Todo lo que deseo 3
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Corro a mi dormitorio y pido un taxi. Después me abrigo, cambiando la ropa de deporte por unos vaqueros, un jersey negro y mis botas del mismo color. Me recojo el pelo en una trenza y, cuando el taxi llega, me pongo mi gorro de lana y los guantes.

En el camino, me llega un mensaje al WhatsApp de un número desconocido, aunque al leer lo que pone sé perfectamente de quién es.

Vaya, con que ahora se preocupa por mí. Eso me recuerda su actitud tan rara anoche y también cómo volvió a llamarme darling.

Aunque esta vez no sonaba igual que cuando me lo dijo en Cádiz.

De pronto siento cómo mi corazón se acelera incontroladamente, tanto que tengo que cerrar los ojos con fuerza para tranquilizarme.

Una vez creo que lo he conseguido, tecleo con rapidez.

Está escribiendo, deja de hacerlo, vuelve otra vez, lo deja y de nuevo parece que escribe. Pero no me llega ningún mensaje, sino una llamada.

—¿Qué? —digo en cuanto descuelgo.

—Buenos días para ti también.

«Pero qué gruñón es, por Dios», me digo poniendo los ojos en blanco.

—Buenos días, Connor. ¿Qué ocurre?

—No tendrías que haber salido con esta lluvia. Es peligroso.

—El conductor va despacio y casi vamos a llegar. Necesito mi coche para que nadie tenga que llevarme o traerme el tiempo que esté aquí.

Hay un silencio al otro lado que dura apenas tres segundos.

—Yo puedo llevarte y traerte donde necesites, cuando lo necesites.

Eso no me lo esperaba y, por alguna estúpida razón, mi corazón acaba de brincar en el pecho. Niego con la cabeza varias veces, como si eso me aclarase muchas cosas.

—No hagas como que te caigo bien.

—No es… solo me preocupo por tu seguridad, Celeste.

Vaya, así que ahora no hay darling que valga.

—¿Ahora te preocupas por mí?

Lo escucho maldecir y luego su voz grave acapara toda mi atención otra vez cuando dice:

—Eres la familia de la novia de mi mejor amigo, claro que me preocupo por ti.

Su declaración me hace apretar los labios con fuerza. «Menuda idiota, y tú sintiendo mierdas en el corazoncito porque te ha vuelto a llamar por el apodo sexy».

—Mira, estirado, no soy de tu incumbencia. Así que pasa de mí.

—¿Acabas de llamarme «estirado»? —No me había dado cuenta y su gruñido es más que una prueba de que le ha molestado. Lo siguiente es lo que parece un suspiro cansado—. Celeste, no…

Cuelgo antes de que diga nada más. No quiero escuchar cómo me trata, es como si fuera una carga inoportuna y despreciable que le ha tocado soportar por culpa de mi prima. Necesito buscarme otro sitio donde pasar este tiempo.

Las puertas del concesionario se abren cuando me pongo debajo del sensor. Cierro el paraguas que me ha tenido que dejar Brenda cuando, antes de bajar del taxi, me he percatado de que no traía ninguno. Lo dejo en el paragüero y camino hasta una de las mesas que hay libres.

—Buenos días. —Sonrío frente a un hombre joven, aunque varios años mayor que yo.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —Me mira un momento y señala la silla libre con una mano—. Por favor, tome asiento.

Lo hago y, tras decirle mi nombre cuando me lo pregunta, empiezo a explicarle el asunto. Me pide toda la documentación del coche, que mi hermano me ha enviado escaneada desde Madrid. Harry, así se ha presentado, va a por los papeles al coche, donde comprueba todo lo necesario.

El proceso dura una hora hasta que me dan mis llaves y puedo sacar mi Mercedes a la calle.

Por suerte, mi hermano se ha encargado del tema de la homologación y ya está operativo.

Al parecer, dura entre tres y cinco días laborales, y por eso Jorge se puso manos a la obra en cuanto empezó el proceso para enviármelo.

Cuando consigo aparcar el coche, la lluvia ha amainado un poco, pero aun así está lloviendo fuerte. Con el paraguas muy cerca de mi cabeza, evito mirar hacia arriba cuando tengo la oficina de Connor delante y entro en la librería de Brenda. La primera en saludarme es Lucy, que me olfatea contenta.

Solo cuando levanto la cabeza veo lo vacía que está la librería y descubro que la causa es que tiene las rejas de las ventanas bajadas. Brenda está llorando, sentada en uno de los escalones que suben al segundo piso.

—Ey —murmuro y ella deja que la abrace cuando me siento a su lado.

—¿Qué pasa?

Aparto un poco la cabeza de Brenda para mirarla bien.

No parece ella misma con estas lágrimas y el rostro roto.

Cualquiera que la conozca un poco no querría ver esta versión devastadora de una persona tan alegre y llamativa como ella.

Le lleva un tiempo, entre más lágrimas, intentar relajarse y separarse un poco de mí.

Lucy vino a nuestros pies hace un rato y ahora estamos las tres en la escalera, con las luces apagadas.

—¿Me lo quieres contar? —pregunto con cariño, mirándola a esos ojos ámbar tan preciosos.

Ella asiente, pero no dice nada. Conozco muy bien esa sensación—.

Pero todavía no es el momento, ¿no? —Niega con la cabeza y se le escapan algunas lágrimas más, y la arropo—.

