Todo lo que deseo 4 #3
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—Quiero conocer al caramelito con el que compartes casa. —Las palabras de Dimitri hacen que deje de reírme.

Doy un paso hasta él y las puntas de las varillas de nuestros paraguas chocan.

—No vuelvas a dirigirte a ella así. Y ni si quiera pienses en tocarla. —Respiro con fuerza, no soy consciente del tono que he utilizado y de lo que he dicho hasta que los veo mirarme.

—Pero ¿qué pasa? —se sorprende Duque.

—Tengo que irme —declaro, malhumorado. Y, sin esperar nada, me dirijo a la librería.

—¡Nos vemos el viernes! —grita mi hermano.

—Y también mañana, cabeza de chorlito. —Es lo último que escucho de Charles antes de cruzar la calle.

La puerta acristalada se abre cuando la empujo con la palma de la mano. Celeste está de espaldas y Brenda parece coger un libro de la parte baja de una de las estanterías.

La perra que siempre está en la puerta me empuja las piernas para saludarme.

—Pues sí, el chico del concesionario me ha dado su número de teléfono. —Escucho decir a Celeste, y eso hace que me olvide del perro.

—Eso se llama ligar en cualquier parte del mundo, chica —le dice Brenda, con la voz ahogada de hacer esfuerzos al coger lo que sea que está buscando.

—No sé, no estoy preparada.

Me quedo atrás sin moverme; están tan absortas en la conversación que mantienen que no han oído la campana.

—¡Prueba! No seas ñoña, Celeste. Quién sabe, quizá un polvo sea todo lo que necesites para quitarte de encima la presión de quedarte sin el apartamento donde ibas a vivir y la tensión del cambio de aires que has tomado. Es una suerte que la librería esté vacía.

—Bueno… no sé.

La sola idea de que se lo esté pensando me vuelve colérico. ¿Quedar con un tío? ¿Para qué? Creía que Gin había dicho que su prima no tenía relaciones. Por no hablar del insensato del concesionario, que se ha atrevido a darle el número. Tendré que decirle un par de cosas.

Doy un paso atrás al descubrirme pensando todo esto.

¿Quién cojones me creo que soy? Esto tiene que parar como sea.

Y creo que la única forma de detenerlo es quitarme esta estúpida necesidad de besarla de nuevo.

Debe ser un puto capricho más, como todas esas mujeres con las que me acuesto.

Sí, Celeste es un calentón más que no me deja pensar.

Solo tengo que extinguir el fuego que me crea por todas partes para que la curiosidad se disipe.

Carraspeo cuando creo que he oído suficiente y ella se gira hacia mí, igual que Brenda lo hace desde el suelo.

—¡Hola! —me saluda con una sonrisa que no había visto antes. Sí que le ha hecho feliz que el idiota ese le diga cuatro estupideces.

—Hola. —Yo no estoy de tan buen humor. Y no sé por qué.

Como no le respondo con otra sonrisa radiante, se da la vuelta un momento y vuelve a mirarme. Algo cambia en mi interior al descubrir que no me gusta provocarle lo que reflejan sus ojos por mi humor de perros.

—Esta es Brenda. —La chica se levanta y se pone a su lado.

—Sí, ya nos conocemos. —Celeste no entiende a qué se refiere y arruga las cejas—. Vino a buscarte cuando te fuiste sin avisarlo.

—Sí, ese mismo día —afirmo.

En realidad, yo la conozco de mucho antes. También los chicos, todos lo hacemos. Es Brenda Davis, estadounidense, de veintiséis años. Lleva alquilando este local desde hace años, la setter inglés que siempre la acompaña apareció poco después de que abriera la librería.

—¿Connor?

—¿Qué? —pregunto despistado.

—Te decía que Brenda irá a tu casa este viernes.

Joder, lo que me faltaba. Ahora no puedo decirle que no, le expliqué ayer que no tenía que preguntarme nada, solo invitar a sus amigas. Pero nunca imaginé que los míos coincidirían con ellas.

—Me parece perfecto, será un placer tenerte en casa, Brenda.

—Gracias —dice la chica sonriendo.

Me centro en Celeste, algo de lo que me arrepiento enseguida. Ver su rostro y su figura, y pensar en ese tipo con ella, me vuelve histérico. Imágenes que no existen me martillean la mente, pero me digo una y otra vez que yo hago eso mismo con otras mujeres. No soy nadie para estar sintiendo esto.

—¿Tienes algo que hacer en la ciudad? —le pregunto. Está lloviendo muchísimo y no me fío de que conduzca sola con el coche recién arreglado.

—No, pero tenía pensado quedarme a cerrar con Brenda. Llueve mucho y no quiero que se quede sola. —Da un paso hasta mí y veo algo en su mirada que no consigo descifrar.

—Vuelve a casa, yo no tardaré.

Me da un maldito vuelco al corazón. «Vuelve a casa, yo no tardaré». Joder, joder.

—No te preocupes, tengo cosas que hacer en la oficina. Te espero y así voy detrás. Tu coche acaba de salir del taller y me sentiría más seguro si voy cerca. —Espero no estar pareciendo un patético niño frente a la tía buena del instituto.

—Genial, te avisaré cuando esté lista para irnos.

No me pasa desapercibido cómo se centra en mí, en sonreírme, mientras hace una bola del papel amarillo que le enseñaba antes a Brenda y se lo guarda en el bolsillo del vaquero sin prestarle atención.

