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No escucho muy bien lo que dice Brenda cuando se levanta, ni escucho la música desde el altavoz que enciende cada mañana cuando abre.
Es como una espiral que se ha creado entre nosotros hasta que Lucy ladra y rompe el momento.
—¿Quieres que cenemos juntos hoy? —suelto de golpe, sorprendiéndome a mí, a Connor y creo que a la pequeña Lucy, que ahora nos mira con la cabeza ladeada. Intento arreglarlo—. Ya sabes, te dije que quería compensarte por lo del taller. Si no tienes que salir…
Su mano, enorme, cálida al tacto a pesar del frío que hace en la calle, se pone sobre mi rodilla. Su dedo pulgar la toca por encima de la media, el resto de la mano está sobre el vestido.
Siento un apretoncito y levanto la mirada estupefacta hacia la suya, tranquila y con una intensidad nueva.
—Me encantaría, darling. —Tras una sonrisa de caerse de espaldas, se levanta y coge su maletín—. Nos vemos en casa.
—Claro —murmuro atónita y con el corazón a mil.
Brenda espera unos segundos antes de dar saltitos felices, con los puños de su jersey de lana rojo escondiendo sus manos.
—¡Qué intenso! —exclama emocionadísima.
Me levanto del sofá para ir hasta ella y obligarla a dejar de saltar antes de que todas estas personas serias se vayan por estar rodeadas de alegría y felicidad.
También intento distraer a mi mente y a mi corazón de todas las mariposas que están revoloteándome en el estómago, como si tuviera quince años y estuviese babeando por Chad Michael Murray en Una cenicienta moderna.
Cuando llego a casa, siento cosas desconocidas en mi interior, como unos nervios que se apoderan de mí sin poder controlarlos. Ni siquiera acariciar a Sky un buen rato y recoger sus cosas me han tranquilizado; quizá necesite un trago. «No debes», me dice la voz de mi doctora.
Camino por el pasillo, pensando en todo esto, cuando me llega la fragancia de Celeste.
Detengo los pasos delante de su puerta, no más abierta que un hilo.
Asomo la cabeza en el interior, diciéndome que esto está mal.
Pero bueno, cenar con ella, besarla dos veces y querer hacerlo todo el tiempo también lo es, y no dejo de tropezar con los mismos deseos una y otra vez.
Así que… Estar aquí es como bañarme de ella.
Las almendras dulces mezcladas con el perfume que utilizó esta mañana me hacen cerrar los ojos un instante y aspirar despacio.
Huele tan bien. Echo un vistazo rápido a mi alrededor, hacía muchos años que no se usaba esta habitación.
Demasiados. Verla de nuevo habitada y tan colorida me golpea el centro del pecho.
Salgo de inmediato y entro en mi despacho. Oscuro, solitario, con olor a limpio y madera por el mobiliario. Voy a la mesita donde tengo el whisky y me echo dos dedos en el vaso; me lo bebo de un trago.
Repito el proceso, pero esta vez me siento sobre el sillón de piel que hay al lado de la mesa. Echo la cabeza hacia atrás, apoyo los brazos y sujeto el vaso con una mano en el aire.
«No deberías beber alcohol, casi te da un infarto». Aprieto el vaso.
«Deberías tomártelo con calma». Lo levanto.
«Esta enfermedad es hereditaria». Me lo llevo a los labios.
«El tratamiento puede ayudarte, ahora lo está haciendo, pero no te saltes una dosis. Nunca». Doy un trago de nuevo.
Todavía estoy en el sillón cuando anochece y me levanto al darme cuenta de que Celeste puede estar al llegar.
Me doy una ducha rápida, me pongo cómodo y…
no sé qué hacer. Me quedo en medio del pasillo, mirando mi casa como si fuese un desconocido.
De pronto, no sé qué cojones hacer mientras espero.
Normalmente uso el gimnasio, me meto en el despacho a trabajar y luego en el dormitorio.
Nunca espero a que alguien llegue a casa. «¿Cómo cojones se hace eso?».
