Todo lo que deseo 3 #2
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No puedo dejar de pensar. Su voz sonaba aterrorizada, ni siquiera me ha reprochado mi tono autoritario al exigirle que no saliera del coche.

Cuando la tenga delante, voy a explicarle una serie de cosas.

¡Le dije que no saliese de casa! ¿Por qué no me ha pedido que la llevase a por su coche? Bueno, quizá porque he sido un miserable este tiempo. Además, ¿dónde demonios ha estado hasta tan tarde?

Golpeo el volante con la mano intentando relajarme.

¿Qué me pasa? No suelo perder los papeles de este modo, pero estoy tan enfadado con esta mujer que… Me llevo una mano al pecho. Joder, joder, joder.

Apenas llevo veinte minutos de trayecto y siento que el corazón me va a explotar. Tengo que relajarme. Necesito cerrar los ojos para deshacerme de la presión en la cabeza, pero no puedo hacerlo. Empiezo a controlar mi respiración y dejo la imagen de Celeste apartada de mi mente por el momento.

Conduzco el resto del trayecto intentando tener la cabeza en otra cosa que no sea ella y lo cabreado que sigo por haberse metido en esta situación.

O conmigo mismo, por estar tan lejos. Cuando por fin veo unas luces, no tardo en comprobar que es una grúa a la que habrá llamado.

Eso me pone de peor humor. He llegado tarde, joder.

Aparco detrás del coche de Celeste y estoy cogiendo las llaves cuando escucho unas voces masculinas fuera.

—¡Señorita, vuelva al coche!

—¿Qué cojones? —maldigo, abriendo la puerta con fuerza.

Entonces veo lo que pasa. Celeste está arrodillada en el suelo, más allá del arcén, bajo unos árboles, y el gruista le grita desde su ventana. Al mirarlo, me doy cuenta de que ya ha enganchado el coche. Este no me ve y vuelve a gritar:

—¡Oye! ¡Me pienso ir y la voy a dejar aquí como no suba de una maldita vez!

Detengo mi marcha hacia Celeste, muy a mi pesar, y me dirijo a la grúa. Golpeo con la mano abierta en la puerta, asustando al conductor.

—¡Eh! ¡Como vuelva a gritarle así, voy a darle una paliza! —El tipo se pone pálido—. ¡Largo de aquí!

Desaparece y me giro hacia ella, que ahora me está mirando a lo lejos.

Aliviado de ver que está sana y salva, pero más cabreado si cabe porque ha salido del coche cuando le pedí que no lo hiciera, camino hasta ella.

Me planto delante, preparado para exponerle lo irresponsable que ha sido ponerse en peligro, cuando me fijo en que tiene algo entre las manos.

—Estaba chillando. No sabía qué era, pero sonaba a lamento y no he podido evitar buscar de dónde provenía.

—La observo desde arriba. Se ha quedado tirada en la carretera de una ciudad que no conoce, bajo una de las peores tormentas de lo que llevamos de mes, y ha puesto en peligro su vida para proteger lo que empiezo a ver que es un cachorro de perro.

No puedo apartar la mirada de ella y me encuentro con sus ojos cuando alza la cabeza—.

Tiene una herida en la pata y parece que está lastimada, Connor.

El agua nos cae a trombos y estamos calados hasta los huesos. Incluso percibo el tono azulado en sus labios. Mierda. Me agacho junto a ella y le aparto el pelo de la cara con mis dedos; el agua corre por su piel. Es preciosa.

«Concéntrate», me digo cuando miro sus labios.

Le cojo una mano y la hago levantarse sin mover mis ojos de sus movimientos, de sus labios, de su pecho al respirar asustada, de su mano agarrando al cachorro… «¿Qué me está pasando?».

Le paso un brazo por los hombros empapados y la guío hasta el coche, le abro la puerta y la ayudo a sentarse. Me subo después y me dirijo a casa en silencio.

La cabeza me da vueltas, es como un remolino de suposiciones y teorías que me está dejando sin oxígeno en los pulmones.

Meto el coche en el garaje y solo me dirijo a ella para darle una tercera orden en lo que va de día.

A ver si tengo suerte y la cumple.

—Date una ducha, yo voy a darme otra y luego curaremos al animal.

Asiente sin protestar y me tiende al perro.

Maldigo al percatarme de que apenas tendrá cinco meses y que está malnutrido.

Lo siguiente que llama mi atención es la herida en su pata trasera izquierda.

No es preocupante, pero mañana habrá que llevarlo al veterinario.

Empiezo a limpiarlo de forma superficial mientras pienso en Celeste dándose una ducha, sin saber por qué lo hago.

Me noto histérico e intento concentrarme en las curas.

Cuando veo que ya puedo dejarlo sobre una manta en el suelo, voy al cuarto de baño también.

Me detengo un segundo frente a su dormitorio y me cuesta la vida continuar hacia el mío, pero ni loco entraría ahí.

Sigo caminando y me meto en la ducha. El calor hace que sienta cómo se deshace el hielo de los huesos.

Tardo menos de diez minutos en salir y vestirme, pero cuando voy a encontrarme con ella en el salón o en la cocina junto al perro, no la veo. Vuelvo a la puerta de su dormitorio y llamo con los nudillos.

—¿Darling? —Cierro los ojos al darme cuenta de lo que he dicho, pero ignoro la situación—. ¿Todo bien?

