4 #2
—Sí, quizá le diga de vernos esta semana —le explico a mi prima sin mirarla, solo centrándome en esa mirada dura y sexy que Connor me está dedicando.
Me doy cuenta de cómo aprieta la mandíbula y hago acopio de mis fuerzas para no recorrer su más de metro ochenta y cinco de músculos que sé que esconde debajo del chándal que lleva puesto.
Unos segundos más, en los que escucho de fondo a Gin parlotear, y el Estirado se marcha sin decir nada.
Parece que ha surtido efecto el siguiente paso temerario que he tomado desde que vivo aquí. Ahora solo me queda averiguar por qué al acomplejado del lord le importa con quién me vea.
Después de hablar con mi prima, Guzmán y Camila, lo hice con Jorge y la abuela.
También con Brenda y hemos charlado sobre la noche de chicas que programamos hace días.
Y eso me ha llevado a la conclusión de que no puedo estar sin hablarle a Connor para siempre, al fin y al cabo, esta es su casa y…
si quiero hacer cosas como quedarme con un perro… tengo que pedirle permiso.
Por eso ahora estoy levantándome del sofá, en el que llevo toda la tarde sentada, disfrutando del final del libro que me pillé en el aeropuerto, acompañada de un chocolate caliente, y un cielo nubladísimo de fondo, al otro lado de la ventana.
Por donde puedo verlo a él sentado en el columpio colgante.
Si alguien me hubiese dicho que el mismo inglés que pasó con nosotros parte del verano en Cádiz iba a ser un hombre que usa chándales para estar cómodo, no entra con zapatos en casa y disfruta del clima de su país en un columpio en su porche, me habría descojonado en su cara.
—Hola. —Espero a que me mire y, cuando lo hace, intento sonreírle en son de paz. Estoy algo nerviosa—. ¿Puedo?
Connor mira el hueco que hay a su lado, posiblemente pensando que estoy chalada por querer sentarme con él. Echa un vistazo a la manta que llevo en el brazo y al libro que sujeto con la mano libre. Tras pensárselo, tanto que casi me doy la vuelta, asiente.
Me acomodo en silencio, subo las piernas y me pongo la suave manta encima. El libro descansa sobre mi regazo y, cuando creo que voy a preguntarle por la visita de Brenda, nos sumamos en un silencio sorprendentemente cómodo. Me limito a disfrutar del paisaje verde y despejado que tengo delante.
Sky lloriquea al otro lado de la puerta y, sorprendiéndome de nuevo, don Estirado se levanta y vuelve con él en sus brazos.
El perro se acurruca entre los dos, que ahora estamos mirándolo.
Connor tiene el rostro más relajado de lo que suele tener, mucho más que hace unas horas en la cocina.
Cuando nuestras miradas se encuentran, siento de nuevo la chispa que sus ojos me trasmiten.
—¿Qué necesitas? —pregunta con un tono de voz tranquilo, calmado. Me tomo un momento, no sé por qué estoy tan nerviosa.
El corazón se me ha acelerado en algún momento y la situación en la que nos encontramos los tres, como si Connor y yo fuésemos amigos, como si esto fuese el inicio de una tregua… me tiene ansiosa por alguna extraña razón.
—Verás, ya sabes que he conocido a una chica estos días: Brenda. —Asiente sin dejar de acariciarle la cabeza a Sky—. Pues, quería saber si… si puede venir aquí.
Enarca las cejas y sus dedos recorren el cráneo peludito de nuestro perro. «¡Wow! ¿Nuestro? ¡Para el carro, señorita!». Parpadeo, atónita por este pensamiento.
—¿Una Cazorla quedándose sin palabras? No doy crédito.
Me toma unos instantes darme cuenta de su broma. De golpe, estallo en una de mis risas escandalosas, pero me detengo abruptamente por el ruido, temiendo que me mire como si fuese un bicho raro. En cambio, sorprendiéndome de nuevo, consigo robarle una leve sonrisa.
—Vaya, pero si el Estirado sabe bromear. —Connor cierra los ojos sonriendo. Cuando los abre y sus pupilas negras se centran en mí, siento el calor que transmiten.
—Ya te dije que no me llamaras así. —Como si hubiese llegado a una conclusión en su mente, mira al frente—. Pero ¿quién puede hacer que el temperamento Cazorla disminuya un poco?
—Supongo que nadie —digo bajito.
—Bien, es uno de vuestros encantos.
Sus palabras me sobrecogen
. Lo observo detenidamente, de perfil, tranquilo en este columpio, sin la mordacidad en sus palabras, sin tirarnos los tiestos y con el frío de noviembre en Londres… Connor se ve diferente
—No necesitas pedirme permiso para nada.
—Gira un poco la cabeza hacia mí y acaricia de nuevo a Sky.
Siento como con su otra mano libre acaricia la punta de los dedos de mi pie, que está debajo de la manta.
Es un gesto tan natural que me eriza la piel—.
Siéntete como en tu casa. Enterremos el hacha de guerra, darling.
Asiento varias veces con la cabeza, la misma que me da vueltas sin parar por este momento que hemos compartido. No sé si significa algo bueno o da pie a algún tipo de error. Solo sé que… me gusta.
Connor mueve la cabeza de forma afirmativa una sola vez y, tras lo que me parece una mirada muy fugaz a mis labios, vuelve a centrarse en el paisaje. Con una sonrisa, abro el libro sobre mis piernas y empiezo a leer.
