5 #2
—¡No puede beber alcohol! —brama mi secretaria y mueve sus hombros, haciendo que las ondulaciones de su pelo se agiten. Sus ojos se clavan en mí—. ¡No puedes beber!
—Él no lo hará, pero somos tres tíos borrachos en su casa, solitarios, presionándolo y agobiándolo. ¿Quieres apostar cuánto tarda en contarnos qué le ocurre?
—¿Qué pasa aquí? —Charles entra con las manos en los bolsillos de su pantalón negro de pinzas. Mel lo fulmina con la mirada.
—Hablamos de lo de esta noche en casa de mi hermano.
Dimitri se pone cómodo en el sillón en el que trabajo, después de levantarse del escritorio. Mel nos observa desde la puerta mientras Charles se coloca junto a la mesa. Duque entra poco después.
—Vaya, pelea de princesitas —bromea con el rostro serio.
Duque es el más difícil de los cuatro. Es serio, frío, desafiante y desconfiado, pero una persona increíble y un amigo mejor aún.
—Tú debes ser la reina, ¿no? —bromea mi jefe inmobiliario.
Duque le da un puñetazo amistoso a Charles y se sienta en el lugar que antes ocupaba mi hermano.
Tenerlos en mi oficina, reunidos, charlando y discutiendo entre ellos, me hace sentir distinto de todas las ocasiones anteriores.
Normalmente los echo, no tolero estas actitudes en una empresa como lo es O’Brien Group, pero desde que conozco a Celeste estoy tolerando cosas que nunca creí que haría, y que hace unos meses hubiera cortado de raíz.
Por eso apoyo el hombro en el cristal impoluto del ventanal y disfruto de este momento. De este algarabío repentino que se ha formado. Incluso Charles ha salido y ha invitado a Alexandra a la voz de: «Por favor, levanta la cabeza de la agenda del cenutrio de Dimitri y ven con nosotros».
A las ocho de la tarde, escucho el coche de Celestre entrar en el garaje y algo parecido al nerviosismo se apodera de mí.
Me asusta qué puede pensar de que haya tanta gente en casa.
Sobre todo, cómo se tomará que mi hermano se lance sobre ella para presentarse.
La puerta de la cocina se abre poco después, la segunda plaza se comunica con la mía y esta última con la casa, y Sky roba la atención de todos.
Alexandra es la primera en cogerlo en brazos cuando Celeste entra y, tras ella, Brenda.
Como he dicho antes, mi hermano va hacia ella con ganas de tomarle la mano y sacar su lado más inglés, pero, como también esperaba, se detiene abruptamente al ver a la mujer que viene con ella.
Cuando los demás se acercan a saludarlas y presentarse, mi hermano aprovecha para enviarme una mirada cargada de odio.
Hago un gesto de incredulidad a modo de disculpa y él niega con la cabeza.
—Encantada —dicen las chicas al unísono. A Brenda le toma por sorpresa la presencia de mi hermano.
—Encantado de conocerte, Celeste. Soy Dimitri, el hermano de Connor.
—Un placer —responde ella con una sonrisa preciosa, mirándome.
El grupo vuelve a disiparse y, aunque no nos tocamos, ni hacemos nada que llame la atención de ninguno, Celeste se coloca a mi lado en la encimera y empieza a integrarse en mi grupo de amigos, como si los conociera de toda la vida.
A lo lejos veo a los dos que aún no se han unido.
Dimitri le da la mano a Brenda y esta le sonríe, asintiendo con la cabeza justo antes de dirigirse hacia nosotros.
Intercambio una mirada con mi hermano, que dice mucho más de lo que se puede expresar con palabras y sé que promete una charla cuando estemos solos.
Después de una cena muy agradable con un grupo de hombres gritones, divertidos —a pesar de sus apariencias fieras— y de conocer a dos mujeres simpáticas, con las que me encantaría seguir viéndome, decidimos pasar a las copas. Mi parte menos favorita de la noche.
—No tienes por qué hacerlo si no te sientes cómoda.
Miro hacia arriba para encontrarme con su mirada. Me he quedado un momento en la cocina pensando en si debería tomarme unas copas; teniendo en cuenta la que tienen liada en el salón, bien puedo pensar que es una salida a la discoteca.
—Lo sé. Pero quiero. Y necesito poder.
Noto el brazo de Connor, descubierto por la camiseta de manga corta que lleva, rozando el mío, también expuesto por mi camiseta rosa de tirantes.
—No sé qué pasa ni si algún día me lo contarás. Pero no me hace falta mucho más tiempo viviendo contigo para saber que podrás con ello.
Me sobresalto cuando siento que sus dedos tocan los míos.
Aprieto con fuerza sus dedos entre los míos, como si aferrarme a él me diera coraje, y miro hacia el salón lleno de gente de mi edad disfrutando.
Connor no se imagina lo importante que son sus palabras para mí, y el paso tan importante y difícil que me supone aceptar que no voy a ser una alcohólica agresiva por beber con un grupo de amigos.
Alzo la cabeza y la giro hacia él, inevitablemente arrugo el entrecejo mientras asiento, conteniendo las lágrimas por sentir que todo parece más fácil cuando me toca.
Juntos, pero sin acercarnos esta vez, vamos al salón, donde él se sienta en el sillón que hay a un lado de la chimenea y yo acepto una copa de parte de Alexandra.