Hay un silencio que me hace pensar que se ha dormido, pero cuando estoy a punto de irme, escucho su voz.

—Sí, es que… no tengo pijama. Se me ha olvidado poner hoy una lavadora y están sucios.

«Perfecto, lo que me faltaba era saber que estará desnuda detrás de la puerta». Aprieto la mandíbula y voy a mi dormitorio, cojo una camiseta y vuelvo. La cuelgo en el pomo y doy de nuevo con los nudillos en la madera.

—Aquí tienes una camiseta mía, póntela.

Me voy al salón para comprobar que el perro está bien y me alegra ver que duerme plácidamente; además, ha bebido un poco de leche. Por alguna extraña razón me siento a esperar que Celeste venga. En cuanto escucho sus pasos por el pasillo y me giro para mirarla, siento que todo se me viene encima.

Está de pie con la camiseta blanca que le he ofrecido antes, que le roza las rodillas. Lleva el pelo mojado, peinado, y tiene una mano en su codo contrario. Tímida.

—Hola, yo… siento…

La interrumpo levantándome del sofá a toda prisa. Agradezco haberme puesto un pantalón de chándal lo suficientemente ancho para que no se me note la segunda erección que me ha provocado en menos de una hora.

—Me voy a la cama, el perro está bien —digo al pasar por su lado. Su dulce perfume a almendras me detiene en seco y me giro, mala elección, porque está mirándome con una pena en los ojos que solo consigue que desee besarla más de lo que ya lo hago.

Doy un paso atrás por nuestro propio bien. Sobre todo, por el mío. No sé qué cojones me está pasando, pero esto no me gusta nada. Sus ojos claros se centran en mí.

—Buenas noches, entonces. Y perdóname por haber hecho que dejes lo que sea que estuvieses haciendo para venir a ayudarme. Intentaré que no vuelva a suceder.

Y sonríe, joder.

Esa maldita sonrisa que me gustó incluso en Cádiz. Encima se está disculpando por molestarme cuando ha estado sola en la carretera más de una puta hora. «¿Esta mujer no era una histérica para mí? ¿Por qué ahora pienso que es adorable y preciosa?».

Recorro su cuerpo una vez más de arriba abajo, tentado a hacer una locura, pero me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia mi dormitorio. Maldigo para mis adentros cuando me detengo de nuevo y cambio el sentido —parezco un idiota dando vueltas—, encontrándome así con que todavía está mirándome.

Me acerco a ella en varias zancadas y envuelvo su delicado rostro con mis manos, atrapando con voracidad sus labios sin siquiera pedirle permiso.

Los abro con mi lengua y siento mil cosas cuando estas se enredan.

El corazón me va a explotar al sentir sus manos en mi nuca, cómo se pone de puntillas y su respuesta ante mi beso.

El olor a almendras se me impregna en las fosas nasales, enredo mi mano debajo de su cabello y echo hacia atrás un poco su cabeza para ahondar en su boca.

Llevo una mano a su espalda baja, le acaricio el cuerpo por encima de la camiseta y la empujo hacia delante para mostrarle «las molestias» que me causa.

Estoy duro como el acero y no pienso en otra cosa que en tocarla por todas partes.

Siempre. Quiero hacerlo siempre. Esta misma confesión silenciosa, y el sonido de un lamento detrás de ella, me hace volver a la realidad.

Me separo de su boca con brusquedad y miro sus labios hinchados y rojos por mi beso, sus mejillas levemente rosadas y la agitación en su pecho.

«¿Qué he hecho?».

Tendría que separarme todo lo posible en este mismo instante, apartar mis manos de su cintura, ya que no estamos besándonos, pero ahora que la he probado… Otro lamento llama nuestra atención y Celeste gira la cabeza hacia atrás mientras yo no dejo de agarrarla y observarla extasiado.

—Parece que alguien necesita mimos —murmura nerviosa cuando me mira de nuevo y me quita las manos de su cuerpo con cautela.

Ligeramente molesto porque se haya separado de mí, sin siquiera parecer afectada, dejo que se agache a la altura del perro. Necesito tomar aire y despejarme de la locura que acabo de cometer.

—Ocúpate de él, yo me voy a la cama, que mañana tengo que trabajar. Buenas noches.

Su respuesta es un asentimiento de cabeza sin volverse para mirarme.

Me siento confundido; quiero que me mire y me pida que sigamos donde nos hemos quedado, pero parece que en este momento uno es más adulto que el otro.

Me sorprende la poca fuerza de voluntad que parece tener mi cuerpo a la hora de separarme de ella, y me obligo a darme la vuelta y, esta vez, irme a mi dormitorio sin mirar atrás.

Abro los ojos al despertarme repentinamente tras disfrutar de un sueño más que húmedo con don Estirado. El pecho sube y baja con fuerza, siento el bombeo de mi corazón en mi zona baja…

«Lo que me faltaba. No sé cómo voy a afrontar que me haya besado. ¿Por qué lo ha hecho? ¡Si ni siquiera nos soportamos!».

Lo ha estropeado todo. Ya tenía suficiente con tener que aguantar que mi cuerpo se altere y se ponga en alerta cuando está cerca como para que encima le añada un buen morreo de cine.

Porque una cosa es segura, al Estirado se le da muuuy bien dar un buen beso…

Me siento con brusquedad en la cama, agobiada, asustada y excitada.

No estoy segura de que esto no acabe en un ataque de ansiedad.