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—A alguien le ha comido la lengua el gato —murmura lo que parece una broma, y esta actitud inconsciente me coge por sorpresa.
Cuando tiene el móvil en la mano y la luz de la pantalla, al comprobar la hora, le da de lleno en el rostro, estiro los labios y se me tensa la mandíbula. No puedo culparme por haber tenido un orgasmo al fantasear con ella como un puto crío; solo hay que mirarla para entenderme.
—Son las dos de la madrugada —digo bastante cortante.
Se coloca los brazos en jarra después de haber encendido la lámpara de diseño que hay de pie junto al sofá. Lleva el teléfono en una de las manos, apoyada en su cadera, y la manta, con la que estaba tapada, cuelga del otro brazo.
—Ya, lo he comprobado por mí misma —comenta enseñándome el móvil.
Han sido sutiles, pero las dos ironías simpáticas que ha expresado me confunden. Nosotros nunca estamos en tregua, todo lo contrario. Y no sé qué detesto más.
—Será mejor que me vaya a la cama, mañana tengo que trabajar.
Mis palabras hacen que se mueva y empieza a ordenar el sofá y a recoger lo que tenía sobre la mesa.
—Vamos, ve a la cama, Celeste. Puedes recoger eso mañana.
Me sorprendo conmigo mismo, yo nunca dejo nada para mañana, mucho menos mi casa sucia. Pero verla con tanto sueño e intentando controlar sus dormidos movimientos me ha provocado la necesidad de querer que se eche a dormir de nuevo. Lo demás puede esperar.
—Pero… —Niego con la cabeza para interrumpirla—. Está bien.
Apago la luz de la lámpara cuando ha pasado por delante de mí, dejando un camino de olor a almendras tan suave que me hace sentir un puto escalofrío. La sigo varios pasos detrás, apagando también la luz del pasillo principal. Nos detenemos frente a su dormitorio.
—Buenas noches, que descanses, Connor.
Noto mis ojos abrirse un poco más al tenerla delante, deseándome buenas noches. Reacciono cuando abre la puerta para entrar después de que no le haya respondido. Quizá piense que estoy siendo un capullo de nuevo, pero no es nada de eso.
—Buenas noches, darling —consigo decir en voz baja antes de que se adentre en su dormitorio.
No sé si me ha oído, tampoco sé si quiero.
Lo último que veo, antes de que la puerta nos separe, son sus labios moviéndose en una dulce sonrisa.
—Entonces recapitulemos, ¿os lleváis bien o no?
Niego con la cabeza sin la necesidad de mirar la pantalla de mi teléfono. Al otro lado está mi hermano saliendo de nuevo de casa, dirección al trabajo, como siempre que lo llamo por la mañana cuando me levanto.
—Es difícil. —Muerdo el sándwich de pavo que me he preparado para desayunar. Cuando se hace un silencio, observo la lluvia que no ha cesado desde esta madrugada.
—Define difícil antes de que tenga que entrar en el trabajo, Celeste.
—No me hables así, Jorge... No es para que te hagas el machito ni nada de eso. —Mi hermano resopla.
—Está bien. Ahora tengo que dejarte, pero ya sabes… —Mueve la mano imitando a un teléfono—. Cualquier cosa me planto allí para lo que necesites.
Sonrío y le doy otro bocado a mi desayuno. Jorge es adorable, pero nunca le diré cuánto necesito que esté aquí porque eso hará que lo deje todo y viaje para estar conmigo.
—Que sí. Ahora patéale el culo a algún acusado.
Me mira frustrado.
—Por ahora me ocuparé de la cafetera de la que saco los cafés que me piden. Pero algún día le patearé el culo a más de uno.
Ambos nos reímos antes de despedirnos. La siguiente llamada es a mi yaya. No hablo con ella desde hace dos días.
—Hija de mi vida, ¿por qué madrugas tanto en vacaciones?
Sonrío con cariño.
—Buenos días a ti también abuela.
—Ay, mi niña. ¿Cómo estás?
—Muy bien, ahora estoy tomándome un sándwich de pavo.
—¿¡Eso desayunas!? ¿Dónde han quedado las tostadas con manteca colorá o con tomate y un buen aceitito de oliva? —Vuelvo los ojos, divertida, y ella rechista—. Qué sabréis los jóvenes.
Me echo a reír.
La relación con mi abuela siempre ha sido magnífica; ni aunque nos separen miles de kilómetros ha cambiado, y eso es lo que me mantiene siempre arraigada con mi familia.
Estamos bastante rato más hablando, contándonos cosas y yo enterándome del nuevo cotilleo de allí: Sebastiana ha presentado a su grupito de amigas a su nuevo nieto, fruto de una relación entre su hija y un sobrino de un vecino que viene de vez en cuando de vacaciones.
Ná, un dramita típico de la zona.
Tras unas risas, me despido de mi abuela con mucho cariño.
Un relámpago llama mi atención en el cielo oscuro, el trueno retumba poco después.
¡Me encanta! Aunque, cuando la lluvia empieza a apretar, guardo mi teléfono y me meto en casa.
Normalmente, desde que estoy aquí, disfruto de las lluvias en el porche, pero esta ya comenzaba a mojarme incluso bajo techo.
La tormenta resuena por toda la casa silenciosa y la luz de los relámpagos baña algunas de las estancias.
Siempre me han gustado, son tan fuertes, estruendosas y aterradoras que me parecen preciosas.
No hay nada como sentarse en el sofá, con una mantita y un café, a escucharlas.
De camino a mi dormitorio a por la manta, una notificación llega a mi móvil. Leo rápidamente un mensaje avisándome de que, por fin, ha llegado mi coche.
—¡Sí, sí, sí!