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«¡Hace una eternidad que no beso a un hombre! ¿Y ahora dejo que me presten su ropa y que me metan la lengua hasta la campanilla? ¿¡Pero qué me pasa!?».
Unos suaves golpes en la puerta me sobresaltan y, con el giro brusco del cuello, el pelo me tapa los ojos. El sonido se repite y la esperanza de que fuese una equivocación se esfuma enseguida.
—¿Sí? —consigo decir después de empujar a esa vocecilla que aparece en mi cabeza a un rincón oscuro.
—Necesito hablar contigo, ¿puedes salir? —Ay, por Dios. ¿Para qué? ¿De qué quiere hablar?
Estoy a punto del colapso cuando vuelvo a escuchar su voz:
—Es sobre el coche, he hablado con el taller en el que está.
De repente siento una decepción enorme en el pecho y no tengo ni idea de por qué. Estoy perdiendo la cabeza, seguro. No puedo estar horrorizada por el beso y ahora odiarlo porque no es de eso de lo que quiere hablar.
«¿Qué me esperaba, una relación por un beso sin sentido? Tienes que cambiar el chip, Celeste. Vence tus malditos demonios, joder. Antes no eras así», me digo en silencio.
Salgo de la cama de un salto y me pongo mi ropa de deporte habitual, que básicamente consiste en unas mallas cortas y un top.
Esta vez, actuando de forma temeraria por primera vez en mi vida, el conjunto es de color blanco.
Tras recogerme el pelo en una coleta alta y lavarme la cara, abro la puerta.
Me sorprendo al descubrir que Connor sigue ahí, apoyado en el marco.
Sus ojos caen sobre mí y se yergue cuando su mirada me recorre.
Tengo que controlarme para no hacer lo mismo con él y deleitarme con esta vista del chico sexy vestido con traje oscuro.
—¿Tendrá arreglo? —me intereso al pasar por delante de él.
Al no obtener respuesta, me giro en mitad del pasillo y me lo encuentro bastante concentrado en mi culo. Rápidamente me mira a los ojos, me agito por la sorpresa y voy a la cocina. Al agacharme para acariciar al perro, veo la punta de sus zapatos cerca de mí.
«Creía que aquí no se entraba con calzado».
—De eso quería hablarte —comienza diciendo, y su voz varonil me hace cerrar los ojos—. Me han dicho que hasta el lunes no podrán hacer nada.
—¡Genial! —digo irónica, observando la herida del perrito. No me muevo, solo el pensar en tenerlo cerca me tiene descontrolada—. Voy a dejar mi dinero en los taxis.
Estaba quejándome para mí, de verdad. Aún no me acostumbro a que ya no vivo sola y a veces no controlo mis pensamientos y salen solos. Sus pies se mueven y ahora también veo sus rodillas. Vale, lo tengo justo pegado a mí.
—Oye… —Su pulgar e índice cogen mi barbilla y me gira hacia él. Que no disimule su deseo al mirar mis labios me confunde y parpadeo varias veces. Entonces vuelve a concentrarse en lo que iba a decir—. Yo puedo llevarte donde sea hasta que tengas coche.
Me muerdo la mejilla por dentro, pensando. No sé, creo que no deberíamos ir por este camino. Está tocándome la barbilla de esta forma tan íntima, cerca de mí, como si pareciera que va a besarme de nuevo. Y desear que ocurra con la intensidad con la que lo deseo no hace más que confundirme.
Para esquivar esto, digo lo primero que se me ocurre:
—Tengo una rutina de deporte, no quiero saltármela por irme contigo cuando vayas al trabajo. Me quedaré en casa todo el fin de semana.
Connor me suelta, me da la sensación de que está algo molesto, pero decido ignorarlo. No tiene sentido que lo esté. Se pone en pie y lo miro desde abajo, hasta que eso me hace pensar en mi sueño y me pongo de pie también.
Connor nos observa al perro y a mí.
—Tiene que ir al veterinario. ¿Pedirás un taxi para ello antes que llamarme a mí?
—Hay un silencio y me doy una colleja mental por haber olvidado eso.
Como no digo nada, Connor bufa—. ¿Es por el beso?
Ayer fue una noche estresante para ambos y no sé qué me pasó.
No tienes que preocuparte por eso, no volveré a hacerlo.
Su sinceridad aplastante me hace sentir una mierda. Su tono me asegura que así será, y el horror en su cara al recordarlo me produce una sensación espantosa. Abrazo al perro un poco más, como consuelo a este estúpido sentimiento que estoy experimentando con este idiota de manual.
—Voy a cambiarme —anuncio, y entro en mi nuevo dormitorio sin soltar al perro. Cierro la puerta y me apoyo en ella para tomar aire.
«Creo que la idiota soy yo, por creer que el beso iba a significar algo».
Connor me deja en la puerta del veterinario más cercano a la zona donde suelo moverme habitualmente.
El trayecto ha sido más largo de lo habitual por el silencio incómodo que hemos mantenido.
Salgo del vehículo con el perrito en las manos y estoy pensando en que debo darlo en adopción cuando escucho la voz de Connor:
—Espérame luego en la librería para irnos a casa. —Lo miro enfadada, no pienso esperarlo, pero tampoco voy a decírselo, así que tan solo asiento y cierro la puerta.
Sin mirar atrás, entro en la consulta. Tengo que esperar diez minutos para que nos atiendan.
La veterinaria me agradece haber intentado curar la herida del perro, pero aun así tiene que cogerle dos puntos.
Él se porta muy bien, soporta las inyecciones que le hacen falta y entonces llega el momento más difícil.
—¿Ya le has puesto nombre? —pregunta la chica, acariciándole el hocico.
Miro al perro, es un cielo. Un bebé. Y pienso en lo que mi prima siempre me dice sobre que tengo que empezar a cuidar de alguien para recuperar la sensibilidad que antes tenía. Se me acumulan unas lágrimas en los ojos.
—Sky —digo convencida de que tengo que buscarme un nuevo hogar.
—Vaya, es precioso. ¿Has oído eso, Sky? Tu nombre es monísimo. —Sonrío sintiendo una inusual felicidad.
La veterinaria pone fin a la cita y salgo con Sky en mis brazos —tras descubrir que tiene solo cuatro meses— y con una bolsa cargada de accesorios para él.
Llego a la librería que, gracias a que el día está un poquitín menos nublado, tiene bastante gente.