«Vaya, el silencio compartido con otra persona y un perrete no tiene nada de malo».
—¿Te falta mucho?
Me agacho para despedirme de Sky, esta bola de pelo rizada, marrón y negra me cae demasiado bien.
Una vez, aquí hubo una mascota, hace muchísimos años.
Sienta bien que esa pequeña porción de lo que este lugar fue una vez esté resurgiendo.
Aunque lo que más me desconcierta es que la causante de eso es Celeste.
—Ya estoy lista.
Me levanto para poder marcharnos y tengo que darme un golpe mental, bien duro, para que la cara de estúpido que siento desaparezca. Soy un jodido tipo de negocios, despiadado en las reuniones y que genera millones de libras.
Una mujer no puede noquearme de esta forma.
Pero si esa mujer es la que tengo ahora delante, despidiéndose de un animal que rescató en la carretera cuando ella misma estaba en apuros, vestida con un jersey blanco de cuello alto, enfundada en unos vaqueros altos y ajustados, y subida a unas botas de tacón fino…
mi entrepierna no puede resistirse. Cuando se levanta con una sonrisa, se echa el pelo detrás de las orejas y me regala una mirada gris dulce, reacciono de golpe y aparto la mirada.
—¿Vamos? —pregunta con un tono risueño.
Desde que decidimos empezar a convivir como adultos, está más relajada.
«Si la beso, ¿se derretiría entre mis brazos aún más de lo que ya lo hacía antes, cuando no dejábamos de discutir?», me pregunto en un momento de poca lucidez y maldigo en voz baja por ello.
No hay quien me entienda últimamente. Un poco malhumorado por las idioteces que mi mente no deja de recrear, subo a mi Aston Martin y pongo la calefacción mientras espero a que Celeste suba también. Ya me he percatado de que es muy friolera. «¡Aunque a mí no me importa una mierda!».
Cuando se sienta, el perfume habitual a almendras dulces que su cuerpo desprende me embriaga y se hace con todo el maldito espacio.
Aprieto los dientes, descubrí que el olor provenía de su piel al besarla.
Mis nudillos se ponen blancos al sujetar el volante, odio preguntarme cuántas más cosas descubriré de ella si me acerco, si la vuelvo a besar, si la hago sonreír un poco más o si hago que se sienta cómoda aquí.
—Estirado, que llegas tarde al trabajo. —Su advertencia me trae de vuelta, no me molesto en repetirle que no me llame así. No conseguiré nada. Tampoco es que me fastidie tanto ya.
Cuando bajo la cuesta del garaje subterráneo del edificio de O’Brien Group, Adele empieza a sonar en la radio.
I miss you envuelve el interior del vehículo y, a pesar de escuchar a esta mujer desde casi sus inicios, jamás había prestado atención a sus letras de esta forma tan absurda.
Me tiro a mujeres al azar en el Seduction, no analizo las letras románticas de las canciones.
—Espero que el coche no vuelva a tener problemas. —Por alguna razón Celeste se gira en el asiento hacia mí, intento no fijarme mucho en cómo el jersey hace presión en sus pechos—. Gracias por tirar de tus contactos y conseguir que esté listo en unos días. No sé cómo agradecértelo.
«Yo tengo varias formas».
Apago el motor del coche y la radio deja de sonar por fin.
—Llámame si necesitas algo en el concesionario. O para cualquier otra cosa.
Su sonrisa estira esos labios gruesos embadurnados en un bálsamo que los hidrata de manera exquisita. Quiero saber si tienen sabor a fresa o a melocotón…
—Gracias de nuevo, Connor.
Su mano aprieta la mía y odio cómo me excita su contacto.
Me bajo del coche más rápido de lo que educadamente debería haber hecho, pero necesito salir de ahí.
Necesito no estar encerrado en el mismo espacio que ella con ese olor dulce y esos labios.
Me despido cuando subimos al vestíbulo de mi edificio y la acompaño a la salida.
La observo cruzar la calle y solo entro cuando compruebo que la puerta verde menta de la librería de su nueva amiga se cierra tras ella.
Tras una jornada muy intensa, Duque, Charles, Dimitri, Alexandra, Mel y yo salimos del edificio para poner fin a esta locura de mañana.
La lluvia ha arreciado hace unas horas y no ha disminuido.
Las chicas se despiden de nosotros bajo sus paraguas negros.
Tengo que darle un codazo a Charles para que aparte los ojos del trasero de mi secretaria.
—¿Qué? —protesta mientras abre su paraguas.
—Resulta patético —me quejo y abro el mío.
—Tú lo resultas en ese antro al que vas porque no quieres encontrar una sola mujer con la que hacer todas tus maldades sexuales —farfulla entre dientes. Charles no quiere que se le ataque con el tema.
—¿Quieres cobrar algunos ceros menos a partir de ahora? —lo amenazo, divertido.
—Chicos, calma. No quiero que la noche del viernes se vaya a la mierda.
Todos miramos a mi hermano sin tener ni idea de a qué se refiere. Bueno, la media sonrisa de Duque me hace saber que él sí lo sabe. No me extraña, es el mejor amigo de mi hermano, además de su jefe de departamento.
—¿Qué noche? —inquiere Charles tras unos segundos.
—Vamos a cenar y beber whisky escocés en casa de mi hermano.
—Oh, vaya. ¿Y cuándo os he invitado? —Los chicos se ríen y yo gruño por lo bajo.