto es mil veces mejor que discutir, Estirado. —Connor empuja desde abajo, cobrándose que lo haya llamado así.
—No nos imaginé así —dice llevándose uno de mis pezones a la boca.
—Sor… sorpresas que da la vi… ay… —Sonríe y vuelve a mordisquearme los pechos, enviándome descargas por todo el cuerpo—. Sí, sí, ¡sí!… Connor.
Se tensa por un momento y, con brusquedad, hace que volvamos a cambiar. Esta vez su cuerpo se cierne sobre el mío, grande, ancho y fibroso. Los músculos de sus brazos se mueven al apoyarse en el colchón para volver a embestirme.
—Di mi nombre otra vez, darling —me pide con la voz cargada de deseo.
—Connor… —Le acaricio la barba con los dedos.
Sus embestidas pierden algo de fuerza. Se balancea dentro de mí y es mil veces mejor. Llega con más delicadeza y me hace sentir fuego por todo el cuerpo.
—Me vuelve loco escuchar cómo gimes —gruñe con la mandíbula dura como el acero. Conteniéndose.
—Relájate —le pido con un cariño que me niego a gestionar en este momento.
—No puedo, joder. Te deseo todo el tiempo, Celeste. Y eres familia de mi mejor amigo.
—¿Y qué?
Sus ojos azules están más oscuros que nunca. No deja de moverse y acariciarme. Me besa con fuerza, me muerde el labio y me hace perder el sentido.
—No sé si es buena idea.
Que Guzmán sea su mejor amigo me preocupa un poco, pero estoy harta de las preocupaciones. Quizás disfrutar de esto no sea tan malo.
Levanto una pierna, haciendo que él me ponga el pie en su hombro y consigo una postura que nos deja quietos unos segundos a ambos. Luego vuelve a hacerse con mi cuerpo. Echo las manos hacia arriba, invitándolo a sujetármelas en el cabecero, y eso hace.
Una de sus manos sujeta mis dos muñecas y me embiste con fuerza de nuevo. Casi estoy.
—Quizá no lo sea —empiezo diciendo, viendo las estrellitas del orgasmo próximo, y me mira—, pero lo estamos pasando bien.
—Y que lo digas —maldice entre dientes, besándome el pezón izquierdo. Cierro los ojos.
—Déjate llevar, yo estoy empezando a hacerlo y es fantástico, Connor —le explico sin abrir los párpados.