5
—Ahora mismo esto lo deseo mucho —dice cerca de mi boca, enviando a la mía su aliento cálido con sabor a vino.
Asiento y con el brazo la empujo a mi entrepierna con fuerza. Dios, quiero arrancarnos la ropa y hacerme con su cuerpo hasta que ambos estemos saciados. Hasta que no podamos más, hasta que no queden minutos en el reloj.
Miro esos labios carnosos, rosas y perfilados, y me tiro sobre ellos.
El placer de arrasar su boca, y sentir cómo deja que se cuele mi lengua, me estalla con fuerza en el pecho.
El corazón sigue acelerándose y, aunque sé que debería separarme para que me bajen las pulsaciones, me es totalmente imposible.
La beso, con ansia, con deseo y necesidad.
«Esto no puede ser normal».
Paso las manos por su espalda, quitándole la camiseta, y por encima del sujetador también blanco. Me vuelve loco este color en su piel. Enredo el dedo en la tira, delirando por bajárselo y meter la cara entre sus pechos. Casi descubro cómo sería, pero entonces su teléfono suena.
—Olvídalo —gruño y le muerdo luego el labio, haciéndola jadear. Qué delirio.
—Podría ser importante, alguien de mi familia. Será un segundo.
Asiento a regañadientes, dejo que se gire y estire el cuerpo para coger su móvil. Mientras, me aseguro de seguir apretando mi duro miembro contra su ardiente centro.
Atiende la llamada y pregunta quién es —lo que me dice que no tiene el número guardado—. Pero la rigidez de su cuerpo es lo que de verdad llama mi atención.
Bueno, eso y cómo cuelga la llamada rápido y tira el aparato sobre el cristal de la mesa.
—Eh, oye, ¿qué pasa? —Sostengo su cara entre mis manos y la observo. Noto cómo sus ojos dejan de enfocar y, de golpe, se levanta. Se queda de pie y agarra el teléfono de nuevo con las manos temblorosas. Me pongo también de pie y la sigo hasta el dormitorio—. ¿Qué ocurre, darling?
Sus ojos vidriosos me encogen el pecho. Lo peor es lo siguiente:
—Déjame, por favor.
Cuando la puerta se cierra en mis narices, algo parecido al vacío se instala en mi interior. Experimentar cómo me hubiese gustado que me pidiese justo lo contrario me hace dar un paso atrás. Mientras recojo, no puedo dejar de darle vueltas a qué la ha asustado tanto. Quién le da tanto miedo.
Me quedo solo en medio del salón, en silencio, como si estuviese abandonado cuando hace tan solo unos minutos la risa de Celeste lo llenaba todo. Tengo que averiguar cuál ha sido el jodido motivo por el que se ha escondido de mí.
—¿Que te llamó anoche? —preguntan al unísono Gin y Jorge.
Asiento efusivamente, asustada, agobiada y con unas ganas de llorar que no desaparecen ni aunque me haya pasado toda la noche llorando.
Para relajar mi ansiedad, he llamado a Marta, mi psicóloga.
Bueno, dejó de serlo hace años, pero puedo llamarla siempre que tenga una crisis imposible de controlar.
Luego he hecho una videollamada con ellos y he roto a llorar de nuevo con fuerzas cuando he visto el rostro soñoliento de mi prima y a mi hermano pequeño pasarse una mano por el pelo mientras me miraba a los ojos a través de la pantalla, sabiendo perfectamente que ocurría algo.
—¿Cómo sabes que es él? —pregunta Jorge con los dientes apretados.
Miro al frente, arropándome con la manta gorda que me cubre el cuerpo, y me percato del cielo nublado que hoy también cubre Windsor.
El frío se cuela por el porche, estirándome la piel. Recuerdo todas las veces que ha sucedido esto, aunque ya hacía un año que no me llamaba.
—Solo lo sé.
—¡«Solo lo sé» no me sirve, Celeste! —brama mi hermano, moviéndose en el colchón.
—¡No me hables así! —me defiendo apretando el móvil entre los dedos.
—Por favor, tengamos la fiesta en paz, son las seis y media de la mañana —murmura mi prima, haciéndome recordar que…
—Buenos días, darling. —Escucho decir tras el ruido de la puerta al abrirse.
Doy un respingo en el columpio y espero que esos dos no quieran comentar, precisamente ahora, cómo se ha dirigido a mí Connor.
El estirado del que jamás he querido saber nada, del que ahora no puedo evitar ansiar un beso cada vez que estamos cerca el uno del otro, me mira desde la puerta que da al porche.
Tras un momento, camina hacia mí.
Va vestido esta mañana con un traje gris, con líneas de una tonalidad más oscura, una camisa azulada debajo y una corbata Oxford, y me coge la barbilla con los dedos para que lo mire. Puedo ver en su rostro que quiere hablar de lo de anoche.
—Buenos días —susurro, atacada de los nervios, con la sangre bombeando en mis oídos por cómo me mira los labios.
Me da un pico suave y cálido. Tan cálido que el frío que tenía impregnado en la piel ha desaparecido.
«¿Cuándo hemos empezado a besarnos de esta forma tan natural?»
, me pregunto con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—¿Qué haces levantada tan temprano? ¿Todo bien?
Su voz suena a que quiere que se lo cuente, pero ¿cómo? Ni siquiera sabía que quería besarme todo el tiempo, no puedo soltarle ahora toda la mierda que no me deja ser una mujer normal.
—Sí. — Trago saliva cuando sus ojos se oscurecen un poco.
Me acaricia la mandíbula con el pulgar y me besa la frente con ¿cariño?
