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Entonces es cuando me doy cuenta de algo: con apenas dos semanas de convivencia con ella, quiero que me lo cuente.
Quiero saber en este mismo instante cuál es el motivo tan importante por el que no se bebe una copa de vino, pero sí le da un sorbo solo para callarme la boca y no tener que contármelo.
Se la quito de la mano con delicadeza.
—No vuelvas a hacerlo. —Niego con la cabeza, acercándome un poco más a ella, tanto que casi rozo su cuerpo con el mío. Por ahora me vale quitarle el mechón rebelde de la cara y colocárselo tras la oreja—. Nunca hagas nada que no te apetezca. Lo tiraré ahora mismo.
—¿Qué? ¡No! Tiene pinta de ser un vino carísimo.
La miro desde arriba, esta forma de ser suya no tiene nada que ver con la que me demostró en Cádiz.
Me desconcierta su actitud tranquila, sosegada y callada.
Celeste no es ninguna de esas cosas, ella nunca se calla, siempre pelea y no deja que se la mangonee.
¿Cómo de importante es este tema para que actúe de esta forma?
Dejo la copa sobre la encimera de nuevo.
—No vale nada en comparación con mis deseos de que estés cómoda conmigo.
Se agarra las manos, parece que va a decir algo, pero tan solo se gira y sigue haciendo la cena en silencio.
Tomándome esto como que quiere espacio, me dejo caer en uno de los taburetes de la isla mientras ella cocina.
La sensación me atraviesa el cuerpo. Se mueve rápido, aunque sus manos van tranquilas sobre la comida.
No es nada elaborado, pero aun así me basta. Hace algunas cosas más y diez minutos más tarde tenemos dos platos sobre la encimera.
—Sándwiches vegetales, ¿eh? —apunto señalándolos.
—Me hubiese gustado otra cosa, pero ya es tarde. —Hago un gesto de indiferencia con los labios, obligándola a mirar ahí.
—Para la próxima —aseguro, cogiendo los platos y llevándolos al salón. Cuando vuelvo a la cocina, ella reacciona, cogiendo vasos y servilletas.
—Sí, para la próxima —repite con una sonrisa encantadora.
Recogemos las cosas de la cena y limpiamos la cocina. Por un momento creo que va a irse a la cama, pero me sorprendo cuando coge la copa que sigue intacta en la encimera y se sienta de nuevo en el sofá.
—Vamos, todavía es temprano para irnos a dormir. —Me invita a ponerme a su lado con unas palmaditas al sofá. Y lo hago encantado.
Dejo mi copa sobre la mesa de cristal, aunque no estoy bebiendo, y la única luz que nos llega es la de la cocina, detrás de nosotros. En algún momento, ha conectado su teléfono para que suene algo de música de fondo.
Celeste mira su bebida y le da un sorbo más largo que antes, teniendo en cuenta que antes apenas había rozado el líquido con la lengua. Le pongo una mano en la muñeca, llamando su atención.
—Oye, no tienes…
—Quiero. —Asiente varias veces, como si estuviera convenciéndose a sí misma, mirando fijamente el líquido—.
Estoy cansada de no poder. De no hacer lo que quiero —clava sus ojos en los míos y tomo aire— cuando lo deseo.
—Su tono cambia, su mirada también lo hace y eso me enciende de una forma abrumadora.
Despacio, deja la copa en la mesa y se inclina, acercándose a mí un poco más. Como siga así, voy a sentarla en mi regazo y besarla hasta que no tengamos aire que respirar. Otro mechón rebelde y mis malditos dedos van hacia ahí para apartarlo.
Ella cierra los ojos con mi roce. No sé qué me asusta más: lo que creo que esté a punto de pasar o que ambos estemos deseándolo de la misma forma.
—¿Y qué deseas, darling? —pegunto en un susurro, bajando los dedos al cartílago de su oreja. Vuelve a cerrar los párpados.
—Muchas cosas, desde hace muchos años. Pero no sé si estamos en el punto de tregua como para poder contártelo. —Reprimo una sonrisa, esta es la Celeste que conocí, la que no se calla nada.
Mi mano baja hasta su hombro, despacio. Acaricio un lado de su cuello, tocando por primera vez su piel desnuda con la yema de mis dedos; la sensación vibrante que me envía es sensacional.
—Entonces estaré aquí para escucharte cuando lo estemos —murmuro un poco más cerca de su rostro.
—Eso estaría bien —conviene, moviéndose hacia mí.
Mis manos van hasta su cintura y la ayudo a ponerse sobre mis piernas, despacio.
No me creo que esto esté sucediendo, no de esta forma: casi a oscuras, con dos copas de vino sobre la mesa, después de una cena con risas y horas en el reloj cargadas de posibles sucesos para toda la puta noche.
«¿Por qué pasa esto con ella?», me pregunto sin dejar de mirarla.
Cuando su cuerpo se encaja con el mío siento la presión de mi erección. «¿¡Qué cojones!? ¿Tan rápido?».
Celeste me mira al darse cuenta y, para mi absoluta sorpresa, pone las manos alrededor de mi cuello y hace presión hacia abajo. Echa la cabeza hacia atrás, disfrutando. Y no dejo de alucinar. No lo dudo y le beso la garganta, tenía muchísimas ganas de hacerlo. Después le muerdo el cuello despacio.
Joder, el corazón me va a mil por hora y temo que me pregunte por el reloj. Es como si por fin tuviese en las manos lo que llevo esperando toda mi jodida vida. Subo a su mandíbula, haciendo que baje la cabeza con tranquilidad y que el gris de sus ojos se mezcle con el azul de los míos.
Esto es… Dios… esto es increíble.