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Huele a café y Brenda sonríe en cuanto me ve.
—¡Ah! —grita emocionada al fijarse en Sky y me lo quita de las manos.
—Cuidado, Bren. Tiene una herida en la pata.
Me mira un segundo y luego toda su atención se va al animal. Lo acurruca con cariño cuando él hace ruiditos soñando y le acaricia la cabeza con la mejilla. Está limpito gracias a la veterinaria que le ha dado un baño.
—¿Quién es este bebé? —pregunta con voz graciosa.
Le cuento toda la historia e incluso algún que otro detalle de mi convivencia con Connor. Aunque, por ahora, evito la parte del beso.
—Conque estás viviendo con un tío guapísimo con el que te llevas fatal, ¿eh? —pregunta mientras envuelve un libro en el mismo papel de siempre para una clienta.
—Sí.
Dejo a Sky sobre un sillón de piel que hay junto al mostrador, sitio que descubrí como cama de Lucy a los pocos días de conocer la librería. Esta se acerca al cachorro, lo olisquea y apoya el morro cerca de él.
—¿Y no ha pasado nada entre vosotros?
—No —respondo de manera rotunda e inmediata y, por la sonrisa en sus labios, me doy cuenta de que ha sido un error.
—O sea, que sí —canturrea de forma pícara.
Pienso en si contárselo o no. Es lo más parecido a una amiga que he tenido en mucho tiempo, quizá sea hora de abrirme a alguien más que no sea mi familia. Brenda se percata de mi silencio, se sienta en el borde del mostrador y me pide que me ponga a su lado.
—Oye, te digo lo mismo que tú me dijiste: cuando encuentres el momento, piensa en mí. —Asiento—. ¿Hacemos una cosa? Dejémoslo para una noche de chicas. Compramos una buena botella de vino y nos sinceramos de todas nuestras mierdas. Será como una prueba de fuego.
Es un alivio. No sé si me siento preparada para hablar de mis cosas íntimas con una persona a la que conozco de apenas una semana.
—Trato hecho —convengo y me levanto para envolver un libro. A veces lo hago, cuando Bren está ocupada me deja ayudarla en la librería y… me gusta.
—¡Noche de chicas! —Dejo escapar una risa cuando la veo alzar los brazos, divertida.
Al cabo de unas horas, estoy esperando al taxi que he pedido mientras observo la llovizna que empezó hace un rato. Solo hay dos personas dentro de la librería y, por eso, podemos permitirnos sentarnos en el sillón mullido de dos plazas que hay junto al ventanal.
En un momento dado, Brenda mira la calle y le cambia la cara.
Me incorporo para buscar qué es lo que la ha afectado tanto, pero solo veo a un tipo trajeado bajo un paraguas negro que le tapa la cabeza.
Segundos después, sale otro del edificio.
A pesar de estar bastante nerviosa, ella no deja de mirar justo donde están esos hombres; yo me fijo en su actitud.
—¿Los conoces? —pregunto sobresaltándola.
—Solo de vista. —Vaya, vaya; está sonrojada.
—Y, por cómo te estás poniendo, creo que los observas mucho. ¿Quiénes son? ¿O eso también lo dejamos para la noche de chicas?
Sonríe con timidez y se echa los rizos oscuros detrás del hombro.
Su pelo es precioso y lo lleva adornado por un pañuelo con estampado colorido, a juego con el bolsillo que hay cosido sobre uno de sus pechos en el peto vaquero que lleva hoy.
Se acerca un poco más a mí después de echar un último vistazo a la calle.
—No sé quién es y jamás he hablado con él. Pero desde que abrí la librería y lo vi salir del edificio… me llamó la atención y, cuando no hay nadie a quien atender, mi momento favorito del día es observarlo cuando sale del trabajo.
—¿Y cómo sabes que trabaja ahí?
—Bueno, sumé dos y dos.
Subo las cejas, divertida e intrigada. Ella pone los ojos en blanco, pero sonríe encantada con este cotilleo. Aunque ella sea la protagonista. Y, la verdad, que a mí este ratito también me está gustando.
—Llevo años haciendo lo mismo siempre que sale de ahí, ¿vale?
Creo que el tipo está bueno y es guapísimo.
Solo paso el rato deleitándome con su presencia.
—Hago un gesto con la boca y ella sube los hombros—.
Solo sé que trabaja ahí, parece serio y me llama la atención su aura misteriosa.
No sé qué tienen los hombres de ese edificio, pero con los que hablabas el otro día también están de muy buen ver. — Me río, es tremenda.
—Uno se llama Charles, lo he invitado a tomar algo con nosotras esta noche. Y el otro es el Estirado, el hombre con el que me veo obligada a vivir.
—¿El qué? —pregunta, muerta de la risa, y me contagia—. Pues está para comérselo. No creo que lo tuyo sea una tortura y… teniendo en cuenta que ha pasado algo entre vosotros, ¿de qué te quejas?
Estoy a punto de explicárselo cuando veo aparecer el taxi que he pedido. Me levanto del sillón y cojo a Sky junto a mis cosas.
—Oye, tengo que irme. Luego nos vemos.
Brenda me da dos besos y me despido de Lucy. Evito mirar al edificio alto e impoluto que tiene «O’Brien Group» colgado en letras doradas en lo alto. Una vez dentro, me recuesto en el sillón trasero pensando en cómo se tomará que lo haya dejado plantado sin avisarle.
Fijo mi vista en la bola de pelo que está sobre mis piernas. También pienso en cómo se tomará que Sky viva un tiempo en su casa hasta que yo encuentre otra.