Saco el teléfono del bolsillo y marco un número.
—¿Sí?
—Charles.
—¿Qué pasa? Tienes la voz ahogada, te… ¿te encuentras bien?
¿La voz ahogada? Me llevo una mano al pecho, estoy alterado.
—Sí, solo quería… solo quería preguntarte algo.
—¿Estás nervioso, O’Brien?
¿Lo estoy? Joder. Tomo aire.
—¿Qué haces cuando quedas con ella y tienes que esperar a que llegue a tu casa? —Hay un silencio espeluznante al otro lado. No me puedo creer que esté haciendo esto. Un ruido llama mi atención y veo a Sky venir hacia mí. Conque inspecciona la casa, ¿eh?
—Joder, Connor. Me pongo de los putos nervios y mi apartamento de soltero jamás ha tenido tantos metros cuadrados para caminar. La última vez la esperé en la puerta como un puto psicópata. Siéntate en el sofá y desea que llegue. —Eso me sorprende. Nunca hablamos tan abiertamente de estas cosas.
—Llevas meses acostándote con ella, Charles. Ya deberías haber bajado el ritmo, ¿no?
—Cuando te digo que siento que es algo más, lo es. Y cuando es algo con lo que tienes esperanzas… amigo mío… ni en cien años dejarás de ponerte nervioso al esperarla.
Me despido y cuelgo. Espero que estas emociones se vayan a la mierda cuando vuelva a besarla y se me quite la curiosidad. O al menos con eso es con lo que intento tranquilizarme mientras la espero en la puerta como un puto psicópata.
Estoy perdido. Sí, maldita sea. Lo estoy porque, al escuchar el motor del coche, decido no estar en la puerta cuando la abra, y me apoyo en la encimera para disimular. Me siento patético, pero alegre de verla. Sonrío mucho, lo sé, debe estar notando que algo me pasa. Yo nunca sonrío tanto.
Quiero parar de mirar su cuerpo mientras deja el abrigo en su sitio y se pone cómoda, pero es imposible.
El único alivio que siento es cuando me deja solo para ir a darse una ducha.
Pero la maldita presión en el pecho, y en mis pantalones, vuelve al oír el agua correr.
Me hormiguean las piernas por no estar yendo hacia allí y meterme con ella debajo del agua.
«¿Sería tan fácil como eso?»
Cuando me preocupo por si estoy sufriendo otro amago de infarto por fantasear, al verla volver vestida con unos pantalones cortos de chándal color gris, una camiseta térmica por dentro, unos calcetines altos y el pelo recogido con una pinza de forma desenfadada, los pulmones se me cierran.
—Voy a preparar la cena, ¿tienes hambre? —La miro abrir el frigorífico, con un hambre voraz.
«Por supuesto que sí, estoy hambriento».
Entonces saca la cabeza de la nevera y me mira para comprobar por qué cojones no le estoy respondiendo.
—Sí, claro que sí. ¿Qué tienes pensado? —respondo, tragando saliva.
Decido que estar comportándome de esta forma es absurdo. Tengo mujeres desnudas delante de mí por doquier, no pienso permitir que ella me altere. O al menos que note que lo hace.
Abro una botella de vino blanco de la pequeña bodega que tengo en una de las paredes de la cocina. Saco dos copas del mueble y las lleno con un poco de Château d’Yquem. La suya más que la mía. Debido a que no puedo beber, aunque siempre lo haga.
Celeste la observa.
—¿Qué? —Me intriga que la mire como si fuese algo descabellado.
Deja todos los preparativos sobre la encimera.
—Nunca bebo… menos aún en casa.
Eso llama mi atención. Me acerco un poco y dejo su copa cerca de la verdura que está troceando.
—¿Puedo saber por qué? —insisto, mojándome los labios con la bebida.
Titubea, ¿lo está haciendo? ¿Por qué? Mira la copa varias veces, luego a mí y, para mi desagrado, la coge y le da un sorbo ridículamente corto.