Todo lo que deseo 4
28%

4

Los chicos se fueron a su hora, Alexandra y Mel también, pero yo he tenido que retrasarme unas horas para atender unos asuntos en la oficina. Me he pasado toda la maldita jornada pensando en el beso de anoche y en cómo le quedaba mi camiseta. Acentúa la delicadeza que desprende su cuerpo.

Por no hablar de la ropa de deporte con la que me ha dado los buenos días hoy…

El sonido de mi teléfono interrumpe mis pensamientos, miro de quién se trata y atiendo la llamada.

—¡Colega! ¿Cómo te va?

—Bien, estaba a punto de salir de la oficina. ¿Cómo os va vuestro nidito de amor?

—Fenomenal, tío. Gin y yo estamos en nuestro mejor momento. Ya lo sabes, pero me encanta hablar de ella y necesito recordarte que es perfecta, preciosa y maravillosa. —Aprieto los dientes al no pensar en Gin, sino en su prima—. Joder, estoy muy enamorado.

—Ya veo ya —comento mientras cojo mis cosas y me levanto de mi sillón, observando, desde las alturas, la puerta de la librería de esa nueva amiga suya.

—Ya te tocará a ti y vendrás a decirme lo feliz que eres con tu chica. —Su comentario me inquieta y aparto la mirada de la jodida librería.

—Me siento muy bien solo y no necesito, ni quiero, a nadie a mi lado.

Sigo recogiendo mis cosas, a la vez que escucho de fondo cómo Guzmán me repite que soy insensible, frío y ¿saborío? Él y sus insultos españoles.

Ya en la puerta del edificio, con el paraguas negro abierto —que tiene en el mango el nombre de la empresa— para protegerme de la lluvia, decido dejar de escuchar cuántas clases de animales le corren en el estómago a mi amigo cada vez que ve a su novia.

—Tengo que colgarte, me voy a casa y todavía tengo que recoger a Celeste de la librería donde pasa todo el día.

—Menos mal que tiene una amiga. En Madrid, Celeste estaba muy sola y, bueno, a Cádiz no podía arriesgarse a venir. Me alegro de que te tenga a ti y haya conocido a alguien.

Me quedo parado en la puerta, con la lluvia cayendo sobre el paraguas y el teléfono bien sujeto contra mi oreja. ¿Arriesgarse a ir a Cádiz? ¿Qué habrá querido decir con eso?

—Ya, bueno, te dejo. Hablamos pronto.

Cuelgo cuando Guzmán me vuelve a insultar por mi sequedad y me quedo plantado pensando en lo que también ha dicho sobre que me tiene a mí. Me pinzo el puente de la nariz, frustrado. Si tenerme como amigo es besarla y luego decirle que no volvería a hacerlo ni loco… soy un gilipollas.

Me guardo el teléfono y cruzo la calle. Una campana suena sobre mi cabeza cuando entro en la librería y un perro me empuja con su hocico en la espinilla. Me inclino y le acaricio la cabeza.

—Hola, ¿en qué puedo ayudarle?

La chica se acerca a mí y me mira con cautela y desconfianza. Repasa mi vestimenta y el paraguas que estoy dejando en el paragüero. Tiene el ceño ligeramente fruncido, no se fía de mí.

—Busco a alguien.

Su rostro se suaviza y baja los brazos cruzados con lentitud, como si hubiese caído en la cuenta de algo. Una sonrisa que me suena haber visto en las mujeres Cazorla se planta en sus labios.

—¿Busca a Celeste? —Asiento—. Entonces, debe ser usted el Esti… —Alzo las cejas, no puede ser verdad—. ¿Connor?

—Sí y he quedado con ella aquí —explico, dándome cuenta de que no está por ningún sitio.

—Ah, pues ya se ha ido. —«Oh, vaya. ¿No me digas?», relato en silencio. Aprieto las manos, echando un vistazo de nuevo a mi alrededor y cojo el paraguas otra vez.

—Gracias.

—De nada —responde ella, riendo.

Cabreado, cruzo de nuevo la calzada. Me ha dejado tirado, ha hecho que venga a buscarla a la librería para que me digan que se ha largado. Jamás me habían hecho algo así.

En cuanto llegue a casa pienso decirle un par de cosas.

Cuando llego no está y mi cabreo sube doscientos niveles más. Estoy que no me reconozco y no sé qué es lo que me ocurre. Un lloriqueo llama mi atención y me fijo en que el perro está saliendo de una cama enana.

—Eh, ¿dónde vas?

Le acaricio la cabeza y luego lo veo irse sobre lo que parece ser un empapador.

Y también que lleva collar, que está bañado y tiene puntos en la pata.

Voy a la puerta del dormitorio de Celeste y llamo con energía.

También tenemos que hablar sobre todo lo que tiene el perro, ¿significa eso que se lo queda?

—¿Qué quieres? —responde desde el otro lado.

—Ibas a esperarme en la librería.

—Yo nunca dije eso. Tú dijiste que me quedase allí, pero no tengo por qué hacer lo que tú digas. — Abro los ojos, sorprendido. ¿Se está riendo de mí? Apoyo la mano en la puerta, alucinando por su descaro.

—Te dije que no pidieras más taxis, que yo te llevaría. ¿Es que nunca me escuchas? —No me responde.

Me dejo caer en el marco de la puerta a la espera, no pienso dejar que me vacile de esta forma.

No hemos dejado de discutir desde que se alojó aquí, no puedo compartir casa con alguien que no es capaz de llevar una convivencia tranquila.