A las dos de la madrugada continuamos bromeando. Sigo con la primera copa, bastante cortita, y aunque me encuentro muy bien, no soy capaz de bebérmela igual de rápido que los demás.
—Nadie os había invitado, simplemente os habéis acoplado —le chincha Duque a Mel, que echa su largo pelo pelirrojo, cargado de ondulaciones, hacia atrás.
—Las señoritas como yo no necesitan la invitación de nadie. Todo el mundo quiere que estemos presentes.
Eso vuelve a crear una disputa entre hombres y mujeres que me divierte muchísimo.
Poso la mirada en mi amiga, que está sentada en el sofá junto a Alexandra, la más joven del grupo.
Hablan entre ellas y saltan con un comentario ingenioso de vez en cuando, que deja sin palabras a los chicos y hace reír victoriosa a Mel.
Connor es verdaderamente afortunado. En un momento, los ojos de Brenda conectan con los míos y, cuando se levanta y va a la cocina, voy tras ella unos segundos después.
—No me puedo creer que esté compartiendo una noche que iba a ser de chicas con el tipo del edificio de enfrente —asegura en voz baja, bastante emocionada. Sonrío encantada.
—Me preocupaba que estuvieses incómoda. No sabía que habría tanta gente.
—¿Estás de broma? Esta noche mi vibrador va a explotar.
—¡Brenda! —exclamo entre risas. Cuando dejamos de reír, le pongo una mano en el hombro—. Tendremos una noche de chicas la próxima vez.
—No pienso esperar a eso. Mañana nos tomaremos todo el café de la librería hablando de esos sabrosos hermanos O’Brien, guapa.
Esta noche me he fijado en que Connor no ha pasado del primer vaso. Ha llegado la hora de despedirnos y lo tiene entero. Brenda iba a quedarse porque hemos venido en mi coche, pero Dimitri ha añadido un poco más de emoción a la noche y ha decidido ofrecerse a llevarla a casa.
Mientras yo les digo adiós a todos con la mano desde la puerta, Connor sale hasta el porche y espera a que hayan desaparecido para entrar de nuevo.
—No ha estado mal —dice acercándose al salón.
—Tus amigos son fantásticos —afirmo mientras lo ayudo a llevar todo lo sucio a la cocina.
Recogemos y cargamos el lavavajillas sin dejar de hablar sobre los demás. A pesar de que intento concentrarme en la conversación, no puedo dejar de pensar en lo que él me hace sentir cuando está cerca. En cómo nuestras actitudes han cambiado radicalmente entre nosotros.
En lo cómoda que estoy en esta casa con esta extraña convivencia a la fuerza. En cómo besarlo, tocarlo y sentir sus manos sobre mí es otra de las cosas que deseo y que quiero poder tomar sin miedo.
Como si el destino alinease mis pensamientos, Connor se vuelve hacia mí cuando termina de programar el lavavajillas. Su mirada me recorre de arriba abajo y yo acabo con la distancia que nos separa.
Parece que tomar decisiones sobre cómo afrontar mis miedos está yendo viento en popa.
—Siempre me dices que no haga nada que no me haga sentir cómoda. —Sus ojos están expectantes y cierro los míos cuando sus manos grandes atrapan mi cintura. Los abro soltando el aire que estaba conteniendo—. Y yo siempre te respondo que hay cosas que deseo hacer y ansío poder hacerlas.
Traga saliva de la forma más varonil y atractiva que he visto jamás, y me pega a su cuerpo despacio. Baja la cabeza, colocando su boca a escasos centímetros de la mía.
—¿Y qué deseas, darling?
Sus labios son una caricia sensual sobre los míos y un calor muy agradable se me expande en el pecho, viajando directo a mi centro. Me aferro a su camiseta con fuerza.
—A ti, Estirado.
No necesita nada más para robarme el aliento en un beso apasionado.
«Me desea», me repito una y otra vez mientras sujeto su nuca con fuerza para aferrarme a esa boca tan deliciosa que tiene. Paso las manos por debajo de su trasero y la hago rodearme el cuerpo con las piernas.
Camino con ella por el pasillo hasta mi dormitorio.
La tumbo sobre la colcha oscura que cubre la cama y me dejo caer sobre su cuerpo.
La presiono contra el colchón, perdiendo el sentido cuando deja escapar suspiros adorables, como si besarnos y estar así fuese lo mejor del mundo para ella.
De vez en cuando nos permito tomar aire, pero solo para apartarle el pelo alborotado de la cara y mirar esos ojos grises que brillan incluso en la oscuridad del dormitorio.
Esos ojos que me cautivaron desde el principio.
Me pongo de rodillas, levanto su camiseta rosa, acariciándole el vientre con mis manos, hasta quitársela de encima.
Debajo lleva un sujetador del mismo color, de encaje, por el que puedo ver perfectamente la oscuridad de sus pezones erguidos para mí.
Los muerdo sobre la tela suave y se estremece bajo mi cuerpo. Siento un tirón en la entrepierna.
Celeste lleva unas manos temblorosas a mi espalda y sujeta mi camiseta, acelero el proceso y la tiro a un lado. Vuelvo a besarle los pechos, las clavículas y el estómago. Sus uñas recorren mi espalda, mis costillas, mis hombros y mis bíceps.
Tengo el corazón a doscientos por minuto.
Va a darme un puto infarto. Pero joder, qué forma tan gloriosa de padecer uno.