¿Qué se ha tomado esta mañana?
—Bien. Voy a preparar té. ¿Quieres? —Asiento y me deja sola con cuchicheos sonando detrás de mi espalda y el corazón muy vivo. Me pongo el móvil frente de la cara.
—¿Darling? ¿Todo bien? —repite Gin y en su voz se aprecia terroríficamente lo emocionada que está.
—¿De qué cojones iba eso? —En cambio, Jorge parece malhumorado.
—Por favor, olvidémonos de esto.
—¿Cómo, Celeste? Connor ha sido… ¿cómo decirlo? —Mi prima me mira con ojos pícaros—. ¿Sensual contigo?
—¡Gin! —se queja mi hermano.
—Por favor, chicos. Os lo contaré todo más tarde. —Se me quiebra la voz y eso llama la atención de ambos.
—Lo siento, cuchi. —Me paso la mano por los ojos. Mi hermano me observa, siento la ira en su mirada y su nariz se ha dilatado. Sé lo que significa.
—Jorge…
—Ni Jorge ni pollas, Celeste. Voy a acabar con el cabrón de nuestro padre. Tenlo por seguro. Esta vez no va a haber miramientos, lo siento si la yaya puede sufrir con esto. Necesito verlo entre rejas, cueste lo que cueste.
Un rato más tarde, consigo apaciguar mi inquietud y me refugio en mi dormitorio antes de reunirme con Connor para tomar el té.
Al salir e ir a la cocina, me encuentro con Sky en sus brazos. Sonrío, por alguna razón lo hago, y él me devuelve el gesto. Me acerco para tocar la cabecita peluda de nuestro compañero de casa y un brazo fuerte me rodea la cintura, apretándome contra su cuerpo.
—¿Estás mejor? —pregunta en voz baja, pasándome los dedos por el cuero cabelludo. Asiento sin mirarlo—. Darling, creí que teníamos una tregua.
—Y la tenemos, no dejamos de tocarnos y besarnos a pesar de odiarnos —contesto a la defensiva por su repentina preocupación por mí.
—Oye, yo nunca te he odiado. —Eso hace que lo mire por fin.
—¿Te recuerdo el verano?
—Solo me siento desafiado por ti. Todo el maldito tiempo. —Sonríe de medio lado y todo desaparece a mi alrededor.
Notar que lo dice con dulzura, sin dejar de tocarme y turbándome el juicio, hace que me ponga a la defensiva. Llevamos dos semanas viviendo juntos y no dejamos de besarnos, de actuar como si nos gustásemos.
¿Qué es esto de repente? Asustada, me salgo de su reconfortante y cálido agarre, haciendo que él se ponga recto y se separe de la encimera.
—Pues es lo que hay, ¿vale? Así soy yo. En esto me ha convertido. —De inmediato, me arrepiento de decir eso.
—¿Qué? —pregunta Connor, sin soltar a Sky.
—Nada.
—Darling.
Aprieto los labios.
Odio cuando me pongo así, me siento extraña en mi propio cuerpo. Actúo de esta forma sin querer hacerlo. Detesto el poder que sigue ejerciendo ese malnacido sobre mí a pesar de que nos separa un océano.
—Por favor, Connor —suplico y veo en su mirada que se muere por seguir con el tema, por averiguar qué ocurre, pero no es el momento, así que solo asiente en silencio. No puedo conducir, estoy muy nerviosa, por lo que solo me queda pedírselo—. Necesito que me lleves.
Reacciona rápido, cogiendo sus cosas sin soltar al perro. Yo también cojo las mías y deja que pase por delante de él. Notar la palma de su enorme mano en mi espalda baja hace que sienta que me levanto un poco del suelo entre todos los trozos que soy por dentro.
«¿Qué significa?», me pregunto mientras nos dirigimos a su coche.
«Por favor, Connor».
No he dejado de pensar en ella en toda la mañana, en esos ojos cargados de tristeza y súplica.
He asistido a dos reuniones con dos posibles compradores, he atendido tres llamadas importantes y no he podido quitármela de la cabeza.
He llamado Celeste a la jefa de departamento de marketing cuando le he pedido que suba a las oficinas para hablar sobre la publicidad.
Como si fuese un crío llamando «mamá» a su profesora en el colegio.
Absurdo, pero imposible de evitar. Desde el último beso no ha dejado de aumentar esta curiosidad, estas ganas de más. Lo que ocurrió anoche solo me empuja a querer descubrir qué la asusta tanto. Estoy tan absorto en ello que ni oigo los pasos acercarse.
—¡Hermano!
Me giro dándole la espalda al ventanal, desde donde miraba la librería en la que se pasa todo el día, para ver cómo mi hermano pequeño cruza mi despacho.
Lleva la chaqueta del traje quitada y va sin corbata.
Nunca las usa, en realidad. Tiene ese estilo elegante, y despreocupado a su vez, que esconde lo despiadado que puede llegar a ser cuando está tras su escritorio.
—De verdad, sois como un grupo de chimpancés. —Mel se detiene y mira al techo, pensando—. Que me perdonen los pobres simios, son más inteligentes que vosotros.
—Pero ¿qué te hemos hecho hoy, mujer? —pregunta Dimitri, sentándose en el borde de mi escritorio, dejando caer un pie y balanceándolo con calma.
—Te he dicho que no entrases, tu hermano estaba teniendo una mañana difícil y lleva más de media hora mirando la calle en silencio.
«¿Eso es verdad?», me digo a mí mismo, sorprendido.
—Hoy es noche de hombres, el alcohol ahogará las penas.