No es que yo se lo haya puesto fácil. Hace algo de ruido, como si estuviese trasteando por el dormitorio y, al cabo de unos minutos, abre la puerta de forma tan abrupta que me voy detrás del movimiento.

—¿Por qué no dejas de fingir que te importa lo que pueda pasarme?

Ya sé que soy la prima de la novia de tu mejor amigo y que Gin me ha encasquetado aquí, pero no por eso tienes que hacer como que te caigo bien.

Lo que pasó anoche fue un terrible error que no debí permitir que ocurriese, pero no voy a vivir con tu tirantez, arrogancia y aura de superioridad por haber aceptado un buen beso. ¡Un beso lo da cualquiera!

«Así que un buen beso, ¿eh?», me digo antes de ser consciente de que tengo que apartar la mirada del vestido negro, a la mitad de los muslos, que lleva puesto.

Se ciñe a su cuerpo como el mayor delito del planeta. Se me ha olvidado lo que venía a decirle al verla así, con la coleta tan alta y estirada. Además, se ha maquillado, lleva los ojos con una sombra negra que resalta el gris de sus iris. Y tiene los labios rojos.

—¿Me escuchas, Estirado? —Que me llame así me encabrona de nuevo.

Yergo la espalda y me planto delante de ella, haciendo que alce la cabeza para mirarme. Me obligo a no desviar la vista a su boca.

—No me llames así. Y no te estaba escuchando, me lo has puesto muy difícil.

Me percato de cómo traga saliva, se le mueve la garganta de una forma exquisita. También quiero besarla ahí. Es tan cabezota, peleona y contestona que quiero callarla con un beso.

—No digas más idioteces, Connor. No sé a dónde quieres llegar con eso. —Se gira enfadada, con la boca apretada, el rojo en sus mejillas y los ojos airados.

«Yo tampoco lo sé», me digo a mí mismo antes de cogerla por la muñeca para atraerla hacia mí.

Con su cuerpo pegado al mío, Celeste me mira desde abajo, con los labios ligeramente abiertos por la sorpresa.

Confuso, entierro la punta de mis dedos entre su pelo recogido con la goma, y me dirijo a esa boca tan viperina que tiene para robarle el beso que deseo desde esta mañana.

Al principio espero que me empuje e incluso me preparo para un bofetón; si algo he aprendido este verano es que las Cazorla tienen las manos muy largas, pero no ocurre nada de eso.

Todo lo contrario, noto cómo el cuerpo de Celeste se deshace entre mis manos.

Se relaja más de lo que jamás pensé que me pasaría con alguien.

Abre la boca sin resistirse y deja que la inspeccione a mi gusto.

Cierro los ojos tras observarla un poco y disfruto del beso como no he disfrutado ninguno en la vida.

Su lengua me acaricia, se enreda y me incita a estrecharla contra mi cuerpo de nuevo. Me va a explotar la entrepierna. Quiero tumbarla en mi dormitorio y follármela toda la puta noche. Mi mano viaja hasta su trasero y un cosquilleo vertiginoso me recorre la espalda. «¿Qué es esto?».

Mi movimiento repentino la asusta y se aparta agitada. Yo también lo estoy, pero mucho más intrigado por saber qué le ha pasado por la cabeza para que me empuje así. Estoy a punto de preguntarle, pero levanta un dedo en mi dirección.

—¡Deja de besarme! —grita entrando en su dormitorio y cierra de un portazo.

Intrigado por lo que ha ocurrido, pero también divertido por su carácter, exclamo sin poder reprimir una sonrisa:

—¡Deja de aceptar mis besos!

Me responde con un grito frustrado y me voy a mi despacho sin borrar la sonrisa de los labios. Parece que vivir con ella va a ser muy divertido.

El viernes no bebí demasiado, como siempre.

Lo pasé genial con Brenda y Charles; él tiene un buen sentido del humor y sabe cómo salir de fiesta.

Tengo que reconocer que me pasé toda la noche pensando en el segundo beso que Connor me dio, después de haber asegurado que no lo haría más.

No podía dejar de fantasear con sus manos sobre mi cuerpo, sobre mi cara, entre mis…

¡Dios! Estoy fatal.

—¿Está muy gruñón? —pregunta Gin cuando Connor pasa por detrás del sofá.

Menos mal que llevo los auriculares. Me giro para comprobar que no está cerca, solo me falta que me escuche criticarlo con mi prima.

—Es insoportable…

—Dale tiempo, no está acostumbrado a vivir con nadie. Es un solitario como tú. Solo tiene que acostumbrarse.

¿Cómo le digo a mi prima que Connor se acostumbra a esta situación a base de besos sorpresa que me calientan el cuerpo durante varios días?

—Salí de fiesta el viernes, ¿sabes? —Desvío el tema para no tener que seguir pensando en él y sus despiadados labios.

—¿Lo dices en serio? ¡Guau!

—Sí, con Brenda y Charles —explico acercándome a la cocina para coger algo de beber.

—¿Quiénes son?

—Brenda es la dueña de una librería supercuqui.

Es buena, cariñosa y saca ese lado de mí que hace mucho estaba guardado al fondo del cajón.

Y Charles… —Connor aparece de nuevo, esta vez va al frigorífico y me da la espalda.

De repente quiero molestarlo de la misma forma en la que él me molesta con sus insoportables besos—.

Es simpático y divertido, puede que repitamos.

La puerta se cierra y Connor clava los dos icebergs que tiene por ojos en mí. Siento lo que siente, me es imposible no notar el calor que me sube por la columna.

—Vaya, así que repetiréis…