Está bien. Solo quiero que cuando encuentres el momento sepas que estoy aquí, Bren.

Nos sumimos en un silencio tan largo como ella lo necesita para recomponerse, secarse las lágrimas y acariciarle la cabeza a Lucy mientras le dice que todo está bien.

La pena que me produce pensar que esto se da muchas más veces de las que jamás seré consciente me produce una sensación de ahogo y unas ganas de llorar por ella incontrolables. Bien me podría haber echado a llorar si no hubiese encendido los focos.

De repente, es como si nada hubiera pasado. Lucy ha vuelto a la puerta en cuanto Brenda ha entrado tras echar un vistazo al tiempo y subir las rejas.

La perra, al ver que su dueña le sacaba una manta del otro lado del mostrador, se ha tumbado encima.

—¿Café? —me pregunta.

Asiento porque todavía estoy pensando en lo que ha pasado y en mi reacción al descubrirla en esa situación.

Mis muestras de afecto no son tan habituales fuera de mi núcleo familiar y de confianza, que, en este caso, se resumen a…

básicamente, mi familia. Y, por lo que se ve, ahora también Brenda.

La observo preparar la bebida en la antigua máquina, pensando en cómo será su vida realmente.

Porque esto no ha sido la típica «Una lloradita y pa’lante».

Estaba desolada, desconsolada e incluso hipaba.

Ojalá un día me considere tan amiga suya como para contármelo y buscar mi ayuda.

—Siento el numerito de antes.

Se sienta en el borde del mostrador, como acostumbra a hacer siempre.

—No ha sido ningún numerito. —Niego con la cabeza y me pongo a su lado—. Solo una humana preciosa teniendo un mal momento. —Le saco una sonrisa y le cojo una mano para terminar mi frase antes de que entre un cliente—. Además, para eso están las amigas, ¿no? Para verlo todo de la otra.

Brenda asiente con energía y se levanta de un saltito cuando el cliente le pide ayuda para buscar un libro. En lo que ella se ocupa, yo echo el café en nuestras tazas molonas y después observo la lluvia a través del ventanal.

No me ha contado qué le pasaba esta mañana, pero sí muchas cosas de ella, y yo a ella de mí. Ahora sé que su madre falleció cuando tenía quince años y que su padre sigue viviendo en Estados Unidos. También sé que es hija única, no tiene carné de conducir y que le gusta hornear dulces.

Todo eso lo he ido descubriendo a lo largo de un almuerzo en la cafetería de más abajo, tomando otro café con ella, esta vez acompañado de pastas, y comiendo unas hamburguesas para la cena en el mostrador de madera oscura, donde está tallado en letras doradas: Brenda’s Books,

después de ayudarla a cerrar.

Ahora, bastante entrada la noche —pues he sido una imprudente y se me ha echado la hora encima—, tras dejar a Brenda y Lucy en su apartamento —no muy lejos tampoco de la librería—, voy de camino a Windsor. Ya es más de las doce y la noche está envuelta en una tormenta horripilante.

No hay muchos coches en la carretera y el agua me obliga a tener los limpiaparabrisas funcionando a la máxima velocidad.

Cuando apenas faltan veinte minutos para llegar a la que está siendo mi casa, en el cuadro de luz me saltan unas alertas que empiezan a preocuparme.

Aminoro aún más la velocidad y, aunque lo que voy a hacer no está permitido, enciendo los cuatro intermitentes para detenerme a un lado.

Mi Mercedes se bloquea justo cuando me coloco en un lugar seguro, dentro de la poca seguridad que hay al quedarse tirada en la carretera.

Me entra el pánico. Estoy sola en el arcén con una tormenta encima y son las doce de la noche. Aseguro el coche desde dentro.

—Vamos, Celeste, piensa —murmuro.

Se me enciende la bombillita y empiezo a buscar grúas. Me llevo diez minutos así hasta que consigo contactar con unas cuantas. La más rápida aparecerá en una hora. Suspiro, asustada. Entonces pienso en otra alternativa.

Desbloqueo de nuevo mi teléfono y me meto en mi agenda de contactos. Su nombre aparece, lo guardé esta mañana después de la llamadita de preocupación por su parte y lo llamo.

—¿Celeste?

Su voz me tranquiliza un poco. La presión en el pecho desciende considerablemente y me aguanto las ganas de llorar cuando le cuento mi absurda situación.

—Envíame tu ubicación exacta, estaré allí enseguida. —Estoy a punto de colgar tras un silencio cuando vuelve a llamar mi atención—. Darling.

El estómago me da un vuelco al oírlo llamarme así de nuevo.

—¿Qué?

—No salgas del maldito coche hasta que yo llegue.

—¿A dónde vas?

No presto atención a las preguntas de Harriet, solo puedo pensar en Celeste, asustada en medio de la carretera. Me pongo los pantalones todo lo deprisa que puedo, luego los zapatos y, por último, me abotono la camisa y salgo del Seduction a toda velocidad.

Hoy no iba a venir; me iba a quedar en casa para intentar compensar a Celeste lo malnacido que he sido con ella todos estos días, pero ha sido justo esa necesidad de quedarme lo que me ha empujado a venir aquí.

Y ahora estoy a una puta hora de ella. Arranco el motor de mi coche tan rápido como me he subido a él y me pongo en camino bajo la espesa lluvia.

No ha parado en todo el día, pero ha sido por la noche cuando ha empeorado.