Una sensación delirante me golpea la frente y la caja torácica mientras cruzo de nuevo la calzada para dirigirme a mi edificio —aunque no tenga nada que hacer—, donde la esperaré hasta que termine.

La dinámica en la casa ha cambiado notoriamente.

Ahora nos saludamos si nos cruzamos, compartimos algunas risas por las nuevas habilidades que va descubriendo el pequeño Sky e incluso estos días hemos hablado de nosotros.

Connor me ha contado alguna tarde cómo le ha ido la mañana en el trabajo y yo a él cómo me ha ido la mía.

Eso sí, sin rozar los límites. No sé por qué, pero de alguna forma hemos puesto muchos de esos y a veces quisiera que desaparecieran.

Aun así, estos tres días, en los que estamos llevando al pie de la letra eso de «enterrar el hacha de guerra» como decidimos el domingo, nos va bien.

Yo cada vez me siento más cómoda compartiendo la casa con un estirado, atractivo, serio y gruñón, y con Sky.

Quién me lo iba a decir.

Como ya tengo mi coche, no es necesario irme con Connor a la ciudad cuando él sale, así que vuelvo a mi rutina de yoga en el porche, aunque la lluvia de hoy me salpique un poco desde fuera por la fuerza del viento.

Mis ejercicios me llevan una hora, una hora que me hacía mucha falta y que me destensa enormemente.

Recojo la esterilla rosa que utilizo y la enrollo para guardarla en el gimnasio.

Justo cuando entro en la casa, Sky está haciendo sus necesidades en el empapador.

—¡Bien, Sky!

El pobre se asusta, pero es que me he emocionado muchísimo. Estamos enseñándole a que no haga sus necesidades en el suelo mientras tiene la patita recuperándose para después poder enseñarle a hacerlas fuera.

Me agacho hacia él y lo cojo para besarle la cabezota.

Miro la hora en mi móvil y descubro que son las nueve de la mañana, así que voy a mi dormitorio con Sky en brazos y lo dejo sobre mi cama.

Escojo un vestido midi de lana en tono azulón, me protejo las piernas con unas medias negras, me recojo el pelo con una trenza, dejando algunos mechones del flequillo sueltos, y en la puerta me calzo unas botas marrones de tacón fino.

Una vez preparada, me subo al coche, que se queda en el otro aparcamiento que hay al lado del de Connor. Con la calefacción a tope y música de fondo, pongo rumbo a la librería.

Después del almuerzo, como cada día desde hace una semana, me doy cuenta de que el equipo de Connor sale a la calle.

Normalmente están tapados por sus paraguas.

Pero hoy la lluvia ha decidido darnos una tregua, por lo que puedo verlos a todos: dos hombres altos y de pelo oscuro, de buen porte; luego está Charles, con la misma complexión, aunque algo más bajo que los otros, y rubio como Connor.

Las dos mujeres elegantes de siempre, con el cabello suelto y una figura atractiva y segura, enfundada en trajes de chaqueta. También está Connor, antes no solía salir con ellos.

Es algo nuevo.

Se dirige hacia aquí después de despedirse.

Las chicas empiezan a caminar, pero los hombres miran en dirección a la librería un poco más antes de tomar direcciones contrarias.

—¿No ha intentado besarte una tercera vez? —me pregunta Brenda, sacándome de mis pensamientos indecentes al observar cómo Connor cruza la calle con esos andares firmes y cargados de poder.

Ella ya está apoyada en el respaldo del sofá; su interés acaba de desaparecer en el interior de un imponente Range Rover negro, de motores bastante potentes y que, teniendo en cuenta las pintas del conductor, posiblemente cuente con acabados SV,

lo que representa una personalidad extrema y un alto rendimiento; vamos, un SUV de lujo con pinta de ser el top de la gama de este mismo año.

—Por supuesto que no. —Brenda suelta una risa estruendosa ante mis palabras, como si fuesen un chiste.

Resoplo y me pongo de brazos cruzados, siendo consciente de que no queda nada para que Connor llegue hasta aquí.

Cuando la puerta se abre y suena la campanita, avisándonos de que ya ha entrado, escucho que Brenda susurra muy cerca de mí:

—Pues siempre te mira como si quisiera comerte.

Connor se acerca a nosotras, con Lucy pegada a sus piernas; parece que no solo nosotras nos damos cuenta de su atractivo. Nos saluda de una forma tan simpática que me resulta extrañísimo.

Más incluso que se siente a mi lado en el sofá, mire a Brenda y se interese por cómo va la librería.

—Va muy muy bien, gracias por preguntar. Ahora estoy dándole vueltas a un proyecto para el que necesitaré la ayuda de una psicóloga de confianza.

—¿De mí? — Doy un saltito por la sorpresa al sentir que me da con el codo en las costillas. Me llevo la mano al centro del pecho.

—Seguro que te será de mucha ayuda —interviene Connor, que deja su maletín a un lado, en sus pies.

—¿No eras tú el que criticaba mi trabajo por hacer terapia de parejas? —ataco, entrecerrando los ojos.

Una media sonrisa, intrigante y muy canalla —esto último nunca lo había visto en él— se forma en sus labios, rodeados por la barba dorada que tiene tan perfectamente recortada siempre.

—Estoy descubriendo muchas cosas últimamente.

El azul de sus ojos, más intenso que nunca, me envuelve y por un momento solo estamos nosotros.